Año VII
La Habana

22 al 28
de MARZO
de 2009

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Plácido y su época. Hombre, mito y realidad

Ana Cairo • La Habana

Fotos: Kaloian (La Jiribilla)

 

En primer término quiero aludir al estatuto de intelectual de Plácido, y cómo con él se pone en evidencia la necesidad que tenemos de modificar nuestros modos de estudiar la intelectualidad cubana. Ya decía Darcy Ribeiro en sus últimos años, completando las ideas de Gramsci sobre los intelectuales, que había que ampliar los marcos de reflexión, y proponía de hablar de los intelectuales en términos de aquellos hombres que logran dominar las claves de la cultura a la que pertenecen. Y esta definición mucho más democrática, mucho más abierta, permite entender, por ejemplo, que los grupos aborígenes tienen sus intelectuales, que no son iguales a otros tipos de intelectuales.

Los grupos sociales, las estratificaciones sociales, generan sus propios tipos de intelectuales: Aponte es un intelectual de un grupo social. El libro La conspiración de Aponte, publicado en 1963 gracias a la paciencia de José Luciano Franco, se centra en transcribir lo que dijo Aponte cuando lo entrevistaron. Aponte dibujaba y algunas de las pruebas que le ocupa el aparato represivo colonial español son sus libros de dibujos. Cuando le preguntan sobre lo que dibujó, sobre los collages que hizo, Aponte empieza a explicar como artista qué es lo que hay detrás de esos dibujos. Uno se entera de que el abuelo de Aponte combatió contra los ingleses y fue un héroe de los batallones de Pardo, y que Aponte vive orgulloso de ese hecho. Él fundamenta su cosmovisión del mundo a partir de esos dibujos; sin embargo, no tenemos incluido a Aponte dentro de nuestra historia del arte, ni siquiera están publicados sus dibujos.

Plácido es expresión de otro tipo de intelectual, y voy a poner un ejemplo contemporáneo para que se me entienda: nosotros tenemos hoy un genial repentista que se llama Alexis Díaz Pimienta, que cualquiera que haya conversado con él sabe que es un genio de la capacidad, un talento de la naturaleza. Alexis Díaz Pimienta, para mí, es como un Plácido de ahora. Hace menos de dos meses dio una conferencia en la universidad sobre los problemas de la lingüística. No ha estudiado en ninguna universidad, pero es un hombre con una cultura como la que pueden tener muchos universitarios e incluso más que algunos doctores. El autodidactismo también genera saberes, y Plácido es un ejemplo de un intelectual formado por las vías del autodidactismo. Por supuesto, fue por razones del medio social y color de la piel; además Plácido no podía haber estudiado en ningún sistema porque no tenía el expediente de limpieza de sangre que exigían para entrar a cualquiera de ellos. Por lo tanto, Plácido es un ejemplo de esas otras formas de saber, y cuando uno se lee el extraordinario libro de Daysi Cué, Plácido, el poeta conspirador, y comienza a ver los poemas y las referencias, comprende que Plácido sí tenía un saber literario sobre poesía: sabía de métrica, de recursos estilísticos y conocía poetas, porque Plácido se relacionaba con otros poetas que eran su fuente de información.

Hace unos días le preguntaba a Daysi dónde obtuvo Plácido la información para escribir “Jicotencal”, porque este poema tiene una información muy especializada sobre la conquista de México. Se supone que por lo menos manejó la crónica de Solís, y también recibió información de sus amigos y de la prensa, que en la época era muy buena y tenía mucha información. Plácido era un lector de periódicos y fue un hombre que transitó como intelectual entre dos medios sociales: un medio de alta cultura, digamos legitimada, que es el medio “delmontino”, y un medio de alta cultura no legitimada, y fíjense que estoy hablando de alta cultura. Uno de los méritos que tiene el libro de Daysi Cué es que ella explica las fuentes clásicas y de poesía neoclásica que son las que inspiran a Plácido. O sea, él sabe perfectamente bien quiénes son algunos autores españoles, tiene hasta preferencias. Si digo esto es porque Plácido va a representar, como lo representa en otro momento de nuestra historia Nicolás Guillén, otro ejemplo de gran autodidactismo y además de un talento poético innegable.

Heredia, por ejemplo, es un genio de la poesía, pero es un genio educado. Su medio familiar, desde su padre José Francisco hasta el resto de su familia, favorece que desde los ocho años sepa latín y griego. Ese no es el medio social del que viene Plácido, pero el talento no tiene esos obstáculos; Plácido es un hombre tan talentoso como Heredia aunque no tenga las coordenadas sociales que le permiten a Heredia llegar. Lo interesante es que el autor de "Plegaria a Dios" es capaz de establecer una relación personal con ese gran mito de la cultura y de la poesía cubana que es Heredia. Plácido se declaró hijo espiritual de Heredia y escribió el poema “La malva azul” para rendirle homenaje cuando este muere. Por tanto, Heredia y Plácido nos ilustran caminos diferentes en la historia de la intelectualidad cubana, que no se limitan a los problemas de un grupo o de una clase, sino que tienen distintos modelos en cada uno de los momentos históricos del país, que tienen que ser estudiados. Contemporáneo a estos dos mitos estaría un tercero: Juan Francisco Manzano. Cuando uno estudia a Manzano encuentra igualmente formas de saberes, medio social en el que se desenvolvió, tipos de amos a los que perteneció, que también lo hicieron un intelectual.

No olvidemos cuando mencionamos a las víctimas de la Conspiración de la Escalera que estas fueron concebidas dentro de una cultura del terror, y que allí también estuvo preso Manzano. Se involucró a blancos como a José de la Luz y Caballero, que nada más y nada menos estaba en París, y lo involucraron también porque eso es una cultura del terror: dar un escarmiento en todos los niveles de peligro existentes. Pero nunca imaginaron que Luz —a diferencia de Del Monte que era cobarde y se fue para no retornar más—, sí regresaría. Se presentó a la Comisión Militar, la desafió, y estuvo 14 meses bajo arresto domiciliario. Por eso la imagen que hay de José de la Luz y Caballero, la que tuvieron los hombres del ´68, no es solo la del intelectual sino también la de un Luz valiente, del tipo guapo que se enfrentó a la Comisión y que resistió la presión.

En la Escalera cayeron muchos, porque formó parte de unos movimientos de represión que además estaban ocurriendo en España, donde se estaban desarrollando las Guerras Carlistas que amenazaron a la Metrópoli. Todo eso generó un clima de sospecha, nada más hay que leer la novela de Galdós sobre Leopoldo O'Donnell para darse cuenta de que el Capitán general de la Isla fue uno de los generales de la mano fuerte en la guerra contra el carlismo, y por tanto aplica aquí lo que ya se había aplicado contra los carlistas y contra los  anarquistas. Es la psicología del terror, una minioperación Cóndor de la época. Esas teorías del terror se fueron probando en distintos momentos y O'Donnell las aplicó en Cuba hasta donde pudo, con los sectores que pudo. Podía fusilar a negros y mulatos, pero a José de la Luz y Caballero solo podía amedrentarlo.

En cuanto a la conspiración, para los generales de Ayacucho —Tacón y demás—, todos los criollos eran en potencia un peligro. El mejor criollo era el muerto, daba igual que conspirara o no. Es parte del panorama a partir de 1824 en el que el síndrome Ayacucho es una realidad, un síndrome que planea sobre todo y provoca sospechas sobre todo lo que puede resultar peligroso.

El caso Plácido ilumina la necesidad de un estudio más abierto, más flexible, que tenga más en cuenta las problemáticas locales. Hay más de una Cuba y estos problemas explican hoy muchas cosas. Plácido es uno de los grandes poetas cubanos, creo que Daysi lo demostró muy bien en su libro. Es un poeta que escribe a lo Góngora, las "Letrillas", de Plácido no tienen nada que envidiar a las mejores letrillas del barroco español. Escribe muy bien en todos los eventos de cultura popular satírica en las que describe cuán ilustrada es la gente y se burla de los sabidillos. Es un ejemplo de un Plácido ligero, capaz de ver lo que sucede en la calle y burlarse, pero que puede ser filosófico. Si Aponte pintaba para expresar ideas, Plácido puede hacer una extraordinaria fábula como es "El hombre y el canario", uno de los textos de ejemplares para explicar el concepto de la libertad. Lo hace con las mediaciones que le son posibles, porque lo que escribe allí sobre la libertad como inherente a la esencia humana no lo puede decir de otra manera que no sea en una fábula.

Plácido es, por tanto, un hombre con grandes registros como poeta que también expresa esta gama importante de formas de pensamientos que va a enriquecer la historia de la intelectualidad cubana.

Soy una de las primeras conocedoras del libro de Daysi Cué, Plácido, el poeta conspirador, porque tuve el raro privilegio de ser su oponente cuando defendió su gran investigación para la tesis de doctorado. Lo que tiene de novedoso este libro es, primero, que no es un rapto poético sino el resultado de una investigación. Es una investigación de años en la que Daysi también aprovechó saberes de su padre, el gran investigador Cué, y la herencia de documentación que este le dejó, lo que le permitió aproximarse a documentos desconocidos de Plácido. Es un libro donde se combinan dos tipos de saberes: sus saberes como profesora de Literatura y también sus diálogos con los grandes historiadores que han ido siguiendo el largo camino de los estudios coloniales y sobre este período de la esclavitud.

En su metodología este libro me parece muy original porque parte de una verdad de Perogrullo que a veces se olvida, y es que Plácido es una sola persona. Decía Juan Marinello que cuando se fuera a estudiar a Martí no se olvidara que el poeta y el hombre de acción es el mismo, que no había dos Martí, sino uno solo. En este caso, la tesis de Daysi es muy simple: Plácido es una sola persona y por lo tanto ella trabaja al hombre, lo ubica socialmente con sus ideas y los grupos a los que pertenece, luego el problema de la conspiración, adónde va, qué carácter tiene, y trabaja también al artista y al creador. Yo diría que las dos partes son excelentes porque nos devuelven un hombre que fue un político en la medida en que pensó los problemas de su época, y en la medida en que todos los intelectuales de su época eran ilustrados, y la Ilustración parte de la premisa de que eran hombres de la sociedad y por lo tanto hombres políticos, sea cual fuera la profesión: poeta, pintor o cura. Quien no comprenda esto no puede entender a Plácido. ¿Era o no un conspirador?, da igual porque para el colonialismo español todos eran conspiradores y todos eran peligrosos. Todos eran como Aponte, "malos", según Tacón.

El segundo elemento del libro es que nos da todos los detalles de la cultura literaria y de la calidad intrínseca que sabemos tiene la obra de Plácido. Plácido ha tenido muy mala suerte —creo que eso también está en el libro aunque menos— con su propio mito. Plácido fusilado se convierte en un mito y a finales del siglo XIX comienza la gran polémica con Manuel Sanguily, a propósito de si es conveniente convertirlo en un poeta nacional o no. Esa fue una discusión de política cultural: ¿Nos conviene tener un Plácido santo? Creo que este debate de la conveniencia de tener un San Grabriel mulato en la cúpula de la cultura cubana es importante entenderlo porque va a expresar otro momento y otros problemas de la intelectualidad, siempre política, siempre al día y con un conocimiento tremendo de las teorías de propaganda y difusión en términos de metodologías culturales.

En mi opinión el libro de Daisy Cué es el más serio que se ha publicado en los últimos diez años sobre una personalidad intelectual cubana.
 

Intervención en el Panel “Plácido en la encrucijada de la identidad cubana”. Teatro de la Biblioteca Nacional de Cuba, 18 de marzo de 2009.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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