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Lo del título es porque otras veces
he hablado de esos amigos ruidosos y
serenos a un tiempo; he evocado su
fascinación que crece con este último
siglo, desde que vivimos en compañía del
cine.
Por Tamarindo no pasaba el tren y eso lo
ponía en leve desventaja con Florencia
―no la italiana sino la de la Cuba
profunda― y con Chambas, que además de
rieles e itinerarios tuvo siempre
peloteros que salían alguna vez por la
televisión. Mi padre hablaba mucho de un
tren puntual que dejó de serlo antes que
yo lo recordara. A mi generación le
tocaron erráticos y algunos hasta
sucios. Con todo, siempre me gustó
montarme y recibir ese papelito con la
hilera de pueblos. Una clase de
geografía, sin pizarra ni tizas.
Mañana montaré en tren, en compañía de
Tania y desde hoy estoy entusiasmado,
alegre, embullado diríamos en Cuba. En
mis sueños los vagones se escapan
delante de mi prisa, así que seguramente
despertaré demasiado temprano a mi dulce
mujer y querré ser de los primeros en
subir a ese mundo que se desplaza de una
ciudad a la otra.
Puesto a elegir un medio de transporte,
el tren gana en mí ampliamente. Las
guaguas ―autobuses dirían por España y
otros lugares que no conocen ese sonido
sabroso que empleamos cubanos y
canarios― suelen generar más ansiedad y
no propician la observación descansada y
casi impune a los compañeros de viaje.
Por la carretera uno suele ir muy
directamente a su objetivo y los vecinos
vienen siendo únicamente los
depositarios de otras prisas. El tren
también cumple su función práctica, pero
le queda algo de paseo, conserva un poco
de la vocación de mirar el paisaje por
el gusto de hacerlo, como si el asunto,
la reunión o la cita que nos espera no
fueran a la larga lo más importante.
De los aviones no tengo muchas quejas,
aunque el aterrizaje siempre me asusta
un poco y me sumo a la multitud de
incómodos por los comprensibles pero
molestos trámites que te despojan del
reloj, el cinto y hasta de las ganas de
viajar.
Para mayor entusiasmo, esta vez
tomaremos el tren para hablar de Pablo
de la Torriente Brau. Y todo se junta,
porque leí su cuento “El héroe” ―una
joya de nuestra narrativa― cuando había
subido a muy pocos vehículos en la vida.
Y esa es una espléndida narración que se
desarrolla en un apeadero de pueblo y
tiene como protagonista a un viejo
cercano a las vías sobre cuya heroicidad
Pablo teje un argumento maestro en el
que se juntan lo heroico, lo sorpresivo
y lo gracioso.
Sí, prefiero el tren y cuando pita
entrando a una ciudad siempre me parece
que la celebra, la saluda, la piropea
casi. |