Año VII
La Habana
2009

Regresar a la Página principal

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

LA OTRA CUERDA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Más trenes
Amado del Pino • La Habana

Lo del título es porque otras veces he hablado de esos amigos ruidosos y serenos a un tiempo; he evocado su fascinación que crece con este último siglo, desde que vivimos en compañía del cine.

Por Tamarindo no pasaba el tren y eso lo ponía en leve desventaja con Florencia ―no la italiana sino la de la Cuba profunda― y con Chambas, que además de rieles e itinerarios tuvo siempre peloteros que salían alguna vez por la televisión. Mi padre hablaba mucho de un tren puntual que dejó de serlo antes que yo lo recordara. A mi generación le tocaron erráticos y algunos hasta sucios. Con todo, siempre me gustó montarme y recibir ese papelito con la hilera de pueblos. Una clase de geografía, sin pizarra ni tizas.

Mañana montaré en tren, en compañía de Tania y desde hoy estoy entusiasmado, alegre, embullado diríamos en Cuba. En mis sueños los vagones se escapan delante de mi prisa, así que seguramente despertaré demasiado temprano a mi dulce mujer y querré ser de los primeros en subir a ese mundo que se desplaza de una ciudad a la otra.

Puesto a elegir un medio de transporte, el tren gana en mí ampliamente. Las guaguas ―autobuses dirían por España y otros lugares que no conocen ese sonido sabroso que empleamos cubanos y canarios― suelen generar más ansiedad y no propician la observación descansada y casi impune a los compañeros de viaje. Por la carretera uno suele ir muy directamente a su objetivo y los vecinos vienen siendo únicamente los depositarios de otras prisas.  El tren también cumple su función práctica, pero le queda algo de paseo, conserva un poco de la vocación de mirar el paisaje por el gusto de hacerlo, como si el asunto, la reunión o la cita que nos espera no fueran a la larga lo más importante.

De los aviones no tengo muchas quejas, aunque el aterrizaje siempre me asusta un poco y me sumo a la multitud de incómodos por los comprensibles pero molestos trámites que te despojan del reloj, el cinto y hasta de las ganas de viajar.

Para mayor entusiasmo, esta vez tomaremos el tren para hablar de Pablo de la Torriente Brau. Y todo se junta, porque leí su cuento “El héroe” ―una joya de nuestra narrativa― cuando había subido a muy pocos vehículos en la vida. Y esa es una espléndida narración que se desarrolla en un apeadero de pueblo y tiene como protagonista a un viejo cercano a las vías sobre cuya heroicidad Pablo teje un argumento maestro en el que se juntan lo heroico, lo sorpresivo y lo gracioso.

Sí, prefiero el tren y cuando pita entrando a una ciudad siempre me parece que la celebra, la saluda, la piropea casi.
 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
IE-Firefox, 800x600