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— ¡¿Casino en Cuba?!
La mirada incrédula de
Dimitri, recién llegado
de Moscú, era la misma
de Adam, el londinense,
hace dos años, y la de
Enzo, cuando llegó de
Roma por primera vez
hace más de una década.
Eran los años ’50…
y, en La Habana, se
bailaba
en los más
aristocráticos “yacht
clubs” y en los clubes
de negros pobres; en las
casas de familias de
clase media, en las
fiestas de las
“quinceañeras” del
barrio y en las
sociedades fraternales.
Todos los sábados. Todos
los domingos. Y ¿por qué
no? cualquier otro día
de la semana. El Casino
Deportivo de La Habana
no era una excepción.
Eran los tiempos del
mambo y del
chachachá. Pérez
Prado había inundado
las victrolas de todos
los bares de la ciudad,
como antes había hecho
en México, y la orquesta
América había puesto a
mover los pies a medio
mundo.
Eran los tiempos de la
Aragón, el
conjunto Casino,
Chappottín, la
Riverside… los
Jardines de la Tropical.
Eran los tiempos de
Benny Moré, el más
universal.
Eran también los tiempos
de los boleros de
Lucho Gatica y
los susurros de Nat
“King” Cole, para
bailar un poco más
pegados.
Y eran los tiempos del
rock & roll que,
en Cuba, era más de
Bill Halley y sus
Cometas que del
“rey” Elvis Presley.
Los primeros “casineros”
No es raro que los
jóvenes que bailaban en
el Casino fueran
buenos bailadores de
rock & roll, con
todos aquellos
movimientos de brazos,
aquellas vueltas y aquel
constante unirse y
separarse de la pareja.
También, por supuesto,
eran buenos bailadores
de aquella música cubana
tan popular.
Nunca se ha sabido quién
empezó, quién lo hizo
por primera vez. No es
posible saberlo. Como en Fuenteovejuna, fue la
gente, el grupo. Pero lo
cierto es que, de
pronto, un buen día,
mientras se bailaba un
son montuno o un
chachachá o un mambo
(¡¿quién sabe?!),
aparecieron aquellos
giros rocanroleros,
aquellos brazos haciendo
figuras en el aire. El
exuberante movimiento de
las caderas de las
muchachas seguía como en
cualquier otro momento
anterior, como en
cualquier otro salón de
la ciudad. También el
estilizado dibujo que
describían los pies de
los muchachos (que tanto
se parece al baile
flamenco y a la
rumba callejera)
seguía como si nada
diferente estuviera
ocurriendo. Pero la
fusión resultaba
verdaderamente
explosiva.
Era un descubrimiento
colectivo, y eso creó
una atmósfera casi
mágica en que la pareja
(unidad básica de los
bailes de salón
populares cubanos) se
disolvía constantemente
en el grupo que
descubría, inventaba,
abría una puerta a un
universo desconocido de
creación y diversión.
Entonces comenzó a
bailarse en ruedas. Un
número indeterminado de
parejas (¿cuatro, cinco,
ocho?) formaban un
círculo, y se lanzaban a
improvisar la
coreografía. Como en los
salones elegantes de la
Europa del siglo XIX,
alguien nombraba los
pasos, y todos armaban
aquel hecho artístico
irrepetible. Era
también, de algún modo,
una especie de
competencia en que la
imaginación y la
destreza se ponían a
prueba en cada nueva
pieza.
Así se había comenzado a
“bailar casino”. Y
aquella rueda era ya,
por supuesto, la “rueda
de casino”.
El casino se “pega”
Apenas comenzados los
años ’60, los clubes
exclusivos fueron
convertidos por el poder
revolucionario en
Círculos Sociales
Obreros, y gente de
todos los sectores
comenzaron a ser sus
usuarios.
Como una epidemia de
alegría contagiosa,
aquel baile se extendió
en muy poco tiempo por
toda la ciudad. El
Círculo Social Patricio
Lumumba y la sociedad
Curros Enríquez del
popular barrio de Santos
Suárez, fueron sus
plazas conquistadas de
inmediato. Y luego
Guanabo, Cojímar, Regla,
Guanabacoa, Santiago de
las Vegas.
Con los becarios que
llegaron de otras
ciudades del país viajó,
en el regreso, a los más
apartados rincones de la
geografía nacional, y se
hizo imposible de
detener. Ya alrededor de
1964, el que no supiera
“bailar casino” e
integrarse en una
“rueda” cualquiera, con
gente conocida o
desconocida, tendría que
renunciar a bailar, que
en Cuba es poco menos
que renunciar a vivir.
Evergreen
Cuba es una isla que
baila. Basta ver caminar
a sus mujeres. No es
necesario que haya
música claramente
audible. Un radio lejano
podría servir para que
los pies del más sordo
de los cubanos se muevan
involuntariamente. Puede
incluso estar totalmente
ausente la música.
Existe la posibilidad de
tararear, palmear o
simplemente pensar en
algún ritmo.
Pero, ya lo sabemos, en
Cuba hay mucha música.
Buena música. Mucha
buena música para
bailar. De modo que
nadie puede sorprenderse
de que una parte
importante de la música
popular que se ha
bailado en el mundo
desde los años ‘40,
tenga su origen en la
Isla. El son
(base de todo el montaje
que ahora se conoce como
salsa), la
guaracha, la
rumba, la conga,
el bolero, el
danzón, el mambo
y el chachachá
son solo algunos de los
muchos ritmos que Cuba
ha aportado a sus
bailadores y al mundo.
¿Cómo explicar entonces
que, por más de 50 años,
un baile permanezca tan
nuevo como el primer
día, como si el tiempo
no pasara? ¿Cada región
del país le ha aportado
algo? Seguramente. ¿Cada
nueva generación ha
agregado, quitado,
modificado, desechado y
descubierto elementos?
¡Claro! Pero no es
suficiente para explicar
el modo en que los
bailes internacionales
de moda entran
inmediatamente al país
(ya hablamos del rock
and roll, pero
podíamos decir twist,
calypso,
merengue, surf,
reggae, disco,
hip hop, salsa,
pasando por lambadas
y macarenas, y el
poderoso cerco del
reggaetón), y todos,
sin la menor excepción,
en un tiempo prudencial
se pierden en la
memoria… y el baile de
casino no solo no
desaparece, sino que se
enraíza, se afinca en su
propia razón de existir,
y se hace cada día más
presente, más de moda. Evergreen.
Desde Italia a Venezuela
Las últimas dos décadas
han visto crecer el
baile de casino y la
rueda hasta límites
insospechados. Aquellos
primeros “casineros” no
podían siquiera imaginar
que hoy (en julio de
2009) una rápida ojeada
al famoso buscador
Google de la red de
redes, podría descubrir
casi 700 000 referencias
al baile de casino.
Mucho menos que esas
referencias estarían
diseminadas por todos
los continentes.
Parece que nadie quiere
quedarse atrás. Mientras
en Italia (donde primero
llegó el casino en
Europa) florecen algunos
cientos de escuelas,
competencias nacionales,
festivales
internacionales,
encuentros teóricos y
otros eventos, y en
Venezuela bailar casino
es tan común como
escuchar un joropo
llanero o una gaita
zuliana… en Indonesia,
se dice en perfecto
español “dame dos”,
“hombres al centro”,
“afuera con palmadas” y
en China las noches
comienzan a llenarse de
“ruedas”.
El “1830”, la nueva meca
del casino
A Dimitri lo encontramos
en el 1830, un hermoso
salón a cielo abierto,
justo en la
desembocadura del río Almendares, apenas a 500
metros de lo que fue el
Casino Deportivo de La
Habana. El mar, como
siempre, batiéndole las
rocas que conforman su
estructura norte.
Cientos de habaneros
jóvenes bailaban en
parejas y en ruedas,
junto con otros habaneros
que permanecen siendo
jóvenes a sus 60 y más.
Sí, los mismos que
descubrieron,
inventaron, soñaron
aquella vez. Unas
cuantas decenas de gente
que habían llegado de
otros países, bailaban
casino de modo
sorprendente. Los que
vinieron con Adam desde
Londres, los que Enzo
envió desde Roma y
Turín. Todos mezclados.
Todos bailando con
todos. Otra vez parejas
que se disolvían en el
grupo… grupos que se
desarmaban en múltiples
parejas.
Así sucede todos los
domingos, como entonces.
Es el nuevo punto de
encuentro, la nueva
Meca. Juanito el Abuelo,
líder indiscutible de
los “viejos” (como dicen
los jóvenes a los
fundadores) habla,
anima, presenta una
pareja de la India, y
una rueda con algunos
cubanos y varios suizos.
Moncada toca “La rueda
de casino”, una pieza
premonitoria compuesta
en 1993, y es la locura.
Allí encontramos a
Dimitri. Fue una noche
muy especial para él. Se
autodenominó embajador
del casino en Rusia,
como Adam y Enzo en
Inglaterra e Italia,
respectivamente. Él
también entendió.
—¡¿Casino en Cuba?!
¡Sí! ¡Efectivamente!
Pero hay una noticia
mejor: en el Casino de
Cuba nadie pierde.
La rueda de casino
(Grupo Moncada)
Si bailas en La Habana,
suavecito con la música
cubana,
y las piernas se te
enredan,
es que estás bailando en
una rueda.
La rueda de casino
es un baile cadencioso y
súper-fino.
No es exótico ni
extraño.
Si lo aprendes,
bailarías todo el año.
Baila mi
rueda.
Baila.
Hagamos una rueda
que se forme desde
Italia a Venezuela,
desde Nueva York a
Chile,
enlazando corazones
juveniles.
Desde Egipto hasta
Japón,
vacilando con el mambo y
con el son,
deja que este baile
suba,
que te trae el sabor que
tiene Cuba.
Baila mi
rueda.
Baila. |