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En los últimos cinco años el
panorama de la narrativa cubana
ha visto crecer el número de
novelas publicadas, y premiadas
en los más prestigiosos
concursos de nuestro país, que
deben su autoría a las mujeres.
Cuando en 1996, Mirta Yáñez y yo
recogimos en un panorama crítico
una muestra de cuentistas
cubanas contemporáneas, todavía
era evidente la marginación de
género sufrida por nuestras
escritoras: menospreciadas,
olvidadas y subestimadas,
especialmente cuando de prosa de
ficción se trataba.
Entonces era posible hablar de
un discurso alternativo de
impronta femenina, identificable
en algunas características como
cierta tendencia a la
subjetividad o a las temáticas
referidas al espacio privado, la
recurrencia a una literatura
fantástica o una preponderancia
de lo íntimo o lo confesional,
que indicaban un proceso de
empoderamiento a través de la
palabra cuya relativa inmadurez
parecía corroborar la existencia
de lo que se ha dado en llamar
un “discurso femenino”.
Pasados 14 años desde la
publicación de aquellas Estatuas
de sal, las obras escritas por
mujeres en Cuba parecen asumir
un grado de neutralidad con
respecto a los tópicos
anteriormente mencionados que
elude las clasificaciones
simplistas y las coloca en el
corpus de esa Literatura (con
mayúsculas) (huidiza en cuanto a
su diferenciación genérica, tal
vez porque separarla del resto
de la producción circundante
podría conducirla a una
automarginación si negáramos
también la existencia de un
discurso opuesto, es decir, el
hipotético discurso de una
masculinidad).
Difícil sería establecer
conclusiones sobre la existencia
o no de una escritura definida a
través de filiaciones sexuales.
En más de una ocasión he
escuchado a una colega escritora
afirmar que ella escribe como
mujer en tanto escribe también
como un individuo con una
historia de vida a la que se
suma, entre otras muchas
definiciones, la de pertenecer
al género femenino. Lo mismo
debe ocurrir con los escritores
hombres.
Esta asunción no sexista de la
literatura es, en mi opinión, el
giro que marca en la actualidad
las novelas y relatos escritos
por las mujeres cubanas, donde
muchas veces lo autobiográfico
es el punto de referencia que
pudiera encontrar la crítica
para demostrar la existencia de
ese tan traído y llevado
“discurso femenino”.
El espacio que ocuparán estas
reflexiones resultaría
insuficiente para reseñar todas
las novelas donde ya es
apreciable ese empoderamiento
que ha convertido a las
escritoras cubanas en parte de
un corpus imposible de ser
relegado al ghetto de
“literatura femenina” (aun
cuando todo espacio que sirva
para destacar la obra de las
escritoras mujeres no deba ser
desaprovechado en virtud de
cierto complejo de inferioridad
que a veces nos asalta cuando se
nos estudia en capítulos
aparte).
Solo llamaré la atención sobre
lo que se me ocurre llamar “una
nueva feminidad” en la que los
recursos tradicionalmente
empleados en las “ficciones
masculinas” son también asumidos
por las narradoras sin
limitaciones pudorosas ni
estereotipos obsoletos (si bien
es cierto que las experiencias
relatadas se diferencian —y no—
de las que pudiera reflejar un
autor hombre en su escritura).
En este punto justo es también
señalar que la literatura
escrita por hombres en Cuba en
la última década ha sufrido
procesos de transformación que
no obedecen por completo a los
modelos imperantes en épocas
pasadas y asumen casi
inconscientemente la necesidad
de cambios de los patrones
patriarcales a otros más libres
y menos atados al sistema
sexista, incluyendo rasgos que
por general suelen asociarse al
“discurso femenino”. Pero este
sería tema para otros artículos
e investigaciones.
Anna Lidia Vega Serova, por
ejemplo, no está incluida en el
panorama Estatuas de sal. Su
obra empezó a ser conocida poco
tiempo después de la publicación
de ese volumen y, desde el
principio, se caracterizó por
una escritura desinhibida
enfocada hacia temas
relacionados con la marginación
entendida mucho más allá de la
discriminación de género.
Sus cuentos tratan de la vida
cubana en el período especial y
enfocan los personajes femeninos
en su interrelación con la vida
que les rodea no solo en el
entorno doméstico (del que es
una peculiar indagadora) sino
también como parte de una
sociedad a la que sus
protagonistas no se sienten
totalmente integrados.
En su primera novela (Noche de
ronda) mantiene estos
presupuestos además de una audaz
experimentación con la forma
que, en ocasiones, lastra el
argumento sin que este deje de
resultar interesante en las
múltiples posibilidades de
situaciones ubicuas que se
presentan al lector.
Sin embargo, Ánima fatua
sobresale por presentársenos
como una novela de aprendizaje
que es, al mismo tiempo, una
búsqueda de identidad a través
de los escenarios y del cuerpo,
de las realizaciones y
frustraciones de un personaje
femenino desdoblado en una
especie de esquizofrenia y que
no logra reconciliarse con la
realidad que se le impone por
razones ajenas a su voluntad.
La tan recurrida escritura de
novelas de aprendizaje de
autores masculinos pudiera ser
ya una osadía para alguien que,
como Anna Lidia, tiene
desafiantes asuntos que resolver
con sus lectores en su calidad
de mujer.
Lo mismo podría señalarse en
otros textos novelados como Las
voces y los ecos, de Aida Bahr o
Los blancos manicomios, de
Margarita Mateo Palmer. Ambas
dan cuerpo a protagonistas
femeninas que efectuaron su
educación sentimental en el
amplio ámbito de lo público y en
abierta confrontación con el
medio circundante.
Las experiencias sexuales de
Alia y de Alfa en Ánima fatua
(un mismo personaje
despersonalizado en dos)
pudieran ser demasiado
sorprendentes por sus audacias
adolescentes que transgreden
todos los modelos adjudicados a
lo femenino.
La amiga mayor de la
protagonista, Tania, ofrece un
consejo a su compañera que es ya
todo un símbolo de toma de
conciencia en cuanto a una nueva
manera de ser mujer:
Para comenzar, le dice: “mírate
en los espejos. Contémplate
mucho, todo lo que puedas,
apréciate, deléitate, ámate. Si
una mujer no se ama, nadie la
amará; peor que eso: no sabrá
amar a nadie”.
Y es a partir de estas palabras
que debemos entender el
aprendizaje de Alfa-Alia en sus
intentos tantas veces fallidos
de amarse a sí misma para
aprender a amar a los demás.
Novelas como esta y otras
(citemos también Djuna y Daniel,
de Ena Lucía Portela o Nadie es
profeta, de Laidi Fernández de
Juan) develarían la presencia de
un “discurso femenino” pero
siempre asumido desde la
perspectiva de la experiencia
individual; porque si se analiza
a fondo el hecho de aprender a
estar de acuerdo con nosotros
mismos es tan válido para las
mujeres como para los hombres.
En Ánima fatua es notorio que
todas las experiencias referidas
al personaje principal y a los
secundarios pudieran ser válidas
para ambos sexos y, sin embargo,
hay una insistencia en el
acercamiento sicológico más
pronunciado hacia las criaturas
de ficción que pertenecen al mal
llamado “sexo débil” lo que hace
de esta novela un verdadero
fresco para la visibilidad de la
presencia de las mujeres en el
mundo.
Los hippies de la obra pudieran
también representar un símbolo
de esa liberación sexual
iniciada en el mundo en la
década de los 60 y que
permite a una autora nacida a
finales de la misma un grado de
evolución que se manifiesta en
su libertad (a veces verdadero
desorden) y en su disposición
para vivir todas las
experiencias sin que el final de
la novela nos conduzca a ninguna
toma de conciencia, siquiera
aquella que tendría que ver con
la propia identidad.
Esta manera de ser mujer que se
asume en las últimas novelas de
autoras cubanas de las más
recientes y medianas
generaciones, desde una total
carencia de esquemas y hasta de
principios, pudiera ser un modo
de asumir lo femenino a través
de una neutralidad a la que al
principio de estas líneas
hicimos ya referencia.
Hay cierto travestismo que nos
impide descubrir con ojos
convencionales la feminidad del
discurso. Sin embargo, el
protagonismo otorgado a los
personajes mujeres y sus
diferencias filosóficas y
existenciales permiten hablar de
los diversos modos de asumir el
género en la época contemporánea
y posmoderna donde coinciden
divergentes y hasta antagónicos
puntos de vista sobre el asunto.
Otras novelas escritas en los
cinco últimos años pudieran
confirmar este cada vez más
frágil límite genérico en la
prosa de ficción actual. Pero
Ánima fatua es, sin duda, uno de
los mejores ejemplos de cuánto
ha avanzado la mujer en su afán
de tomar por los cuernos a la
palabra de la que, sin duda, ya
se siente dueña a pesar de los
pesares.
Discurso femenino o nueva
feminidad, lo cierto es que en
la narrativa cubana comienzan a
ser difíciles las exclusiones y
los análisis. Neutralidad y
madurez sin dejar de reflejar de
manera natural lo que ser mujer
implica en las circunstancias
actuales. Ser mujer como ser
hombre: dos actitudes y un mismo
resultado formal.
Intervención en el
panel ¿Existe una
literatura de género?,
Centro Dulce María Loynaz, 18 de
agosto de 2009. |