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Querido amigo Santiago:
Tu artículo “Concierto
de Juanes: la
despolitización del
socialismo”, que he
visto en La Jiribilla
y en Kaosenlared,
me ha suscitado el
interés que en general
despiertan tus páginas,
marcadas por la
inteligencia, la
honradez, un audaz
pensamiento
revolucionario y una
clara voluntad
filosófica. Las
suscribiría enteramente,
o casi, porque hay
matices que pueden
discutirse, siquiera sea
para que ni entre
revolucionarios se
aspire a la esterilidad
de un pensamiento único.
No me parece, amigo
Santiago, que el sentido
del humor me esté
abandonando, pero no
creo que ni siquiera
durante cinco horas —las
que duró el concierto
Paz sin fronteras,
que no fueron dos— los
cubanos y las cubanas
nos hayamos
despolitizado, ni dejado
de ser socialistas.
Decirlo no me parece
válido ni como una
metáfora política, ni de
poesía “pura”.
Sí me parece vital que
no caigamos en las
trampas de supuestos
apoliticismos, y por
ello abrazo lo que
lúcidamente planteas al
respecto. Tanto lo
abrazo, desde
convicciones propias,
que no eludiré la
responsabilidad de
rechazar que mi artículo
acerca del citado
concierto se asocie con
inclinaciones
despolitizantes, por muy
“sanas” que ellas
pudieran parecer.
Contaba con haber sido
claro en tal sentido;
pero al leerte, sabiendo
cuán agudo eres, sentí
que me habría gustado
que reparases con mayor
cuidado en mi texto,
particularmente en
algunos pasajes, aunque
entiendo que en la
generalización que
haces, y en la necesaria
brevedad periodística,
no tuvieras espacio para
mayores matizaciones.
En uno de los pasajes a
los que aludo en
particular, reproduje el
criterio de Julio
Iglesias según el cual
Paz sin fronteras
no tendría carácter
político. De ese modo el
cantante se opuso a
jaurías, geográficamente
cercanas a su
residencia, que
afirmaban lo contrario
para satanizar el
concierto. Pero añadí: “defender
la paz digna es uno de
los más nobles afanes
artísticos, morales
y políticos
[el énfasis aparece en
el original]
que puedan unir a
las personas decentes y
de buena voluntad del
planeta, si se asume la
política en su sentido
primigenio de relaciones
entre los miembros de la
polis, no como el oficio
lucrativo y cloacal en
que los intereses más
espurios la han
convertido”.
Me gustaría que tampoco
se pasase por alto el
párrafo en que preciso
que hace tiempo que la
polis que en más peligro
se halla es “el mundo en
peligro de destrucción
por las enfermedades y
el hambre que sufren
especialmente las
mayorías, y por las
guerras que promueven
las fuerzas imperiales,
las mismas que han
sobresalido como
causantes de los
desastres ecológicos”.
Pero no cometeré la
impertinencia de repetir
el artículo completo,
que puede leerse en
Cubarte, en
Rebelión y en otros
sitios.
Por cierto, que
internamente Cuba sea un
país que vive en paz no
debe hacernos olvidar
que desde el exterior
—pero con severos
efectos internos— lleva
cincuenta años sometido
a estado de guerra:
guerra económica, guerra
terrorista, guerra
mediática. Todo ello sin
descartar el peligro de
la guerra guerra,
con el que una y otra
vez la amenazan de
distintos modos los
mayores enemigos de la
paz, tanto de la paz
concreta como de la paz
abstracta, si la hay. En
Girón se consumó como
hecho real un capítulo
de esa historia, y
también se probó la
capacidad de Cuba para
resistir y vencer.
Los medios dominantes no
han propiciado que ello
se conozca, pues son
dominantes: es decir,
instrumentos del
imperio. Pero no es la
primera vez que —desde
que erradicó el
analfabetismo— Cuba hace
algo hermoso y masivo,
multitudinario, no
solamente en el ámbito
de los espectáculos
artísticos, que también
los lleva a cabo, y
bien. El concierto del
20 de septiembre
contribuyó a que el
mundo —el que esos
enemigos de la paz han
querido cerrarle a Cuba—
tuviera un poco más de
posibilidad de ver la
alegría con que
mayoritariamente el
pueblo cubano sigue fiel
al afán de construir el
socialismo, y de
enfrentar los designios
imperialistas, que lo
han obligado a
prepararse para la
guerra.
Al menos en ese sentido,
como un voto contra
semejante guerra
declarada o no
declarada, y por encima
de las particularidades
y motivaciones
individuales de quienes
intervinieron en el
concierto o lo hicieron
posible, la cita musical
habanera habrá cumplido
una
meritoria
función
artística, moral
y política.
No es casual que la
rabia haya distinguido a
los enemigos de la
Revolución Cubana, no a
sus defensores.
Las cubanas y los
cubanos —más de un
millón— que se reunieron
para disfrutar el
concierto, son parte del
pueblo que en su mayoría
continúa dando vida —su
vida— a su Revolución
socialista, en cuya
Plaza emblemática la
cita halló su mejor
escenario. Allí las
figuras de Martí y del
Che son símbolos
representativos del
pensamiento
revolucionario vivo, no
mera decoración. No es
lo mismo, digamos,
celebrar un concierto u
otro espectáculo
multitudinario en ese
entorno que a los pies
de una estatua donde
Cristóbal Colón aparezca
en lo alto de un puente
de mando, como presto a
revivir la empresa
“descubridora”.
Algo habrán de aguantar
rabiosamente nuestros
enemigos, y de aceptar
nuestros amigos
humildemente, que Cuba
sabe hacer y seguirá
haciendo por su cuenta.
No con prepotencia, no
con ingenuidad, no con
ignorancia de los
peligros que la acechan
y pueden prosperar en
todas partes; pero sí al
menos modestamente y con
el crédito de haber sido
capaz de mantenerse
firme en el afán de
construir una sociedad
signada por la justicia
social. En eso también
rinde homenaje
permanente a Marx,
aunque acaso lo cite
menos de lo que él
merece: en lo de
ratificar, con hechos,
que no basta la vieja
pretensión filosófica
—importante, sin dudas—
de conocer el mundo,
pues de lo que se trata
es de transformarlo.
Y rinde permanente
homenaje de lealtad a
Martí: por la defensa de
la justicia social; por
la aspiración a que el
mundo, no solamente su
pueblo, disfrute de una
paz digna; por su
inquebrantable decisión
de seguir esgrimiendo la
honda de David contra
Goliat. El gigante,
cualesquiera que sean
sus posibles cambios de
máscaras, sigue siendo
el mismo imperio contra
el cual concibió y
encabezó Martí un
sembrador proyecto de
liberación nacional de
implicaciones
planetarias.
Ese es el mismo imperio
“que
tiene cómplices
lacayunos” y que,
mientras en un punto
limítrofe entre esos dos
países tenía lugar el
primer concierto Paz
sin fronteras,
“fomentaba feroces
estratagemas, que hoy
son aún mayores, para
capitalizar la violencia
en Colombia y revertir
el proyecto bolivariano
en Venezuela, como parte
del propósito de frenar
el apogeo emancipador
que vive nuestra
América”.
Para terminar, querido
amigo, te pido que me
perdones por haber sido
tan formal en estas
líneas. Desde el título
he querido que se sepa
que son cordiales; pero
apenas he tenido ni
tendré espacio para
ratificarte el afecto y
la admiración personales
que sabes que te tengo.
La formalidad ha
incluido el que te
identifique, en el mismo
título,
con tu nombre de autor,
que no es el que podemos
usar tus amigos para
charlar contigo en la
cercanía, algo que he
tenido y espero volver a
tener el gusto de hacer,
sino el que usas para
firmar —como en el
artículo que ha motivado
esta nota presurosa—
páginas relevantes que
ya no son ni escasas en
su cifra. De ti admiro
hasta la vocación de no
rendir tributo en tu
firma a los patrones
patriarcales, como es
usual en otras culturas.
Recibe un abrazo
informal y sincero de tu
amigo y camarada, y
colega,
Luis Toledo Sande |