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Los últimos días de octubre, en los
salones de conferencia
del Habana Libre,
resonaron ideas
ilustres, y polémicas,
expresadas por
intelectuales e
investigadores de 14
países, entre los cuales
se destacaron Cuba,
Argentina, Brasil,
Chile, Colombia, España
y México, respecto al
papel de la lectura en
el desarrollo humano.
Todos convocados por la
admonición martiana de
que “se ha de conocer
las fuerzas del mundo
para ponerlas a
trabajar”, la décima
edición del Congreso
Internacional Para Leer
el XXI rindió homenaje,
entre otros cumpleaños,
al medio siglo que
festejan Casa de las
Américas y el Instituto
Cubano del Arte e
Industria
Cinematográficos.
Pero el Congreso nunca pretendió
restringirse al tema de
la lectura de libros,
lamentablemente
erosionada, como
principalísima fuente de
conocimiento, placer y
comprensión del mundo.
Para cortar el hilo de
quejas respecto a la
desaparición del hábito
más aportador, el
Congreso propuso una
brillante agenda de
ponencias y debates
donde destacaba el
enfoque de la lectura
visto desde la familia,
la comunidad, la
escuela, el papel de las
bibliotecas y de las
universidades en la
sociedad “del saber”, la
relación no
necesariamente adversa,
con las nuevas y no tan
nuevas tecnologías... En
fin, la lectura
entendida como
interpretación y
traducción del universo,
del cuerpo humano, los
enigmas del texto
literario,
cinematográfico,
mediático, artístico.
¿Y qué hace un crítico de cine
enrolado en un Congreso
de lectura? Se
preguntará el lector.
También yo me hice
similar cuestionamiento,
hasta que los
organizadores, en
particular la Doctora
Emilia Gallegos,
presidenta del Comité
Organizador, me
convenció —a mí y a
muchos otros
especialistas de las más
diversas ramas del saber
humano— de que se
trataba, también, de
ensanchar la comprensión
de la palabra Lectura
respecto a la palabra
escuchada o escrita,
sino también de fomentar
estrategias para
aprender a leer —es
decir—, a comprender,
asimilar y redimensionar
los medios, las
imágenes, las
identidades, las
culturas y sus símbolos
preeminentes.
Entonces decidí proponer un
acercamiento
interpretativo menos
catastrofista de las
telenovelas brasileñas
contemporáneas en una
ponencia titulada Por
una relectura no
apocalíptica de la
telenovela brasileña
contemporánea, de la
cual me permito
proponerle algunos
fragmentos al lector:
“(...) ¿Seguirá siendo justa,
procedente y necesaria
la condena irrestricta
de la telenovela por
muchos de quienes abogan
por el progreso
intelectual, le rinden
culto a la complejidad,
y confían en el triunfo
de la cultura y el
humanismo? ¿Continúa
siendo preeminente la
metafísica de la
evasión, vía
sentimentalismo, en el
llamado folletín
electrónico
latinoamericano? ¿Acaso
no existe, y se ha
demostrado la
efectividad concreta, en
el cine y en la propia
televisión, un melodrama
habilitado y
progresista, capaz de
acceder a temáticas y
personajes más amplios y
comprometidos con la
realidad, apoyado en la
apertura a diversas
estéticas, y signado por
la exploración más o
menos renovadora en
cuanto a los temas,
lenguajes y códigos que
le son inherentes? ¿Son
acaso inmutables las
características
medulares, esenciales,
del drama burgués en
versión televisiva, o es
que existen en los
últimos 20 años
encomiables elementos de
renovación y cambio
capaces de servir de
paradigma en la
evolución y la
insurgencia? ¿Pueden y
deben los espectadores
avisados, los maestros y
la crítica oficial jugar
un papel en la lectura y
el enaltecimiento de los
elementos renovadores
que alimentan la
manifestación
audiovisual de mayor
arraigo popular en
Latinoamérica?
“Esta ponencia pretende darles
respuestas muy parciales
a tan ingentes
cuestionamientos, y más
que responder, pretende
que el lector se formule
estas y otras
interrogaciones respecto
al concilio de las
funciones de
entretenimiento,
educación sentimental, o
recreación en la
belleza, el lujo y el
poder, y aquellas otras
funciones más orientadas
a lo sociológico, lo
didáctico, incluso
político, pasando por la
reafirmación de
identidades culturales e
idiosincrasias
nacionales. Para mejor
comprender las funciones
varias que cumple la
telenovela es preciso
verla, en primer lugar,
como pariente cercana
del drama burgués,
surgido a finales del
siglo XVIII, y que se
desarrolló a partir de
la entronización del
hombre común (más allá
de los héroes impuestos
por la tragedia durante
la Antigüedad, el
Medioevo y el
Renacimiento), y
apostaba por la empatía
y la identificación del
público con los
personajes, mientras
exaltaba la vida
cotidiana burguesa, los
valores familiares y la
moral protestante. Aquel
nuevo estilo dramático,
antecedente del folletín
y de los grandes relatos
naturalistas y
realistas, también se
asentaba en el principio
aristotélico de la
mimesis y la
verosimilitud, que
intentaba convertir la
ficción en espejo de la
realidad. El hombre
común como sujeto, y su
empeño en que triunfen
la virtud, el amor y la
justicia aparece en la
tradición folletinesca,
y también en Víctor
Hugo, Tolstoi, Balzac y
Galdós, y en los
escritores románticos,
realistas y naturalistas
de Latinoamérica,
quienes constituyeron
los primeros paradigmas
de la telenovela
posterior a partir de
títulos como María
(Colombia), de Jorge
Isaacs; Cecilia
Valdés y Sab
(Cuba), de Cirilo
Villaverde y Gertrudis
Gómez de Avellaneda,
respectivamente; La
esclava Isaura
(Brasil), de Bernardo
Guimaraes; Santa
(México), de Federico
Gamboa; Amalia y
Peregrinaciones de un
alma triste
(Argentina), de José
Mármol y Juana Manuela
Gorriti,
respectivamente;
Índole (Perú), de
Clorinda Matto de Turner,
entre otras muchas.
“Las funciones del melodrama y la
telenovela en
Latinoamérica se
relacionan estrechamente
con los propósitos del
drama burgués y del
relato romántico, pues
según asegura Carlos
Monsiváis, se
estructuran alrededor de
la educación sentimental
y de preceptos
religiosos e históricos.
Por un lado, el
melodrama apuesta por la
defensa del valor del
sufrimiento y de la
renuncia como el camino
para alcanzar ciertos
premios por buena
conducta, en un proceso
de purificación que
Monsiváis denomina ‘el
chantaje de la
trascendencia’, mientras
que, paralelamente, se
estimula en el
espectador la esperanza
de mejorar su vida, su
familia y hasta su país,
puesto que los
protagonistas consiguen
derrocar las barreras
sociales, vencer las
fuerzas de la maldad, la
traición, la avaricia y
la podredumbre moral.
“Como afirma el escritor
mexicano, los héroes del
melodrama (y a pesar de
las muchas consonancias
debemos aclarar que se
refiere más que a la
telenovela, al cine
argentino y mexicano de
los años 30 al 50)
intentan ‘ser como
Cristo, olvidarse de los
intereses propios (mejor
aún, afirmar que los
únicos intereses propios
son los comunitarios), y
de suplicio en suplicio
ganarse el cielo (...)
Gracias al melodrama los
mártires, los santos y
las vírgenes abandonan
sus nichos y se enfilan
hacia las recámaras, las
cocinas, las calles, los
lugares non sanctos
y las cárceles’.
“El folletín o novela por entregas
(que tenía la finalidad
de incrementar la venta
de periódicos) y luego
la radionovela o soap
opera, se desarrolla
gracias a la ampliación
de los medios de
comunicación, a la
creciente alfabetización
de los países incluso
subdesarrollados, a la
necesaria producción y
consumo de la cultura de
masas. Este desarrollo
del folletín y de la
narración realista
decimonónica, desembocó
en la eclosión del
melodrama
cinematográfico entre
los años 30 y 50 del
siglo XX —con personajes
tipo concebidos a la
medida de Pedro Infante,
Libertad Lamarque, María
Félix y otros muchos—, y
poco después hace su
aparición la telenovela,
versión audiovisual
propia del
perfeccionamiento que
venía conociendo la
literatura seriada,
puesta en conformidad
con un público
domiciliario, heredero
del placer que sentían
sus padres o abuelos al
identificarse con los
hombres y mujeres
comunes que les
presentaba el folletín y
la radionovela.
“En este punto es preciso
especificar tres
particularidades, entre
decenas, que marcaron la
evolución hasta el
presente de la
literatura seriada
(incluidos el drama
burgués, el folletín, la
soap opera
radial, y las primeras
telenovelas) y que
seguramente permitirán
la posible evolución de
folletín electrónico en
Latinoamérica, y
particularmente en
Brasil, habida cuenta de
que el único modo de
asomarnos tentativamente
al futuro de cualquier
fenómeno cultural
consiste en reexaminar
cuidadosamente su
dinámica y evolución en
el pretérito. La tríada
de factores que ha
garantizado, entre
otros, la evolución del
melodrama, han sido los
cambios en la tipología
de los personajes, es
decir, en los
fundamentos del sujeto
dramático; en segundo
lugar está la necesidad
de suspense, acción,
sorpresa y variación que
exigen estructuras
narrativas asentadas
básicamente en la
reiteración y el
resumen, y por último,
está la multiplicidad de
subtramas que oxigenan,
enriquecen, postergan y
afectan el drama
principal, regularmente
anclado en los
conductores o núcleos
del melodrama
tradicional. Estas
serían las tres
variables que
básicamente les ofrecen
a los guionistas,
productores y
realizadores la
posibilidad de eludir la
metafísica de la evasión
en la telenovela
contemporánea brasileña.
Y sin renunciar al
sentimentalismo, ni a
las peripecias emotivas,
ni a la identificación
con el héroe, propias de
la usanza originaria,
conseguir telenovelas
más responsables y
comprometidas con la
realidad, cuyos
protagonistas se
acerquen a las
complejidades inherentes
a la naturaleza humana.
“Mediante alteraciones graduales en
la tipología del sujeto
y objeto, los auxiliares
y oponentes, el
destinador y el
destinatario, a partir
de sorprender al
espectador con
irrupciones de la
contemporaneidad
cultural y social, y
luego de profundizar en
el multiplot para
enriquecer las rancias
estructuras del
melodrama tradicional,
prospera la telenovela
contemporánea, cuya
estructura y visualidad
‘se refresca’ con
aportes del documental,
el video clip, el cine,
la plástica, el video
arte, o el teatro de
vanguardia; mientras que
el multiplot
permite eludir, al menos
parcialmente, la
reconcentración en el
protagonismo de los
blancos, lindos,
pudientes, adinerados y
‘normales’. Entonces, el
mayor desafío para la
telenovela —una vez
sabido que renegar del
género melodrama en
bloque, y
apriorísticamente,
implicaría desdeñar una
manifestación cultural
confirmadora de nuestra
identidad, y además
repetir el soberano
error epistemológico que
cometió la mayor parte
de la crítica y los
intelectuales de
izquierda
latinoamericanos en los
años 60 y 70— consiste
en renovarse a partir de
los caminos antes
señalados, grosso
modo, sin vulnerar
los ámbitos de la
repetición
característica, y de la
seducción hipnótica que
caracterizan al
melodrama y a la más
popular de sus
mutaciones
audiovisuales.
“Atributos del sujeto y el objeto
telenoveleros como el
origen social y
profesional, la edad, la
raza y las aspiraciones
pueden contribuir al
ensanche y
redescubrimiento de
mundos públicos y
privados que, al fin y
al cabo, conforman la
identidad histórica y la
actualidad más
incandescente de
nuestros países.
Protagonistas que pueden
ser fotógrafos,
periodistas, poetas,
cineastas, mujeres
divorciadas,
emancipadas,
profesionales,
trepadores, oportunistas
y corruptos de toda
suerte sostienen en los
creadores una actitud
reveladora y abierta
ante la realidad que
permite distanciarse de
las tipologías y
estructuras clásicas, al
tiempo que representa
indicios de rebeldía
frente al didactismo
formalista impuesto en
otras épocas. Las
brasileñas Malú,
Roque Santeiro,
Vale todo, El
rey del ganado,
La próxima víctima y
las dos escritas por
Manuel Carlos y
recientemente exhibidas
en Cuba, y en casi toda
Latinoamérica, (Mujeres
apasionadas y
Páginas de la vida)
representan el
enriquecimiento del
sujeto y de las
subtramas antes
mencionada, además de
una recreación en lo
referencial y aleatorio,
una cierta lentitud en
el desenvolvimiento de
los conflictos, y sobre
todo un empeño
preeminente de anclar
personajes y peripecias
en la vida común,
ordinaria, habitual. A
partir de tales ejemplos
muy bien puede hablarse
de un muy lento pero
certero desplazamiento
de los paradigmas, en
variaciones que nunca
desatienden del todo los
personajes, pasajes y
giros, los trazos y los
temas tradicionales del
melodrama, pero que
incluso juegan a veces
con la aparición de un
final abierto, o no
demasiado feliz, y con
la presentación de
personajes más complejos
y redondos. De este
modo, se han sentado las
bases para distender las
historias, ampliar la
tesitura de la trama, y
garantizar un auditorio
más amplio y exigente,
que trascienda y supere
el conjunto integrado
por las grandes masas
iletradas, y a las amas
de casa de baja
escolaridad.
“El juego de la telenovela propone
entretener en primer
lugar, pero ni siquiera
los más ingenuos o
hipercríticos le
desconocen las reglas de
comportamiento y los
volúmenes de información
que aporta, mucha
información que puede
suministrarse a través
de los diálogos ágiles,
la informatividad de la
fotografía, y la
necesaria incorporación
transtextual de la
crónica cotidiana, los
titulares de la prensa,
las cuestiones polémicas
en términos de política,
ciencia, cultura, arte,
medio ambiente y de todo
el acervo infinito de
temas y giros que
afectan los rumbos de la
trama central y deciden
la arquitectura de las
principales subtramas.
La notable variabilidad
que se registra entre
las diversas ‘escuelas
nacionales’ —e incluso
al interior de las
naciones de acuerdo la
diversidad de
autores/guionistas, los
cambiantes intereses de
la productora, o el
horario en que el
producto sale al aire—,
imposibilita el
cumplimiento estricto de
las estrategias
canónicas del melodrama,
e impide que triunfe en
todos los países y
circunstancias el mismo
estilo narrativo, o
apropiación de la
realidad. Cuando se
relata, por ejemplo, la
historia de un
terrateniente maduro,
quien se apasiona por
una prostituta pobre, la
historia puede tener
matices completamente
distintos en Brasil,
Argentina, Colombia o
México. Es decir, que
con idéntico soporte de
storyline, el
cual garantiza los
parámetros de
universalidad a que
aspira el género, existe
una inmensa gama de
posibilidades creativas
que le han conferido
pluralidad a la
telenovela, además de la
tenue pero constante
tendencia a la
innovación, y el
imprescindible reajuste
a la teledramaturgia
posmoderna con la
combinación de
dispositivos narrativos
arcaicos, e imaginarios
propios de la revolución
tecnológica y el triunfo
a todos los niveles de
la cultura de masas.
“Tales ajustes y reacomodos le han
permitido a la
telenovela cobrar cada
vez mayor importancia
como espejo privilegiado
de las culturas y las
sociedades
latinoamericanas, y
sólido aporte
audiovisual a la
urdimbre de las
narrativas nacionales.
Incontables serían los
títulos cuyos argumentos
explotan los contrastes
entre riqueza y pobreza,
modernidad y arcaísmo,
sur y norte, litoral e
interior, campo y
ciudad, alimentando en
el discernimiento del
espectador un repertorio
constantemente
actualizado de
posicionamientos
sociales,
generacionales,
sexuales, raciales y
religiosos. Por este
camino la telenovela ha
devenido una institución
mucho más accesible,
popular y competente que
múltiples instituciones
sociales como la
escuela, el partido
político, la familia, la
iglesia o las
instauraciones del
estado. “Porque, de
acuerdo con Canclini, la
televisión disemina la
propaganda y orienta el
consumo, pero también
conforma y reconforma
constantemente un nuevo
espacio público que
puede conferirle
visibilidad a ciertos
temas y comportamientos,
personajes y conflictos,
que trascienden la
esfera privada y se
adentran de lleno en lo
público, lo ideológico,
lo político e incluso lo
filosófico.
“La profundización del proceso
democrático en
Latinoamérica a partir
de los años 80, la
tendencia a la izquierda
de varios gobiernos del
área elegidos en las
urnas, los movimientos
sociales y el proceso de
globalización
multimediática (que pasa
por la ampliación del
acceso a la televisión
nacional e internacional
desde cualquier punto de
la geografía
latinoamericana), la
intensa migración del
campo a las ciudades y
la consiguiente
proletarización del
campesinado y ampliación
del mercado de consumo,
son factores que actúan
a favor del
desplazamiento hacia
nuevas representaciones
‘de los sujetos
participantes en el
melodrama
latinoamericano’, por
así nombrar tanto a las
autores y productores,
como a los
espectadores-consumidores.
Durante los últimos 20
años, si bien la
telenovela ha
contribuido con el
exhibicionismo
consumista, la
enajenación y el
subterfugio evasivo de
los problemas ‘reales’
de los
auditorios
—transformándose en el
primer artículo de
exportación de las
industrias culturales
latinoamericanas, con
amplio apoyo en los
sectores publicitarios,
discográfico y
editorial— hay múltiples
y memorables ejemplos de
palimpsestos integrados
por amplios estratos de
expresiones artísticas
nacionales, y la
realidades sociales
mediatizadas por el
sentimentalismo. Los
recorridos de los héroes
simbolizan el imaginario
nacional, con todas las
angustias, traumas,
miserias y aspiraciones
del hombre y la mujer
‘común’, de modo que se
articula la expresión de
dramas privados en
términos públicos, y de
dramas públicos en
términos privados. De
manera que el eterno
retorno de los tópicos
melodramáticos (héroes
quijotescos que no se
resignan a una
existencia gris e
inútil, secretos de
nacimiento y linaje,
trasgresión de barreras
sociales y morales, la
certeza de ideales
grandiosos y
emancipadores,
identidades falsas,
intercambio de hijos,
padres desconocidos,
herencias repentinas,
ascensión social vía
matrimonio) se vincula
con algunos de los
grandes temas de la
contemporaneidad
latinoamericana, y con
el debate generalizado
en torno a cuestiones
como el sistema de
educación y seguridad
social, el amparo de la
infancia y la vejez, las
drogas, el sida, la
discriminación racial y
sexual, la corrupción
administrativa y
política…
“Aunque algunos estudiosos
distinguen entre las
novelas ‘realistas’,
críticas de la realidad
social o ‘brasileñas’, y
las ‘fantasiosas’,
lacrimógenas o
‘mexicanas’, que se
desmarcan de todo
comentario político y no
contemplan variantes
satíricas ni de mayor
insurgencia artística,
en realidad se está
produciendo, incluso en
el interregno de los
claustrofóbicos
melodramones del más
rancio estilo mexicano o
venezolano, el
allegamiento gradual al
universo de las grandes
urbes latinoamericanas
(con mayor uso de
grabaciones en
exteriores y referencias
a los acontecimientos
corrientes), un lenguaje
más coloquial y estilos
de actuación veristas,
el uso recurrente del
alivio humorístico, otro
ámbito de relaciones
entre los sexos, y
variantes
representacionales que
juegan con la
autoparodia, la cita, el
homenaje, el borrado de
los límites genéricos y,
sobre todo, las imágenes
del cotidiano que
cumplen más con la
obsesión telenovelera de
estar a la moda, que con
la autoconciencia de
responsabilidad cívica.
“Incluso las telenovelas ambientadas
en el siglo XIX, y en la
primera mitad del siglo
XX (La esclava
Isaura, Doña
Beilla, La fuerza
del deseo,
Cabocla, Siete
mujeres, Chiquiña
Gonzaga, Terra Nostra)
combinan los géneros y
las informaciones
suministradas al
espectador a partir de
insertos documentales y
fotográficos, de textos
eminentemente históricos
y estilos plástico-representacionales
que componen las
imágenes originarias del
país, y le permiten al
espectador reconocer el
presente, a través del
pasado y de la historia,
en relatos más o menos
mixtificados,
idealizados o
romantizados, pero que
estimulan fuertemente el
nacionalismo, el reflejo
convincente y cálido de
lo propio. Porque
también debe entenderse
—aunque muchos insistan
en escribir y hablar de
las telenovelas como un
conjunto homogéneo de
obras que pueden ser
juzgadas en bloque a
partir de sentencias
sumarias y despectivas—
que por lo menos en
Brasil, y en algunos
otros países
excepcionalmente, son
fruto de la combinación
de profesionales de
formación muy diversa y
tendencias ideológicas a
veces contrapuestas, y
así los melodramas de
época que en el cine
norteamericano y europeo
pueden contribuir a
distanciar al espectador
hacia un pretérito
imperial o glorioso, en
la telenovela
latinoamericana ha
servido para reflexionar
sobre el caciquismo y la
tenencia de la tierra,
los traumas de la
conquista y de la
esclavitud, o el poder
ancestral de las
oligarquías urbanas y
terratenientes. “Además,
debemos recordar que
muchas veces las tramas
y desenlaces responden a
un sistema real de
retroalimentación que
cuenta con la
participación de los
telespectadores en el
momento mismo de la
producción. En ese
sentido, la telenovela
se adelanta incluso al
cine, pues poseen ese
carácter de obra abierta
(en el sentido en que lo
planteaba Umberto Eco)
capaz de representar la
opinión pública sobre lo
que es legítimo o no, y
de conferirle al público
la posibilidad concreta
de convertirse en
coautor de la serie.”
(...)
Así que, por mucho que
acusen al melodrama y a
la telenovela de
populistas y
enajenantes, por mucho
que sigan siendo un
grupo considerable los
intelectuales
apocalípticos que se
rasgan las vestiduras y
maldicen estos productos
por inocuos y
apolíticos, se impone la
relectura desde los
estudios de recepción o
desde la crítica atenta,
que valide y legitime
los elementos
discursivos y narrativos
capaces de potenciar
matices documentales,
históricos, sociales y
de aproximación
ontológica. Cada vez
aparecen con mayor
frecuencia algunos
ejemplos bien conocidos
en los cuales el entorno
sicológico, ético y
político ocasiona
conflictos que muchas
veces trascienden, de
facto o simbólicamente,
el marco familiar y el
efectismo emocional
característicos, para
fijarse en la perpetua
pugna entre tradición y
ruptura, entre
conservadores y
excluidos, entre Saturno
que devora a sus hijos y
los dioses olímpicos
omnipotentes pero
predestinados a ser
víctimas de algún amor
imposible. |