En primer lugar quiero
agradecer a Bárbara Rivero y
al Festival de Teatro de La
Habana el habernos invitado
a participar en esta edición
en la que se celebran los 50
años de Teatro en la
Revolución.
Por esta razón, creo que
este encuentro ―novedoso en
su formato―, que os vamos a
presentar, Bidinte y yo,
encaja perfectamente con la
celebración de esta
decimotercera edición del
festival.
Los festivales
internacionales tienen la
posibilidad del encuentro
entre artistas de diferentes
países y culturas. Sirven
para conocer y darnos a
conocer; para mostrar ese
mapa múltiple y diverso que
son los artistas del mundo.
Por ello, hemos invitado a
participar en nuestra
conferencia-espectáculo a
músicos de la Isla. Bidinte,
que es un extraordinario
músico de Guinea Bissau,
afincado en España, ha
sentido la necesidad de
venir a La Habana a
compartir su música con
músicos cubanos. Él es un
creador que respeta su
cultura y sus tradiciones
musicales, para desde ellas
y, desde todo lo aprendido
de sus predecesores
comunicar al mundo sus
ritmos ―el Gumbé, Tina,
Djambadon, Ku Sunde, Broksa,
etc.―, recreados, y desde el
compromiso personal seguir
evolucionando y creciendo
como músico. Bidinte nos
hablará de ese largo camino
musical que le trajo desde
Bolama.
Esta conferencia-espectáculo
consiste, como su nombre
indica en una pequeña
ponencia de introducción
sobre el compromiso político
y la creación artística,
para posteriormente enlazar
con un espectáculo de música
y textos.
He seleccionado algunos
textos de mujeres, de
diferentes partes del mundo,
que tienen un compromiso
político a la hora de hacer
literatura. Tras la
representación será un
placer poder dialogar,
Bidinte y yo, con todos
ustedes sobre aquello que
nuestra música y palabra,
les provoque.
Para mí, el hecho de ser
mujer es un compromiso
personal, social,
profesional y político.
Mi interés por la justicia
social, los derechos
humanos, la libertad y mi
empeño en la lucha para que
la mujer alcance, en todos
los ámbitos ―público y
privado―, el respeto y el
lugar que le corresponde, me
empujó a participar en
movimientos sociales como
"La Plataforma de Mujeres
Artistas", "Mujeres de
Negro", "Paz Ahora", etcétera...
Como adulta y mujer
comprometida que soy, me
siento absolutamente
responsable de la sociedad
que estamos construyendo;
por esta razón, desde mi
pequeña parcela del teatro
procuro tener una actitud
coherente, e intento que
todos los espectáculos que
genero hagan reflexionar al
espectador. La creación
cultural unida al compromiso
político tiene como reto
contribuir a formar personas
con identidad propia. Cada
cultura nos transmite unos
valores y deberes y lo hace,
en primer término, a través
de la institución familiar.
Cuando hablo de familia, no
me limito al clásico modelo
familiar, sino a las
diversas formaciones
familiares que la sociedad,
en su evolución, nos
demanda.
En cualquier caso, las
figuras paternas/maternas
tienen una inmensa
responsabilidad ya que las
ataduras de la infancia son,
tremendamente, difíciles de
desanudar. Lo que enseñamos
a los niños son unas normas
y principios, un mecanismo
de darse órdenes y, por
tanto, un modelo al que
parecerse.
El niño y el adulto,
compara su comportamiento
con el modelo aprendido en
su formación, y se
enorgullece o avergüenza. La
educación es el primer reto
que tenemos las mujeres para
no reproducir la educación
patriarcal, machista e
intolerante que nosotras
hemos recibido. Debemos deconstruir nuestras mentes
para transmitir una
educación igualitaria entre
hombres y mujeres. Una
educación que nos conduzca a
la convivencia respetuosa
entre seres libres e
iguales.
Ser mujer es una lucha
constante por redefinirse.
Siempre divididas entre el
modelo de mujer que hemos
heredado de nuestras madres,
por un lado, y el que día a
día, nos vamos forjando como
meta, por otro.
Las pulsiones hacia lo
aprendido son muy poderosas
y la lucha por apartarse de
ellas, difícil y dolorosa.
Por eso los foros, los
encuentros entre mujeres y
con hombres, que comprenden
y apoyan nuestra lucha, son
muy necesarios para
redescubrimos, fortalecernos
y seguir avanzando. Aprender
a construirnos una
conciencia que nos permita
vivir en sociedad,
respetando y exigiendo unos
principios y normas que
establezcan las reglas de
convivencia. Valores tan
necesarios como la libertad,
la igualdad, la solidaridad,
la sororidad y la seguridad.
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Vivimos en un mundo hostil.
Durante siglos hemos sido ―y
en muchas sociedades
continúa siendo―,
simplemente, la costilla de
Adán, pero Eva, empieza a
despertar y quiere andar
sola por el paraíso. De ahí
que muchos hombres anden
desconcertados, cabreados,
asustados... y el miedo es
una nefasta compañía. Por
esta razón, por miedo a
perder el control, algunos
hombres se muestran tan
violentos. Pero no caigamos
en la tentación de sentirnos
víctimas. El victimismo es
negativo y paralizante.
Luchemos juntos, hombres y
mujeres por transformar la
sociedad y para ello, hay
que desarmar nuestras mentes
y transmitir, a través de la
educación y la cultura otros
modelos de seres humanos que
se conviertan en ciudadanos
de un mundo libre e
igualitario.
Como dice el profesor y
escritor español Gregorio
Peces Barba: "La libertad es
el valor central, pero si no
alcanza a todos habrá
frustrado la cohesión social
y el desarrollo de la
dignidad de las personas.
Los objetivos de los
ciudadanos tienen como
última meta el desarrollo de
la dignidad, es decir, de la
autonomía moral y su único
cauce son los valores de la
democracia y de la libertad
igualitaria".
El compromiso está
relacionado con nuestra
manera de ser, y de estar,
en el mundo. Tiene que ver
con nuestra forma de
relacionarnos con los demás,
con ese estado de vigilia
permanente que nos aleja del
egoísmo imperante en esta
sociedad occidental
consumista.
La persona comprometida
busca su felicidad a través
del servicio a los demás de
una forma generosa. No
podemos ser indiferentes a
las necesidades y
sufrimiento de los otros.
Tiene, también, que ver con
el respeto a nuestra
historia, a nuestros
antepasados, a todos
aquellos que nos precedieron
para, desde los valores y
principios ―en mi caso,
mujer socialista― construir
de forma responsable un
futuro que evite los errores
cometidos y cree un
horizonte de convivencia
humana basado en la
Declaración Universal de los
Derechos Humanos, que
deberían ser el marco de
referencia de todas las
culturas.
Como dijo un pintor español
Juan Genovés: "Los derechos
humanos son el mayor poema
que ha escrito la
humanidad".
Como mujer perteneciente al
mundo del arte, pienso que
la creación debe estar unida
al compromiso político y
cívico. Mi profesión teatral
la concibo como una
prolongación de mis
convicciones más profundas.
Las gentes de la cultura
tenemos una gran
responsabilidad, de ahí que
seamos muy cuidadosas en los
mensajes que transmitimos
desde un escenario, una
película, una canción o un
libro. Nada es inofensivo,
detrás se esconde una
enseñanza, un mensaje.
Otro tema que me preocupa
mucho y que va muy unido a
la cultura es el lenguaje.
Este es otro de los retos
que tenemos por delante:
elevar y enriquecer nuestro
vocabulario.
Transmitir la pasión por las
palabras. El escritor
portugués Fernando Pessoa,
dijo: "No hay amor sin
sintaxis". Es cierto, hasta
para enamorarse necesitamos
de las palabras, sin ellas,
el amor se convierte en
algo, puramente, animal.
Lo que hace único al homo
sapiens es su capacidad
simbólica. Los animales solo
transmiten señales; por el
contrario, el ser humano, a
través del lenguaje,
reflexiona sobre lo que
dice.
A mayor riqueza lingüística
mayores niveles de
pensamiento. Las
civilizaciones se
desarrollan con la escritura
y es el tránsito de la
comunicación oral a la
palabra escrita lo que
construye una civilización.
Sin esta capacidad
simbólica, el hombre jamás
se habría apartado de la
pura animalidad. El lenguaje
animal transmite señales
para comunicarse, pero la
diferencia fundamental es
que el ser humano posee un
lenguaje capaz de hablar de
sí mismo. El hombre y la
mujer reflexionan sobre lo
que dicen, no sólo
comunican, sino que piensan,
y conocen, con el lenguaje.
Algunas palabras son, en
cierto modo, traducibles en
imágenes pero se trata
siempre de traducciones que
son únicamente un concepto
empobrecido del que intentan visibilizar. La televisión
produce imágenes y anula los
conceptos, y de este modo,
atrofia nuestra capacidad de
abstracción y con ella toda
nuestra capacidad de
entender.
Es decir, el lenguaje
conceptual (abstracto) es
sustituido por el lenguaje
perceptivo (concreto) que es
infinitamente más pobre.
Los hombres y mujeres
tenemos un potencial que
transmitir al educar: el
valor de la palabra
practicando y propiciando la
lectura a nuestros hijos.
Esta labor debe comenzar en
casa, desde niños
―leyéndoles cuentos― y no
dejarla, únicamente, en
manos de la escuela.
Los artistas, los
intelectuales debemos
comprometernos con la
búsqueda de la verdad, de la
justicia, del respeto y
aplicación de los derechos
humanos, con la necesidad de
lograr la igualdad.
Como dijo el escritor judío
Primo Levi: "No podemos
callar, no podemos olvidar.
Si lo hacemos, ¿quién
hablará? Seguro que no lo
harán los culpables y sus
cómplices. Faltará nuestro
testimonio."
El teatro es mi herramienta
para defender unos valores
que deseo transmitir como
son la búsqueda de la
verdad, de la justicia, de
la tolerancia, en
definitiva, de la democracia.
Mi teatro lo enmarcaría
dentro de lo que yo denomino
teatro crítico. Es decir,
aquel que hace pensar, que
es un revulsivo, que pone en
cuestión, que no deja
indiferente al espectador.
El teatro es un arte, y como
tal, debe elevar al ser
humano, hacerlo más
sensible.
El teatro crítico tiene un
compromiso: el de hacer
política ―no dirigismo―, el
compromiso de informar, de
protestar, de denunciar los
desmanes de la condición
humana, pero debe hacerlo
con aquellos mimbres que el
arte del teatro posee como
son la estética, el
divertimento. Interpretando
por "diversión" su acepción
más noble: la de disfrutar,
la de recrear, la de llamar
la atención sobre algo. El
teatro es espectáculo y
tiene que enganchar. De poco
serviría un compromiso
cívico, político y artístico
si aburriera al espectador.
Para serle útil hay que
prenderle en la magia del
espectáculo, no soltarle
durante la representación y,
únicamente, al final cuando
se vaya a casa, reflexione
libremente sobre aquello que
ha visto y saque sus propias
conclusiones. Plantearle
preguntas que, más tarde, él
se responda.
Los artistas del mundo
entero debemos unirnos, para
ser la conciencia crítica de
la sociedad, y estos foros,
como el Festival
Internacional de Teatro de
La Habana, donde nos
encontramos, son el lugar
idóneo para comprometerse en
la defensa de los derechos,
en definitiva, en la defensa
del ciudadano y de la
democracia participativa.
Un ciudadano, al margen de
su lugar de origen, color o
confesión religiosa. Una
sociedad compuesta de
ciudadanos y ciudadanas con
derechos pero, también, con
responsabilidades. Un mundo
global con respeto a la
diversidad pero, con
igualdad de oportunidades y
con justicia para todos.
Derechos de ciudadanía que
han sido conquistados,
afirmados, gracias a las
sociedades democráticas y,
progresivamente, abarcando
componentes
jurídico-legales, políticos
y también, sociales.
Sin embargo, algo
preocupante está emergiendo
en nuestras orgullosas
sociedades y es, el miedo al
otro. El miedo es el gran
vector de la política
occidental: el miedo al
emigrante, a la
competitividad mundial, a la
desaceleración económica, al
cambio climático, a las
epidemias...
El miedo es nuestro
principal enemigo porque
está dentro de nosotros
mismos.
Como dice Todorov en su
libro El miedo a los
bárbaros: "El miedo a
los bárbaros es lo que
amenaza con convertirnos en
bárbaros. El miedo se
convierte en peligro para
quienes lo sienten, y por
ello, no hay que permitir
que desempeñe el papel de
pasión dominante. Todavía
estamos a tiempo de cambiar
de orientación."
Yo creo, como mujer de
izquierdas que soy, que es
ahí donde la izquierda puede
poner su acento
diferenciador. Tenemos que
ser capaces de encontrar el
equilibrio. Desactivar ese
estado de alerta permanente
que solo conduce a una
sociedad asustada, estresada
y ansiosa que teme al
enemigo-fantasma.
Cuando el ser humano se
encuentra en una situación
percibida como peligrosa o
problemática, se activa su
ansiedad. Y la única forma
de podernos enfrentar a los
problemas es dominando esa
activación nerviosa,
racionalizando nuestros
pensamientos. Únicamente
desde un análisis sereno,
desde el sentido común,
desde el razonamiento
lógico, la empatía, la
generosidad, el diálogo, el
respeto al otro y la
esperanza podemos resolver
los conflictos que se
presenten tanto a nivel
personal, como social o
político.
Mientras que la única meta
de nuestros líderes
políticos sea poner el
énfasis en mejorar la
economía, en que seamos más
ricos, más consumistas, más
temidos por nuestra potente
maquinaria bélica y no
prioricemos en que esa
riqueza solo puede ser
sostenible si tenemos en
cuenta los efectos
medioambientales, sociales,
culturales y repartiéndola
de forma más igualitaria, el
mundo occidental seguirá a
la deriva.
Una política progresista
pone el acento en el
siguiente orden de
prioridades:
1 Erradicación del hambre en
el mundo y de las
desigualdades sociales. Por
tanto, un más equitativo
reparto de la riqueza.
2 Enseñar a las ciudadanas y
ciudadanos que se puede
vivir con menos y más
felices si nos aseguramos de
que las necesidades del
otro también están
cubiertas.
3 Mayor respeto y empatía hacia
los movimientos migratorios.
4 Respeto a la Naturaleza,
procurando un abastecimiento
energético y del agua,
sostenible.
5 Respeto a otras culturas, a
sus creencias religiosas y
formas políticas de organizarse.
No querer imponer nuestros
valores y principios
despreciando los suyos propios.
El límite está, para todos, en
la Declaración Universal de los
Derechos Humanos.
6 Globalizar los avances médicos
y tecnológicos para que todos
puedan disfrutar de sus
beneficios.
7 Ser capaces de denunciar las
injusticias y la barbarie, las
cometa quien las cometa y
erradicar las dos varas de medir
que impera en el mundo.
8 Potenciar un mundo más basado
en el "ser" y menos en el
"tener".
Para todo ello necesitamos un
mundo más culto.
Estamos peligrosamente
instalados en la violencia, en
la mentira y en la
descalificación personal. La
impudicia instalada en el ocio,
la búsqueda del dinero fácil y
de la popularidad a cualquier
precio... de ahí la urgencia de
que los verdaderos artistas
pongan su sello diferenciador en
buscar fórmulas para que los
jóvenes ―que son el futuro―
encaucen su desarrollo fundado
en principios éticos, en valores
universales y en la formación de
un espíritu crítico y propio que
les haga más libres
y
solidarios.
Como dijo, un buen amigo de
Cuba, Gabriel García Márquez:
"No esperéis nada del siglo XXI.
Es el siglo XXI el que espera
todo de vosotros."
***
Apago luz de la mesa. Cambia la
luz y se ilumina, la zona de los
instrumentos musicales, y algo
de luz junto al perchero.
Al tiempo que entra en escena
Bidinte, yo cruzo el escenario y
junto al perchero, digo:)
"Comienza el espectáculo".
Bidinte toca un tema.
Luego sube la luz para Mercedes
que sigue junto al perchero
Durante el tiempo que Mercedes
dice el texto siguiente, Bidinte
le irá acompañando con algún
sonido:
Hoy está de moda la
interculturalidad. La tendencia
hacia una civilización global
―con todo lo bueno, y malo, que
representa― es ya una evidencia.
La subdivisión entre Primero,
Segundo y Tercer Mundo, cada vez
parece más difícil de ser
superada. Las migraciones nos
enriquecen porque como en esta
noche, nos permiten disfrutar de
palabras y músicas venidas de
otras partes de la Tierra.
Muchos están aterrados ante esta
ola imparable que llega de todos
los lados del planeta. No hay
nada más temido que aquello que
se desconoce. El amor y el
respeto vienen siempre de la
mano del conocimiento. Por eso
voy a dar voz a mujeres
distintas. Todas ellas nos
hablan de cosas, aparentemente,
lejanas, pero que sentimos muy
próximas y que nos permite ir
conociéndonos y derribando
fronteras.
Tengo la inmensa suerte de venir
acompañada de Bidinte y su
profunda y hermosísima música.
Estoy segura de que este va a
ser un encuentro muy especial.
Una noche, paseando por la playa
del Sardinero con él, con
Bidinte, me hizo pensar en que
mientras nosotros disfrutábamos
de la belleza del mar, otros
seres humanos estaban, en ese
mismo instante, pasando miedo.
Mucho miedo. Apretujados en una
patera y soñando con alcanzar la
orilla de Europa. Me rompió el
corazón.
Quizá ha llegado el momento de
reflexionar, brevemente, sobre
las causas que empujan a tantas
mujeres, hombres y niños a
emigrar. Durante los últimos
siglos ―por no hablar de la
vergonzosa venta de esclavos―,
los imperios occidentales
establecieron colonias en África
creando fronteras ficticias que,
posteriormente, han desembocado
en conflictos étnicos.
Otra de las razones es que al
darles la independencia política
―tras expoliar sus riquezas
naturales― se promovieron
elecciones libres y democráticas
según nuestro modelo occidental
pero, de este modo, alteramos su
estructura social y política.
Tampoco les preparamos para la
independencia económica, por
eso, cuando estas sociedades
―en teoría libres― intentan
desarrollarse, no les queda más
remedio que endeudarse con esos
mismos estados que fueron sus
colonizadores en el pasado. Los
países del Norte marcan las
condiciones, las normas y los
precios; y en los países pobres
crece la deuda externa y su
independencia es solo una
mentira.
Esther Ocloo, natural de Ghana,
una empresaria luchadora
admirable, nos pide que nuestro
reto, para este nuevo milenio,
sea el de seguir apoyando a la
mujer africana hasta que alcance
su emancipación económica, y
esto, solo se conseguirá, a
través de la educación.
Si liberamos a la mujer
africana, liberaremos África.
Solo perdonando la deuda externa
de los países pobres y
ayudándoles en educación y
desarrollo podremos frenar el
hambre, las epidemias, los
desastres naturales y las
guerras. Cuando estas se
producen son los niños y las
mujeres quienes más las sufren.
¿Cómo podemos seguir tolerando
que haya niños soldados? Niñas y
niños que son secuestrados,
violados y obligados a manejar
las armas que nosotros les
vendemos.
¿Cómo dejar que sigan muriendo
de hambre?
¿Cómo extrañarnos de que crucen
el mar y quieran penetrar en
nuestras sociedades?
¿Cómo olvidarnos de que estos
pueblos están perdiendo a sus
mejores hombres y mujeres, los
más preparados intelectualmente,
que mueren en el intento de
buscar una vida mejor?
¿Cómo ignorar que todas estas
desigualdades e injusticias solo
conducen al odio y al
resentimiento?
Entra más luz a Bidinte que
continúa acompañando con sus
sonidos musicales.
Quiero recitarles un poema de
Laura Victoria Valencia,
africanadescendiente:
El hombre blanco tiene miedo.
El hombre blanco pregunta...
Que si hacia dónde voy.
Que si de dónde vengo.
Que si a mis pies cansados, le
crecerán raíces en su suelo.
El hombre blanco tiene miedo,
mucho miedo.
El hombre blanco quiere saber
en qué estación me crecerán las
alas, para emprender el vuelo.
Que qué viento me trajo y cuál,
me llevará de nuevo a la tierra
de mis muertos.
El hombre blanco tiene miedo,
mucho miedo.
El hombre blanco se afana
para que no se me dormite el
alma en sus almohadas
ni se amañen en su casa mis
recuerdos.
¡Ay, hombre blanco!
Si tú pudieras ver el lugar de
donde vengo,
no temerías nada, quizá ...
fuera yo quien de ti se cuidara
y se aferrara
al petate que ablandaba la
siesta con olor a mangos,
que arrullaban las caricias y el
canto de mi negra,
¡allá en mi tierra!
¡Cómo puede dormírseme en la
tuya el alma!"
Fuera luz de Mercedes. Y
continúa Bidinte, con su música.
Una vez terminada la música,
balanceo de luz hacia centro de
la escena para Mercedes.
Vámonos a otro continente.
Angeles Mastretta, escritora
mejicana.
Las mujeres mexicanas ya no
quieren, ni pueden delegar su
destino y sus guerras al
imprevisible capricho de los
señores. Ya ni siquiera gastan
las horas en dilucidar si
padecen, o no, una sociedad
dominada por el machismo. Ellas
no pierden el tiempo, porque no
quieren perder su guerra audaz y
apresurada, porque tienen mucho
que andar y porque saben que
para tener un hombre ya no es
necesario seguirle a pie y sin
replicar. Suena bien, ¿verdad?
Sin embargo, llevar a la
práctica tal sentencia no
siempre resulta fácil,
agradable, feliz...
Por varios motivos. Entre otros,
porque las mujeres no han sido
educadas para este nuevo
destino, y les pesa ir en su
busca. Cada día tienen que
enfrentarse a la idea, aún
generalizada, de que las mujeres
deben dedicarse a atender su
casa, a hablar de sí mismas,
entre sí mismas, para sí mismas;
a llorar su dolor y su tormenta
en la soledad del baño, en la
Iglesia, al teléfono, a tararear
en silencio la canción que les
invade el cuerpo como un fuego
destinado a consumirse...sin
deslumbrar a nadie.
Muchas veces esta idea aparece,
incluso, dentro de sus doloridas
cabezas, de su colon irritado,
de su fiera gastritis cotidiana.
O peor aún, deriva en repentinas
depresiones a las que rige la
culpa y el desasosiego que
produce la falta de asidero en
quienes supusieron, desde niñas,
que tendrían asideros en la
vida.
Sin ánimo de volvernos a hacer
las mártires, debemos aceptar
cuánto pesa buscarse un destino
distinto, al que se previó para
nosotras, en una sociedad que
todavía no sabe asumir sin
hostilidad
y
rencor a quienes cambian.
El otro día me preguntaba un
periodista:
¿Por qué las mujeres, después de
todo lo logrado, siguen hablando
de conseguir la igualdad? Pero,
¿qué les falta?
"Falta, precisamente, la
igualdad", le respondí.
Vamos a ver:
¿Por qué si un hombre tiene un
romance extraconyugal es un
afortunado,
y
una mujer en la misma
circunstancia, una fresca?
¿Por qué no nos parece aberrante
un hombre de 60 años entre las
piernas de una jovencita de
18, y nos disgusta
y
repele una mujer de 45, en los
brazos de un joven de 26?
¿Por qué las mujeres que ni se
pintan, ni usan zapatos de
tacón, son consideradas unas
solteronas, o unos marimachos,
cuando todos los hombres andan
en zapato plano
y
la cara lavada sintiéndose
guapísimos?
¿Por qué una mujer de 50 años,
empieza a envejecer,
y
un hombre, también de 50, está
en la mejor edad de su vida?
¿Por qué se consideran
cualidades masculinas la fuerza
y la razón, y cualidades
femeninas, la intuición y la
belleza?
¿Por qué si un hombre puede
dejar embarazadas a… tres
mujeres distintas por semana, y
una mujer solo puede embarazarse
una vez cada diez meses, los
anticonceptivos están
orientados, en su mayoría, hacia
las mujeres?
¿Por qué detrás de un gran
hombre, hay una gran mujer, y
detrás de una gran mujer, casi
siempre hay un vacío, provocado
por el horror de los hombres a
que les vean inferiores?
¿Por qué las mujeres al hacerse
una profesión, tienen que actuar
como los hombres para tener
éxito?
Pues por todo esto, y mucho más,
las mujeres ya no quieren seguir
a los hombres a pie, y sin
replicar. Nos hemos subido a los
caballos, trabajamos el doble
que los hombres y, hasta nos
hemos puesto al frente de
nuestras propias batallas.
Incluso hemos encontrado
prestigio y reconocimiento. Sin
embargo, aún no hemos descifrado
el misterio de quiénes somos.
Mucho menos sabemos quiénes, y
cómo son, y cómo sufren, las
otras mujeres mexicanas.
Cambio de luz a Bidinte. Música.
Tras la Música. Cambio de luz,
al centro escenario para
Mercedes.
Ahora soy una escritora
estadounidense: Erica Jon.
Al borde de una crisis, porque
ha llegado a los 50 años, en una
sociedad que está dispuesta a lo
que sea con tal de no envejecer.
¿Se ha atrevido alguien a
escribir sobre los desastres del
sexo seguro en la época del
sida? ¿Se ha atrevido alguien a
decir que la mayoría de los
hombres prefieren llevar los
preservativos, colgados del
cuello, para prevenir el mal de
ojo, en lugar de ponérselos ...
donde tienen que ponérselos.
Y luego, claro, están las
eternas cuestiones del amor y el
sexo.
¿Puede haber amistad entre
hombres y mujeres mientras las
hormonas se impongan? ¿Cómo se
relaciona el sexo con el amor...
y el amor con el sexo? ¿Estamos
encasillados en nuestra propia
sexualidad... o es la sociedad
la que insiste en eso? ¿Qué es
heterosexual, qué es gay, qué es
bisexual? ¿Importa algo de esto
en lo más profundo de nuestras
almas? ¿Deberíamos librarnos de
estas etiquetas para estar,
realmente, abiertos a nosotros
mismos y a los demás? Quizá. No
lo sé.
¿Qué me está pasando en la
segunda mitad de mi vida?
Estoy recuperando el humor, la
intensidad, el equilibrio que
conocí en mi infancia, y eso me
gusta. Pero lo estoy recuperando
con un dividendo. Llámese
escepticismo, serenidad,
sabiduría. Bueno, ahora sé lo
que importa, y lo que no
importa.
El amor importa. El orgasmo
instantáneo, no importa. Echo
una ojeada a mi alrededor, a los
50 años, y veo a las mujeres de
mi generación con problemas para
hacerse mayores. Están perplejas
y
la respuesta a su perplejidad no
es otro libro sobre las
hormonas. El problema va más
allá de la menopausia, los
estiramientos de la piel de la
cara, o de si hay que acostarse
con tíos más jóvenes. No. Tiene
que ver, con toda una imagen de
la identidad, en una cultura
enamorada de la juventud,
y
sin ningún amor hacia las
mujeres como seres humanos.
Estamos aterradas, a los 50,
porque no sabemos en qué
demonios nos vamos a convertir,
ahora que ya no nos consideran
ni jóvenes ni guapas. Siempre
divididas entre el modelo de
madre que tenemos en la mente, y
el de la mujer que necesitamos
ser, sencillamente, para
sentirnos vivas.
Con un pie en el pasado, y otro
en el futuro, pasamos vacilantes
por el primer amor, el
matrimonio, la maternidad,
nuestra propia carrera, la
menopausia, la viudez o el
divorcio... sin saber, muchas
veces, qué o quién se supone que
somos, realmente. Hemos sido
pioneras de nuestra propia vida
y el precio que pagan las
pioneras es la incomodidad
eterna. La recompensa es el
pasmoso orgullo de nuestra
identidad conseguida con tanto
dolor.
De nuevo, luz sobre Bidinte.
Música.
Tras la música luz a Mercedes.
Ella encenderá unas velas, en
primer término del escenario.
Me llamo Gila Svirsky, y soy una
pacifista israelí.
En noviembre del 96, fue
asesinado un niño palestino de
diez años, llamado Hilmi. Lo
mataron cuando se encontraba
con dos amigos, porque había
arrojado piedras a un coche que
pasaba. Por desgracia para Hilmi, el coche que eligió lo
conducía un colono llamado
Korman. Persiguió a los niños
hasta la colina, y atrapó a
Hilmi que se había quedado más
rezagado. Lo golpeó con la
culata del fusil, al tiempo que
le pegaba patadas sin descanso,
hasta que el niño se desmayó, y
finalmente... murió.
Recuerdo la visita que un grupo
de pacifistas israelíes y yo
misma hicimos a la familia de Hilmi para darles el pésame.
Después de beber, con nosotras,
fuera el tradicional café
amargo, nuestros anfitriones nos
llevaron hasta el primer piso
donde se encontraban las
mujeres. En la pared colgaba una
gran fotografía de Hilmi.
Mostraba a un niño delgado que
nos miraba fijamente con sus
ojos marrones y brillantes, como
si no lograra entender lo que
había ocurrido ni la presencia
de todas aquellas mujeres que
aguardaban la aparición de su
madre. Esta, con los ojos
enrojecidos y un pañuelo en la
mano, entró por fin en la
estancia con el mismo aspecto de
asombro. No dijo nada porque no
hablaba hebreo. Y como nosotras
tampoco hablábamos árabe, nos
quedamos allí un largo rato
plantadas sin saber, muy bien,
cómo le podíamos expresar
nuestra solidaridad. De repente,
una de las mujeres se acercó a
ella, le tomó de las manos y le
dio dos besos en las mejillas.
Después, todas le imitamos.
Más tarde nos sentamos en unos
taburetes de plástico, para
escucharle, en árabe, la
terrible tragedia. Un familiar
hizo de intérprete. Mientras
hablaba, una niña pequeña, como
de unos tres años, no se separó
de ella ni un solo instante.
Esta niña está enferma, nos
dijeron, necesita, urgentemente,
un trasplante de médula ósea e Hilmi era el único donante
compatible. ¡Dios mío!
Exclamamos todas.
Hoy, años después del brutal
asesinato y tras haber sido
recurrido el caso, los
tribunales israelíes han
decidido que Korman, el colono
asesino, sufra solo una condena
de tres meses y pague una
ridícula indemnización a los
padres de Hilmi, por daños. ¿Es
este el precio de la vida de un
niño palestino? Otros muchos
mueren y ni siquiera hay una
condena para los asesinos.
Esta noche, el hombre que mató a
Hilmi, duerme apaciblemente en
su casa, protegido por el
ejército israelí y por el Muro.
Con total seguridad, los padres
del niño palestino no duerman
tan bien. Si alguna vez el juez
que dictó sentencia, pasase una
noche en vela, le animo,
encarecidamente, a que abra la
Biblia, por el Libro del Éxodo,
y a que reflexione sobre las
siguientes palabras:
"No pervertirás la justicia. No
darás muestras de parcialidad.
Aspirarás a la justicia y solo a
la justicia."
Es hora de meditar sobre estas
palabras. Mientras, esta mañana,
otro niño palestino, Bilal
Ramadán, de 14 años, ha sido
asesinado con una bala en pleno
corazón.
Luz sobre Bidinte. Música.
Tras la Música, de nuevo luz a
Mercedes, en la misma zona de la
mesa.
Perdonadme que, antes, me haya
puesto tan seria pero no podía
olvidarme de todas aquellas
mujeres, que como las
palestinas, y tantas otras,
sufren de forma tan desgarrada
la pérdida incomprensible de sus
seres más queridos.
¿Desde cuándo nos dan miedo los
extranjeros y son necesarias
unas fronteras vigiladas? ¿No
está Europa necesitada de
trabajadores de otros países?
¿Por qué, entonces, les negamos
la entrada? ¿No nos estaremos
equivocando?
¿Cómo los países democráticos
podemos olvidarnos del artículo
decimotercero de la Declaración
Universal de los Derechos
Humanos?, que dice:
"Toda persona tiene derecho a
circular libremente y a elegir
su residencia en el territorio
de un estado".
Fatema Mernissi ―socióloga
marroquí― nos habla de dos tipos
de seres humanos: el cowboy, de
los westerns de Hollywood y
Simbad de los cuentos
orientales.
El cowboy todo lo resuelve con
las armas porque teme al
forastero que llega a su pueblo.
Por el contrario, Simbad,
recorre el mundo en su barco y,
a través del diálogo, hace
amigos y negocios.
En todas las sociedades se dan
los dos tipos de personas.
Nosotros apostamos por el modelo
que representa Simbad, el
marino.
Dialogar no es fácil. Es un
arte. Y, como todo arte,
requiere de entrenamiento y
esfuerzo. Solo os he contado
algunas, de las muchas cosas,
que a las mujeres de todo el
mundo nos hacen desesperar y
rebelarnos. Espero que, entre
todos, hombres y mujeres, seamos
capaces de construir un mundo
mejor, más libre, justo e
igualitario. Buenas noches y
buena suerte.
Luz, de nuevo, sobre Bidinte.
Continúa la Música, esta vez se
suman los músicos cubanos.
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