Año VIII
La Habana
Del 7 al 13 de NOVIEMBRE
de 2009

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Creación y compromiso político

Mercedes Lezcano • La Habana

Fotos: La Jiribilla

 

En primer lugar quiero agradecer a Bárbara Rivero y al Festival de Teatro de La Habana el habernos invitado a participar en esta edición en la que se celebran los 50 años de Teatro en la Revolución.

Por esta razón, creo que este encuentro ―novedoso en su formato―, que os vamos a presentar, Bidinte y yo, encaja perfectamente con la celebración de esta decimotercera edición del festival.

Los festivales internacionales tienen la posibilidad del encuentro entre artistas de diferentes países y culturas. Sirven para conocer y darnos a conocer; para mostrar ese mapa múltiple y diverso que son los artistas del mundo. Por ello, hemos invitado a participar en nuestra conferencia-espectáculo a músicos de la Isla. Bidinte, que es un extraordinario músico de Guinea Bissau, afincado en España, ha sentido la necesidad de venir a La Habana a compartir su música con músicos cubanos. Él es un creador que respeta su cultura y sus tradiciones musicales, para desde ellas y, desde todo lo aprendido de sus predecesores comunicar al mundo sus ritmos ―el Gumbé, Tina, Djambadon, Ku Sunde, Broksa, etc.―, recreados, y desde el compromiso personal seguir evolucionando y creciendo como músico. Bidinte nos hablará de ese largo camino musical que le trajo desde Bolama.

Esta conferencia-espectáculo consiste, como su nombre indica en una pequeña ponencia de introducción sobre el compromiso político y la creación artística, para posteriormente enlazar con un espectáculo de música y textos.

He seleccionado algunos textos de mujeres, de diferentes partes del mundo, que tienen un compromiso político a la hora de hacer literatura. Tras la representación será un placer poder dialogar, Bidinte y yo, con todos ustedes sobre aquello que nuestra música y palabra, les provoque.

Para mí, el hecho de ser mujer es un compromiso personal, social, profesional y político.

Mi interés por la justicia social, los derechos humanos, la libertad y mi empeño en la lucha para que la mujer alcance, en todos los ámbitos ―público y privado―, el respeto y el lugar que le corresponde, me empujó a participar en movimientos sociales como "La Plataforma de Mujeres Artistas", "Mujeres de Negro", "Paz Ahora", etcétera...

Como adulta y mujer comprometida que soy, me siento absolutamente responsable de la sociedad que estamos construyendo; por esta razón, desde mi pequeña parcela del teatro procuro tener una actitud coherente, e intento que todos los espectáculos que genero hagan reflexionar al espectador. La creación cultural unida al compromiso político tiene como reto contribuir a formar personas con identidad propia. Cada cultura nos transmite unos valores y deberes y lo hace, en primer término, a través de la institución familiar. Cuando hablo de familia, no me limito al clásico modelo familiar, sino a las diversas formaciones familiares que la sociedad, en su evolución, nos demanda.

En cualquier caso, las figuras paternas/maternas tienen una inmensa responsabilidad ya que las ataduras de la infancia son, tremendamente, difíciles de desanudar. Lo que enseñamos a los niños son unas normas y principios, un mecanismo de darse órdenes y, por tanto, un modelo al que parecerse.

El niño y el adulto, compara su comportamiento con el modelo aprendido en su formación, y se enorgullece o avergüenza. La educación es el primer reto que tenemos las mujeres para no reproducir la educación patriarcal, machista e intolerante que nosotras hemos recibido. Debemos deconstruir nuestras mentes para transmitir una educación igualitaria entre hombres y mujeres. Una educación que nos conduzca a la convivencia respetuosa entre seres libres e iguales.

Ser mujer es una lucha constante por redefinirse. Siempre divididas entre el modelo de mujer que hemos heredado de nuestras madres, por un lado, y el que día a día, nos vamos forjando como meta, por otro.

Las pulsiones hacia lo aprendido son muy poderosas y la lucha por apartarse de ellas, difícil y dolorosa. Por eso los foros, los encuentros entre mujeres y con hombres, que comprenden y apoyan nuestra lucha, son muy necesarios para redescubrimos, fortalecernos y seguir avanzando. Aprender a construirnos una conciencia que nos permita vivir en sociedad, respetando y exigiendo unos principios y normas que establezcan las reglas de convivencia. Valores tan necesarios como la libertad, la igualdad, la solidaridad, la sororidad y la seguridad.

Vivimos en un mundo hostil. Durante siglos hemos sido ―y en muchas sociedades continúa siendo―, simplemente, la costilla de Adán, pero Eva, empieza a despertar y quiere andar sola por el paraíso. De ahí que muchos hombres anden desconcertados, cabreados, asustados... y el miedo es una nefasta compañía. Por esta razón, por miedo a perder el control, algunos hombres se muestran tan violentos. Pero no caigamos en la tentación de sentirnos víctimas. El victimismo es negativo y paralizante. Luchemos juntos, hombres y mujeres por transformar la sociedad y para ello, hay que desarmar nuestras mentes y transmitir, a través de la educación y la cultura otros modelos de seres humanos que se conviertan en ciudadanos de un mundo libre e igualitario.

Como dice el profesor y escritor español Gregorio Peces Barba: "La libertad es el valor central, pero si no alcanza a todos habrá frustrado la cohesión social y el desarrollo de la dignidad de las personas. Los objetivos de los ciudadanos tienen como última meta el desarrollo de la dignidad, es decir, de la autonomía moral y su único cauce son los valores de la democracia y de la libertad igualitaria".

El compromiso está relacionado con nuestra manera de ser, y de estar, en el mundo. Tiene que ver con nuestra forma de relacionarnos con los demás, con ese estado de vigilia permanente que nos aleja del egoísmo imperante en esta sociedad occidental consumista.

La persona comprometida busca su felicidad a través del servicio a los demás de una forma generosa. No podemos ser indiferentes a las necesidades y sufrimiento de los otros. Tiene, también, que ver con el respeto a nuestra historia, a nuestros antepasados, a todos aquellos que nos precedieron para, desde los valores y principios ―en mi caso, mujer socialista― construir de forma responsable un futuro que evite los errores cometidos y cree un horizonte de convivencia humana basado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que deberían ser el marco de referencia de todas las culturas.

Como dijo un pintor español Juan Genovés: "Los derechos humanos son el mayor poema que ha escrito la humanidad".

Como mujer perteneciente al mundo del arte, pienso que la creación debe estar unida al compromiso político y cívico. Mi profesión teatral la concibo como una prolongación de mis convicciones más profundas. Las gentes de la cultura tenemos una gran responsabilidad, de ahí que seamos muy cuidadosas en los mensajes que transmitimos desde un escenario, una película, una canción o un libro. Nada es inofensivo, detrás se esconde una enseñanza, un mensaje.

Otro tema que me preocupa mucho y que va muy unido a la cultura es el lenguaje. Este es otro de los retos que tenemos por delante: elevar y enriquecer nuestro vocabulario.

Transmitir la pasión por las palabras. El escritor portugués Fernando Pessoa, dijo: "No hay amor sin sintaxis". Es cierto, hasta para enamorarse necesitamos de las palabras, sin ellas, el amor se convierte en algo, puramente, animal.

Lo que hace único al homo sapiens es su capacidad simbólica. Los animales solo transmiten señales; por el contrario, el ser humano, a través del lenguaje, reflexiona sobre lo que dice.

A mayor riqueza lingüística mayores niveles de pensamiento. Las civilizaciones se desarrollan con la escritura y es el tránsito de la comunicación oral a la palabra escrita lo que construye una civilización. Sin esta capacidad simbólica, el hombre jamás se habría apartado de la pura animalidad. El lenguaje animal transmite señales para comunicarse, pero la diferencia fundamental es que el ser humano posee un lenguaje capaz de hablar de sí mismo. El hombre y la mujer reflexionan sobre lo que dicen, no sólo comunican, sino que piensan, y conocen, con el lenguaje. Algunas palabras son, en cierto modo, traducibles en imágenes pero se trata siempre de traducciones que son únicamente un concepto empobrecido del que intentan visibilizar. La televisión produce imágenes y anula los conceptos, y de este modo, atrofia nuestra capacidad de abstracción y con ella toda nuestra capacidad de entender.

Es decir, el lenguaje conceptual (abstracto) es sustituido por el lenguaje perceptivo (concreto) que es infinitamente más pobre.

Los hombres y mujeres tenemos un potencial que transmitir al educar: el valor de la palabra practicando y propiciando la lectura a nuestros hijos. Esta labor debe comenzar en casa, desde niños ―leyéndoles cuentos― y no dejarla, únicamente, en manos de la escuela.

Los artistas, los intelectuales debemos comprometernos con la búsqueda de la verdad, de la justicia, del respeto y aplicación de los derechos humanos, con la necesidad de lograr la igualdad.

Como dijo el escritor judío Primo Levi: "No podemos callar, no podemos olvidar. Si lo hacemos, ¿quién hablará? Seguro que no lo harán los culpables y sus cómplices. Faltará nuestro testimonio."

El teatro es mi herramienta para defender unos valores que deseo transmitir como son la búsqueda de la verdad, de la justicia, de la tolerancia, en definitiva, de la democracia.

Mi teatro lo enmarcaría dentro de lo que yo denomino teatro crítico. Es decir, aquel que hace pensar, que es un revulsivo, que pone en cuestión, que no deja indiferente al espectador.

El teatro es un arte, y como tal, debe elevar al ser humano, hacerlo más sensible.

El teatro crítico tiene un compromiso: el de hacer política ―no dirigismo―, el compromiso de informar, de protestar, de denunciar los desmanes de la condición humana, pero debe hacerlo con aquellos mimbres que el arte del teatro posee como son la estética, el divertimento. Interpretando por "diversión" su acepción más noble: la de disfrutar, la de recrear, la de llamar la atención sobre algo. El teatro es espectáculo y tiene que enganchar. De poco serviría un compromiso cívico, político y artístico si aburriera al espectador. Para serle útil hay que prenderle en la magia del espectáculo, no soltarle durante la representación y, únicamente, al final cuando se vaya a casa, reflexione libremente sobre aquello que ha visto y saque sus propias conclusiones. Plantearle preguntas que, más tarde, él se responda.

Los artistas del mundo entero debemos unirnos, para ser la conciencia crítica de la sociedad, y estos foros, como el Festival Internacional de Teatro de La Habana, donde nos encontramos, son el lugar idóneo para comprometerse en la defensa de los derechos, en definitiva, en la defensa del ciudadano y de la democracia participativa.

Un ciudadano, al margen de su lugar de origen, color o confesión religiosa. Una sociedad compuesta de ciudadanos y ciudadanas con derechos pero, también, con responsabilidades. Un mundo global con respeto a la diversidad pero, con igualdad de oportunidades y con justicia para todos.

Derechos de ciudadanía que han sido conquistados, afirmados, gracias a las sociedades democráticas y, progresivamente, abarcando componentes jurídico-legales, políticos y también, sociales.

Sin embargo, algo preocupante está emergiendo en nuestras orgullosas sociedades y es, el miedo al otro. El miedo es el gran vector de la política occidental: el miedo al emigrante, a la competitividad mundial, a la desaceleración económica, al cambio climático, a las epidemias...

El miedo es nuestro principal enemigo porque está dentro de nosotros mismos.

Como dice Todorov en su libro El miedo a los bárbaros: "El miedo a los bárbaros es lo que amenaza con convertirnos en bárbaros. El miedo se convierte en peligro para quienes lo sienten, y por ello, no hay que permitir que desempeñe el papel de pasión dominante. Todavía estamos a tiempo de cambiar de orientación."

Yo creo, como mujer de izquierdas que soy, que es ahí donde la izquierda puede poner su acento diferenciador. Tenemos que ser capaces de encontrar el equilibrio. Desactivar ese estado de alerta permanente que solo conduce a una sociedad asustada, estresada y ansiosa que teme al enemigo-fantasma.

Cuando el ser humano se encuentra en una situación percibida como peligrosa o problemática, se activa su ansiedad. Y la única forma de podernos enfrentar a los problemas es dominando esa activación nerviosa, racionalizando nuestros pensamientos. Únicamente desde un análisis sereno, desde el sentido común, desde el razonamiento lógico, la empatía, la generosidad, el diálogo, el respeto al otro y la esperanza podemos resolver los conflictos que se presenten tanto a nivel personal, como social o político.

Mientras que la única meta de nuestros líderes políticos sea poner el énfasis en mejorar la economía, en que seamos más ricos, más consumistas, más temidos por nuestra potente maquinaria bélica y no prioricemos en que esa riqueza solo puede ser sostenible si tenemos en cuenta los efectos medioambientales, sociales, culturales y repartiéndola de forma más igualitaria, el mundo occidental seguirá a la deriva.

Una política progresista pone el acento en el siguiente orden de prioridades:

1 Erradicación del hambre en el mundo y de las desigualdades sociales. Por tanto, un más equitativo reparto de la riqueza.

2 Enseñar a las ciudadanas y ciudadanos que se puede vivir con menos y más felices si nos aseguramos de que las necesidades del otro también están cubiertas.

3 Mayor respeto y empatía hacia los movimientos migratorios.

4 Respeto a la Naturaleza, procurando un abastecimiento energético y del agua, sostenible.

5 Respeto a otras culturas, a sus creencias religiosas y formas políticas de organizarse. No querer imponer nuestros valores y principios despreciando los suyos propios. El límite está, para todos, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

6 Globalizar los avances médicos y tecnológicos para que todos puedan disfrutar de sus beneficios.

7 Ser capaces de denunciar las injusticias y la barbarie, las cometa quien las cometa y erradicar las dos varas de medir que impera en el mundo.

8 Potenciar un mundo más basado en el "ser" y menos en el "tener".

Para todo ello necesitamos un mundo más culto.

Estamos peligrosamente instalados en la violencia, en la mentira y en la descalificación personal. La impudicia instalada en el ocio, la búsqueda del dinero fácil y de la popularidad a cualquier precio... de ahí la urgencia de que los verdaderos artistas pongan su sello diferenciador en buscar fórmulas para que los jóvenes ―que son el futuro― encaucen su desarrollo fundado en principios éticos, en valores universales y en la formación de un espíritu crítico y propio que les haga más libres y solidarios.

Como dijo, un buen amigo de Cuba, Gabriel García Márquez:

"No esperéis nada del siglo XXI. Es el siglo XXI el que espera todo de vosotros."

***

Apago luz de la mesa. Cambia la luz y se ilumina, la zona de los instrumentos musicales, y algo de luz junto al perchero.

Al tiempo que entra en escena Bidinte, yo cruzo el escenario y junto al perchero, digo:)

"Comienza el espectáculo".

Bidinte toca un tema.

Luego sube la luz para Mercedes que sigue junto al perchero

Durante el tiempo que Mercedes dice el texto siguiente, Bidinte le irá acompañando con algún sonido:

Hoy está de moda la interculturalidad. La tendencia hacia una civilización global ―con todo lo bueno, y malo, que representa― es ya una evidencia.

La subdivisión entre Primero, Segundo y Tercer Mundo, cada vez parece más difícil de ser superada. Las migraciones nos enriquecen porque como en esta noche, nos permiten disfrutar de palabras y músicas venidas de otras partes de la Tierra. Muchos están aterrados ante esta ola imparable que llega de todos los lados del planeta. No hay nada más temido que aquello que se desconoce. El amor y el respeto vienen siempre de la mano del conocimiento. Por eso voy a dar voz a mujeres distintas. Todas ellas nos hablan de cosas, aparentemente, lejanas, pero que sentimos muy próximas y que nos permite ir conociéndonos y derribando fronteras.

Tengo la inmensa suerte de venir acompañada de Bidinte y su profunda y hermosísima música. Estoy segura de que este va a ser un encuentro muy especial.

Una noche, paseando por la playa del Sardinero con él, con Bidinte, me hizo pensar en que mientras nosotros disfrutábamos de la belleza del mar, otros seres humanos estaban, en ese mismo instante, pasando miedo. Mucho miedo. Apretujados en una patera y soñando con alcanzar la orilla de Europa. Me rompió el corazón.

Quizá ha llegado el momento de reflexionar, brevemente, sobre las causas que empujan a tantas mujeres, hombres y niños a emigrar. Durante los últimos siglos ―por no hablar de la vergonzosa venta de esclavos―, los imperios occidentales establecieron colonias en África creando fronteras ficticias que, posteriormente, han desembocado en conflictos étnicos.

Otra de las razones es que al darles la independencia política ―tras expoliar sus riquezas naturales― se promovieron elecciones libres y democráticas según nuestro modelo occidental pero, de este modo, alteramos su estructura social y política. Tampoco les preparamos para la independencia económica, por eso, cuando estas sociedades ―en teoría libres― intentan desarrollarse, no les queda más remedio que endeudarse con esos mismos estados que fueron sus colonizadores en el pasado. Los países del Norte marcan las condiciones, las normas y los precios; y en los países pobres crece la deuda externa y su independencia es solo una mentira.

Esther Ocloo, natural de Ghana, una empresaria luchadora admirable, nos pide que nuestro reto, para este nuevo milenio, sea el de seguir apoyando a la mujer africana hasta que alcance su emancipación económica, y esto, solo se conseguirá, a través de la educación.

Si liberamos a la mujer africana, liberaremos África.

Solo perdonando la deuda externa de los países pobres y ayudándoles en educación y desarrollo podremos frenar el hambre, las epidemias, los desastres naturales y las guerras. Cuando estas se producen son los niños y las mujeres quienes más las sufren.

¿Cómo podemos seguir tolerando que haya niños soldados? Niñas y niños que son secuestrados, violados y obligados a manejar las armas que nosotros les vendemos.

¿Cómo dejar que sigan muriendo de hambre?

¿Cómo extrañarnos de que crucen el mar y quieran penetrar en nuestras sociedades?

¿Cómo olvidarnos de que estos pueblos están perdiendo a sus mejores hombres y mujeres, los más preparados intelectualmente, que mueren en el intento de buscar una vida mejor?

¿Cómo ignorar que todas estas desigualdades e injusticias solo conducen al odio y al resentimiento?

Entra más luz a Bidinte que continúa acompañando con sus sonidos musicales.

Quiero recitarles un poema de Laura Victoria Valencia, africanadescendiente:

El hombre blanco tiene miedo.

El hombre blanco pregunta...
Que si hacia dónde voy.

Que si de dónde vengo.

Que si a mis pies cansados, le crecerán raíces en su suelo.

El hombre blanco tiene miedo, mucho miedo.

El hombre blanco quiere saber

en qué estación me crecerán las alas, para emprender el vuelo.

Que qué viento me trajo y cuál,

me llevará de nuevo a la tierra de mis muertos.

El hombre blanco tiene miedo, mucho miedo.

El hombre blanco se afana

para que no se me dormite el alma en sus almohadas

ni se amañen en su casa mis recuerdos.

¡Ay, hombre blanco!

Si tú pudieras ver el lugar de donde vengo,

no temerías nada, quizá ...

fuera yo quien de ti se cuidara y se aferrara

al petate que ablandaba la siesta con olor a mangos,

que arrullaban las caricias y el canto de mi negra,

¡allá en mi tierra!

¡Cómo puede dormírseme en la tuya el alma!"

Fuera luz de Mercedes. Y continúa Bidinte, con su música.

Una vez terminada la música, balanceo de luz hacia centro de la escena para Mercedes.

Vámonos a otro continente. Angeles Mastretta, escritora mejicana.

Las mujeres mexicanas ya no quieren, ni pueden delegar su destino y sus guerras al imprevisible capricho de los señores. Ya ni siquiera gastan las horas en dilucidar si padecen, o no, una sociedad dominada por el machismo. Ellas no pierden el tiempo, porque no quieren perder su guerra audaz y apresurada, porque tienen mucho que andar y porque saben que para tener un hombre ya no es necesario seguirle a pie y sin replicar. Suena bien, ¿verdad?

Sin embargo, llevar a la práctica tal sentencia no siempre resulta fácil, agradable, feliz...

Por varios motivos. Entre otros, porque las mujeres no han sido educadas para este nuevo destino, y les pesa ir en su busca. Cada día tienen que enfrentarse a la idea, aún generalizada, de que las mujeres deben dedicarse a atender su casa, a hablar de sí mismas, entre sí mismas, para sí mismas; a llorar su dolor y su tormenta en la soledad del baño, en la Iglesia, al teléfono, a tararear en silencio la canción que les invade el cuerpo como un fuego destinado a consumirse...sin deslumbrar a nadie.

Muchas veces esta idea aparece, incluso, dentro de sus doloridas cabezas, de su colon irritado, de su fiera gastritis cotidiana. O peor aún, deriva en repentinas depresiones a las que rige la culpa y el desasosiego que produce la falta de asidero en quienes supusieron, desde niñas, que tendrían asideros en la vida.

Sin ánimo de volvernos a hacer las mártires, debemos aceptar cuánto pesa buscarse un destino distinto, al que se previó para nosotras, en una sociedad que todavía no sabe asumir sin hostilidad y rencor a quienes cambian.

El otro día me preguntaba un periodista:

¿Por qué las mujeres, después de todo lo logrado, siguen hablando de conseguir la igualdad? Pero, ¿qué les falta?

"Falta, precisamente, la igualdad", le respondí.

Vamos a ver:

¿Por qué si un hombre tiene un romance extraconyugal es un afortunado, y una mujer en la misma circunstancia, una fresca?

¿Por qué no nos parece aberrante un hombre de 60 años entre las piernas de una jovencita de 18, y nos disgusta y repele una mujer de 45, en los brazos de un joven de 26?

¿Por qué las mujeres que ni se pintan, ni usan zapatos de tacón, son consideradas unas solteronas, o unos marimachos, cuando todos los hombres andan en zapato plano y la cara lavada sintiéndose guapísimos?

¿Por qué una mujer de 50 años, empieza a envejecer, y un hombre, también de 50, está en la mejor edad de su vida?

¿Por qué se consideran cualidades masculinas la fuerza y la razón, y cualidades femeninas, la intuición y la belleza?

¿Por qué si un hombre puede dejar embarazadas a… tres mujeres distintas por semana, y una mujer solo puede embarazarse una vez cada diez meses, los anticonceptivos están orientados, en su mayoría, hacia las mujeres?

¿Por qué detrás de un gran hombre, hay una gran mujer, y detrás de una gran mujer, casi siempre hay un vacío, provocado por el horror de los hombres a que les vean inferiores?

¿Por qué las mujeres al hacerse una profesión, tienen que actuar como los hombres para tener éxito?

Pues por todo esto, y mucho más, las mujeres ya no quieren seguir a los hombres a pie, y sin replicar. Nos hemos subido a los caballos, trabajamos el doble que los hombres y, hasta nos hemos puesto al frente de nuestras propias batallas. Incluso hemos encontrado prestigio y reconocimiento. Sin embargo, aún no hemos descifrado el misterio de quiénes somos. Mucho menos sabemos quiénes, y cómo son, y cómo sufren, las otras mujeres mexicanas.

Cambio de luz a Bidinte. Música.

Tras la Música. Cambio de luz, al centro escenario para Mercedes.

Ahora soy una escritora estadounidense: Erica Jon.

Al borde de una crisis, porque ha llegado a los 50 años, en una sociedad que está dispuesta a lo que sea con tal de no envejecer.

¿Se ha atrevido alguien a escribir sobre los desastres del sexo seguro en la época del sida? ¿Se ha atrevido alguien a decir que la mayoría de los hombres prefieren llevar los preservativos, colgados del cuello, para prevenir el mal de ojo, en lugar de ponérselos ... donde tienen que ponérselos.

Y luego, claro, están las eternas cuestiones del amor y el sexo.

¿Puede haber amistad entre hombres y mujeres mientras las hormonas se impongan? ¿Cómo se relaciona el sexo con el amor... y el amor con el sexo? ¿Estamos encasillados en nuestra propia sexualidad... o es la sociedad la que insiste en eso? ¿Qué es heterosexual, qué es gay, qué es bisexual? ¿Importa algo de esto en lo más profundo de nuestras almas? ¿Deberíamos librarnos de estas etiquetas para estar, realmente, abiertos a nosotros mismos y a los demás? Quizá. No lo sé.

¿Qué me está pasando en la segunda mitad de mi vida?

Estoy recuperando el humor, la intensidad, el equilibrio que conocí en mi infancia, y eso me gusta. Pero lo estoy recuperando con un dividendo. Llámese escepticismo, serenidad, sabiduría. Bueno, ahora sé lo que importa, y lo que no importa.

El amor importa. El orgasmo instantáneo, no importa. Echo una ojeada a mi alrededor, a los 50 años, y veo a las mujeres de mi generación con problemas para hacerse mayores. Están perplejas y la respuesta a su perplejidad no es otro libro sobre las hormonas. El problema va más allá de la menopausia, los estiramientos de la piel de la cara, o de si hay que acostarse con tíos más jóvenes. No. Tiene que ver, con toda una imagen de la identidad, en una cultura enamorada de la juventud, y sin ningún amor hacia las mujeres como seres humanos. Estamos aterradas, a los 50, porque no sabemos en qué demonios nos vamos a convertir, ahora que ya no nos consideran ni jóvenes ni guapas. Siempre divididas entre el modelo de madre que tenemos en la mente, y el de la mujer que necesitamos ser, sencillamente, para sentirnos vivas.

Con un pie en el pasado, y otro en el futuro, pasamos vacilantes por el primer amor, el matrimonio, la maternidad, nuestra propia carrera, la menopausia, la viudez o el divorcio... sin saber, muchas veces, qué o quién se supone que somos, realmente. Hemos sido pioneras de nuestra propia vida y el precio que pagan las pioneras es la incomodidad eterna. La recompensa es el pasmoso orgullo de nuestra identidad conseguida con tanto dolor.

De nuevo, luz sobre Bidinte. Música.

Tras la música luz a Mercedes. Ella encenderá unas velas, en primer término del escenario.

Me llamo Gila Svirsky, y soy una pacifista israelí.

En noviembre del 96, fue asesinado un niño palestino de diez años, llamado Hilmi. Lo mataron cuando se encontraba con dos amigos, porque había arrojado piedras a un coche que pasaba. Por desgracia para Hilmi, el coche que eligió lo conducía un colono llamado Korman. Persiguió a los niños hasta la colina, y atrapó a Hilmi que se había quedado más rezagado. Lo golpeó con la culata del fusil, al tiempo que le pegaba patadas sin descanso, hasta que el niño se desmayó, y finalmente... murió.

Recuerdo la visita que un grupo de pacifistas israelíes y yo misma hicimos a la familia de Hilmi para darles el pésame. Después de beber, con nosotras, fuera el tradicional café amargo, nuestros anfitriones nos llevaron hasta el primer piso donde se encontraban las mujeres. En la pared colgaba una gran fotografía de Hilmi. Mostraba a un niño delgado que nos miraba fijamente con sus ojos marrones y brillantes, como si no lograra entender lo que había ocurrido ni la presencia de todas aquellas mujeres que aguardaban la aparición de su madre. Esta, con los ojos enrojecidos y un pañuelo en la mano, entró por fin en la estancia con el mismo aspecto de asombro. No dijo nada porque no hablaba hebreo. Y como nosotras tampoco hablábamos árabe, nos quedamos allí un largo rato plantadas sin saber, muy bien, cómo le podíamos expresar nuestra solidaridad. De repente, una de las mujeres se acercó a ella, le tomó de las manos y le dio dos besos en las mejillas. Después, todas le imitamos.

Más tarde nos sentamos en unos taburetes de plástico, para escucharle, en árabe, la terrible tragedia. Un familiar hizo de intérprete. Mientras hablaba, una niña pequeña, como de unos tres años, no se separó de ella ni un solo instante. Esta niña está enferma, nos dijeron, necesita, urgentemente, un trasplante de médula ósea e Hilmi era el único donante compatible. ¡Dios mío! Exclamamos todas.

Hoy, años después del brutal asesinato y tras haber sido recurrido el caso, los tribunales israelíes han decidido que Korman, el colono asesino, sufra solo una condena de tres meses y pague una ridícula indemnización a los padres de Hilmi, por daños. ¿Es este el precio de la vida de un niño palestino? Otros muchos mueren y ni siquiera hay una condena para los asesinos.

Esta noche, el hombre que mató a Hilmi, duerme apaciblemente en su casa, protegido por el ejército israelí y por el Muro. Con total seguridad, los padres del niño palestino no duerman tan bien. Si alguna vez el juez que dictó sentencia, pasase una noche en vela, le animo, encarecidamente, a que abra la Biblia, por el Libro del Éxodo, y a que reflexione sobre las siguientes palabras:

"No pervertirás la justicia. No darás muestras de parcialidad. Aspirarás a la justicia y solo a la justicia."

Es hora de meditar sobre estas palabras. Mientras, esta mañana, otro niño palestino, Bilal Ramadán, de 14 años, ha sido asesinado con una bala en pleno corazón.

Luz sobre Bidinte. Música.

Tras la Música, de nuevo luz a Mercedes, en la misma zona de la mesa.

Perdonadme que, antes, me haya puesto tan seria pero no podía olvidarme de todas aquellas mujeres, que como las palestinas, y tantas otras, sufren de forma tan desgarrada la pérdida incomprensible de sus seres más queridos.

¿Desde cuándo nos dan miedo los extranjeros y son necesarias unas fronteras vigiladas? ¿No está Europa necesitada de trabajadores de otros países? ¿Por qué, entonces, les negamos la entrada? ¿No nos estaremos equivocando?

¿Cómo los países democráticos podemos olvidarnos del artículo decimotercero de la Declaración Universal de los Derechos Humanos?, que dice:

"Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un estado".

Fatema Mernissi ―socióloga marroquí― nos habla de dos tipos de seres humanos: el cowboy, de los westerns de Hollywood y Simbad de los cuentos orientales.

El cowboy todo lo resuelve con las armas porque teme al forastero que llega a su pueblo. Por el contrario, Simbad, recorre el mundo en su barco y, a través del diálogo, hace amigos y negocios.

En todas las sociedades se dan los dos tipos de personas. Nosotros apostamos por el modelo que representa Simbad, el marino.

Dialogar no es fácil. Es un arte. Y, como todo arte, requiere de entrenamiento y esfuerzo. Solo os he contado algunas, de las muchas cosas, que a las mujeres de todo el mundo nos hacen desesperar y rebelarnos. Espero que, entre todos, hombres y mujeres, seamos capaces de construir un mundo mejor, más libre, justo e igualitario. Buenas noches y buena suerte.

Luz, de nuevo, sobre Bidinte. Continúa la Música, esta vez se suman los músicos cubanos.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
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