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El público habanero conoce muy bien
al Estudio Teatral de Santa
Clara. Su repertorio acumula una
decena de obras, entre ellas
Antígona (1994), Piel de
violetas (1996) y A la
deriva (1998), por solo
citar las más aplaudidas. Todas
ellas recorren anualmente los
Festivales de Teatro de La
Habana y también importantes
salas internacionales (España,
Colombia y Francia): signos
vitales de una fuerte
irradiación creativa y de
investigación desde el centro de
la Isla.
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A 20 años de su fundación, el
grupo participó en el Festival
Internacional de Teatro de La
Habana con Los Atridas,
un espectáculo definido por la
crítica como “de autoindagación
y denuncia de los problemas
globales contemporáneos”, a
partir de una apropiación del
mito griego de la Orestiada.
Las veteranas Roxana Pineda y
Gretzy Fuentes, junto con los
noveles
Leisa Clavero, Eylen de León y
Raúl Acosta, encarnan los ya
familiares Orestes, Electra,
Clitemnestra, Egisto y Agamenón,
en una nueva mirada a la
trilogía de Esquilo que si bien
llega a angustiarnos en tanto
compleja, no resulta por ello
menos provocadora e irreverente.
“Los mitos tienen esa cualidad:
reencarnan, se recontextualizan
y adquieren nuevas
connotaciones”, comentó a La
Jiribilla Joel Sáez,
director del grupo desde su
creación en 1989. Graduado en la
especialidad de Teatrología del
Instituto Superior de Arte y
poseedor junto con Roxana de la
Orden por la Cultura Nacional,
este pilar de la llamada
Generación de los 80 del Teatro
cubano explicó detalles de la
obra, compartió con esta
reportera sus visiones acerca
del trabajo del Estudio en estos
20 años y resumió, a solo
minutos de la última función,
los avatares de ese sueño “con
canas” que a veces les parece
“demasiado caro”.
Los Atridas…
Los Atridas
es una versión del mito griego
de igual nombre, que da pie a
que Esquilo escriba en el siglo
V su famosa trilogía. Es toda la
historia del regreso de Agamenón
a su ciudad luego de la guerra
de Troya y de cómo es asesinado
supuestamente por su esposa
Clitemnestra, quien a su vez es
asesinada por su hijo Orestes.
Hicimos esta obra tratando de
subvertir la visión tradicional
que tenía Esquilo, que era la de
la femme fatale, el
guerrero que es traicionado
mientras está cumpliendo su
deber…; pero en la
contemporaneidad tenía que ser
interpretado de otra forma,
desde nuestro punto de vista.
En el teatro cubano encontramos
varias apropiaciones del mito
griego, desde Electra Garrigó
hasta la visión más actual del
novísimo Yerandy Fleites, en
Jardín de héroes. ¿Cuál es
el poder de seducción de este
mito que les hace volver sobre
él una y otra vez, aun cuando ya
existe la obra de Piñera como un
paradigma de nuestra creación
teatral?
Es muy recurrente en el Teatro
de Investigación y de vanguardia
de todo el siglo XX esa visita a
los mitos para explicarse el
presente. Parece paradójico,
pero no lo es: se trata de ir al
pasado para reencontrar nuevas
visiones del presente y del
futuro.
Ciertamente, en el teatro cubano
tenemos la obra emblemática de
Piñera, Electra Garrigó,
que trata un poco de hacer lo
mismo, pero en otro contexto y
con otras alusiones. Cuando
nosotros concebimos esta obra en
el 2008 ó 2009, estábamos muy
contaminados por toda una serie
de asociaciones que parten de
los conflictos del mundo global,
de la reconquista del mundo, de
las guerras a nivel mundial…todo
eso nos ha motivado mucho en
este espectáculo. Otras veces
hemos recreado temas más
locales, de la Historia de Cuba;
pero aquí las asociaciones se
conectan mucho con lo que está
sucediendo a nivel global.
Durante estos 20 años, el
Estudio Teatral de Santa Clara
se ha mantenido constante no
solo en los Festivales de La
Habana o en el de Camagüey, sino
también en importantes eventos
internacionales. ¿Cuánto crees
que une y distancia al grupo de
lo que se ha estado haciendo en
los últimos años en ambos
niveles?
El grupo tiene 20 años de
fundado; pero hoy nos mantenemos
trabajando en una misma línea de
investigación teatral que viene
desde la propia fundación. Los
principios originales del grupo
han sido indagar sobre los
lenguajes, los elementos
extraverbales, la imagen
teatral, propiciar un
entrenamiento del actor que
lleve la potenciación de su
energía como elemento expresivo…
Esos principios han sido
constantes y fueron un resultado
directo del diálogo con la
vanguardia teatral europea y
latinoamericana de los años 80.
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Por eso, hemos tenido puntos de
contacto con esas experiencias,
sobre todo con grupos como el
Odin Teatret o La Candelaria, y
hemos seguido esa relación
estimulados por esos principios
comunes. Luego hemos tenido el
contacto directo con esos
creadores y esos grupos a lo
largo de estos 20 años de
trabajo, que ha sido estimulante,
pues se siente como si
formásemos parte de una misma
familia. Hay grandes distancias
geográficas, pero sensibilidades
y preocupaciones comunes en la
búsqueda teatral.
Dentro de Cuba, en los 80,
teníamos una conexión muy grande
con una serie de grupos que
empezaron con nuestra misma
línea de trabajo; pero muchos
desaparecieron y otros se
debilitaron.
Entonces seguimos un camino un
tanto solitario dentro del
ámbito nacional, aunque después
otras coordenadas vendrían a
suplir aquellas necesidades.
Creo que por eso nos planteamos
como alternativa de lenguaje y
expresión: para configurar esas
diferencias y diversidades que
enriquecen un ambiente cultural.
Tanto Roxana Pineda como tú
pertenecen a la Generación de
los 80 del Teatro cubano.
Formaste parte de la oleada de
jóvenes directores que por
aquellos años llegaron a
relevar, digamos, a los grandes
maestros. Ambos fundaron un
grupo de vocación experimental y
su primera obra se estrena en
1991. ¿Cuánto determinó el
contexto cultural y social de
aquellos años la creación un
grupo con tales características?
Ciertamente, estuvimos muy
influidos por una problemática
fundamental de aquellos años,
que era la necesidad de una
buena articulación entre la
teoría y la práctica. Teníamos
una excelente tradición de
práctica teatral; pero en esos
años, con el surgimiento del ISA
y la carrera de Teatrología,
empieza la teorización a
estimular la creación artística.
De hecho, Roxana y yo nos
formamos como teóricos primero,
como teatrólogos y después
asumimos el rol de creadores,
aunque siempre hemos estado en
ese contrapunteo entre
teorización y práctica.
Somos de esa generación,
motivados por la necesidad de
hacer un teatro profundo,
elaborado intelectualmente, de
vocación grupal. Después sabemos
que hubo cataclismos y muchas
crisis que resquebrajaron esa
actitud, pero creo que si algún
mérito hemos tenido en estos 20
años es el no haber abandonado
nuestras expectativas, nuestras
ilusiones de aquella temprana
época.
¿Cómo han logrado mantener viva
la noción de “teatro de grupo”,
aun con el debilitamiento
evidente que ha experimentado en
los últimos años?
Se ha ido debilitando mucho la
noción de teatro de grupo,
estable, de un "ensemble",
y esa también era una de las
interrogantes principales de
aquellos años. Creo que se
debilitó más por razones
económicas que de concepto.
Claro, la crisis económica
provocó que muchos actores
flotaran, cambiaran de proyecto.
Pero algunos defienden eso como
un elemento que estimula el
aprendizaje; aunque no soy
defensor de esa línea, creo en
la profundidad y en el lenguaje
de grupo, en el combo. Creo en
el grupo capaz de profundizar en
su técnica, en su lenguaje,
capaz de transmitir una
sabiduría y crear una cultura.
Soy un defensor de la cultura de
grupo.
Así nos mantenemos, tratando de
transmitirles a los actores ese
sentimiento, la necesidad de
permanecer juntos y de ir
trabajando juntos para
profundizar en los resultados.
También estamos en una ciudad de
provincia, que nos da la
estabilidad y la tranquilidad
suficientes para concentrarnos
en ese trabajo.
Santa Clara es una ciudad que,
aunque con una rica tradición
cultural, ha mantenido las
últimas décadas ciertos rasgos:
escasez de espacios, un público
fijo para las manifestaciones
artísticas… ¿Cómo opera el grupo
ante esas condiciones?
Hemos tenido en estos 20 años
momentos difíciles en ese
sentido. Por ejemplo, en
relación con el público, creo
que la angustia cotidiana ha
influido mucho en la gente: la
imposibilidad a veces de
moverse, el temor al fracaso
dentro de una función teatral,
han sido difíciles para el
espectador. Con el tiempo se ha
ido consolidando un público que
ha tenido sus altibajos, pero al
menos hemos logrado consolidar
un público para nuestro trabajo,
que es una de las cosas que nos
une también al ámbito teatral
cubano de estos momentos: en
cada zona, en cada geografía o
punto donde exista una
agrupación teatral, se está
creando un lenguaje distinto.
En Santa Clara, fundamentalmente
nos siguen los jóvenes,
estudiantes universitarios y de
las escuelas de arte en su
mayoría. Y lo más interesante es
que no siempre es un público
cómplice, sino un público que va
experimentando a través de cada
puesta nuevas formas de
recepción de las propuestas,
aunque sea el mismo que asistió
a la presentación anterior. Y
con esos elementos presentes
debemos trabajar.
Eres de Santa Clara, pero Roxana
Pineda, la actriz fundadora, es
de Ciudad de La Habana…
Roxana Pineda nació en el
Vedado, pero fuimos para Santa
Clara por el afán de crear un
grupo de teatro que fuese a la
vez de investigación, de
experimentación. Cierto es que
pudimos haber hecho carrera aquí
en La Habana, como la mayoría,
pero decidimos correr el riesgo.
Fuimos lo suficientemente
románticos para eso. Roxana,
teniendo incluso una carrera
prometedora en el mundo de la
crítica teatral ―llevaba cinco
años como profesora del ISA―,
decidió ir para Santa Clara. Es
una persona muy capaz, que se
mueve en el campo de la
actuación pero también en el de
la teorización, de la
organización de eventos. Es
increíblemente completa. Es el
pilar del grupo.
Imagino que aunque la idea ha
sido tratar de lograr la
estabilidad dentro del grupo,
hayan pasado muchos actores por
él…
Durante estos 20 años han pasado
muchos actores por el grupo.
Algunos han estado diez años,
otros solo unos días. Todos
cumplieron su función dentro del
mismo. Ahora tenemos un equipo
de dos actores y yo que somos
los más veteranos y un equipo de
muchachos tremendamente jóvenes,
con mucha capacidad, con los que
estamos muy entusiasmados. Es
visible su entrega al trabajo
del grupo y su conciencia acerca
del camino que hemos defendido.
Las escuelas de arte han sido la
cantera fundamental, hemos
enseñado en esas escuelas y
estas a la vez nos han dado los
actores para el proyecto. Estos
jóvenes son quienes están
animando y nutriendo los grupos
profesionales de las provincias.
Desde el 2004 funciona en la
sede del Estudio el Centro de
Investigaciones Teatrales Odiseo
(CITO). ¿En qué consiste y cómo
se imbrican sus resultados con
la creación dentro del grupo?
El CITO fue una iniciativa de
Roxana para, paralelamente con
las investigaciones sistemáticas
que hacemos en el grupo ―todos
nuestros procesos de trabajos
son investigativos―, hacer otro
tipo de labor: invitar a otros
teatristas a dar talleres,
impartir seminarios no solo a
nuestro grupo, sino a toda la
práctica teatral villareña y
nacional. En esos eventos han
estado figuras extraordinarias
del teatro de investigación a
nivel mundial, como ha sido el
Odin Teatret. Son encuentros que
nos estimulan y estimulan todo
un movimiento teatral con
referencias artísticas,
filosóficas. A veces tenemos una
gran necesidad de decir, pero
nos faltan las herramientas. Y
el CITO no solo irradia una
dimensión académica, es decir,
de ponernos a indagar sobre cómo
formar el actor ideal o qué
método escoger, sino desarrollar
la investigación y la
experimentación en sus múltiples
dimensiones.
En Cuba, varias agrupaciones han
basado sus creaciones en
investigaciones,
fundamentalmente de tipo
sociológicas, como el Teatro
Escambray. Pero estas son más
bien para nutrir el contenido de
las obras…, ¿qué distingue a la
investigación que ustedes
realizan?
Ciertamente, puedes hacer una
investigación de carácter
sociológico para buscar temas
―era algo que se hacía mucho en
los 70, aquí en Cuba―; pero, por
ejemplo, la gente que integraba
el Teatro Escambray ya tenía una
formación teatral: venían de
Teatro Estudio, conocían las
herramientas del teatro y lo que
hicieron fue desarrollar nuevos
temas y nuevas situaciones a
partir del encuentro con un
público.
Pero hay otra línea que es la
investigación sobre el lenguaje
teatral mismo: qué es el teatro,
cuál es su especificidad… ese es
el interés de nosotros. Y no es
que exista una contradicción
entre forma y contenido, sino
que la investigación sobre el
oficio genera formas de
expresión adecuadas para decir
lo que quieres. No hay formas
teatrales eternas, todas las
propuestas tienen un carácter
provisional, de acuerdo a las
necesidades.
¿A quién atribuirle la autoría
de sus obras?
El grupo nunca parte de un
texto, como es el estilo
tradicional. Nosotros partimos
de algunos temas, algunas ideas,
vamos investigando y
conversándolo, hasta que
encontramos una especie de
argumento. Luego pasamos a
trabajar con el actor, quien
propone improvisaciones o
composiciones que son la materia
prima del espectáculo. El actor
propone la mayor parte del
material y de las imágenes,
incluso de la escenografía. De
ahí va naciendo todo y solo al
final es que yo compongo el
texto, cuando ya todo está
montado. Es una suerte de
trabajo coreográfico, con una
fuerte autoría grupal.
¿Qué obras consideras más
significativas, en estos 20
años?
Sentimos mucho cariño por todas
las obras que hemos hecho,
porque todas son el resultado de
procesos largos. Pero algunas
tuvieron un impacto muy fuerte
en nosotros: ciertamente
Antígona, que hicimos en el
94, tuvo muchos reconocimientos
y fue muy grata para nosotros;
pienso en Piel de violetas,
un unipersonal de Roxana Pineda
que aún está en nuestro
repertorio; A la deriva,
que fue un proceso de creación
colectiva en el abordaje de
temas de la realidad cubana
directa, lejos de parábolas
históricas; y me complace mucho
Los Atridas, pues el
grupo ha ido construyendo poco a
poco la conjunción entre dos
mundos referenciales diversos,
el de la antigüedad y la
contemporaneidad inmediata, lo
cual ha sido una experiencia muy
enriquecedora.
Según Roxana, te obsesionas con
“la pulcritud de tu trabajo”,
empeñado en “construir ese
espacio íntegro, digno, con
personas ajenas a la banalidad,
preparadas para enfrentar la
mediocridad”; pero dice que a
ese sueño ya “le han salido
canas”. ¿Cuánto crees que han
logrado de aquella idea inicial,
surgida en un paseo por el
Malecón de los 80?
Hemos logrado el sueño de
nosotros: un grupo que creara su
propia poética, su propio
lenguaje. Eso nos ilusiona
mucho. Pero uno siempre quiere
pensar que la obra futura va a
ser la mejor de todas, aunque no
siempre se tiene toda la fuerza
y toda la frescura de mente para
superarse constantemente. Pero
es la aspiración, es lo que nos
estimula para encontrar no la
piedra filosofal, pero sí la
piedra maravillosa que el ser
humano busca durante toda su
vida. |