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I
Algo me hace pensar que de poder
estar celebrando ahora mismo sus
cien años, Javier Villafañe se
negaría rotundamente a
comportarse según el papel
aburrido del anciano al que se
le tributa un homenaje. Así como
en La Habana se negó a recibir
honores vestido de frac,
insistiendo en no despojarse de
su overol sempiterno, creo que
preferiría beber un vaso de vino
(que espero lo haya en esta
celebración) antes que sentarse
a recibir elogios y memorias que
lo harían sentirse terriblemente
viejo. Como sus personajes,
Javier Villafañe negaba el
tiempo para obrar desde el
juego: suerte de milagro
alcanzado mediante sus
ejercicios como titiritero y su
calidad poética. Esas armas le
conceden, hoy, el privilegio de
ser uno de los más inquietos
nombres no solo de la tradición
titiritera hispanoamericana,
sino de todo el orbe, en el cual
siguen representándose obras que
él firmó hace ya más de 60
años.
¿Por qué Javier y no otro de sus
colegas? ¿Por qué ha logrado él
esa permanencia ajena a los
discursos y las academias? ¿Por
qué, si no estableció nunca un
teatro fijo, no escribió densos
tratados sobre el arte de los
retablos ni se imaginó como una
cátedra, sigue siendo un
cardinal irremplazable, al que
deben hacer sitio creadores que,
haciendo todo lo demás, lo
reconocen como un maestro
irremplazable? ¿Por qué este
argentino, nacido el 24 de junio
de 1909 (aunque tantos libros
insistan en demorar un año más
su llegada al mundo), ha logrado
ese status, que hoy nos
hace imposible el recordarlo
mansamente?
Acaso sea porque Javier mantuvo
una consecuente actitud como ser
humano a lo largo de su vida,
rechazando aquello que pudiera
congelarlo más allá de toda
experiencia vital. Sus dotes
poéticas, su capacidad como
fabulista, su pasión por la
aventura, las mujeres, los
retablos, el mundo como
posibilidad de hallazgos
infinita, lo destacan en un
margen que lo hace inimitable.
Desde 1933, aquel niño que a sus
cinco años ya improvisaba
títeres con medias, arrastrando
al juego a sus dos hermanos, se
anunciaba como un ser
excepcional, a la manera de
Lorca en sus primeros años en
los cuales también lo sedujo el
encanto de las figuras animadas.
La diversión doméstica se fue
mezclando con una presencia
pública que lo hizo darse a
conocer como autor de versos y
lo llevó al conocimiento de
varios artistas de aquel Buenos
Aires de los años 30, en el que
junto a Juan Pedro Ramos se echó
a andar en la famosa carreta La
Andariega. Todo está mitificado
ya: poeta al fin y al cabo, las
andanzas de La Andariega por la
geografía argentina y un poco
más allá han sido reinventadas
desde la fabulosa imaginación de
Javier. En su caso, y eso es
también un elemento que podría
justificar el por qué de su
atractivo y permanencia, el
ensueño, el delirio, la magia y
la vida están unidas de un modo
en el que disolverlos resulta
imposible. Javier Villafañe creó
un personaje fabuloso que tuvo
como alter ego a su
escudero, maese Trotamundos.
Él
mismo era ese personaje: a
través de poemas, cartas,
cuentos, entrevistas,
apariciones y libros, la
biografía de ese Javier
titiritero y poeta rescata y
dilata lo que el hombre real
fue. Y no se trata de creer en
tal cosa como una máscara: ambos
se complementan creativamente, y
la grandeza e ingenio de Villafañe también puede
calibrarse a partir de ese
prodigioso desdoblamiento.
II
Definir la biografía de un
titiritero trashumante es cosa
harto difícil. Se dice que la
presencia de Federico García
Lorca en la capital argentina
durante 1934 fue esencial en la
toma de decisiones que el joven
Javier Villafañe alzó a favor de
los títeres. En Buenos Aires,
Lorca fue aplaudido intensamente
a partir, sobre todo, de sus
éxitos como dramaturgo. Si en La
Habana, ese otro punto de
Latinoamérica donde pervive un
fervor hacia su obra que no
parece acabarse, su éxito
dependió de la calidad de sus
poemas y de su encanto como
conferenciante, los bonaerenses
no escatimaron aplausos ante
Bodas de sangre, La
zapatera prodigiosa o su
adaptación de La dama boba,
de Lope de Vega, que alcanzó
doscientas representaciones bajo
el título de La niña boba.
En la madrugada del 26 de marzo,
poco antes de su partida, Lorca
hizo a los argentinos un regalo
que los cubanos podemos
envidiarle: una función de
títeres compuesta por Los dos
habladores, entremés
atribuido a Cervantes, la
primera escena de las
Euménides de Esquilo y el
tan anhelado estreno del
Retablillo de don Cristóbal y
doña Rosita, que se
anunciaba escrito expresamente
para esta representación, aunque
en verdad el material ya existía
y Lorca se había dedicado a
refundirlo y retrabajarlo. Esa
función, como la brindada en
1923 por el poeta para el
cumpleaños de su hermana Isabel
en Granada, ha devenido un mito.
Su éxito contaminó a los
presentes, y lo que prometía ser
solo una perla final, entendida
como regocijo y no otra cosa,
dignificó a la figura animada
ante un público selecto,
activando en algunos de ellos un
respeto real hacia los títeres.
Aunque en la biografía
exhaustiva que Ian Gibson
elaboró sobre Lorca no se le
menciona entre los miembros de
aquel auditorio, se asegura en
otras fuentes que Villafañe
presenció la representación,
siendo uno de los
definitivamente hechizados. Se
recuerdan, sin embargo, los
nombres de Pablo Neruda,
Oliverio Girondo, Norah Lange y
Pablo Suero. Habrá que creer a
Villafañe, porque diversas
razones le asisten, entre ellas
el testimonio brindado al
respecto a Héctor di Mauro. Y
entre otras cosas porque no deja
de ser un hecho indudable que la
raíz poética de sus creaciones
para títeres no niega el influjo
lorquiano. Podría establecerse
sin demasiado recelo una
hilación concreta entre los
recursos líricos y el desenfado
gozoso del Cristobita de Lorca
con varios personajes del propio
Villafañe. Roberto Fernández
Acosta, director cubano que ha
representado en numerosas
ocasiones obras del argentino,
ha hablado en una reciente
entrevista sobre ese elemento, y
afirma:
“Villafañe va a seguir vivo
durante muchos años, porque es
un verdadero autor titiritero.
El sí tenía un verdadero
espíritu titiritero, ganado
mediante su poder de
observación, su trabajo de
tantos años. Es como un Lorca
titiritero, como un
desprendimiento de Lorca.”
Tanto para uno como para otro la
esencia poética del títere quedó
realzada en su posibilidad
lúdica, y ello hace que sus
textos continúen siendo
eficaces. Una esencia poética,
justo es aclararlo, que rehuía
juiciosamente de lo lírico como
cliché. Así como a Lorca le
fascinaba el acento popular y
desparpajado de los títeres
ambulantes que vio en su
infancia, a Javier le atraía el
tipo de funciones que Dante S.
Verzura mantuvo en el Zoológico
de Buenos Aires o la herencia de
los puppi sicilianos que
descubrió a través de un
matrimonio de titiriteros
italianos radicados en aquella
ciudad por los días de su
infancia. Esto añade un valor a
sus textos; amén de ser útiles y
provechosos para funciones en
escuelas, al aire libre o salas
sin demasiadas exigencias
técnicas, la palabra posee en
ellos un valor perdurable, que
los hace dignos de ser leídos
más allá del gozo de la
representación viva. Baste
recordar El caballero de la
mano de fuego para
comprender cómo el poeta que es
Villafañe supo aprovechar las
cualidades del romance español
en función titiritera. Que lo
diga, por ejemplo, este
parlamento de Trenzas de Oro:
Soñaba anoche, soñaba…
Que un caballero veía,
Montado en caballo blanco
Cruzando la serranía.
Al pasar bajo un laurel
Oyó que un Grillo decía:
“En el castillo del Brujo
hay una niña cautiva.”
Ya se baja del caballo,
Ya lo lleva de la brida,
Ya se detiene y escucha
Bajo una rama florida.
“Vamos, vamos, Caballero,
a libertar a la niña”.
Vuelve a trotar el caballo,
Sube por la cuesta arriba,
Canta el Grillo y en su canto
Al caballero decía:
“Otro galope y llegamos…
Allá, en aquella colina…”
¿Por qué una ronda de gallos
vino a despertar el día?
¡Solo en un sueño, soñando
veré florecer la dicha!
III
Establecer un seguimiento de las
representaciones que se han ido
sucediendo en Cuba a partir de
textos firmados por Javier
Villafañe es empresa casi
imposible. Son tantas las
recurrencias a su teatro a lo
largo de los años, por compañías
y artistas tan diversos, que
siempre quedará alguna en el
olvido, y quién sabe si no de
manera muy injusta. La difusión
de sus piezas, algunas a través
de ediciones con fines
escolares, y otras de mano en
mano, lo convierten en una
presencia recurrente a partir,
sobre todo, de los años 40.
Coincidiendo con la apertura de
un nuevo tiempo para el teatro
de intenciones modernas en Cuba,
el arte del retablo que tanto
Javier impulsaba despertó a
través de acciones dispersas,
que hallaron en sus producciones
algo de ese aire de modernidad
que tanto se procuraba, fuera
del eco pedagógico o simplemente
didáctico de los textos a mano.
Villafañe, que recelaba de la
moraleja dictada como receta,
vino a revolver en la memoria de
algunos de esos jóvenes que
empezaban a labrar otra imagen
del teatro en Cuba los ecos de
las representaciones populares
que, por ejemplo, los Hermanos
Camejo disfrutaron en su niñez.
Desde los primeros momentos, con
la intuición que los
caracterizó, Los Camejo apelaron
a las piezas esenciales de
Villafañe. Llegarían a cartearse
con él, procurando información y
referencias que eran necesarias
en la medida en que sus
motivaciones hacia el arte de la
figura animada se convertían en
verdadera especialización
profesional. En 1950 “debutan”
Carucha y Pepe con obras como la
Caperucita roja en
versión de Modesto Centeno, pero
el éxito les permite estrenar
Chinito Palanqueta, del
mismo autor, La farsa de la
tinaja, Comino y Pimienta
vencen al diablo y, sí,
títulos de Villafañe. Pepe
Carril, que se les uniría tras
haber fundado el Guiñol de
Oriente, ya había presentado su
propia versión de La calle de
los fantasmas, la obra que,
sin duda alguna, bate todos los
récords de
representaciones en el catálogo
titiritero latinoamericano. En
1952, al recomponerse como grupo
eminentemente titiritero, La
Carreta, fundado en 1948 por
Dora Carvajal, apela también al
repertorio villafañesco, que
será uno de los puntales del
quehacer del Guiñol de Cuba,
liderado por los Camejo y
Carril, en la salita del Palacio
de Bellas Artes a partir de
1956. En ese empeño, hacen
coexistir la gracia del
argentino con autores nacionales
que se acercan al retablo: junto
a El soldadito de guardia
esa programación incluía,
además, El gato con botas
en adaptación de Dysis Guira;
Los dos leñadores, revisada
por Centeno; El vago señor
Chun Min, de Fermín Borges;
La tiza mágica, de Clara
Ronay; o la Cenicienta de
Germán Berdiales. Aunque no
tirada por la célebre yegua La
Guincha o sus sucesoras, sino
por el jeep de Pepe
Camejo, los inquietos
titiriteros tendrían su propia
versión de La Andariega, con la
cual, siendo fieles al espíritu
de Javier, hicieron funciones en
cuanta escuela, parque, plaza o
local disponible se les
ofreciera. Esta empresa se
mantuvo hasta entrado el período
revolucionario, y solo recesó
tras 1964, cuando el ya nombrado
Teatro Nacional de Guiñol se
asienta en la salita del Focsa.
Pero allí también, en ese mismo
año, representarían La calle
de los fantasmas y El
soldadito de guardia. Una
prueba del respeto y el diálogo
que sostenían con Javier
Villafañe los Camejo y Carril
consiste en el proyecto que
envían en un temprano 1960,
solicitando al Departamento de
Teatro Infantil del Municipio de
La Habana y al INIT el apoyo
para la celebración del I
Festival de Teatro de Títeres,
cuya figura central invitada
sería el maese argentino.
El proyecto no obtuvo, hasta
donde sé, respuesta concreta. Y
en cuanto a la visita de
Villafañe a Cuba, se postergaría
hasta 1975. Pero de eso podremos
hablar más tarde.
Claro está que un repertorio tan
amplio y eficaz como el de este
autor no era exclusividad de
nadie. En el fervor artístico de
la primera década
revolucionaria, se le representa
con intensidad. El Teatro de
Muñecos de La Habana, dirigido
por Roberto Fernández, anuncia
El soldadito de guardia.
Junto a Carril, tras el arribo
habanero de ese creador
holguinero, el propio Roberto
había hecho representaciones de
textos de Javier en iglesias,
escuelas, durante los inicios de
los años 50. En 1960 vuelve a
reaparecer La Carreta, y el
domingo 23 de octubre
representaban como programa
inaugural de su nueva estación
la infaltable Calle de los
fantasmas y El soldadito
de guardia. Los muñecos
fueron diseñados por Sergio
Nicols y Miguel Navarro
compartió con Ana Lasalle y
otros colegas la animación de
las figuras.
Así como en 1963 ya el Teatro
Papalote, en Matanzas, anuncia
textos de Villafañe, el nombre
del titiritero se extendió a
todos los guiñoles fundados a
partir de 1962 por el núcleo de
los Camejo y Carril, que dejaron
un repertorio base en cada
provincia donde establecieron
una agrupación de este tipo. En
Santa Clara, Camagüey, Pinar del
Río, Santiago de Cuba, Villafañe
dejaría una impronta, que
todavía perdura. La falta de un
seguimiento preciso a todos esos
montajes, la ausencia de una
cuidadosa revisión de los
repertorios de los grupos,
impide una enumeración cabal de
todos esos espectáculos. Lo
cierto es que, a ratos más
visible y otras veces no tan
localizable, la palabra y el
goce titiritero de Villafañe
superó momentos difíciles del
arte teatral cubano durante los
fines de los 60 y los años 70,
en los que se impuso una visión
moralizante y de carga didáctica
mucho mayor. El Diablo, según la
concepción del argentino,
avispado, malicioso y simpático,
tendría que arreglárselas para
vencer algunos recelos, pero no
pudo alejársele de los retablos.
Así, por ejemplo, en esta década
Pedro Valdés Piña dirige para el
Guiñol de Mayabeque una emotiva
versión de El casamiento de
doña Rana.
En 1975, cuando empiezan a
regresar a los grupos teatrales
algunos de los artistas que
fueron alejados de esos núcleos
bajo los impulsos nefastos de la
parametración, Villafañe
comienza a tener otra vida en
esos retablos. Roberto Fernández
devuelve su nombre al Teatro
Nacional de Guiñol, creando un
espectáculo para espacios al
aire libre titulado La
Andariega. En 1986, Armando
Morales dará impulso a la labor
del titiritero en trabajos
unipersonales con su exitoso
Chímpete Chámpata. Vale la
pena hacer un alto aquí, para
señalar en Morales un heredero
singular de la tradición
preservada y alentada por
Villafañe. En su concepción del
titiritero como juglar
ambulante, orlado por una carga
poética que le permite dialogar
con el público y avivar los
caracteres de sus figuras,
Morales ha logrado establecer
una imagen que, no solo en su
obra sino también en varios de
sus discípulos, no permite que
Javier sea entre nosotros una
vaga nota al pie, sino una
esencia perdurable y progresiva.
En 1977 Eddy Socorro anunciaba
en Teatro Papalote Juancito y
los fantasmas, versión de ya
saben ustedes qué otro título.
Era uno de los montajes que,
tras el paso de Villafañe por
Cuba, mantenía el interés hacia
sus clásicos. La década del 80,
el 90 y nuestro presente,
estaría también bajo su influjo.
Pero valdría detenerse en el
acontecimiento que, sin duda
alguna, fue la visita del maese
a la Isla.
IV
Probablemente el mejor registro
de ese acontecimiento se pueda
localizar en el número 24 de la
revista Conjunto,
dirigida en esas fechas aún por
su fundador, el guatemalteco
Manuel Galich. La presencia de
Javier activó una idea no
consumada antes, aunque la
publicación hubiese insertado en
sus páginas textos y artículos
sobre el devenir de los títeres
en Latinoamérica, como el
firmado por Carucha Camejo en el
temprano número 2 de 1964. Los
aires eran otros, sin embargo, y
en ese número, el nombre de
Carucha y sus colegas
desaparecía en un extraño vacío.
Alejados de sus funciones, no
pudieron acercarse al maese
argentino, que venía a
desempeñarse como jurado del
Premio Casa, pero también con
sus figuras. En el célebre
documental Vamos a andar por
Casa puede vérsele, por unos
instantes, entre los amigos de
todo el mundo que caminaron por
esa institución.
Cuenta la revista, mediante un
artículo firmado por Wichy
Guerra, que Villafañe tuvo
varios encuentros con los niños
en la Biblioteca José Martí,
donde ha de haber causado alguna
conmoción al entrar con su
overol y su maleta de títeres.
Tras un primer diálogo a manera
de charla, regresó dos semanas
después para improvisar una
función ante los pioneros
cubanos, a los que narró Los
sueños del sapo antes de
representar Chímpete Chámpata,
y La calle de los fantasmas.
También llegó con estos
personajes al Teatro Nacional de
Guiñol. El periplo cubano se
extendió hasta Oriente,
llevándolo a conocer el Palacio
de Pioneros de Santiago de Cuba.
Confesaba el titiritero que en
esa zona del país era donde más
se había emocionado. Qué
secretas aventuras se esconden
tras esa revelación, es algo que
el articulista no refiere. El
resto de la publicación contiene
miradas al quehacer para niños
en otras zonas de Latinoamérica,
incluye el texto de La calle
de los fantasmas, y obras
del propio Galich, el cubano
Rómulo Loredo y el mexicano
Carlos José Reyes.
Pedro Valdés Piña estuvo cerca
de Villafañe en aquella visita,
orientándolo por algunos parajes
y ayudándolo a construir un
retablo provisional para sus
funciones. De los colegas
criollos que hubieran podido
dialogar con él intensamente en
esa posibilidad excepcional que
acabaría siendo su único
contacto físico con los
cubanos, Armando Morales obtuvo
una cercanía al parecer más
concreta, como ha revelado en un
texto suyo, editado años más
tarde, en 1996, por el boletín
La Mojiganga. En “De
títeres y titiriteros, breve
historia”, Morales nos relata:
“La noche de la entrega de los
premios Casa, nos encontramos el
admirado titiritero y su
titiritero admirador en una
larga y sabrosa conversación
donde se habló de todo…
incluyendo a los títeres. Al
final, acepté el reto de emular
con el maese argentino
que, acompañándose únicamente de
sus muñecos, ofrecía sus
representaciones en calles,
caminos, plazas y en cuanto
espacio pudieran enfrentarse
espectador y titiritero. El
primero de abril de 1980
estrenaba El pícaro burlado
o Chímpete chámpata,
precisamente en la Casa de las
Américas, iniciándome y
siguiendo las huellas del
titiritero impar y a partir de
ese día, Chímpete chámpata
me ha acompañado a Italia,
España, Ghana, México, Perú,
Venezuela, Argentina y el
archipiélago cubano saboreando a
la sombra protectora del
frondoso árbol Villafañe sus
deliciosos frutos.”
Es de esa comunión intensa, de
ese compartir una vivencia como
hermandad y aprendizaje, que
brota la herencia titiritera,
capaz de extenderse más allá de
los tecnicismos de una escuela
para pervivir como savia
popular, absorbida mediante la
observación, la transmisión de
una sabiduría entendida como
práctica y comunicación, que no
solo como conocimiento frío. Si
Lorca fue para Villafañe
estímulo y reto, el propio
Villafañe obraría del mismo modo
ante tantos discípulos que hoy,
como Morales, continúan
dilatando su presencia ante los
más inimaginados públicos.
V
De los 80 hasta acá se
multiplican los montajes de
Villafañe en Cuba. La explosión
de unipersonales que la crisis
de los 90 tuvo entre sus
posibles notas a favor, activó
en no pocos el interés por el
siempre agradecido público
infantil, y renovó el concepto
del titiritero ambulante, capaz
de cargar con su retablo a los
lugares más alejados para
ofrecer una humilde
representación. En 1995 el
Festival del Monólogo y
Unipersonales acogió a Luis
Enrique Chacón, joven titiritero
que bajo la guía de Pedro Valdés
Piña y Martha Díaz Farré
deslumbró con su propia versión
de Chímpete chámpata,
renombrada El panadero y el
diablo. Chacón, años
después, al frente de su grupo
La Estrella Azul, también
incorporaría a su repertorio
Los pícaros burlados y El
vendedor de globos. El
Guiñol de Guantánamo anuncia La
calle de los fantasmas,
mientras que el colectivo
Andante, de Bayamo, propone
sobre la misma trama La ópera
de los fantasmas. Partiendo
de la siempre eficaz fábula que
centralizan Juanito y María
Teatro de las Estaciones, al
mezclarla con El casamiento
de doña Rana en el 2000 bajo
el título de El gorro color
de cielo, rindió tributo a
su autor, invitado en 1996 al
segundo Taller Internacional de
Teatro de Títeres, al que solo
la muerte le impidió acudir.
Roberto Fernández Acosta, en el
2001, también apela a una suerte
de collage para unificar
El caballero de la mano de
fuego a La infanta que
quiso tener los ojos verdes,
del cubano Eduardo Manet, con
diseño escenográfico de Jesús
Ruiz para el Teatro Nacional de
Guiñol. En el 2002, el Guiñol de
Holguín retoma La calle…,
ahora en un concepto de formato
mayor y apoyado en técnicas como
la luz negra, para ganar los más
importantes lauros de su
especialidad en el Festival de
Camagüey. La misma pieza fue
llevada a los escenarios por el
Guiñol de Santiago de Cuba, con
dirección de Rafael Meléndez.
Entre todas estas puestas, gana
el Premio Villanueva de la
Crítica el Proyecto Retablo,
asentado en Cienfuegos bajo la
guía de Panait Villalvilla con
una delirante y risueña versión
de La calle…, rebautizada
como Si yo te contara,
que demostró que nuevas
aproximaciones a los clásicos,
si la esencia del texto original
es respetada en su espíritu,
revivifican dignamente toda
memoria.
En fechas ya muy recientes, vale
mencionarse a Yaqui Saíz, que
rescata con sus dotes de
excelente titiritera la gracia
de El pícaro burlado. Y
en Sancti Spíritus, Paquelé da
vida a las figuras de Fausto.
Lástima es que las piezas para
un público ya adulto, en las que
Javier seguía siendo el poeta
seguro de las otras piezas pero
demostraba que no se le
incapacitaba la mano para
retratar al ser humano desde esa
metáfora penetrante que puede
ser el títere, no hayan sido tan
representadas en la Isla. Por
estos días, leyendo varios
textos para escribir estos
párrafos, redescubrí El
fantasma, un ejemplo vivaz
del mejor Villafañe, que en solo
unas escenas, un decorado único
y apenas tres personajes,
describe lo que los seres
humanos adultos suelen hacer
cuando el Diablo los sabe
tentados. Sea ese un capítulo
por venir en este mirar, y
querer intenso, a la obra de un
nombre mayor. Insisto: no todas
las mencionadas cubren el amplio
mapa de Villafañe en Cuba: aún
pueden sumarse otros montajes,
pues el eco del maese ha
dado para esto y mucho más.
Nos dejó la promesa de un
retorno que la vida no le
permitió cumplir. Pero ¿cómo
describir y fijar en términos
tradicionales la vida de un
titiritero? La vida de un hombre
que se reinventa como personaje
mítico, y que toca además a la
de sus seres queridos, como hizo
con el nombre de Luz Marina
Zambrano, hoy su viuda, en la
prosa poética que nombró
Persona buscada. Aquí, en La
Habana, hizo sentir su risa y su
manera de vivir, a través de sus
manos convertidas en títeres,
animando un inmortal Maese
Trotamundos. Se calificaba a sí
mismo “librepensador de barba
blanca”. También supo, al
nombrarse a sí mismo, dejarnos
una lección de poesía y
dignidad. |