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Uno de los mayores aciertos de
este Trece Festival de Teatro de
La Habana ha sido traer las
mejores obras de los últimos
años, devenidas ya hitos de
nuestro panorama teatral. Piezas
como Delirio habanero,
Si vas a comer espera por
Virgilio o Escándalo en
la trapa, han dotado de vigor
esta nueva edición de la fiesta
de las tablas, demostrando que
bueno conocido todavía vale
bien.
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Escándalo en la trapa |
Esta última es una de las obras
más gratas subidas al proscenio,
pues hace gala de un excelente
equilibrio en la puesta, donde
sobresalen la calidad del
vestuario, el desplazamiento
escénico y la paridad
histriónica. Seleccionada como
ganadora del Gran Premio en el XI Festival de Teatro de
Camagüey, en el año 2006, por un
jurado que la distinguió por “la
capacidad para crear un universo
teatral integrador de los
diversos lenguajes expresivos,
los cuales alcanzan una
excepcional belleza formal y
profundidad conceptual”,
Escándalo en la trapa aúna
la fuerza dramática del texto
con la representación
inteligente.
Frente al abarrotado auditorio
del teatro Mella, Mefisto Teatro
volvió a darles vida a los
personajes concebidos por José
Antonio Brene en su obra,
convertida en un texto que
denuncia a la discriminación
cultural e histórica de las
mujeres. Bajo la dirección de
Tony Díaz, la puesta trae otra
vez a la Isla a Enriqueta Favez,
la primera mujer que ejerció la
Medicina en Cuba a inicios del
siglo XIX, aunque para ello
debiera trasvestirse.
En su pieza, Brene versiona lo
que sucedió a esta dama de
origen suizo, que renunció al
mandato social asignado a su
género
—el del hogar y la
gestación—
y tomó los vestidos e
identidad masculina para poder
recibirse de cirujano y
practicar el noble oficio de
salvar vidas. Lo más curioso es
que la plaza elegida por el
doctor Enrique Favez para
desarrollar su profesión fue la
primera villa del oriente
cubano, Baracoa, una tierra que
a sus muchas veleidades
geográficas suma el acierto de
ser testigo de la transgresión.
La provinciana ciudad de finales
de la segunda década del siglo
XIX es el espacio donde se
desarrollan los hechos de
Escándalo…, que narran la
relación entre Favez y los
pobladores de la Isla, primero
deslumbrados ante su talento y
bondad humana, pero luego
devenidos jueces de su
conducta. Los prejuicios y la
doble moral patriarcales salen
todo el tiempo a colación, en
una intencionada denuncia a los
límites impuestos por estas
forzadas normas sociales que
coartan la libertad de los seres
humanos.
El personaje de Favez parece
estar dotado de cierta mística
para atraer a los creadores por
lo controvertido de su destino.
Su historia ha sido llevada
varias veces al audiovisual y a
la literatura por escritores
como Antonio Benítez Rojo en
Mujer en traje de batalla, o
por los investigadores Oscar
Montoto Mayor en La increíble
historia del doctor Faber y
Julio César González Pagés en su
libro multimedia Por andar
vestida de hombre, editado
este 2009.
Enrique Favez
—Enriqueta—
llegó
a Cuba en 1819 y se registró en
el Protomedicato de La Habana
para ejercer en Baracoa. Como
médico había participado en
varias contiendas europeas y
tenía las condecoraciones del
emperador Napoléon. Enriqueta
estuvo casada con un doctor
francés muerto en la guerra
cuando ella solo tenía 18 años,
por lo que su destino de viuda
solo deparaba un nuevo
matrimonio, la prostitución o
los hábitos religiosos.
Por el contrario, la decisión de
ocultar su verdadero sexo para
lograr vivir de su intelecto es
uno de los actos más audaces
registrados en Cuba con la
intención de burlar las leyes
del sistema patriarcal. Favez,
como en la obra de Brene, conoce
a la joven huérfana Juana de
León, a quien asiste durante su
enfermedad y pide matrimonio
formal con la intención de
mejorar sus condiciones de vida
y de salud. Sin embargo, ante la
imposibilidad de poder consumar
la unión, Favez confiesa su
verdadera condición al Obispo
Espada, quien la precisa a
hacerla pública un tiempo
después.
Con ligeras variaciones
episódicas
—como el destino
final de la Favez quien en vez
de hacer pública su condición de
mujer en Escándalo… es
descubierta por la propia
esclava a la que salva del abuso
de su antiguo amo—, todas estas
historias las vamos conociendo a
través de una de los tres
actores que protagonizan la
obra, Hedy Villegas. Esta Favez
anciana, adolorida y cansada,
funciona como una especie de
conciencia narrativa que
interactúa con el espectador y
va contando de un modo
excesivamente retórico en
ocasiones, la tragedia de su
vida.
En Escándalo… se
privilegian los valores
positivos del personaje, hasta
el punto que se extrañan los
matices de carácter propios de
cada ser humano, favorables para
el crecimiento dramático de la
pieza. La crítica a la
hipocresía machista convierte al
personaje en una víctima en la
que a ratos nos gustaría
encontrar un gesto airado, un
doblez de espíritu, un acto de
temor o inseguridad. Pese a ser
sostenido por una temática
sumamente interesante y
necesaria de rescatar, el tono
doctrinario de ciertos pasajes
precisaría reactualizarse y
adecuarse al discurso de estos
tiempos. Con ello se dinamizaría
el desarrollo de la obra y
evitaría el final esperado ya
desde la mitad de la
representación.
Estos escollos, sin embargo, no
menoscaban la fuerza simbólica e
ideológica que transmite la
pieza, apoyada de manera
magistral por el diseño de
vestuario de Eduardo Arrocha.
Cada personaje está
perfectamente caracterizado
desde una imagen que mucho tiene
que decir a nivel sicológico y
que armoniza junto al diseño de
luces, el movimiento escénico,
la gestualidad y la
escenografía, para lograr una
estética de altos quilates.
El destino fatal de Favez se
encuentra hiperbolizado, incluso
más allá de lo que fue la
historia real, en la que luego
de un juicio cruel y un
denigrante examen físico, la
mujer médico fue condenada a
diez años de prisión. De ellos,
solo cumplió cuatro en la
Iglesia de Paula donde ejerció
como médica y protagonizó una
reyerta de las reclusas contra
las autoridades. El final de su
vida transcurrió en Nueva
Orleans, donde ofició hasta los
65 años como madre superiora de
la Orden de la Caridad.
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Escándalo en la trapa |
El castigo por la transgresión,
la tragedia que pesa como sino
en las personas “diferentes”,
eran por entonces, únicas vías
de resolver este tipo de
conflictos, motivo reforzado por
Brene al hacer morir de tisis a
su personaje en la trapa.
Tampoco están en la obra los
rumores sobre la orientación
lésbica de Favez, una arista que
quizás hubiera hecho mucho más
atrevido su tratamiento.
Es probable que la clave de toda
la obra se encuentre en la
intención de despertar la
conciencia de los espectadores
sobre la injusticia que supone
la inequidad de género y el
machismo como uno de los peores
lastres de la sociedad moderna.
Como dijera Hedy Villegas al
hablar de su personaje: “¿Por
qué pedir perdón si Dios me hizo
mujer? Quien debe pedir perdón
es esa sociedad decadente, donde
la doble moral, el machismo, el
doble discurso y la falsa
religión mediatizan la
existencia de hombres y mujeres;
esa sociedad injusta que fue
capaz de condenar a una mujer
inocente, por el ‘gravísimo
pecado’ de ser mujer”.
Aunque hoy de alguna manera el
esfuerzo de las mujeres ha
logrado revertir situaciones como
estas, bien vale la pena salvar
la memoria y condenar la
sinrazón de menospreciar la
capacidad de un ser humano a
decidir su modo de vida.
Rescatar figuras como la de
Enriqueta Favez, en el siglo XXI,
robustecen los bríos para nuevas
empresas que, también desde el
arte y la cultura, reivindiquen
el fabuloso escándalo de una
feminidad plena. |