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Un proverbio yoruba reza: “La
mentira puede correr un
año, la verdad la
alcanza un día”. Aunque
por largo tiempo a la
opinión pública
norteamericana le han
tratado de imponer,
desde los círculos
políticos más
intolerantes y los
medios de comunicación
más poderosos, una
imagen distorsionada de
la sociedad cubana
contemporánea, siempre,
de un modo u otro,
termina por abrirse paso
la realidad.
Así sucederá, estamos
seguros, cuando se
conozcan los argumentos
que nos llevan a refutar
las falaces afirmaciones
sobre nuestra sociedad
contenidas en un
documento circulado el
pasado 1ro. de diciembre
a nombre de un grupo de
intelectuales y líderes
afronorteamericanos.
Decir que entre nosotros
existe un “insensible
desprecio” por los
cubanos negros, que se
coartan las “libertades
civiles por razones de
raza”, y exigir que se
ponga fin “al
innecesario y brutal
acoso de los ciudadanos
negros en Cuba que
defienden sus derechos
civiles”, parecería una
delirante elucubración
si no fuera porque
detrás de esas ficciones
se evidencia la aviesa
intención de sumar a
respetables voces de la
comunidad
afronorteamericana a la
campaña anticubana que
pretende socavar
nuestras soberanía e
identidad.
Si la Cuba de estos
tiempos fuera ese país
racista que se quiere
inventar, sus ciudadanos
no hubieran contribuido
masivamente a la
liberación de los
pueblos africanos. Más
de 350 000 voluntarios
cubanos combatieron
junto a sus hermanos de
África contra el
colonialismo. Más de 2
000 combatientes de la
Isla cayeron en tierras
de aquel continente. Una
personalidad de
indiscutible relieve
mundial, Nelson Mandela,
ha reconocido el papel
de esos voluntarios en
la quiebra definitiva
del infamante régimen
del apartheid. De África
solo trajimos los restos
de nuestros muertos.
Si la Cuba de hoy
sintiera ese desprecio
por el negro, más de 35
000 jóvenes africanos no
hubieran sido formados
en nuestras escuelas
durante los últimos 40
años, ni 2 800 jóvenes
de una treintena de
países de esa región
estudiaran ahora mismo
en nuestras
universidades.
Un pueblo enfermo de
racismo se negaría a
colaborar en la
formación de médicos y
recursos humanos en el
área de la Salud en
Facultades de Ciencias
Médicas fundadas en
Guinea Bissau, Guinea
Ecuatorial, Gambia y
Eritrea; daría la
espalda a los programas
de asistencia sanitaria
que han salvado miles de
vidas en varios
territorios de América
Latina y el Caribe donde
resulta significativa la
presencia de la diáspora
africana, y se hubiera
desentendido de los más
de 20 000 haitianos y
afrocaribeños de habla
inglesa que han
recuperado la vista
mediante operaciones
quirúrgicas practicadas
gratuitamente en nuestro
país.
Es muy probable que la
mayoría de los firmantes
del documento desconozca
cómo a raíz de la
devastación de Nueva
Orleáns por el huracán
Katrina, decenas de
médicos y personal
paramédico cubano se
ofrecieron para asistir
voluntariamente a las
víctimas del meteoro en
un gesto humanitario que
no halló respuesta en
las autoridades
norteamericanas.
En otro orden, quizá
también ignoren de qué
modo, desde los primeros
días que siguieron a la
victoria popular de
1959, fueron
desmanteladas aquí las
bases institucionales y
jurídicas de una
sociedad racista. La
Revolución Cubana
encontró en 1959 una
situación desesperada en
la mayoría de la
población. Los
afrodescendientes
cubanos, que estaban
entre las más sufridas
víctimas del modelo
neocolonial imperante en
la Isla, se beneficiaron
de inmediato con la
batalla que dio el
gobierno revolucionario
para erradicar toda
forma de exclusión,
incluido el feroz
racismo que
caracterizaba a la Cuba
de entonces.
La política de Cuba
contra cualquier tipo de
discriminación y en
favor de la igualdad
tiene respaldo
constitucional y se
expresa en los capítulos
de la Carta Magna que se
refieren a los
fundamentos políticos,
sociales y económicos
del Estado y a los
derechos, deberes y
garantías de sus
ciudadanos. Los derechos
constitucionales, así
como los mecanismos y
medios para hacerlos
efectivos y restablecer
la legalidad ante
cualquier violación de
estos, se garantizan
mediante una muy precisa
legislación
complementaria.
Como nunca antes en la
historia de nuestro
país, los negros y
mestizos han hallado, en
el proceso de
transformaciones
emprendido en el último
medio siglo,
oportunidades de
realización social y
personal, sustentadas en
políticas y programas
que han propiciado el
despegue de lo que llamó
el antropólogo cubano
Don Fernando Ortiz la
impostergable fase
integrativa de la
sociedad cubana.
Se trata, lo sabemos, de
un proceso no exento de
conflictos y
contradicciones, sobre
los que gravitan tanto
desventajas sociales
heredadas como
prejuicios secularmente
enraizados.
Hace seis años, Fidel
Castro, al dialogar en
La Habana con pedagogos
cubanos y extranjeros,
comentó cómo “aún en
sociedades como la de
Cuba, surgida de una
revolución social
radical donde el pueblo
alcanzó la plena y total
igualdad legal y un
nivel de educación
revolucionaria que echó
por tierra el componente
subjetivo de la
discriminación, ésta
existe todavía de otra
forma. La califico como
discriminación objetiva,
un fenómeno asociado a
la pobreza y a un
monopolio histórico de
los conocimientos”.
Quien observe la vida
cotidiana en cualquier
sitio del país, podrá
advertir cómo se lleva a
cabo un ingente esfuerzo
por superar
definitivamente los
factores que condicionan
tal situación mediante
nuevos programas
orientados a eliminar
toda desventaja social.
Los intelectuales
afronorteamericanos
deben saber cómo sus
colegas cubanos han
abordado estos temas y
promueven acciones desde
el lugar prominente que
ocupan en la sociedad
civil. Algunos de los
programas anteriormente
aludidos surgieron a
partir de los debates
suscitados en 1998
durante el VI Congreso
de la Unión de
Escritores y Artistas de
Cuba (UNEAC), en diálogo
franco y abierto con las
máximas autoridades del
Estado y el entonces
presidente Fidel Castro.
Debe recordarse que la
organización que agrupa
a la vanguardia del
movimiento intelectual y
artístico cubano tuvo
como presidente fundador
a un poeta negro,
Nicolás Guillén, uno de
los más notables poetas
de la lengua castellana
del siglo XX, activo
luchador contra la
discriminación racial, y
amigo personal de
Langston Hughes y Paul
Robeson.
En el seno de la UNEAC,
organización que nunca
estuvo a espaldas de
esta problemática se ha
creado un Comité
permanente para luchar,
desde una perspectiva
cultural, contra todo
vestigio de
discriminación y
prejuicios raciales.
En un país racista sería
impensable la fundación
y el funcionamiento de
instituciones como la
Casa de África, la
Fundación Fernando
Ortiz, la Casa del
Caribe de Santiago de
Cuba, el Centro de
Estudios del Caribe de
la Casa de las Américas
y el Instituto Nacional
de Antropología, que,
entre otras, investigan
a fondo el legado
africano en nuestra
cultura y las relaciones
interraciales en nuestro
país. Ni recibieran
apoyo ni tendrían el más
amplio reconocimiento
social entidades
artísticas de tanta
jerarquía como el
Conjunto Folclórico
Nacional, el Ballet
Folclórico de Camagüey,
o el Conjunto Folclórico
de Oriente. Ni existiera
el Museo de La Ruta del
Esclavo, primero de su
clase en América Latina
y el Caribe y uno de los
principales resultados
del compromiso de Cuba
con el programa
auspiciado por la UNESCO
para vindicar el aporte
de los africanos
arrancados por la fuerza
de sus tierras de origen
a estas otras donde
contribuyeron a la forja
de nuevas identidades.
Si el odio racial fuera
una tónica predominante
en nuestra sociedad, no
pasaría de ser un gesto
retórico la
conmemoración del
centenario de la
fundación del Partido
Independiente de Color,
sobre la base de
recuperar la memoria
histórica de una etapa
de las luchas y afanes
del pueblo cubano por
sus derechos y su
liberación de todas las
dominaciones.
Genuinos portadores de
la cultura musical
tradicional, sumamente
apreciados por públicos
norteamericanos, como
Los Muñequitos de
Matanzas y los conjuntos
Yoruba Andabo y Clave y
Guaguancó tendrían que
desempeñarse como
braceros mal pagados en
los puertos,
parqueadores de autos,
limpiabotas y empleados
domésticos, de no
haberse reconocido sus
extraordinarios valores.
Una sociedad racista no
se hubiera empeñado en
traducir y publicar
centenares de obras
literarias de decenas de
autores africanos y
afrocaribeños. En una de
sus visitas a Cuba, el
Premio Nobel nigeriano,
Wole Soyinka, declaró:
“Es difícil encontrar
otro lugar en el
hemisferio occidental
donde la avidez por
conocer a los escritores
africanos trascienda,
como he visto aquí, el
interés de las
instituciones
académicas”.
Los intelectuales y
artistas cubanos
agradecemos la
solidaridad, la
comprensión y el respeto
que muchas
personalidades
afronorteamericanas han
mostrado hacia la
realidad cubana a lo
largo de medio siglo.
Nunca les hemos pedido
compartir nuestras ideas
políticas ni hemos
condicionado el diálogo
a algún tipo de respaldo
o adhesión. Por un
elemental sentido de la
ética respetamos sus
puntos de vista.
Tal vez fuera oportuno
que los firmantes de la
declaración que
comentamos escucharan
desprejuiciadamente esos
criterios. Estamos
convencidos de que al
hacerlo, como proclama
el refrán yoruba, la
verdad tenga su día.
La Habana, 3 de
diciembre de 2009
Nancy
Morejón, poetisa y
ensayista
Miguel Barnet, poeta y
antropólogo
Esteban Morales,
politólogo y ensayista
Eduardo Roca (Choco),
artista
Heriberto Feraudy,
historiador y ensayista
Rogelio Martínez Furé,
africanista
Pedro de la Hoz,
periodista y ensayista
Fernando Martínez
Heredia, sociólogo y
ensayista |