Año VIII
La Habana
del 30 de ENERO
al 5 de FEBRERO
de 2010

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La pasión de la palabra

Nara Araújo

 

La palabra puede arrullar o excitar, deleitar o alucinar, porque desata la alucinación y anima al ánima, porque construye universos posibles y codifica el entorno. La literatura se ha servido de ella para enfatizar su propia energía. Alonso Quijano se convirtió en el alucinado Don Quijote bajo el influjo de la ya decadente novela de caballería, por eso su sobrina hace quemar todos esos libros, a excepción del Amadís de Gaula, para gloria de Cervantes. Antes, en la Toscana medieval, Paolo y la mal casada Francesca se dejan arrastrar por un torbellino apasionado, leyendo los encuentros de Lanzarote y Ginebrina; torbellino envolvente en el cual el lector los imagina girando unidos dentro de un cono de aire, como los describe en el infierno el genial florentino.

En el siglo XIX otra pareja inmortal, Carlota y Werther, llegan por fin a juntar sus bocas, suave y fugazmente, en un solo beso, a pesar de las reticencias y resistencias de la joven casada, porque se han inflamado con la lectura del falso Ossian, con la descripción romántica de ingentes pasiones en parajes nórdicos de mares enhiestos y cumbres borrascosas. El ejemplo por excelencia de la impronta de la palabra es de cómo aquella oriental mujer, Scherezada, logra escapar a la muerte contando historias y seduciendo con ellas a su captor, historias que al mismo tiempo cautivan a su lector.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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