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La palabra puede arrullar o excitar,
deleitar o alucinar,
porque desata la
alucinación y anima al
ánima, porque construye
universos posibles y
codifica el entorno. La
literatura se ha servido
de ella para enfatizar
su propia energía.
Alonso Quijano se
convirtió en el
alucinado Don Quijote
bajo el influjo de la ya
decadente novela de
caballería, por eso su
sobrina hace quemar
todos esos libros, a
excepción del Amadís de
Gaula, para gloria de
Cervantes. Antes, en la
Toscana medieval, Paolo
y la mal casada
Francesca se dejan
arrastrar por un
torbellino apasionado,
leyendo los encuentros
de Lanzarote y
Ginebrina; torbellino
envolvente en el cual el
lector los imagina
girando unidos dentro de
un cono de aire, como
los describe en el
infierno el genial
florentino.
En el siglo XIX otra
pareja inmortal, Carlota
y Werther, llegan por
fin a juntar sus bocas,
suave y fugazmente, en
un solo beso, a pesar de
las reticencias y
resistencias de la joven
casada, porque se han
inflamado con la lectura
del falso Ossian, con la
descripción romántica de
ingentes pasiones en
parajes nórdicos de
mares enhiestos y
cumbres borrascosas. El
ejemplo por excelencia
de la impronta de la
palabra es de cómo
aquella oriental mujer,
Scherezada, logra
escapar a la muerte
contando historias y
seduciendo con ellas a
su captor, historias que
al mismo tiempo cautivan
a su lector. |