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Me reencuentro con Esmérita Ramírez. La
fogueada actriz y yo no nos veíamos
desde hace unos cuantos años. Llega con
un grueso libro, repleto de fotos.
Empieza el desfile de viejos amigos,
puestas en escena, evocaciones del
teatro. "El carrillón del Kremlin",
aquel espectáculo en el que Mario
Balmaseda asumiera brillantemente a
Lenin, fue la primera experiencia de
asistir a un montaje por dentro para
todos los que empezábamos los estudios
de Teatrología.
Le digo de carretilla varios parlamentos
de aquella puesta en escena y se
sorprende de mi memoria. Le recuerdo que
me sirvió de "repaso" un estudiante de
actuación que había participado como
extra y repetía los textos en las tardes
del albergue estudiantil.
En el teatro las fotos, como las reseñas
críticas, constituyen de los pocos
alivios para la desmemoria. Ahora con la
universalización del video se retiene
más, pero está claro que la magia, la
complicidad, el hechizo de una función
muere cuando se acallan los últimos
aplausos.
Valoré siempre mucho el trabajo de los
fotógrafos en mis años de crítico
teatral. Admiraba a los buenos
—como
Expósito o Tony López—
y detestaba a los llamados "de primer
acto". Dícese de aquellos que llegan de
mala gana a la función
—casi
siempre acompañado de una novia más bien
tonta—
y tiran todas las fotos en la primera
escena, para salir más que raudos en
busca de una cena, una boda o la casera
televisión.
Revisar fotos de teatro es atrapar un
fogonazo, un relumbre, una sombra de
aquellas tensiones, esperanzas, susurros
o clamores de las representaciones de
antes.
Pronto estaré en La Habana y, por
supuesto, en el centro de nuestro
teatro. Ojalá alguna mano amiga ande
siempre cercana y atenta para preservar
esas imágenes que alimentarán la
melancolía de mañana. |