Año VIII
La Habana
2010

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Ignacio Piñeiro: el son de altura
Josefina Ortega • La Habana
Fotos: Cortesía de la autora

A mí me gusta mucho, Carola,
el son de altura, con sabrosura,
bailarlo a solas …

               “Suavecito” (1930)

Le llamaban el Poeta del Son. Y al preguntarle en una entrevista sobre su mejor recuerdo, dijo: “Lo guardo de cuando en los barrios trabajaba por amor al arte”.

Dicen que de esos días, de su época de carretonero, le viene lo de Piñeiro, cuando junto con su hermano Prudencio, acarreaba las mercancías desde el puerto de La Habana hasta la bodega de un tal Piñeiro, nombre que acogió para su quehacer artístico y que ya le había sido dado por la gente de la barriada: “Ahí vienen los de Piñeiro”.

Sin formación musical académica alguna, se le considera uno de los músicos más importantes de la Isla. Incluso el célebre compositor norteamericano George Gershwin, de visita en la capital cubana en 1932, no dudó en incluir después el tema ejecutado en la trompeta del son de Piñeiro “Échale salsita” en su “Obertura cubana”, la que fue estrenada en Nueva York por una orquesta en la que señoreaban los tambores y el bongó, las maracas y el güiro.

Compositor de talento y fecundidad excepcionales, integran su amplio repertorio cerca de 300 piezas, que abarcan géneros tan diversos como la clave, el guaguangó, y de forma muy especial, el son, con el que desarrolló una amplia sucesión de variantes y le transmitió un aura poética y la gracia de la guajira.

Nacido el 21 de mayo de 1888 en La Habana, hijo del asturiano Marcelino Rodríguez Sánchez y de la negra cubana Petrona Martínez, asimiló desde muy temprano en el barrio de Pueblo Nuevo, donde la familia se avecindó, los toques y cantos de los cabildos africanos, que luego incorporó a algunas de sus obras.

"Desde niño —confesó—aprendí los trucos y secretos de los negros africanos, me los enseñaban en sus cofradías, yo les hacía mandados y ellos me dejaban entrar en su mundo. Aquel ambiente era quizá inquietante, pero yo me desenvolvía entre ellos con mucha naturalidad. Era una esponja captando todo lo que ellos sabían".

Con estos avales llegó a dirigir el coro de clave y guaguancó de Los Roncos de Pueblo Nuevo, donde era decimista y compositor. De esa etapa son: “El Edén de los Roncos”, “El desengaño”, “Dónde estabas anoche”, y “Mañana te espero, niña”.

En 1926 Piñeiro fue uno de los fundadores, junto con María Teresa Vera, del Sexteto Occidente, con el cual realizó su primera gira a los EE.UU.con el propósito de grabar un disco.

De regreso en La Habana, en 1927, creó su propio Sexteto Nacional y un año más tarde, con la incorporación del trompetista, el conjunto se convertía en el Septeto Nacional, todavía vigente, y uno de sus aportes más significativos al acervo musical cubano.

“A esta importante agrupación musical consagró —como afirma la musicóloga Miriam Villa— todo su potencial creador, sentando los cimientos del cúmulo de obras propias de este colectivo. … ‘Esas no son cubanas’, ‘Cuatro palomas’, ‘No juegues con los santos’, ‘Alma guajira’ o ‘Mi son genuino’ y más tarde ‘El castigador’, ‘El guanajo relleno’, ‘Échale salsita’, pueden ser tomados a modo de ejemplo”.

“Es precisamente este, su período sonero, en el que con mayor vuelo artístico se plasmó su mundo sonoro; es aquí donde en forma más abierta rompe esquemas y trasciende los límites trazados por el son que le precedió…”

En 1929 el Septeto Nacional de Piñeiro ganaba la Medalla de Oro en la Feria Exposición de Sevilla, España, e introducía en grande el son cubano en muchas ciudades hispanas, como en La Coruña, Santander y Madrid. En 1930 se presentaba en el lujoso cabaret Sans Soucí, de la alta aristocracia habanera, y en 1933 actuaba en la feria-Exposición Un siglo de progreso, celebrada en Chicago, EE.UU.

Como se sabe, en sus inicios el son estaba marginado y recluido en las escuelas de baile y cabaretuchos de mala muerte. Las sociedades negras tampoco querían reconocerlo hasta que poco a poco fueron aceptando su valer.

El mérito de haber introducido el son en los salones más exclusivos le pertenece, sin duda alguna, a Ignacio Piñeiro, quien le confirió un nuevo estilo y lo vistió de cuello y corbata.

Grande entre los grandes, él es uno de los creadores que abrió el camino de la música cubana de fundamento. Muchos de los ritmos surgidos después tienen las células y la creatividad de Piñeiro.

El autor de “Suavecito” murió en La Habana el 12 de marzo de 1969.

Todavía estaba al frente de su Septeto Nacional.

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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