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Un peu profond ruisseau calomnié la mort.
Stéphane Mallarmé
I
AQUÍ ESTOY, A LA ESPERA DEL SILENCIO.
Ante el astillero podrido
sólo vislumbro la astilla
que sobró de las iluminaciones.
Como todas las sobras, trae la marca
de las cosas ocultas para siempre
o de los seres sepultados en lo alto de las dunas;
como las letras grabadas a fuego
en el anca de un caballo robado por un gitano, o
una mancha de
nacimiento
en la cadera bienamada.
Ahora la noche desciende para siempre.
Mis ojos fatigados siguen la canoa
que se aleja de los manglares.
Una luz en la restinga. Un cangrejo en el cieno.
Y la vida se evapora como las almas
en el cielo que no ampara ningún dios.
Todos los paisajes que vi se pulverizaron
en las postales corroídas. Y la uña sucia, orlada de
negro,
toma el espacio de la antigua mano. Las puertas
sucesivas
de las dársenas que almacenaban ristras de cebolla y
bolsas de azúcar
se encogen en la oscuridad, reducidas a una única puerta
refractaria al destello de la aurora.
En la barra de São Miguel, ante el mar,
sólo ahora aprendí:
el día más largo del hombre
dura menos que un relámpago.
El tiempo ya no será celebrado
entre las constelaciones.
El cielo y la tierra se van a hundir
en la ceniza desengañada
de los mañanas robados por la muerte.
Y todo lo que amé se disuelve.
La nube escarlata se posa blandamente
entre las casas de tapias y el mar rasgado por las olas.
Llegó la hora de decir adiós al agua negra
que se agita en la tiniebla de la albufera
y al viento planetario que seca los peces
colgados en los varales de las chozas
y al mar caeté que se abrió
ante las barrancas de mi patria perdida.
La eternidad pasa como el viento.
Sólo el tiempo es eterno. Siempre estuve aquí
en medio de mi pueblo diezmado,
y mis manos prepararon más allá de las dunas
la dorada hoguera antropofágica
del asombroso festín. Una noche de cenizas
sucede ahora al clamor y a la alegría.
El mar apaga todos los naufragios
y todo fuego se extingue, todo fuego dorado
se extiende y se apaga en el silencio del mundo.
Aquí, en el lugar de agua y tierra de mis nacimientos
sucesivos,
mi sombra vaga entre los escombros
de los barcos perdidos o soñados.
Y busco en vano, en las aguas ofendidas,
la castidad del agua intacta y clara,
que aflora en el mar al estallar la aurora
en el corazón de la noche enmudecida.
iOh puerta prometida al consuelo de la vida,
después de tanta inmundicia y después de tanto
esplendor!
En esta noche final, las hogueras celestes
queman toda esperanza y sepultan en la ceniza
los sueños insensatos de las almas terrestres
y el estertor que suprime cualquier paraíso.
En la noche crematoria, la muerte es una hoguera.
IV
LAS LUCES DEL AEROPUERTO CORREN COMO ARLEQUINES.
En los pasos a nivel, silban los trenes de carga
llevando los maniquíes que abastecen los sueños.
Y yo soy lo que parte. Y queda. Y vuela. Y permanece.
Una luz de faro divide el universo.
Mi mano busca en lo oscuro un cuerpo nupcial.
Lamo la sal sigilosa de las conchas entreabiertas.
El silencio detenido entre raíces y lianas
abre una senda solar en un acueducto.
El bochorno sostiene la claridad.
El día es un relámpago despedazado.
Un cono de sombra me esconde de mí mismo.
Y el día pasa como una hormiga. Los días pasan
como la brisa entre velas desplegadas.
Los días pasan y traen siempre la muerte.
Digo adiós a mí mismo en la víspera de la tiniebla.
Y ahora la noche desciende. Trae la causa perdida.
Mi mano ya no toca el cuerpo bienamado.
Un sol negro ilumina la noche de mi alma
pero yo quiero otro sol, la intensa claridad
del día material que se abre como una puerta.
Sólo me siento completo con mi sombra
y la máscara de todo lo que dejé de ser.
Mi sol inhabitable nace en cualquier horizonte.
Sólo al viento que sopla le confío mi espanto.
Preciso ser exacto e impenetrable
Para ser entendido por el día que pasa.
Un vuelo de gavilán acompaña mis pasos
en dirección a la vida, en dirección a la muerte,
bajo la indiferencia de un sol inextinguible.
Veo la muerte oculta en un rayo de sol:
sobra del arrebol, nido de ningún pájaro
y abolición del vuelo sobre cualquier páramo.
V
FELICES LOS QUE PARTEN.
No los que llegan a los puertos podridos.
Felices los que parten y no vuelven jamás.
Que yo esté siempre en el medio del camino
y que mi viaje sea interminable.
Felices los que no conocen la estación final.
Felices los que se hunden en la niebla,
los que abren las ventanas cuando nace la mañana,
los que encienden las luces de los aeródromos.
Felices los que atraviesan los puentes
cuando la tarde se posa en los gasómetros como un
pájaro.
Felices los que tienen un alma distraída.
Felices lo que saben que, al fin de la derrota,
la Nada los espera, como un espantapájaros en un maizal.
Felices los que sólo se hallan en la pérdida y en el
viento.
Felices los que vivieron más de una vida.
Felices los que vivieron vidas innumerables.
Felices los que desaparecen cuando los circos se van.
Felices los que saben que toda fuente es un secreto.
Felices los que aman las tempestades.
Felices los que sueñan con trenes iluminados.
Felices los que amaron cuerpos y no almas,
los que oyeron el chistido de las lechuzas blancas en el
silencio de la noche.
Felices los que encontraron una sílaba perdida en la
hierba mojada.
Felices los que atravesaron la noche oscura y la bruma
inoportuna,
los que vieron nacer el fuego crepitante en las grandes
hogueras de
junio,
felices los que asistieron al abrirse del cielo como un
palio para
acoger el vuelo del
gavilán.
Felices los que moran en las islas periféricas
y son rodeados al caer la noche por una nube de hormigas
voladoras.
Felices los sedentarios que un día se fueron.
VII
MAR, TAMBOR Y MARTILLO, MÚSICA Y SAL DE LA VIDA,
grande mar retumbante, ¡heme a tu lado!
Junto al puente del astillero que rechina sobre las olas
aspiro al silencio de los peces que atraviesan el
tentáculo
rojo de los corales,
a la inocencia de la luna que sube en el cielo pálido y
a la
vigilia del mar
que me invita a ser eterno,
y a la soledad de los barcos hundidos
que, en lechos de crustáceos, guardan las monedas
perdidas
en los naufragios y
el graznido tardío de las
gaviotas.
Todo lo que dije a la marea burbujeante y al sargazo
radioso
fue borrado por el viento que anidó en los trapiches
y sucedió al silencio súbito de la lluvia que caía en el
estuario
y humedecía las anclas
averiadas de los barcos que guardan
en sus entrañas oxidadas
el olor conjugado de sal y azúcar
y al negro martillear de las aguas.
En el astillero que se estremece como un bote
cuando los remos goteantes alcanzan la restinga
donde los sueños de los hombres se agitan en cementerios
de cal
y el sumidero divino sorbe las lluvias del verano
reclamo lo que perdí en la larga travesía.
¿Dónde están los locos de mi infancia,
los locos que cantaban y bailaban en el hospicio
devastado
por el sol?
¿Dónde están mis barcos y la luz del faro?
Junto a las olas que mueren y renacen,
retorno eterno y eterno movimiento,
te llamo una vez más y no respondes.
Ahora sólo en sueños veo tu sombra.
Sin duda volaste como un pájaro en la oscuridad
y fuiste más allá del sol y del trueno furtivo
y de la claridad del agua. Como todos los muertos
estás ahora donde no estás,
en el no lugar que excluye toda esperanza.
Solamente la muerte enseña que los ángeles no existen.
Todo lo que perdí, lo perdí para siempre.
VIII
EL DÍA SE ENAMORA DE SÍ MISMO
como un cuerpo en un espejo.
Tiempo, composición de agua que fluye
en río de rumores y deseos.
¡Alarido del ser! Rubor de aurora
en el cielo más alto, en nubes que son puertas
en la ruta glacial
lejos del miedo y del horror.
y la blancura del mundo, nieve y hielo en albas
esculturas se transmuta
Y la blancura del mundo, nieve y hielo
en albas esculturas se transmuta
en la altura sin vértigo.
Bajo el despeñadero blanco de las nubes
la tierra guarda nuestro desamparo.
Y la muerte insolente sigue los pasos
de los hombres que caminan bajo el sol
rumbo a la noche suprema, al mar irregular.
No tenemos prisa en morir y aun así morimos
en el día veloz.
Y aquí estoy, inmóvil como el agua de las cisternas.
Y la muerte es una aurora que no sabe esperar
y revienta del cielo manifiesto
al sueño estrepitoso que es la vida.
Siempre me faltó sabiduría.
A lo largo de mi vida, poco aprendí
y ahora, ante el océano exacto y visible, ante el
gran mar
prosódico
nada sé sobre la travesía.
Después de tantos viajes, esta es la última frontera
que me toca trasponer.
La barca sin barquero se balancea en el agua viscosa.
Y yo soy el cieno negro lleno de miasmas
que sustenta los palafitos de la miseria y de la muerte,
y la verdad del hambre en labios mudos.
Sólo me fue dado conocer la lluvia interminable
y ese viento que arrastra el propio viento
en el día delirante, en la noche iracunda.
Vi la marea que avanza en la península
y el mar que venía a mi encuentro como una ofrenda,
el mar femenino que acariciaba mis pies.
Hay un conocimiento que huye de mis pasos
no bien piso las tablas podridas del astillero
y busco en mi sombra la proa de los barcos.
El tiempo es el señor de la verdad y de la mentira.
Digo adiós al bochorno. Es la hora de la llegada
de aquel pájaro migratorio que sólo surge en el invierno
y perturba el mundo sedentario con su canto
estridente.
iOh claridad, adiós! Me despido del sol,
del mar incomparable y de la noche intempestiva.
Viví sin aprender que todo es pérdida y pasaje
y que el olor a mar borra el nombre de los barcos
y lleva muy lejos los rumores de la vida.
Ahora el silencio del mundo lacra mi alma.
El róseo rayo de la rósea alborada
apunta hacia la noche oscura.
De mí mismo alejado por la muerte,
esa concha que no guarda el barullo del mar,
aquí es donde termina, en el cieno negro de los
pantanos,
mi largo caminar entre dos nadas.
*Selección de poemas contenidos en Réquiem de Lêdo Ivo.
Premio Casa de las Américas 2009. Categoría Literatura
brasileña. Poesía. Fondo Editorial Casa de las Américas,
2009.
Lêdo Ivo nació en Maceió, Alagoas, en 1924. Autor de
Las migraciones (1944), Oda y elegía (1945),
Acontecimiento del soneto (1948), Cántico
(1951), Oda ecuatorial (1951), Lenguaje
(1951), Un brasileño en París (1955), Magias
(1960), Estación central (1964), Finisterra
(1972), El soldado raso (1980), La noche
misteriosa (1982), Calabar (1985), Mar
Océano (1987), Crepúsculo civil (1995),
Corral de pez (1995), El rumor de la noche
(2000) y Plenilunio (2004), reunidos en Poesía
completa 1940-2004, editado por Topbooks en Río de
Janeiro en 2004. |