Año VIII
La Habana
2010

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Lêdo Ivo

(Alagoas, Brasil, 1924)

 

                                                                

                                                                 Un peu profond ruisseau calomnié la mort.

Stéphane Mallarmé

I

AQUÍ ESTOY, A LA ESPERA DEL SILENCIO.

Ante el astillero podrido

sólo vislumbro la astilla

que sobró de las iluminaciones.

Como todas las sobras, trae la marca

de las cosas ocultas para siempre

o de los seres sepultados en lo alto de las dunas;

como las letras grabadas a fuego

en el anca de un caballo robado por un gitano, o

                                        una mancha de nacimiento

en la cadera bienamada.

 

Ahora la noche desciende para siempre.

Mis ojos fatigados siguen la canoa

que se aleja de los manglares.

Una luz en la restinga. Un cangrejo en el cieno.

Y la vida se evapora como las almas

en el cielo que no ampara ningún dios.

Todos los paisajes que vi se pulverizaron

en las postales corroídas. Y la uña sucia, orlada de negro,

toma el espacio de la antigua mano. Las puertas sucesivas

de las dársenas que almacenaban ristras de cebolla y

    bolsas de azúcar

se encogen en la oscuridad, reducidas a una única puerta

refractaria al destello de la aurora.

 

En la barra de São Miguel, ante el mar,

sólo ahora aprendí:

el día más largo del hombre

dura menos que un relámpago.

El tiempo ya no será celebrado

entre las constelaciones.

El cielo y la tierra se van a hundir

en la ceniza desengañada

de los mañanas robados por la muerte.

Y todo lo que amé se disuelve.

La nube escarlata se posa blandamente

entre las casas de tapias y el mar rasgado por las olas.

 

Llegó la hora de decir adiós al agua negra

que se agita en la tiniebla de la albufera

y al viento planetario que seca los peces

colgados en los varales de las chozas

y al mar caeté que se abrió

ante las barrancas de mi patria perdida.

 

La eternidad pasa como el viento.

Sólo el tiempo es eterno. Siempre estuve aquí

en medio de mi pueblo diezmado,

y mis manos prepararon más allá de las dunas

la dorada hoguera antropofágica

del asombroso festín. Una noche de cenizas

sucede ahora al clamor y a la alegría.

El mar apaga todos los naufragios

y todo fuego se extingue, todo fuego dorado

se extiende y se apaga en el silencio del mundo.

 

Aquí, en el lugar de agua y tierra de mis nacimientos

   sucesivos,

mi sombra vaga entre los escombros

de los barcos perdidos o soñados.

Y busco en vano, en las aguas ofendidas,

la castidad del agua intacta y clara,

que aflora en el mar al estallar la aurora

en el corazón de la noche enmudecida.

 

iOh puerta prometida al consuelo de la vida,

después de tanta inmundicia y después de tanto esplendor!

En esta noche final, las hogueras celestes

queman toda esperanza y sepultan en la ceniza

los sueños insensatos de las almas terrestres

y el estertor que suprime cualquier paraíso.

 

En la noche crematoria, la muerte es una hoguera. 


IV

LAS LUCES DEL AEROPUERTO CORREN COMO ARLEQUINES.

En los pasos a nivel, silban los trenes de carga

llevando los maniquíes que abastecen los sueños.

 

Y yo soy lo que parte. Y queda. Y vuela. Y permanece.

Una luz de faro divide el universo.

Mi mano busca en lo oscuro un cuerpo nupcial.

 

Lamo la sal sigilosa de las conchas entreabiertas.

El silencio detenido entre raíces y lianas

abre una senda solar en un acueducto.

 

El bochorno sostiene la claridad.

El día es un relámpago despedazado.

Un cono de sombra me esconde de mí mismo.

 

Y el día pasa como una hormiga. Los días pasan

como la brisa entre velas desplegadas.

Los días pasan y traen siempre la muerte.

 

Digo adiós a mí mismo en la víspera de la tiniebla.

Y ahora la noche desciende. Trae la causa perdida.

Mi mano ya no toca el cuerpo bienamado.

 

Un sol negro ilumina la noche de mi alma

pero yo quiero otro sol, la intensa claridad

del día material que se abre como una puerta.

 

Sólo me siento completo con mi sombra

y la máscara de todo lo que dejé de ser.

Mi sol inhabitable nace en cualquier horizonte.

 

Sólo al viento que sopla le confío mi espanto.

Preciso ser exacto e impenetrable

Para ser entendido por el día que pasa.

 

Un vuelo de gavilán acompaña mis pasos

en dirección a la vida, en dirección a la muerte,

bajo la indiferencia de un sol inextinguible.

 

Veo la muerte oculta en un rayo de sol:

sobra del arrebol, nido de ningún pájaro

y abolición del vuelo sobre cualquier páramo. 


V

FELICES LOS QUE PARTEN.

No los que llegan a los puertos podridos.

Felices los que parten y no vuelven jamás.

 

Que yo esté siempre en el medio del camino

y que mi viaje sea interminable.

Felices los que no conocen la estación final.

 

Felices los que se hunden en la niebla,

los que abren las ventanas cuando nace la mañana,

los que encienden las luces de los aeródromos.

 

Felices los que atraviesan los puentes

cuando la tarde se posa en los gasómetros como un

    pájaro.

Felices los que tienen un alma distraída.

 

Felices lo que saben que, al fin de la derrota,

la Nada los espera, como un espantapájaros en un maizal.

Felices los que sólo se hallan en la pérdida y en el viento.

 

Felices los que vivieron más de una vida.

Felices los que vivieron vidas innumerables.

Felices los que desaparecen cuando los circos se van.

 

Felices los que saben que toda fuente es un secreto.

Felices los que aman las tempestades.

Felices los que sueñan con trenes iluminados.

Felices los que amaron cuerpos y no almas,

los que oyeron el chistido de las lechuzas blancas en el

    silencio de la noche.

Felices los que encontraron una sílaba perdida en la

  hierba mojada.

 

Felices los que atravesaron la noche oscura y la bruma

  inoportuna,

los que vieron nacer el fuego crepitante en las grandes

                                       hogueras de junio,

felices los que asistieron al abrirse del cielo como un palio para

                                   acoger el vuelo del gavilán.

 

Felices los que moran en las islas periféricas

y son rodeados al caer la noche por una nube de hormigas

  voladoras.

Felices los sedentarios que un día se fueron.


VII

MAR, TAMBOR Y MARTILLO, MÚSICA Y SAL DE LA VIDA,

grande mar retumbante, ¡heme a tu lado!

Junto al puente del astillero que rechina sobre las olas

aspiro al silencio de los peces que atraviesan el tentáculo

  rojo de los corales,

a la inocencia de la luna que sube en el cielo pálido y a la

  vigilia del mar

                             que me invita a ser eterno,

y a la soledad de los barcos hundidos

que, en lechos de crustáceos, guardan las monedas

   perdidas

                       en los naufragios y

                       el graznido tardío de las gaviotas.

Todo lo que dije a la marea burbujeante y al sargazo

   radioso

fue borrado por el viento que anidó en los trapiches

y sucedió al silencio súbito de la lluvia que caía en el

   estuario

                       y humedecía las anclas

                    averiadas de los barcos que guardan

                    en sus entrañas oxidadas

                    el olor conjugado de sal y azúcar

y al negro martillear de las aguas.

 

En el astillero que se estremece como un bote

cuando los remos goteantes alcanzan la restinga

donde los sueños de los hombres se agitan en cementerios de cal

y el sumidero divino sorbe las lluvias del verano

reclamo lo que perdí en la larga travesía.

¿Dónde están los locos de mi infancia,

los locos que cantaban y bailaban en el hospicio devastado

    por el sol?

¿Dónde están mis barcos y la luz del faro?

 

Junto a las olas que mueren y renacen,

retorno eterno y eterno movimiento,

te llamo una vez más y no respondes.

Ahora sólo en sueños veo tu sombra.

Sin duda volaste como un pájaro en la oscuridad

y fuiste más allá del sol y del trueno furtivo

y de la claridad del agua. Como todos los muertos

estás ahora donde no estás,

en el no lugar que excluye toda esperanza.

Solamente la muerte enseña que los ángeles no existen.

 

Todo lo que perdí, lo perdí para siempre. 


VIII

EL DÍA SE ENAMORA DE SÍ MISMO

como un cuerpo en un espejo.

Tiempo, composición de agua que fluye

en río de rumores y deseos.

¡Alarido del ser! Rubor de aurora

en el cielo más alto, en nubes que son puertas

en la ruta glacial

lejos del miedo y del horror.

y la blancura del mundo, nieve y hielo en albas esculturas se transmuta

Y la blancura del mundo, nieve y hielo

en albas esculturas se transmuta

en la altura sin vértigo.

 

Bajo el despeñadero blanco de las nubes

la tierra guarda nuestro desamparo.

Y la muerte insolente sigue los pasos

de los hombres que caminan bajo el sol

rumbo a la noche suprema, al mar irregular.

No tenemos prisa en morir y aun así morimos

en el día veloz.

Y aquí estoy, inmóvil como el agua de las cisternas.

Y la muerte es una aurora que no sabe esperar

y revienta del cielo manifiesto

al sueño estrepitoso que es la vida.

 

Siempre me faltó sabiduría.

A lo largo de mi vida, poco aprendí

y ahora, ante el océano exacto y visible, ante el

                                         gran mar prosódico

nada sé sobre la travesía.

Después de tantos viajes, esta es la última frontera

que me toca trasponer.

 

La barca sin barquero se balancea en el agua viscosa.

Y yo soy el cieno negro lleno de miasmas

que sustenta los palafitos de la miseria y de la muerte,

y la verdad del hambre en labios mudos.

Sólo me fue dado conocer la lluvia interminable

y ese viento que arrastra el propio viento

en el día delirante, en la noche iracunda.

 

Vi la marea que avanza en la península

y el mar que venía a mi encuentro como una ofrenda,

el mar femenino que acariciaba mis pies.

Hay un conocimiento que huye de mis pasos

no bien piso las tablas podridas del astillero

y busco en mi sombra la proa de los barcos.

El tiempo es el señor de la verdad y de la mentira.

Digo adiós al bochorno. Es la hora de la llegada

de aquel pájaro migratorio que sólo surge en el invierno

y perturba el mundo sedentario con su canto

  estridente.

iOh claridad, adiós! Me despido del sol,

del mar incomparable y de la noche intempestiva.

Viví sin aprender que todo es pérdida y pasaje

y que el olor a mar borra el nombre de los barcos

y lleva muy lejos los rumores de la vida.

 

Ahora el silencio del mundo lacra mi alma.

El róseo rayo de la rósea alborada

apunta hacia la noche oscura.

De mí mismo alejado por la muerte,

esa concha que no guarda el barullo del mar,

aquí es donde termina, en el cieno negro de los pantanos,

mi largo caminar entre dos nadas.

 

*Selección de poemas contenidos en Réquiem de Lêdo Ivo. Premio Casa de las Américas 2009. Categoría Literatura brasileña. Poesía. Fondo Editorial Casa de las Américas, 2009.

Lêdo Ivo nació en Maceió, Alagoas, en 1924. Autor de Las migraciones (1944), Oda y elegía (1945), Acontecimiento del soneto (1948), Cántico (1951), Oda ecuatorial (1951), Lenguaje (1951), Un brasileño en París (1955), Magias (1960), Estación central (1964), Finisterra (1972), El soldado raso (1980), La noche misteriosa (1982), Calabar (1985), Mar Océano (1987), Crepúsculo civil (1995), Corral de pez (1995), El rumor de la noche (2000) y Plenilunio (2004), reunidos en Poesía completa 1940-2004, editado por Topbooks en Río de Janeiro en 2004.

 
 

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