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I
Respondo con estas líneas y
traducciones al pedido que me
hizo el joven poeta camagüeyano
Jesús Lozada Guevara, quien en
su nombre y en el de Rafael
Almanza y Carlos Manresa, que
recientemente habían descubierto
a Father Louis (nombre adoptado
por Thomas Merton en la Abadía
trapense de Gethsemani,
Kentucky), me escribía:
"Me siento invitado a pedirle que
publique las cartas que el Padre
Merton le escribiese. Hágalo y
será un hermoso servicio a Cuba
y a los EE.UU. La torpeza y
ferocidad de ese gobierno no
puede cegar a nuestro pueblo,
allí también la santidad es
posible. La gente de los EE.UU.
debe saber que el fuego también
arde en esta Isla y que aquí
también Dios es posible. El
trapense, los ayunantes de San
Diego, Martín y todos nosotros
se lo estamos rogando. (La
Habana, 11 de marzo de 1996)."
Ya me había referido a las
cartas de Merton en las páginas
leídas el 25 de enero de 1985 en
Managua, con motivo de los 60
años de Ernesto Cardenal,que
fue quien me puso en relación
con Merton desde nuestro primer
encuentro en México, en agosto
de 1961. Estábamos todos aún
bajo el reciente impacto de
Playa Girón y aproximándonos,
sin saberlo, a la crisis de
octubre, sobre la cual Merton
escribiría su condenatoria
“Glosa al pecado de Ixión”.
Ambas fechas, y sus tremendas
resonancias espirituales en
nosotros (quiero decir ahora
Fina García Marruz, Eliseo
Diego, Octavio Smith, Roberto
Friol y yo, que entonces
trabajábamos, juntos en la
Biblioteca Nacional), fueron el
telón de fondo de aquella
relación epistolar que se
extendió hasta finales de 1966.
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En la primera carta que recibí
de Thomas Merton (7 de diciembre
de 1962), él me decía: “es raro.
Pero tengo muchos amigos
latinoamericanos, porque solo
así puede uno ser “americano” de
veras: es decir renunciando a
ser únicamente “estadounidense”,
lo que sería un destino
miserable. Pues de eso vienen
tantos problemas: del hecho de
que tanta gente aquí sea
provinciana e ignorante, y no
pueda entender lo que pasa
allá”. Esta voluntad suya de ser
americano integral era para
nosotros su rasgo decisivo como
cristiano y como poeta. En la
misma carta ya me hablaba de
Vallejo y de sus amigos de
Nicaragua, añadiendo con su
gracioso español que oscilaba
entre la sorprendente precisión
y la frase pintoresca: “estoy
casi parte de un movimiento de
allá, aunque me quede siempre
aquí”. (Sobre el español, que
como lector paladeó desde Santa
Teresa hasta Vallejo, escribió
muy buenas observaciones en las
páginas de La montaña de los
siete círculos dedicadas a
su estancia en Cuba, de la que
hablaremos después.)
En cuanto al “movimiento de
allá” del que se sentía casi
partícipe, tratábase desde luego
del vigoroso movimiento poético
orientado en la patria de Darío
por José Coronel Urtecho y Pablo
Arando Cuadra, recogido
inicialmente por Ernesto
Cardenal en su Nueva poesía
nicaragüense (1949). De Cuadra y
Cardenal hizo Merton esmeradas
traducciones en Emblems of a
season of fury(1961), así
como del misterioso Alfonso
Cortés. El eje de estas
relaciones fue cardenal, que en
1957 entró como novicio a la
Abadía donde Merton era monje
desde el 41. Como traductor de
los apuntes que allí escribió
Cardenal, Merton lo comparó con
los maestros chinos de la
dinastía Tang. También tradujo
algunos de sus Epigramas,
que reflejan la lucha contra
Somoza el viejo y constituyen
ejemplo de la mejor poesía
política de nuestro Continente.
Así el poeta revolucionario de
La Hora 0, el novicio de
Gethsemani, el fundador de
Nuestra Señora de Solentiname en
las soledades del Lago de
Nicaragua, fue para Merton un
precioso vaso comunicante.
Supongo que también Cardenal lo
inició en Vallejo, sobre el cual
escribió una carta memorable
dirigida a Clayton Eshleman en
junio de 1963, en la que dice
que “es el poeta más universal,
católico en este sentido (el
único real), de este tiempo, el
más católico y universal de
todos los poetas modernos, el
único poeta desde (¿quién,
dante?) que es en todo como
Dante”, y también es “un
fenómenos grandioso, muchísimo
más magnífico (en el sentido
clásico) que Neruda,
precisamente a causa de que es
más pobre en todos los
sentidos”. Y que “la traducción
de Vallejo es no solo una
empresa interesante y preciosa,
sino un proyecto de importancia
verdaderamente grande y urgente
para la especie humana”. Y,
finalmente, que “Vallejo es un
gran poeta escatológico, con un
sentido profundo del fin y,
además, de los nuevos comienzos
(acerca de lo que no se
expresa).” Esta última intuición
me hizo pensar en los estudios
de Juan Larrea, a quien envié
copia de dicha carta. Larrea la
publicó en Aula Vallejo y
Merton me escribió (26 de mayo
de 1964) a propósito de ese
contacto y de unas páginas mías
de deslumbramiento cuando a mi
vez descubrí al poeta de los
Poemas humanos.
La clave vallejiana, sin duda,
permitió a Merton profundizar en
su comprensión entrañable de
Hispanoamérica. Así en su “Carta
a pablo Armando Cuadra sobre
gigantes” (1961), uno de los
textos más lúcidos e
iluminadores, después de
analizar los fatídicos sueños de
la era nuclear y las
apocalípticas relaciones de Gog
(el poder) y Magog (el dinero),
después de imaginar una
combustión atómica de la que
solo podrían sobrevivir zonas
del planeta pertenecientes a
América Latina, Sudáfrica, India
(en otras palabras, zonas del
Tercer Mundo), observa:
“Si esto ocurriera, sería un
suceso de una extraordinaria
significación espiritual.
Significaría que las culturas
más cerebrales y mecanicista,
aquellas que han querido vivir
más por abstracciones y aislarse
cada vez más del mundo natural
mediante la racionalización,
serán sucedidas por las
secciones de la raza humana que
ellas oprimieron y explotaron
sin la menor consideración ni
comprensión para su realidad
humana.”
Y añade:
“Característica de estas razas
es una perspectiva de la vida
totalmente diferente, una
perspectiva espiritual que no es
abstracta sino concreta, no
pragmática sino hierática,
intuitiva y afectiva más bien
que racionalista y agresiva. Las
más profundas fuentes de
vitalidad en estas razas fueron
selladas por el Conquistador y
el colonizador, donde no han
sido actualmente envenenadas por
él. Pero si esta piedra es
removida de la fuente, quizá sus
aguas se purificarán a sí mismas
con nueva vida y recobrarán su
creativo y fecundo poder. Ni Gog
ni Magog pueden hacer esto por
ellas.”
Remontándose a las raíces
históricas y espirituales del
conflicto que en nuestros
tiempos hace crisis, continúa
Merton:
“Una de las grandes tragedias
del Occidente Cristiano es el
hecho de que a pesar de la buena
voluntad de los misioneros y
colonizadores, no pudieron
reconocer que ‘las razas que
conquistaban eran esencialmente
iguales a ellos y en algunos
aspectos superiores’. Era
ciertamente justo que la Europa
cristiana trajera Cristo a los
indios de México y los Andes,
así como a los hindúes y a los
chinos; pero donde fallaron fue
en su inhabilidad para
‘encontrar a Cristo’ ya
potencialmente presente en los
indios, los hindúes, y los
chinos.”
Lo que falló —glosamos— fue el
instinto de los valores
precristianos que tuvieron
Clemente de Alejandría, Justino
y orígenes, para los cuales
Heráclito y Sócrates fueron
precursores de Cristo. El
secreto de mutua incorporación
espiritual de la Edad Apostólica
se perdió ya desde fines de la
Edad Media. En consecuencia:
“Los predicadores del Evangelio
para los Continentes recién
descubiertos se volvieron
predicadores de la cultura y el
poder europeos… Omitieron oír la
voz de Cristo en los poco
familiares acentos de los
indios, como Clemente la oyó en
los presocráticos. Y ahora, hoy,
tenemos una cristiandad de Magog.
Es una cristiandad del dinero,
de la acción, de muchedumbres
pasivas, una cristiandad
electrónica de altoparlantes y
desfiles.”
Esa incapacidad para entender y
amar al extranjero, al extraño,
ese desprecio por la voz del
“otro”, vino a parar en una
civilización de explotadores y
turistas. Refiriéndose a sus
propios compatriotas, dice
Merton:
“Nunca han despertado al hecho
de que Latinoamérica es, con
mucho, culturalmente superior a
los EE.UU., no solo en el nivel
de la minoría rica que ha
absorbido más de la
sofisticación europea, sino
también entre las culturas
indígenas, desesperadamente
pobres, algunas de las cuales
están enraizadas en un pasado
que nunca ha sido superado en
este continente.”
Sentimos que sus conocimientos
antropológicos se ligan a su
vivencia de Vallejo, cuando, a
propósito del turista
emblemático de la civilización
norteamericana, pregunta: “¿Cómo
comprendería que el indio que
camina calle abajo con media
casa en la cabeza y un agujero
en los pantalones, es Cristo?”
Palabras de la mayor
trascendencia religiosa,
humanística, política, y que
alcanzan, creo, el más alto
nivel del cristianismo en
nuestro tiempo.
Pero el conocimiento que tuvo
Merton de Nuestra América no
comenzó con Vallejo ni con los
poetas nicaragüenses de la
generación de Cardenal, sino con
su visita a Cuba en 1940. De esa
visita recuerdo ahora dos
testimonios: las páginas que le
dedicara en La montaña de los
siete círculos (1950), donde
se incluyen sus versos a la
Caridad del Cobre, y la
traducción que nos hizo Roberto
Friol de las hojas de su
Diario correspondientes al
29 de abril del 40.
Versión contemporánea del género
que en el siglo V iniciara San
Agustín con sus Confesiones,
la mencionada autobiografía
abarca 30 años de la vida de
Thomas Merton, desde su
nacimiento el 31 de enero de
1915 en Prades, Rancias, hasta
el día de 1945 en que el Padre
Abad de los cistercienses de
pronto le dijo: “Quiero que
usted siga escribiendo poemas”.
El relato propiamente dicho, sin
embargo, más bien termina con la
noticia de la muerte de su
hermano John Paul como aviador
en la Segunda Guerra Mundial, el
17 de abril de 1943, y con el
inefable poema que entonces le
dedicara. Una vida, pues,
situada entre las dos guerras
cruciales del siglo XX, y que
terminaría abruptamente como
cumplimiento de las palabras
finales del “Epílogo” de La
montaña de los siete círculos:
“Para que seas el hermano de
Dios y aprendas a conocer al
Cristo de los hombres abrasados”.
Porque, en efecto, de regreso de
su viaje al Tibet, donde se
entrevistó largamente con el
Dalai Lama y los monjes
tibetanos, el 10 de diciembre de
1968, el mismo día en que
disertó para la televisión
italiana sobre “Marxismo y
perspectiva monástica”,
interpretando estas como rechazo
del mundo y deseo de cambio que
establecía un inesperado puente
entre el monje y el marxista,
fue hallado en su habitación, en
Bangkok, abrasado por la
corriente de un ventilador
todavía encendido.
Dentro del proceso espiritual
que es el tema de este libro
apasionante, insólito viaje de
la modernidad hacia la santidad,
ya en la Cuaresma del 40 Merton
había tomado dos decisiones
también insólitamente
relacionadas: hacerse sacerdote
e ir a un país hispanoamericano,
México o Cuba; y esto último,
“antes”. Interrumpido el
proyecto por una operación de
apendicitis que le permitió
entregarse a la lectura de
Paradiso, de Dante, al fin
en la semana de Pascua Florida,
pudo viajar a La Habana, donde
disfrutó de un verdadero
hartazgo de catolicismo latino y
popular, sin que las mil
tentaciones y estrépitos que lo
rodeaban lograran perturbarlo.
“Yo vivía”, dice, “como un
príncipe en esa isla, como un
millonario espiritual.” Es aquí
donde hace un alto elogio de la
lengua española, de las
oraciones que lo saciaban, de
las calles con franjas de luces
y sombras, de los “enormes vasos
de jugos de frutas helados en
los pequeños bares, hasta que
regresaba a leer a Maritain o
Santa Teresa…” Como su propósito
era hacer una especie de
peregrinación solitaria a
Nuestra Señora de la Caridad del
Cobre, fue deteniéndose en
Matanzas y en Camagüey hasta
llegar a Santiago, “montado en
un bárbaro ómnibus”.
Los 25 años que entonces tenía
se pusieron especialmente de
manifiesto una noche en el
Parque de la Libertad de
Matanzas (presidido por la
estatua de Martí, a quien
hubiera amado tanto y de quien
parece que nunca llegó a tener
noticia), donde acabó “haciendo
un largo discurso en español mal
pronunciado, rodeado de hombres
y muchachos, en una multitud
abigarrada que incluía a los
rojos de la población y a sus
intelectuales, a los graduados
de la escuela de las padres
Maristas y a algunos estudiantes
de Derecho de la Universidad de
La Habana.” La buena impresión
causada por su improvisado
discurso sobre la fe y la moral
le hizo tan feliz que no podía
dormir en aquella habitación de
mosquitero y estrellas en la que
reconozco el Hotel Louvre de mis
propios veinticinco años. En
Camagüey disfrutó, leyendo a
Santa Teresa, de “las palmeras
grandes y magníficas de un
jardín enorme que tenía
enteramente para mí” (el llamado
casino campestre), y de la
penumbrosa iglesia de Nuestra
Señora de la Soledad. (“¡La
Soledad!”, exclama, “Una de mis
mayores devociones”). La vista
al Santuario del Cobre, donde
pidió a “la virgencita alegre y
negra” que le alcanzara el
sacerdocio a cambio de su
corazón y su primera misa, no
pudo tener la intimidad que él
quería y se fue de la Basílica
con la sensación de una
conversación interrumpida.
Regresó a Santiago. Pero
almorzando en la terraza del
hotel, añade: “la Caridad del
Cobre tuvo una palabra que
decirme.” Esa palabra (a la vez
“lo que tenía que decirme y lo
que yo tenía que decirle”) era
un poema, su primer poema
verdadero “o, de cualquier
manera, el que me gustó más”.
Ese poema se titula “Canción a
Nuestra Señora del Cobre”.
Ernesto Cardenal lo traduce así:
Las niñas blancas levantan las
cabezas como árboles,
Las niñas negras van
Reflejándose como flamencos en
la calle.
Las niñas bancas cantan con
voces altas como el agua,
Las niñas negras hablan con
voces hondas como el barro.
Las niñas blancas abren sus
brazos como nubes,
Las niñas negras cierran sus
ojos como alas;
Los ángeles hacen reverencias
como campanas,
Los ángeles alzan los ojos como
juguetes,
Porque las estrellas del cielo
Hacen una ronda:
Y todas las piezas del mosaico
del mundo
Se levantan y salen volando como
pájaros.
De este modo, así como en
Matanzas tuvo el signo
incipiente de la predicación y
en Camagüey del retiramiento, en
Santiago recibió el bautismo de
la poesía, siempre en esa cuerda
cariñosa que Cuba guardaba para
él. Pero fue de regreso a La
Habana cuando conoció la más
intensa revelación mientras
asistía al oficio sacramental,
prácticamente en medio del
estruendo callejero y los gritos
incesantes de un vendedor de
billetes, en la Iglesia de San
Francisco. La magnitud y al
mismo tiempo la simplicidad de
esta experiencia nos prohíben
tocarla con otras palabras que
las que del propio Merton en su
Diario del 29 de abril de
1940 y en su autobiografía.
Baste afirmar que se trata de un
suceso espiritual único en
nuestra historia. Y decimos “en
nuestra historia” porque, aunque
ese evidente que tal experiencia
(el conocimiento inmediato,
iluminación por amor y júbilo)
trasciende a toda historia, de
algún modo Merton relaciona su
posibilidad real en el tiempo
con las características más
espontáneas y sencillas de
nuestro pueblo. No en vano fue
la proclamación del Credo que
“salía de todos aquellos niños
cubanos” la que propició el
suceso.
Consecuentemente, una octava más
abajo, es decir, más a nuestro
alcance, Merton siempre diría
que “se ajustaba más
naturalmente a la cultura
latinoamericana que a la de
Norteamérica” y que “el futro
pertenece a Sudamérica”; y que:
“Por alguna extraña vía,
Latinoamérica tiene mucho que
ver con mi vocación: no que yo
tenga nada que decir a
Latinoamérica, sino que tengo
mucho que aprender de ella, y
nuestra vocación es aprender del
otro.”
Sirvan estas líneas de prólogo o
ambientación de las cartas que
siguen. Como algunas me las
envió traducidas a su español
defectuoso, he preferido
utilizar los textos originales
aparecidos en The letters of
Thomas Merton to writers.
Selected and edited by Chistine
M. Bochen. Farrar, Strauss,
Giroux, New Cork, 1993,
pp. 235-241.
Faltan aquí, sin embargo, sus
despedidas, que en las últimas
cartas, las de 1966, terminaban
con lo que más me conmovía: su
pequeño nombre manuscrito,
desnudo, familiar, fraterno: “Tom”.
7 de abril de 1996.
Domingo de Resurrección
II
Cartas
7 de diciembre de 1962
Desde hace tiempo deseaba
agradecerle el haberme hecho
llegar sus libros con sus
dedicatorias. Me honra haberlos
recibido, y también las palabras
que los dedican. Supongo que
temía no poder mandar cartas a
través de la trágica hostilidad
que divide a nuestros países y
que me causa tanto dolor. Aun
así le escribo, con la esperanza
de que hagamos contacto. Hágame
saber pronto si recibió esta
carta.
Le pedí a un editor que le
enviara un nuevo libro mío
titulado A Merton Reader,
que contiene muestras de todo
cuanto he pensado y escrito. No
sé si lo habrá enviado. En
cualquier caso, mañana le
mandaré por correo un librito y
otros poemas para ver si le
llegan en forma. Si resulta, le
enviaré muchos más.
Dígame si puede leer en inglés.
Supongo que sí. A veces no tengo
tiempo de escribir en español,
lo que requiere más tiempo y
esfuerzo, puesto que no es mi
idioma natural, aunque me gusta
como si lo fuera.
Dígame también si yo pudiera
traducir algunos de sus poemas.
Creo que es necesario darlos a
conocer aquí. Yo ya he traducido
muchos poemas del español, sobre
todo de Vallejo y de Carrera
Andrade. Tengo muchos amigos
poetas en Nicaragua; casi formo
parte del movimiento de allá,
aunque nunca he salido de aquí.
Es extraño. Pero tengo muchos
amigos latinoamericanos porque
únicamente así puede uno ser de
veras “americano”: en otras
palabras, ser solo
estadounidense sería un destino
miserable. De ahí vienen tantos
problemas: del hecho de que
tanta gente aquí sea provinciana
e ignorante, y no pueda
comprender lo que ocurre allá.
Me gusta mucho su Canto
llano, pero también sus
pequeños libros de prosa, que
continúo leyendo con mucho
placer. Siga escribiendo, y
escríbame…
1ro. de agosto de 1963
Hoy recibí su carta del 14 de
julio y me pongo a contestarla
de inmediato, porque no quiero
que se inquiete pensando si me
habrá llegado. También recibí a
principios de año, dos o tres
sobres con poemas suyos y de
otros, junto con una carta suya.
Lamento mucho no haberle
contestado entonces: el problema
fue que había tantos poemas
buenos; yo quería leerlos, y
pensar en ellos, para poder dar
una respuesta apropiada, y al
final estuve tan ocupado que me
fue imposible hacerlo. Son
muchos los manuscritos y los
libros recién publicados que
recibo para comentar. Y no es
fácil llevar adelante todo. Por
ejemplo hoy, en la misma valija
que su carta, recibí una
antología de poesía polaca que
parece muy interesante: pero
¿seré capaz de escribir
inteligentemente acerca de ella?
También tengo aquí los
manuscritos de tres o cuatro
libros de poesía que debo
comentar. Ya puede ver que ha
sido la falta de tiempo la causa
principal de mi silencio. Pero
lo lamento mucho, pues lo que
más deseo es mantenerme en
contacto con usted.
Primero que todo, dígale por
favor a Roberto Friol que me
llegaron sus poemas el año
pasado y me gustaron mucho: que
lamento lo de su accidente y me
alegro que se haya recuperado.
Le mandé a usted un libro mío
pero no lo recibió. Voy a
intentarlo de nuevo con varios
libros pequeños y poemas, nada
se pierde con intentarlo.
¿Todavía está en contacto con
Ernesto Cardenal? Me imagino que
sí. Si duda de poder hacerme
llegar algo por los canales
ordinarios, quizá podría
hacérmelo llegar a través de él.
Él aún está en el Santuario de
Cristo Sacerdote, en La Ceja,
Antioquia, Colombia.
No tengo aquí el número 7 de la
revista mexicana El Corno
Emplumado, pero lo vi a
usted en él. Algunos de los
poemas cubanos eran
impresionantes. Creo que José
Lezama Lima estaba también, si
no me equivoco. Esta revista y
todos los poemas que me envió no
los tengo aquí, sino en una
ermita en el bosque. Cuando esté
allá podré revisarlo todo y
encontraré tiempo para decirle
lo que pienso. Me felicito de
que usted haya querido traducir
el poema de Ixión [“Glosa sobre
el pecado de Ixión”], el cual
fue en verdad una experiencia
tan común para ustedes y
nosotros que por poco acaba con
todos nosotros. Cualesquiera
sean las limitaciones y faltas
de los distintos gobiernos, lo
esencial es que haya algún
entendimiento y comunicación
entre ellos, y yo considero que
EE.UU. ha fracasado
lamentablemente en su
comprensión de la Revolución
Cubana y en su comunicación con
quienes la dirigen. Las
ambigüedades y confusiones
derivadas de esto han resultado
muy trágicas.
La Habana será siempre una
ciudad muy querida para mí, como
lo es todo lo de Cuba.
Ciertamente, en La Habana, me
fue dado entender con claridad
la realidad del misterio
cristiano, por la gracia de
Dios, y no puedo evitar creer en
las profundas potencialidades
cristianas de Cuba y de toda
Latinoamérica. Nuca podré
olvidar las Iglesias de La
Habana o el Santuario de El
Cobre.
No sienta que las dificultades
en medio de las cuales laboran
hacen menos significativas sus
vidas. Al contrario, los
cristianos vivimos en todas
partes en una especie de exilio,
y es necesario que todos
comprendamos esto. El peligro
mayor proviene de identificar la
Iglesia con un sistema económico
y cultural próspero y sólido,
como si Cristo y el mundo
hubiesen finalmente acordado ser
amigos. La Iglesia necesita
cristianos de pensamiento libre
y original, con nuevas
soluciones, y dispuestos a
correr riesgos. Es triste que en
Latinoamérica el cristianismo
tienda a identificarse con la
política del Departamento de
Estado en Washington. El hecho
de que el Presidente de este
país sea, en estos momentos,
católico, no tiene mayores
consecuencias dentro de la
política misma del país: esta no
la determina la religión, sino
el interés de los negocios. La
Iglesia está siendo purificada
de tales conexiones, pero la
purificación apenas comienza.
Ustedes no tienen por qué sentir
confusión o duda, sino abrir sus
corazones al Espíritu Santo, y
regocijarse de Su libertad que
nadie puede arrebatarles. Ningún
poder en la tierra puede
impedirles amar a Dios y unirse
a Él. Ni tampoco dependen de la
devoción tradicional, puesto que
el Señor está junto a ustedes, y
vive en ustedes. Su Evangelio no
está viejo, ni olvidado; es
nuevo, y está ahí para que lo
mediten. Por su gracia pueden
recibir los sacramentos de la
Iglesia y alegrarse de estar en
el Cuerpo de Cristo. Y tienen a
sus hermanos cristianos y a toda
Cuba para amar.
…Siga, por favor, escribiéndome,
y envíeme poemas,
preferiblemente en paquetes
postales pequeños, a través de
Cardenal. Le envío hoy unos
libros, y si no le llegan
trataré de mandar algunos por
México o Colombia.
Dios los bendiga a todos.
Alégrense en la verdad y no
teman nada. Recen por mí. Estoy
unido a ustedes en la caridad de
Cristo y en su espíritu. Todavía
quiero traducir algunos poemas
suyos y de sus amigos, pero no
he tenido tiempo. Quizá más
adelante pueda hacerlo, para
alguna revista que esté
interesada. No vacilen en mandar
cosas. Tengo sus magníficos
libros…
4 de octubre de 1963
Sí, me llegó su carta y he
estado meditando mucho sobre
ella, como también acerca de su
poema de Cristo y los Ladrones.
He estado pensando en silencio
sobre estas cosas, muy lejos del
ruido de las respuestas y
declamaciones oficiales.
Estoy solo con las colinas de
bronce y un vasto cielo, y las
sombras de los pinos. A veces
las sombras cobran vida con
mariposas doradas. En todas
partes está la inescrutable,
gentil y muy silenciosa faz de
la verdad. Nada se dice. En este
silencio, y en esta presencia,
he estado leyendo sus poemas, y
los de Fina y Eliseo y Octavio.
Y no he podido encontrar los de
Roberto [Friol]. Que me envíe él
algunos más, y todos ustedes,
por favor, envíenme nuevos
poemas. Puede que en medio de
este silencio demore un poco en
recibirlos, pero llegarán. Ha
llegado una época en que la
publicación de poemas es como
esas semillas pálidas que muy
leves vuelan en el aire del
bosque entre las sombras azules,
y van a caer sobre la yerba
donde Dios quiere. Estoy
convencido de que en nuestra
época la palabra impresa no es
leída, pero la hoja de papel que
pasa de mano en mano es leída
ávidamente. Una época de cartas
pequeñas, vacilantes, pero
serias y personales, y fuera de
la insensata dimensión de lo
enorme, lo monstruoso y lo
cruel.
Me gustó mucho el poema de Fina
sobre la Transfiguración,
posee una grandeza digna y
solemne. Me gustaron también los
breves poemas de Eliseo, sobre
todo, “La casa del Pan”,
que intentaré traducir en cuanto
tenga tiempo (aunque no es mi
fuerte cumplir este tipo de
promesas: todavía no he
traducido ninguno de los suyos,
pero lo haré). Y aquel sobre las
cacatúas entre la sombra: muy
penetrante.
“Ánima viva”
de Fina es más difícil y debo
leerlo más. De Octavio prefiero
“Ambas”,
hasta ahora. Lo siento, no puedo
encontrar los de Roberto aquí.
De Ernesto escuché y me gustó
mucho su elegía por Marylin
Monroe (el triste absurdo y la
vacuidad de todo este mundo de
acá)
Realmente la lectura de vuestros
poemas en este silencio ha sida
muy significativa y seria: mucho
más que la publicación de nuevas
revistas con manifiestos
poéticos. He escrito algo para
Miguel Grindberg en Argentina
sobre “el poeta y la libertad”,
pero a veces me pregunto si
tales declaraciones tendrán
algún sentido. Me entristecen
las diversas afirmaciones
programáticas de los poetas, y
el alboroto en torno a la
libertad por parte de poetas que
no tienen ni idea de lo que esta
es, que piensan absurdamente que
consiste en la libertad de
atiborrarse de drogas o algo por
el estilo. Algo enfermizo. Qué
desperdicio de oportunidades: su
libertad es pura ausencia de
objetivos, y al final se hunde
en la peor clase de antilibertad
y arbitrariedad.
Mi libro de poemas (Emblemas
de una estación de furias)
va a salir en otoño y quiero
enviarle un ejemplar. Espero que
pueda. ¿Suelen llegarle libros?
Espero que esté bien y lo guardo
en mis oraciones. Qué Dios esté
con usted siempre y Su verdad
nunca lo abandone. Y queden
vuestros corazones en Su alegría
y Su luz. Daré una misa por
todos ustedes en cuanto pueda,
tal vez el Día de Todos los
Santos. ¿Qué día es la Fiesta de
la Caridad de El Cobre? Creo que
nunca lo supe. Hoy, por
supuesto, es San Francisco.
La luz en la que somos uno, no
cambia.
24 de mayo de 1964
Hace ya tiempo desde la última
vez que le escribí. ¿Recibió el
“Mensaje a los poetas” que envié
en el invierno pasado? Espero
que sí. Mientras tanto he
intentado con ahínco y he
logrado contactar con la gente
de la Universidad de Córdoba
[Argentina]. Ellos me han
mandado publicaciones muy
interesantes sobre Vallejo,
entre ellas el primer número de
Aula [Vallejo] en el que
está su ensayo sobre él como
poeta religioso.
Realmente es uno de los mejores
ensayos, uno de los más
fundamentales, que he leído
sobre esa cuestión. De veras es
un estudio aclarador y con
muchas intuiciones realmente
básicas sobre la naturaleza de
la poesía y la religión. ¿Ha
desarrollado más ese tema? Es un
espléndido enfoque existencial,
y creo que dice lo que
cualquiera necesita para empezar
a entender la grandeza de
Vallejo. Y creo que el
entendimiento y amor a Vallejo,
este Inca y Profeta, es la clave
para comprender profundamente
los problemas y categorías de
las dos Américas hoy. En primer
lugar, porque toda la poesía de
Latinoamérica, la cual tiende a
ser más personal y profética que
la de EE.UU., siendo al mismo
tiempo capaz de hablar más “por
el pueblo”, que el subjetivismo
individualista y a veces
hermético de los poetas de
EE.UU., se agrupa alrededor de
Vallejo como en torno a su más
profundo centro y a una suerte
de fuente de vida.
¿Cómo andas tú? Yo he estado
ocupado, pero no tan ocupado que
no guarde en mí una profunda y
constante repulsión contra el
activismo y contra los falsos y
soberbios optimismos que siempre
están disfrutando, como de un
triunfo bajo, con algún titular,
algún editorial sin sentido, o
la sombra de un programa. No
necesito buscar fuera del
monasterio, donde tenemos a toda
hora nuestra cuota de programas.
Me gustan tus citas de Clemente
de Alejandría en tu ensayo sobre
Vallejo. ¿Te envié alguna vez un
librito que escribí sobre
Clemente? Ese pasaje está
traducido allí también.
Pienso en ti y en todos mis
amigos cubanos. Dios los bendiga
y los guarde. Hay también una
profunda elocuencia en el
silencio y la paciencia. Los
recuerdo a ustedes en la
presencia de Dios y en Su
Espíritu.
5 de diciembre de 1965
Gracias por tu excelente carta y
por todas las traducciones. Te
mando por correo un nuevo libro
de poemas [El Camino de
Chuang Zu]. Espero que
llegue seguro. Me conmovió mucho
la respuesta comunal de todos
ustedes [Fina García Marruz,
Eliseo Diego, Roberto Friol,
Octavio Smith y Cintio Vitier],
y las traducciones son
espléndidas.
Los conozco ahora mejor por la
selección que hicieron de los
poemas para traducir y por el
modo en que los tradujeron.
Pronto escribiré más. Todas mis
bendiciones para todos ustedes.
(Traducción de José Adrián
Vitier)
III
Glosa del pecado de Ixión
Thomas Merton
Él la vio: esto es, trabajaba.
Amó el deleitable negocio (Juno
era el éxito)
Puso los ojos por siempre en el
dulce grueso
Enérgico comercio, y el afán
Hizo husmear su mundo.
Nuestro mundo también debe
humear y flamear.
Nuestro mundo debe girar. El
esfuerzo reventará
Un banco. El trabajo hará correr
(Ruedas dentro de la ruedas)
Los Monopolios.
Él la agarrará. Agárrala firme
En una rauda nube
De erróneas palabras
O vertiginosas comidas!
“ Agarra firme, Ixión! Hazte
famoso, fuerte!
Actúa! Embriágate!
Ve a abrazar a la querida madre
ganancia en lo oscuro. Posee la
tierra,
Posee dinero!”
Sin embargo erró,
Despilfarró.
Gigantes se alzan
Macizos hermanos de amasijo y
pelea,
Humeantes buldózer!
Rodantes ciudades, arden!
Monstruos de cristal desgarran
Caras, encendidas con alto
dinero,
Fiebre en la prensa.
Gigantescos muchacho mecánico:
Sus sucios ojos giran
Olfatean la historia trabajando
Y vigilan la excesiva matanza.
Pesados parásitos de guerra
Ruedas políticas y generales de
cobre
Tragan humo nuclear
Y pierden hombría.
Desvergonzados, ininteligentes,
Pero lo bastante astutos
Para despilfarrar la potencia
del sol,
Echar a rodar los planetas,
Profanar al hombre sagrado!
Ahora viene subiendo
De los adentros de la tierra y
el infierno
La guerra gigante de Ixión
Rodando y peleando en la roja
rueda.
(Traducción de Cintio Vitier)
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