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Para Rafael
Almanza y Carlos Manresa
I
Thomas Merton o la semilla de
Fray María Louis o el proyecto
del Padre Tom, estuvieron en
Cuba, los tres que son uno: el
poeta, el monje trapense y el
místico. Roble, madera tallada,
carbón ardiente. Los ojos que
vieron a Cuba en 1940 estaban
listos para la contemplación, ya
contemplaban, “atendían en toda
su pureza” (E. Diego).
“La
vida de fe… orienta a los
cristianos a vivir como si
estuvieran viendo al Invisible.
Pero los lleva también, y por el
mismo movimiento a descubrirlo y
hacerlo presente entre las cosas
visibles”, dice José Román
Flecha en uno de sus textos
sobre nuestro poeta; y es
precisamente por allí por donde
quiero que comencemos este
viaje.
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Hablemos de la contemplación.
Estamos delante de un acto de
supuesta quietud que entraña las
más altas migraciones del
espíritu; el hombre camina hacia
el Uno trascendente, Dios, y Él
“se abaja”, se mueve al mismo
son y hace suyas las miradas
humanas, ahora divinas,
magníficas intuiciones. Dios y
el hombre arman comunidad. A
solas con el Solo, dirán los
cistercienses. De ahora en
adelante quedará claro que
cuando decimos contemplación, no
solo hablamos de miradas fijas,
de arrobamientos, de
intensidades y silencios, sino
que también de un estado que se
expresa en la revelación de lo
no visto, de un Invisible que se
ofrece a una comunidad, le
muestra su faz y le cambia el
rostro, se lo transforma en luz.
Los poetas, no importa su credo,
son solitarios que aprenden a
mirar el invisible de las cosas,
son los hijos de Prometeo,
dispensadores del fuego. Toda
poesía es conversación en las
orillas del mar primordial e
ignoto del Silencio. Todo poeta
es un contemplativo.
Comienza el viaje.
Thomas Merton llegó a Cuba en
abril de 1940, poco después de
Pascua; había sido operado, le
quitaron la apéndice, y quería
reposar, además de encontrar
rumbo a su vida, sería sacerdote
católico, estaba decidido, pero
se debatía entre los hijos de
Francisco de Asís o los de San
Benito. El dinero le alcanzaba
para viajar a México o a Cuba,
optó por la ínsula, y decidió
bien: aquí encontró, según sus
propias palabras “una isla
brillante donde la bondad y
solicitud que me acompañaban a
dondequiera que dirigiese mis
débiles pasos alcanzaron su
grado máximo”.
En su diario describe una Habana
“bañada de éxito, una buena
ciudad, una ciudad real”, en la
que él ve “abundancia de
todo, inmediatamente accesible
y, hasta cierto punto, accesible
a todos”. El “hasta cierto
punto” salva a Thomas de la
visión indolente del turista.
Recuérdese que ese es el año de
la constitución de 1940 —hecha
con la participación de los
sectores más diversos, incluidos
los comunistas, de brillante
ejecutoria en la constituyente,
recuérdese que por la situación
de guerra en Europa y la
distante mirada de los EE.UU.
que no entraban aún en el
conflicto, la industria
azucarera cubana estaba en
época de vacas gordas, además de
la aparente estabilidad
política. Eso hacía que se viera
una ciudad ruidosa, llena de
faroles, de negocios, de bares y
cantinas; sin embargo, detrás
del “progreso” estaban sus
víctimas y no escaparon a los
ojos de Merton: “cuando ‘abandonaba
la iglesia no faltaban
mendigos’”. Los mendigos
hacían la diferencia.
De todas maneras la gran
exaltación espiritual del futuro
poeta y monje le juega una mala
pasada y en su diario pinta una
ciudad reconocible solo a
trancos.
Como lo más interesante es que
podamos reconocer al poeta por
lo que dice y no por lo que yo
digo, me impondré la costumbre
de citarlo in extenso,
aunque con la advertencia de que
ciertamente lo citaré a
capricho, a voluntad diríamos.
Ese es el único privilegio del
ciego que escribe, el único que
me es dado y como no es
recomendable que un ciego guíe a
otro, lo mejor sería que cada
cual busque la fuente y beba,
allí las aguas siempre son
cristalinas aunque bravas.
Volvamos a La Habana y veámosla
con los ojos de Tom, un joven
ingenuo y apasionado, nacido en
Prades —Francia— en 1915, tiene
ahora 25 años, es un católico
converso, que quiere seguir un
camino alto. La isla es un
misterio, La Habana un acertijo
para él:
“La animación de los bares y
cafés no está secuestrada tras
las puertas y los vestíbulos:
todos ellos están ampliamente
abiertos a la calle, la música y
las risas llegan a la calle, y
los peatones participan en ella,
de la misma manera que los cafés
participan también en el ruido,
las risas y la animación
callejera.
“Esa es otra característica de
la ciudad de tipo mediterráneo:
la completa y vital
compenetración de todos los
ámbitos de la vida pública y
comunitaria. La vida real de
estas ciudades se encuentra en
la plaza del mercado, en el
ágora, el bazar y los
soportales.
Vendedores de billetes de
lotería, de tarjetas postales o
de ediciones extraordinarias de
periódicos vespertinos (casi a
cada minuto aparece la edición
de algún periódico) entran y
salen de la multitud y de los
bares. Bajo los soportales se
instalan músicos que cantan o
tocan algún instrumento para
desaparecer después.
“Si estás comiendo en una mesa
de las terrazas de la plaza,
participas de la vida de toda la
ciudad. A través de los
soportales puedes ver, recortada
contra el cielo, una musa alada
de puntillas en la parte
superior de las cúpulas del
Teatro Nacional. En la parte
baja, los árboles del parque
central: y todo el mundo parece
estar circulando a tu alrededor,
a pesar de que los viandantes
literalmente no vienen ni van de
las mesas en que se sientan los
comensales, que comen sabrosos
platos de judías negras o
pintas.
“El alimento es abundante y
barato: pero es que, además, si
no tienes dinero, no tienes que
pagar por él, porque es de todo
el mundo, se desborda e inunda
las calles. Tu animación no es
algo privado, pertenece a todos
los demás, porque cada uno te lo
ha dado a ti en primer lugar.
Cuando más observas la ciudad y
te mueves por ella, más amor
recibes de ella y más amor le
devuelves y, si así lo deseas,
pasas a formar parte integrante
de ella, de todo el complejo
abanico de alegrías y ventajas,
y esto, después de todo, es el
modelo mismo de la vida eterna,
un símbolo de salvación. Esta
pecadora ciudad de La Habana
está construida de tal manera
que, cualquiera que sepa vivir
en ella, puede interpretarla
como una analogía del reino de
los cielos.”
El entusiasmo exagerado, la
exaltación, la vida anterior
balanceándose entre la Europa de
la bohemia —su padre era pintor—
y el mundo académico de los
EE.UU., país del que se hará
ciudadano en 1950, y, por qué
no, el pecado mortal de lo
libresco, hacen que Merton vea
sin ver, reconozca una Habana
mítica en la que conviven el
cuerno de la abundancia y el
bárbaro noble, generoso, un país
donde el sufrimiento y la
inequidad no existen, donde todo
parece oler a frijoles negros y
colorados, donde la gente abreva
en la Fuente de la Eterna
Juventud. Más que La Habana creo
ver una ciudad mezcla de la
Utopía de Moro, la Ciudad del
Sol de Campanella y la
Civitas dei de San Agustín.
No aparece nunca el olor del
arroz blanco, huevo frito y
plátanos de las apuradas
muchachas de los Barrios de
Colón y San Isidro, no aparecen
la ausencia de olor a comida o
el mal olor de los hacinados
solares centrohabaneros, tampoco
el rictus de la Timba, El
Fanguito, no escuchamos el grito
de Pogolotti, barrios de negros
y de obreros.
De todas maneras, algo se
filtra, la sensibilidad del
poeta y el místico están ahí
esperando agazapadas. Los
vendedores de periódicos entran
y salen de todo sitio en busca
del centavo salvador, los
músicos fantasmagóricos cantan y
tocan, aparecen y desaparecen,
artistas del rebusque y la
lucha, los vendedores de
billetes se llevan la suerte
tras sus pasos y voceos. Están
en las páginas del diario de
Merton, en su memoria y en su
corazón, de modo que después
limpiará sus ojos de las escamas
del lujo y la apariencia
logrando entender el devenir de
la isla, ciertamente en peso.
Los renglones torcidos, ¡perdón
Teresa!, después se convertirán
en escritura derecha. Tengamos
paciencia.
Por ahora vayamos a la ciudad
real que pinta nuestro poeta:
una urbe en la que lo público y
lo privado se mixturan, se
confunden con algarabía y
desparpajo, una Habana en la que
de balcón a balcón se lanzan
piropos, improperios, ensalmos y
polvos de brujería, una en la
que el choteo y la risa conjuran
la frustración y el dolor.
Ciertamente La Habana, espacio
mítico en el que bien se
representa el ideario insular,
es una ciudad de puertas
abiertas, capaz de la acogida y
la asimilación, donde uno puede
tener cualquier intercambio con
cualquiera, donde se hacen pocas
preguntas y se enuncian
excedidas respuestas, donde
nadie es huésped, extranjero,
sino familia, compadre,
contertuliano.
La cita larga viene de su
diario, sin embargo, en la
autobiografía de Thomas Merton,
La montaña de los siete
círculos, (1947),
best-seller en su época,
grandioso y rebosando de
sustancia, filtra otras
apreciaciones:
“No creo que un santo que
hubiera sido elevado al estado
de unión mística pudiera cruzar
‘las calles peligrosas y
lupanares’ de La Habana
con una contaminación
notablemente menor de la que
parezco haber contraído yo.”
El diario, escritura súbita,
casi automática, generalmente
más centrada en la emoción y la
inmediatez que en la reflexión,
entra en contradicción con la
autobiografía, género en el que
se habla de lo pasado, de lo
sentido, pero ya en conexión con
la cabeza. Por eso, en La
montaña… se describe una
Habana grata, acogedora,
escenario de su “vagabundeo”
místico, pero que tiene calles
peligrosas y lupanares que la
hacen irreconocible en aquella
“analogía del reino de los
cielos” que aparece en el
diario.
II
Decíamos que Thomas Merton era
un católico converso, es decir,
un hombre que decide en
conciencia aceptar la fe
católica romana, uno que se
bautiza adulto más por
convicción que por tradición,
decíamos además, que este
catecúmeno tiene vocación, del
verbo vocare que
significa llamado, y esta
vocación era un llamado a la
vida sacerdotal, pero que no
sabe si lo están llamando a ser
hermano franciscano o monje
trapense. A estas alturas
ustedes, se están haciendo una
pregunta: ¿Quién llamaba a
Merton? Simple, lo llamaba Dios.
Entonces las respuestas que
necesitaba Tom las tenía el
Otro, y había que buscarlas, y
una manera de hacerlo era
echarse a andar.
Él llamó a su estancia aquí
“vagabundeo por Cuba”, pero hay
que dejarlo explicarse porque
parecería que estamos delante de
una “de aquellas peregrinaciones
medievales que consistían en
nueve décimas partes de
vacaciones y una décima parte de
peregrinación” (Merton).
Y no, el poeta vino a Cuba a
“hacer una peregrinación a
Nuestra Señora del Cobre”, según
sus propias palabras, es decir,
Merton no estaba aquí de
vacaciones, había venido a
encontrarse con la Virgen, con
la patrona que nos dimos los
cubanos.
Eso explica el nivel de
exaltación que se respira en su
diario y la deformación que
sufre La Habana de 1940 cuando
él la describe, tanto es así,
que años después al hablar de su
experiencia cubana reconoce que
le acompañó cierta dosis de
“inmunidad frente a la pasión o
el accidente”. Aquí por
accidente se puede traducir
realidad y esa inmunidad viene
como un don resultante de su
renuncia a poseer cualquier cosa
del mundo o de la expresión
privada y posesiva de ese mundo
que es el cuerpo.
El viaje de Thomas Merton por
Cuba o se entiende en términos
de peregrinación o se fracasa,
es ahora que podemos descubrir
por qué La Habana en él es más
parecida a la visión de la
tierra prometida de Moisés sobre
el monte Moria que la visión que
de ella tienen otros viajeros o
la que se desprende de la
vociferada y vociferante prensa
habanera de la época. Merton no
es un viajero, es un peregrino
que “a cada paso que daba se
abría un nuevo mundo de gozos,
gozos espirituales, placeres de
la mente, la imaginación y los
sentidos en el orden natural,
pero en el plano de la inocencia
y bajo la dirección de la
gracia”.
Atiendan este final, que es
significativo: nuestro poeta no
vino a Cuba sino que fue traído.
¿Traído a qué? A que le
contestaran ciertas preguntas
pero sobre todas las cosas
por la certeza de que él
necesitaba de un ambiente
católico, porque, sostenía,
“antes que haya alguna
posibilidad de una experiencia
completa y total de todos los
goces naturales y sensibles que
desbordan de la vida
sacramental”, era necesario el
ambiente del catolicismo francés
o italiano o español. Se
desprende que esa vivencia era
un imposible en la sociedad
norteamericana, había que
buscarla en Cuba, con un
catolicismo todavía muy español,
a pesar de los 38 años de
“república”. Aquí describe
iglesias “cargadas de impetuoso
dramatismo español” en las que
encuentra “en todos los rincones
a cubanos en oración, pues no es
verdad que los cubanos descuiden
su religión…o no es tan cierto
como complacientemente piensan
los norteamericanos, basados sus
juicios en las vidas de los
jóvenes ricos y lívidos que
vienen al norte desde esta
isla…”
Sin cometarios. Aunque vale la
pena que hagamos algunas
precisiones. El cubano
ciertamente “no descuida su
religión”, pero ¿de cuál
religión hablamos? De la suya
propia, de su imaginario, de la
que nace de la rara combinación
del bautismo católico por
tradición y el anticlericalismo
por cultura. Pero eso
seguramente es tema para los
científicos sociales. ¡Zapatero
a tus zapatos!
Hay otro elemento que le cautiva
de Cuba: el idioma. A Merton el
español le parece una lengua
fuerte, ágil, precisa, “con la
cualidad del acero, que le da la
exactitud que necesita el
verdadero misticismo”, pero que
es a su vez suave, gentil,
cortés, devoto, galante y
suplicante. Le parece, como a
Víctor Hugo, “una lengua
apropiada para la oración y para
hablar con Dios”. Vino a
peregrinar y quiso hablarle a
Dios en un idioma que le fuera
grato, una lengua que “tiene
algo de la intelectualidad del
francés” pero que “nunca
desborda en las melodías
femeninas del italiano”.
Aquí fue un “príncipe”, un
“millonario espiritual”, rodeado
de seres humanos que resistían
el ruido persistente y
estridente de la ciudad. Extraño
cada día esa cualidad que la
visión mertoniana nos otorga:
paciencia frente al vaho sonoro
que nos envuelve; porque la
cualidad principesca es aún
abundante y empecinada. Valga
una digresión más.
De iglesia en iglesia, del
Parque Central a la casa, ¿qué
casa, dónde estuvo, sería por
los costados del parque, por
Centro Habana o más cercano al
Vedado? ¡Quién sabe!! ¡Quién
supiera! “Cuando estaba saciado
de oraciones, podía volver a las
calles, paseando entre las luces
y las sombras, deteniéndome a
beber enormes vasos de jugos de
fruta helados en los pequeños
bares, hasta que regresaba a
casa a leer a Maritain o Santa
Teresa hasta la hora de
almorzar”. No habla de la
casa, ni del libro o los libros
de Maritain, más de Santa Teresa
sí: lee su autobiografía.
De La Habana va a Matanzas, a
Camagüey y a Santiago de Cuba,
atraviesa, en un “bárbaro
ómnibus”, la isla, pero la ve
“gris aceitunada”, ¿sería acaso
daltónico? Esta Isla es verde,
inmensamente verde, al menos así
me lo cuentan los que cosas
verdes ven. Yo la veo también
gris aceitunada y soy daltónico.
Thomas esperaba ver a la Virgen
en algún ceibo del camino, pero
no la vio, “bella, en ninguno de
los ceibos”.
En Matanzas va a un parque, no
dice tampoco cuál; pero Cintio
Vitier afirma que es el Parque
de la Libertad, la gente gira
como manillas de reloj, mujeres
a compás y hombres a contracanto.
Seguramente miradas furtivas,
pequeños roces, un guiño, una
tos nerviosa, una sonrisa detrás
del abanico. Tom convoca una
pequeña multitud y en español
les habla de su fe, una escena
tierna y conmovedora,
ciertamente infantil. Uno dice,
no sé por qué lo imagino viejo y
mulato, que Merton es “un
católico muy bueno”. Duerme
feliz en Matanzas, en el Hotel
Louvre, le gusta el elogio.
Sus pasiones, que no
alborotaban, regresaron en
Camagüey, despertaron, pero no
tenía por qué preocuparse, Santa
María del Puerto del Príncipe no
era un “lugar peligroso”. Yo que
soy de allí me limito a decirle
a Tom que no ande en esa gaveta,
que no toque esa tecla, que
mejor dejamos las cosas como
están, que pueblo chiquito es
averno grande, aunque aquella,
mi ciudad, no es tan pequeña
como la pintan ni tan grande
como hubiéramos deseado. Es
gracioso su dibujo: “ciudad muy
insípida y soñolienta… donde
prácticamente todo el mundo
estaba en cama a las nueve de la
noche”.
En Camagüey leyó a Santa Teresa
de Ávila, “bajo las palmeras
grandes y magníficas de un
jardín enorme que tenía
enteramente” para él. Cintio
Vitier, que pasó su luna de miel
por esos lugares, cree que
Merton se refiere al Casino
Campestre, parque lleno de
árboles de diversas especies, el
más grande de Cuba, en el que
está un ceibo, El árbol de la
República, como lo llama
el poeta Rafael Almanza; pero
creo se equivoca. El Casino es
parque no jardín, las palmas
solo guardan la avenida que
actualmente conduce al stadium y
que por la costumbre que han
tenido las tiñosas de tomarlas
por casa nada de admirable
ofrecen, por debajo de ellas hay
que andar en marcha apurada, no
se puede leer, además bajo las
palmas —flacas, pestilentes y
manchadas— no hay bancos. Mas
parece que nuestro amigo
describe los jardines del
antiguo Hotel Camagüey, antes
Cuartel de Caballería del
Ejército español y hoy Museo
Provincial Julio Antonio Mella.
Es un jardín de palmeras
enormes, con bancos y una fuente
recoleta en la que un niño de
mármol orina con inocente
desfachatez. Rodeado de arcadas
de medio punto, es un lugar
solitario y silencioso, propicio
para la lectura en la que uno
tiene la sensación de que el
mundo es suyo y solo suyo. El
casino quedaba en las afueras
del Camagüey de los años 40, el
Hotel quedaba a dos cuadras de
la Terminal de Ferrocarriles y a
unas cinco o seis cuadras del
lugar desde el que llegaban y
salían los ómnibus de la línea
Santiago-Habana en la calle
Avellaneda. Además, para leer en
el Casino hay que disponerse a
viajar, los hoteles de la época
estaban distribuidos en las
calles República, Avellaneda y
Maceo, y el Hotel Camagüey
estaba en los inicios de la
Avenida de los Mártires.
A favor de la hipótesis de
Vitier está la devoción de
Merton por la Virgen de la
Caridad, motivo de su
peregrinar. Para ir a saludarla
en Camagüey hay que atravesar
una avenida y llegar a un
barrio, los de la Caridad
justamente. A su costado está el
Casino Campestre. Era una zona
bien comunicada, los tranvías,
los coches, los ómnibus, todo
llegaba hasta allí, en esa zona
estaba la Colonia Española, un
hospital de prestigio; pero el
poeta no menciona esa iglesia,
sino otra del centro, la de
Nuestra Señora de la Soledad,
advocación rarísima, que le
acompañó siempre. Si Merton
hubiera ido al Casino Campestre
hubiera visitado al Santuario,
uno de los más antiguos del país
dedicados a esa advocación
mariana, si lo hubiera conocido
lo hubiera descrito, tenía un
altar mayor de plata pura y
gruesa muy barroco, dicen que
hermoso, del que solo quedan
pedazos, obra de unos curas
belgas a los que les urgía la
entrada del Concilio Vaticano II
en Camagüey allá por los últimos
años 60.
Veamos a Thomas Merton describir
mi amada parroquia: “… encontré
una iglesia dedicada a la
Soledad… una pequeña imagen
vestida, en una hornacina
sombría: apenas podía uno verla.
¡La Soledad! Una de mis mayores
devociones; no se la encuentra,
ni se oye nada acerca de ella en
este país —se refiere a USA—,
excepto una antigua misión de
California que fue dedicada a
ella”. Realmente la imagen no es
tan pequeña, tiene unos 150 ó
175 cm de altura y con el manto
abierto, de terciopelo negro
bordado en oro por monjas
catalanas, otros tantos. Es un
esqueleto de madera del que
solamente vemos la cara y las
manos. Por debajo, que es un
busto, la Virgen tiene senos que
casi nadie ha visto,
pudorosamente se le cubrían con
un corpiño y cuando se le iba a
vestir mandaban salir a los
intrusos. Estaba en esa época ya
en un nicho bien iluminado,
aunque las luces solo se
prendieran durante las misas, lo
sé de cierto por el padre
Miguelito Becerril y por Fausto
Cornell, dos de mis amados
amigos difuntos. La iglesia
tenía el piso de lozas grandes
de barro cocido y las paredes
blancas, pintadas con cal.
Merton no debió haber oído misa
allí, hubiera recordado el
poderoso órgano Hamont, todavía
hoy famoso a pesar del tiempo, y
las tres naves totalmente llenas
de luz, mientras no había
liturgia, la penumbra y el
silencio se enseñoreaban.
III
Cuba es el escenario del juego
del poeta.
Detengámonos unos instantes en
el término “juego”. No estamos
hablando de competencias o
banalidades. Recuerden que
Merton viaja a Cuba a
encontrarse con Nuestra Señora
de la Caridad del Cobre, a
ofrecerle a ella su deseo de
consagración total a Dios y para
eso recorre el país. El viaje es
una peregrinación en la que
vamos encontrando elementos
“agonísticos” —manifestados en
los conflictos entre los
protagonistas: por un lado la
Cuba descrita en la impronta del
diario, el país más cercano de
las memorias, las esperadas
visiones de los ceibos y la
realidad transfigurada que
termina apareciendo—; también
encontramos las sombras del
vértigo y la vivencia en él —illynx—,
el azar que interviene como
providencia — alea—, y la
imitación del imposible como
posible —mimesis—. Es
decir, aparecen todos los
principios que Caillois (1958)
describe en su conocida teoría
de los juegos. Iremos
verificándolos en este andar con
paso mertoniano. Recuerden lo
acontecido en La Habana, en
Matanzas y en Camagüey. Ahora,
estamos llegando a Santiago de
Cuba, apoteosis del juego cubano
de poeta, que es a la vez
preparación para el cierre de la
partida, un final habanero en el
que ocurre el verdadero
apocálypsis, es decir, la
revelación, el corrimiento de
los velos y la muestra de la
verdadera cara, del verdadero
propósito de sus estancias.
Tengamos paciencia. La suma de
pasos hacen el salto, la
pirueta, y proporcionan el
verdadero placer de los
caminantes, que no consiste en
llegar sino en avanzar, “pasito
a paso”.
Salimos de Camagüey y vamos
rumbo a Santiago de Cuba.
Posiblemente Merton saliera por
los lados de la Terminal de
Trenes de Santa María del Puerto
del Príncipe, más abajo, en la
calle Avellaneda, en el cuchillo
que formaba un hotel y en el que
se posaban los ómnibus, animales
rugientes dispuestos a todo. Los
choferes serían muy parecidos a
los de hoy, esa es una especie
de pocos cambios: camisa de
mangas largas, bajo ella la
camiseta Perro blanca y de
botones dorados, corbata, reloj
de bolsillo y leontina de metal
barato, y seguramente por algún
lado Cachita o Santa Bárbara, en
medallón escandaloso o estampita
borrosa. A voces los auxiliares
anunciaban los rumbos.
“Finalmente, mi ómnibus marchó
rugiendo a través de la llanura
seca, hacia la muralla azul de
las montañas: Oriente, el fin de
mi peregrinación”. Dice Thomas y
la bestia avanza. La vemos,
seguramente es abril o mayo de
1940. Un pequeño detalle, la
realidad se burla, le hará
piruetas al muchacho que se
atreve, aún años después, a
anunciar que oriente es el fin,
cuando apenas es aperitivo de lo
que vendrá después.
Dejemos a nuestro amigo avanzar.
En La montaña de los siete
círculos nos los presenta
así:
“Cuando íbamos cruzando la
sierra divisoria y bajábamos por
los verdes valles hacia el mar
Caribe, vi la basílica amarilla
de Nuestra Señora del Cobre, de
pie en una prominencia, sobre
los tejados metálicos del pueblo
minero que emergía de las
profundidades de una honda
concavidad de verdor, defendida
por peñascos y pendientes
escarpadas cubiertas de
matorral.”
Una pequeña, y quizá burda
precisión. En 1940 no era
basílica aún la iglesia, lo fue
en la década de los 80, entonces
era únicamente Santuario
Nacional, pero si ya era un
centro de poder, un lugar de
entrañable resonancia para el
cubano. Recuérdese que en 1916
el papa Benedicto XV, a petición
de veteranos de las guerras de
independencia, reconocía como
patrona de Cuba a la Virgen
mambisa, coronaba una
trayectoria de amor mutuo nacido
en la Bahía de Nipe en pleno
siglo XVII y que hasta hoy dura.
Al ver la iglesia recortada
contra el verde y el cielo, el
poeta exclama:
“¡Ahí estás, Caridad del Cobre!
Es a ti a quien he venido a ver;
tú pedirás a Cristo me haga su
sacerdote y yo te daré mi
corazón, Señora; si quieres
alcanzarme este sacerdocio, yo
te recordaré en mi primera misa
de tal modo que la misa será
para ti y ofrecida a través de
tus manos, en gratitud a la
Santa Trinidad, que se ha
servido de tu amor para ganarme
esta gran gracia.”
Merton continúa: “El ómnibus se
abrió camino hacia abajo por la
falda de la montaña, rumbo a
Santiago. El ingeniero de minas
que había subido en lo alto de
la cordillera divisoria estuvo
hablando todo el camino cuesta
abajo en inglés, que había
aprendido en Nueva York,
contándome el soborno que había
enriquecido a los políticos de
Cuba y de Oriente”.
En la edición de los diarios que
poseo, que es la 2001 de
Ediciones Oniro, de Barcelona,
en el tomo que recoge los de
1939 a 1960, solo aparece una
selección de ellos, y únicamente
dos asientos cubanos, uno
fechado en Abril de 1940. La
Habana, Cuba —citado por mí
in extenso— y otro el 29
de abril de 1940 situado por
error en Camagüey, pero que en
realidad describe sucesos
ocurridos en La Habana, en la
Iglesia de San Francisco, y que
son posteriores al viaje a
Santiago de Cuba, y a los que me
referiré más adelante. Ahora me
interesa volver la mirada al
asiento primero donde se
describe aquella Habana “bañada
en el éxito”, “analogía del
reino de los cielos”, irreal,
motivada por la emoción y la
inmediatez, contaminada por la
exaltación espiritual propia del
converso, una ciudad
contrapuesta a la de la
autobiografía, salvada por
vendedores y pordioseros, una
Isla continuada por apacibles y
polvorientas provincias, pero
que llega a Santiago de Cuba,
ciudad en la que el poeta
aterriza, o lo hacen aterrizar.
Un hombre de tecnologías, en
inglés, su lengua, para que no
tenga dudas, le habla de la
corrupción insular, del cáncer
de los políticos que se comía a
la república de sainete; porque
Cuba, a pesar de la Constitución
del 40, no nos llamemos a
engaño, era un burdel. Se
escribió la carta magna con
letra muerta; aquel era un país
que vivía en la futuridad, era
candidato a resurrección, ya lo
sabemos, estaban todos los
ingredientes de la gracia
secular, pero estaba muerta la
Isla. Virgilio Piñera, por esos
mismos años, en “La Isla en
peso”, la describe así:
El rastro luminoso un sueño mal
parido
un carnal que empieza con el
canto del gallo,
la neblina cubriendo con su
helado disfraz el escándalo
de la sabana,
cada palma derramándose
insolente en un verde juego
de aguas,
perforan, con un triangulo
incandescente, el pecho
de los primeros aguadores,
y la columna de agua lanza sus
vapores a la cara del sol cosida
por un gallo.
Es la hora terrible.
Los devoradores de la neblina se
evaporan
hacia la parte más baja de la
ciénaga,
y un caimán los pasa dulcemente
a ojo.
Es la hora terrible.
La última salida de la luz de
Yara
empuja los caballos contra el
fango.
Es la hora terrible.
Como un bólido la espantosa
gallina cae,
y todo el mundo toma su café.
¿Qué puede el sol en un pueblo
tan triste?...
Duro texto, no siempre bien
entendido, que ahora nos sirve
para describir una realidad que
se encuentra en las antípodas de
la creación. Esa es la Cuba que
Merton atraviesa y que apenas
mira. Él estaba atendiendo a una
vocación, le apremiaba dar una
respuesta, y no vio a Cuba,
apenas la intuyó. No es su
culpa, no vino aquí a tomar
lecciones, a elaborar un tratado
de política o un levantamiento
de la realidad cubana, vino a
ver a Nuestra Señora de la
Caridad del Cobre, nada más.
Llega a Santiago, se hospeda en
el Hotel Casagranda, no lo
nombra, pero lo describe,
“frente a la catedral”, comió en
la terraza, vio los estragos de
uno de esos temblores de tierra,
que comparados con otros más
parecen estornudos que
sacudidas, aunque a veces
sorprendan y asusten. Va al
Cobre en una guagua a la que
califica como “el más peligroso
de todos los furiosos ómnibus
que son el terror de Cuba”,
danza frenética en dos ruedas y
a 160 kilómetros por hora, a
punto siempre de explotar. Reza
el rosario todo el camino, pero
llega. Así siempre sucede en
Cuba, se llega aunque sea con el
credo en la boca.
Llega al santuario, sube hasta
el camarín, y allí encuentra la
“virgencita alegre y negra,
cubierta con una corona y
vestida de magníficos ropajes”,
la llamada Reina de Cuba, y lo
es, claro que es la reina,
señora de reino variopinto, en
el que usted se puede encontrar
con algunos súbditos que creen
en ella pero no en Dios o a
quien la llama virgen y la cree
zalamera y mujer de varios
hombres. En fin, cubanismos.
Trata de rezar pero “una piadosa
sirvienta de mediana edad, con
vestido oscuro”, “ansiosa
por venderle una porción de
medallas”, no lo deja, se
escurre del camarín a la
iglesia, pero ella lo persigue.
Él se va, desilusionado, “sin
decir lo que quería a la Caridad
ni llevar muchas noticias de
ella”. Rápido aprendió Merton
que esos lugares de mucha
concurrencia no son buenos para
el recogimiento.
Sale, compra “una botella de una
especie de gaseosa” —¿sería pru
oriental?— y sucede un milagro:
desde una de las casas, no desde
la iglesia, escucha sonar un
armonio, y tocaba el Kyrie
eleison.
Alguien le pide perdón. No le
habíamos dejado hablar y le
pedimos perdón.
Regresa a Santiago de Cuba, y en
la terraza del hotel Casagranda,
almorzando, sin sonidos de
armonio, quizá con piano a lo
lejos y el chasquido de la suela
de los zapatos de los meseros y
los comensales, quizá con el
fondo de las copas de cerveza
Hatuey y el rozar de cubiertos
contra el plato de loza inglesa,
la Caridad del Cobre tuvo una
palabra que decirle, “entregó la
idea para un poema que se
compuso tan suave, fácil y
espontáneamente”, que lo
escribió “casi sin una
corrección”:
“Así que el poema resultó ser
ambas cosas: lo que tenía que
decirme y lo que yo tenía que
decirle. Era una canción para la
Caridad del Cobre; era, por lo
que a mí se refiere, algo nuevo,
el primer poema verdadero que
jamás había escrito o, de
cualquier manera, el que me
gustó más. Señalaba el camino a
otros muchos poemas; abría la
puerta y me hacía tomar un rumbo
cierto y directo que había de
durar muchos años.
El poema decía:”
CANCIÓN PARA NUESTRA SEÑORA DEL
COBRE
(versión de J.L.G.)
Niñas blancas
Árboles que levantan sus cabezas
Niñas negras
Flamencos reflejándose en las
calles
Niñas blancas
Cantan como el agua las agudas
notas
Niñas negras
Conversan en silencio como
tierra mojada
Niñas blancas
Abren los brazos como nubes
Niñas negras
Cierran sus ojos como alas
Ángeles reverentes cual campanas
Ángeles que se levantan absortos
cual juguetes
Porque las estrellas
En el cielo de la noche
Hacen la ronda
Y del mosaico, que es la tierra,
Se levantan
Volando
Todos sus fragmentos
Como pájaros en estampida.
Debería alguien preocuparse por
poner estos versos en un lugar
visible del Hotel Casagranda, o
quizá, en bronce puro, dejarlos
en el camarín de la Virgen,
junto a la Medalla del Premio
Nobel de Ernest Hemingway, para
recordarnos que la luz es
posible.
IV
El juego, el noble juego que
regresa, para terminar la
partida de este ajedrez sin
fichas negras o blancas,
compuesto solo del entramado
urbano de cuatro ciudades de la
“isla brillante” frente a los
ojos de un poeta que quiere
visitar a Nuestra Señora de la
Caridad del Cobre. Se deslumbra,
se equivoca, ve reinos, paraísos
por todas partes, exulta en una
ciudad, se recoge en otra, para
al final salir decepcionado y
mudo de la visita a la Virgen.
Pareció que todo el viaje
hubiese perdido sentido y
sustancia, que el peregrino
cambió capa y cayado por la
botella de agua “pura” del
turista, que es la perversión
contemporánea del viajero.
Si todo el viaje se reduce a
comida abundante, ruidosos
ómnibus, misas por doquier, un
camarín de santuario y una
gaseosa en el pueblo minero del
Cobre, Merton fracasó. Pero el
discípulo nunca es mayor que el
maestro, y el joven poeta debió
pasar, con amarga sorpresa,
claro está, por la verdadera
senda del peregrino que es el
abandono y el fracaso. Sus
armas, sus premios, su
estandarte están ahí. Imaginemos
por un instante la escena: A
pesar de escuchar el Kyrie “en
una de las chozas” del pueblo
—aviso obvio, petición tranquila
a morir— Thomas no resiste la
sensación del derrumbe y a pesar
de que dice “Regresé a
Santiago”, uno respira, intuye,
que tras la lacónica frase lo
que se lee es “Espantado
regreso, frustrado retorno”. No
fue suficiente que la Virgen de
la Caridad se escondiera, no se
dejara ver nunca tras los ceibos
de la estrecha Carretera
Central, no fueron suficientes
los rosarios y las ganas enormes
del encuentro, no bastó el
esfuerzo y la elección
—recuerden que Merton tuvo que
decidir entre viajar a México o
Cuba, y eligió la ínsula—, no
bastó la exaltación ni el
temblor, no fue suficiente que
alterando toda realidad el
peregrino transfigurara a Cuba y
casi la convirtiera en la
civitas dei agustiniana, no
bastó el silencio. De pronto se
ve almorzando en la terraza del
Hotel Casagranda. Todo ha
terminado. Pero… “la Caridad del
Cobre tuvo algo que decirme”,
exclama y regresa el tono alto
el discurso, le entrega un
poema, “el primer poema que
jamás había escrito”, el que
“señalaba el camino a otros
muchos poemas”, el que “abría la
puerta”, el que le “hacía tomar
un rumbo cierto y directo que
había de durar varios años”.
Santiago de Cuba, Cuba, un tema
cubanísimo, es el manantial
desde donde comienza a brotar la
torrentera enorme de la obra de
Thomas Merton, poeta
norteamericano de los más
importantes, por muchos
considerado además “un gran
maestro espiritual”. Nudo que
enlaza la historia de la
cultura, que es la historia de
un pueblo, de ese país con la
nuestra. Sello pétreo. Marca
indeleble. “Canción para Nuestra
Señora del Cobre” monumento
alto, secuoya enorme plantada en
la Isla.
Desde el comienzo anunciamos que
hablaríamos de contemplación, de
experiencia mística, de alto
vuelo del espíritu. Y eso hemos
hecho. El recorrido por la Cuba
de 1940, el acompañamiento a
Thomas Merton en su aventura
literaria nunca debe alejarse de
la comprensión y la aceptación
de que quien nos interpela es un
místico cristiano, hijo de la
tradición monacal occidental.
Aun cuando su visita a Cuba y el
poema cubano son anteriores a su
entrada a la Abadía Trapense de
Gehtsemaní (Kentucky, USA), no
se olvide que es allí donde el
poeta escribe su autobiografía,
La montaña de los siete
círculos, que como dijimos
es la fuente más confiable desde
donde se puede ver una Cuba más
cercana a la que realmente era y
no a la de los Diarios, hijos
del improntus y la
emoción de un peregrino que le
urge escuchar y ser escuchado.
El de La montaña… es un
joven monje que ha empezado a
pasar su vida por el filtro de
la experiencia monacal, que es
una de las más revolucionarias a
las que puede aspirar un ser
humano, una experiencia de
profunda transformación en la
que todo toma su lugar y en la
que “el hombre interior” se
expresa, desborda y contagia a
la “carne”, es la experiencia de
aproximación del Paraíso, donde
el ser humano alcanza la
plenitud y la hombría verdadera,
que algunos Padres Apostólicos
vislumbraban como realidad
futura, posterior a la parusía.
Démosle la palabra al propio
Thomas, así veía él a La
montaña… en 1963, cuando se
publicó la edición japonesa.
Es mi intención hacer de mi vida
entera un rechazo y una protesta
contra los crímenes y las
injusticias de la guerra y de la
tiranía política que amenazan
con destruir a toda la raza
humana y al mundo entero.
A través de mi vida monástica y
de mis votos digo
NO
a todos los campos de
concentración,
a los bombardeos aéreos,
a los juicios políticos que son
una pantomima,
a los asesinatos judiciales,
a las injusticias raciales,
a las tiranías económicas,
y a todo el aparato
socioeconómico que no parece
encaminarse sino a la
destrucción global a pesar de su
hermosa palabrería en favor de
la paz.
Hago de mi silencio monástico
una protesta contra las mentiras
de los políticos,
de los propagandistas y de los
agitadores,
y cuando hablo es para negar
que mi fe y mi iglesia puedan
estar jamás seriamente alineadas
junto a esas fuerzas de
injusticia y destrucción.
Pero es cierto, a pesar de ello,
que la fe en la que creo también
la invocan muchas personas que
creen en la guerra, que creen en
la injusticia racial, que
justifican como legítimas muchas
formas de tiranía.
Mi vida debe, pues, ser una
protesta, ante todo, contra
ellas.
Si digo que NO a todas esas
fuerzas seculares, también digo
SÍ
a todo lo que es bueno en el
mundo y en el hombre. Digo SÍ a
todo lo que es hermoso en la
naturaleza, y para que este sea
el sí de una libertad y no de
sometimiento, debo negarme a
poseer cosa alguna en el mundo
puramente como mía propia.
Digo SÍ a todos los hombres y
mujeres que son mis hermanos y
hermanas en el mundo, pero para
que este sí sea un asentimiento
de liberación y no de
subyugación, debo vivir de modo
tal que ninguno de ellos me
pertenezca ni yo pertenezca a
alguno de ellos.
Porque quiero ser más que un
mero amigo de todos ellos me
convierto, para todos, en un
extraño.
Regresemos a la estancia cubana.
Thomas Merton deja Santiago de
Cuba con verdaderos tonos de
exaltación, tranquila eso sí, de
gozosa sorpresa y entra en La
Habana, una ciudad de puertas
abiertas, al menos para él. Ya
no solo le parece que el
cafetín, la vía pública y la
casa se desbordan, se confunden,
se mixturan, sino que también
las iglesias entran en ese
trasvase. Dice: “las puertas —de
las iglesias claro está—
permanecen abiertas mientras se
celebra la misa y, por
desgracia, los asistentes
perciben también todo el ruido y
la actividad que se está
desarrollando fuera, en la
calle: el sonido de las
campanadillas de los trolebús,
las bocinas de los autobuses y
los gritos agudos de los chicos
de los periódicos y de los
vendedores de billetes de
lotería”.
Ciertamente la nuestra es una
ciudad con demasiado ruido por
todas partes, pero veremos qué
es lo que le depara entre la
bullanga y la confusión. Una
broma, uno de esos chistes en
los que el sentido del humor de
lo divino se expresa.
Ciertamente no hay carcajada,
pero sí fina ironía, delicadeza
en la sorna.
Thomas Merton se va a misa a la
Iglesia de San Francisco, que
según Cintio Vitier, no es la
que conocemos hoy, sino otra que
ya no existe. Es domingo y “un
vendedor de lotería se paseaba
arriba y abajo fuera del templo
anunciando su número con la voz
más fuerte y aguda que escuché
en toda Cuba, y Cuba es un país
en que se habla en voz alta.
“Era un número que sonaba muy
bien:
“Cuatro mil cuatrocientos
CUA-TRO;
“Cuatro mil cuatrocientos
CUA-TRO.
“Lo repetía una y otra vez,
añadiendo de vez en cuando un
chillido casi ininteligible que
tal vez tenía algo que ver con
San Francisco: probablemente que
a San Francisco también le
gustaba este número.”
Primero bromea Merton, quizá
contagiado por el choteo cubano,
solo que la “broma colosal” está
por llegar. Examinemos el número
o los números. En Cuba el
billete de lotería, la bolita,
la charada, siempre ha sido
visto en sentido cabalístico, la
gente busca esos números en el
sueño, el accidente, la
insinuación, dondequiera que
pueda ver o crea ver una señal;
los vendedores de billetes
siempre fueron vistos como
agentes del misterio, de la
sombra, dotados de una rara
conexión con el “más allá”. Y
por ahí comienza la broma, el
poeta cree que la hace en
alusión al santo y su posible
disfrute del número, pero la
broma no está afuera sino está
en el número o la combinación.
La broma se la hacen a Tom,
aunque piense lo contrario.
No pretendo desviarme demasiado,
pero si damos una revisión al
cuatro como símbolo
comprenderemos qué broma y de
qué juego estoy hablando. Cuatro
es el número de la totalidad,
pariente del cuadrado y de la
cruz, que es el cruce de un
meridiano y un paralelo que
divide la tierra en cuatro
sectores, cuatro es plenitud y
universalidad, cuatro letras
tiene el nombre de Dios (YHVH),
cuatro los evangelistas, cuatro
letras tiene el nombre del
primer hombre (ADÁN), cuatro
simboliza la tierra…etc. No los
abrumo: en un buen Diccionario
de Símbolos basta.
Regresemos a los sucesos. Thomas
Merton llega a la Iglesia de San
Francisco y un vendedor de
billetes no se cansa de repetir
esa combinación de cuatros que
es el número cuatro mil
cuatrocientos cuatro. Comienza
la misa, durante la epístola
llegan unos niños que ocupan los
primeros bancos acompañados de
un fraile, y terminada la
consagración los infantes
proclaman el Credo, es decir, el
símbolo de su fe, era “una gran
aclamación que salía de todos
aquellos niños cubanos, una
gozosa afirmación de fe.
“Luego, tan pronto como la
aclamación, y tan definida, mil
veces más brillante, se formó en
mi espíritu una conciencia, una
intelección, una comprensión de
lo que acababa de celebrarse en
el altar, en la consagración: de
la consagración en una forma que
le hizo pertenecerme”.
En el diario hay descripciones
de los objetos, de la ceremonia,
en la autobiografía se centra
más en la luz, en la calidad de
la luz, en el deslumbramiento y
termina afirmando:
“El Cielo está aquí, enfrente de
mí. ¡El Cielo, el Cielo!”
En medio de situaciones y luces
ordinarias, de sueños, en La
Habana, rodeado de una ciudad
exaltada y rugiente, este
muchacho tiene la sensación y la
certeza de la posibilidad del
Paraíso, se le ha acercado un
reino que hasta entonces era
solo deseo, intuición o
ejercicio intelectual.
En la autobiografía, tan útil
para observar el entorno cubano,
no encontramos los datos del
suceso o los vemos mediados por
la crítica y el error de
entender que la mística o la
experiencia mística es un asunto
directamente proporcional a un
entrenamiento de oración, por
eso habla de los diferentes
tipos de ella, y no se centra en
la experiencia esencialmente
gratuita y generosa. Vayamos al
diario: “directamente ante mis
ojos, o directamente presente a
cierta aprehensión u otro yo que
estaba por encima del de los
sentidos, estaba al mismo tiempo
Dios en toda su esencia, todo su
poder, Dios en la carne y Dios
en sí mismo y Dios rodeado por
los rostros radiantes de los
miles, de millones, del
incontable número de santos que
contemplaban su Gloria y
alababan su santo Nombre. La
inquebrantable certeza, el
conocimiento claro e inmediato
de que el cielo estaba
directamente frente a mí, me
sacudió como un rayo, me
recorrió como un fogonazo de luz
y pareció despegarme limpiamente
de la tierra.”
Este “fogonazo de luz” es la
broma, la divina ironía. Un
hombre viene a buscar a la
Caridad del Cobre, tiene cosas
que hablar con ella, cosas que
escuchar de ella, y camina, mas
no la encuentra. Regresa
frustrado, quizá dolido y hasta
resignado, y es entonces cuando
se le muestra el verdadero
sentido de su peregrinación, de
su juego. Dios es quien andaba
en su búsqueda, Dios es quien le
hace el juego, un Dios que
Thomas Merton entenderá cuando
adquiere la certeza de que el
hombre se pierde solo para ser
encontrado por Él.
Final del viaje cubano. Quizá en
otra ocasión volvamos a Thomas
Merton. Este es apenas el inicio
de su juego. Nunca más regresa a
Cuba, sin embargo, sus vínculos
con la Isla son múltiples y
sustanciosos, a través de su
discípulo nicaragüense, Ernesto
Cardenal, mantendrá una extensa
e intensa correspondencia con
Cintio Vitier, Fina García
Marruz, Eliseo Diego, Octavio
Smith, Roberto Friol y otros
poetas cubanos; se mantuvo
pendiente de la Cuba
revolucionaria, él que sería más
tarde precursor del diálogo
católico-marxista. Escribió
mucho y bueno, pero nunca olvidó
aquella canción primera escrita
en la “isla brillante”. |