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Basta
detenerse frente al
edificio, al lado de
Cinecittá, para
percatarse de que no es
esa la marca de luz de
la que habla el poeta,
no es el reflejo oscuro
de su arquitectura ni de
la extensa obra que
almacena en sus bóvedas;
las sombras están en
nosotros mismos, más
arcaicas o más lúcidas
en la manera que
diseñemos el presente y
futuro de nuestro cine,
un atributo que no
reconoce generaciones.
Arturo Soto
En 1992 tuve el primer
contacto con Arturo
Sotto —más con la obra
que con la persona— al
integrar el jurado que
le otorgó el Premio
Caracol de la UNEAC a la
mejor dirección por su
cortometraje Talco
para lo negro, filme
que sería su primer paso
reconocido dentro del
audiovisual cubano.
Desde entonces, y a lo
largo de su trayectoria
como director de ficción
y documentales, se me
fue revelando una
estética que, más allá
de gustos y preferencias
y de los riesgos propios
del oficio, nos mostraba
una inteligencia y una
voluntad creativas con
un sello muy propio.
Y en eso fue consecuente
el otro Sotto, el
escritor y futuro
colaborador de La
Gaceta de Cuba, lo
cual lo llevaría a
vincularse con la
revista, tanto que
concluimos sería una
buena adquisición para
sumar a nuestro consejo
editorial. La plenitud
de ese vínculo se
produjo cuando nos
presentó el proyecto de
un grupo de entrevistas
para publicar en el
transcurso de un año,
como homenaje a los
primeros 50 del ICAIC.
Al final, el proyecto,
el entusiasmo y la
capacidad de trabajo del
entrevistador nos
desbordaron, a pesar de
nuestra implacable
tijera de editores y la
elemental limitación de
espacio para tanta
historia que contar. Las
entrevistas sumaron 11 y
los entrevistados 14, y
el proyecto fue
materializándose en
nueve números durante
año y medio. Puede que
hayan quedado inéditas
otras entrevistas que
seguramente verán la luz
en un plazo no muy
lejano.
Por estos diálogos
transitan productores,
directores de
fotografía, sonidistas,
directores de arte,
además de representantes
igualmente relevantes
en la dirección de
animados, la edición, la
asistencia de dirección,
el trucaje y la memoria
del cine cubano, y en
particular esa que se ha
ido atesorando en una
institución que es
orgullo de la cultura
cubana.
El ICAIC será recordado
no solo por sus
películas de ficción y
documentales, sino
también por haber sido
el epicentro de
incesantes oleadas de
creación que generaron
lo mismo un Noticiero
ICAIC Latinoamericano
—hoy declarado en el
Registro La Memoria del
Mundo, de la UNESCO— con
Santiago Álvarez al
frente, que una
cartelística propia y
muy original con nombres
tan imprescindibles en
la plástica cubana como
Eduardo Muñoz Bachs
(durante varios años mi
vecino silencioso en
Línea número 10), que el
auspicio de la
innovación musical con
el Grupo de
Experimentación Sonora.
Paralelamente, promovió
el disfrute y el
conocimiento del cine
tanto llevándolo a todo
el país mediante los
llamados “cines
móviles”, que perpetuara
Octavio Cortázar en
Por primera vez,
como exhibiendo
sucesivos ciclos en la
Cinemateca de Cuba, con
Héctor García Mesa y su
equipo, e incentivando
los cines debates,
propicios para la
formación de un nuevo
público en el gusto por
lo mejor del cine
universal.
Desde las semanas
iniciales de ser creado
por Alfredo Guevara y
aquel grupo germinal que
lo acompañó —al amparo
de la Ley No. 169, la
primera legislación
concerniente a la
cultura del muy joven
Gobierno
Revolucionario—, el
ICAIC se convirtió en el
anfitrión natural, hasta
el presente, de toda una
vasta galería de figuras
de primer plano, de
diferentes promociones,
latitudes y estéticas,
del cine internacional.
Visitaban la Isla,
motivadas tanto por la
Revolución triunfante y
su posterior decursar,
como por el pueblo, la
geografía y la cultura
que la singularizaban.
El Instituto se
constituyó además en
espacio aglutinador de
la cinematografía
latinoamericana —con
animadores de la talla
de Titón, Santiago,
Humberto, Yelín y Julio
García Espinosa— mucho
antes incluso de
organizarse el primer
Festival del Nuevo Cine
y de crearse la Escuela
Internacional de San
Antonio de los Baños.
A este inagotable aporte
a la cultura nacional y
más allá de sus
fronteras, habría que
sumar la labor de
formación, empírica y
académica, de varios
miles de trabajadores,
técnicos, artistas y
profesionales en las
diversas ramas de la
creación cinematográfica
y de la promoción
audiovisual, columna
vertebral de esa
industria y de ese arte
que se celebran en estas
páginas.
El lector conocerá a
través de estas
entrevistas un conjunto
de técnicos y
especialistas, todos de
primer orden, que por lo
general tienen menos
visibilidad que los
directores y los
actores. Sus testimonios
nos darán a conocer
historias más
divulgadas, y no por eso
mejor conocidas, y otras
menos difundidas,
algunas hasta casi
olvidadas, salpicadas
todas de un delicioso
anecdotario que nos hace
“ver y oír” en sus
palabras muchas de
nuestras películas y
momentos capitales de
una zona significativa
de la cultura
cinematográfica cubana.
Cualquier indagación
tiene que estar alerta
con los llamados
márgenes o silencios en
la cultura —al menos esa
ha sido la intención de
este conjunto de
testimonios.
Se habla de lo más y de
lo menos público en la
ejecutoria de los
fundadores, pero en esas
voces, y sobre todo en
la de quien les
interroga, percibimos
también la presencia de
las promociones más
nuevas, y de las huellas
que ha ido dejando el
paso sucesivo de las
distintas generaciones.
Sotto logra capturar, en
el diálogo que
entrevistador y
entrevistado tejen tal
como si lo hicieran con
una lanzadera, la trama
de esas existencias
consagradas al cine, el
espíritu de una época,
el retrato de sus
protagonistas y el saber
de los oficios y
profesiones en el que no
se dejan fuera los
contratiempos,
aventuras,
incomprensiones, celos
profesionales,
contradicciones. Pero
por encima de todo va
quedando decantada la
generosidad y la total
entrega, el sentido de
pertenencia, la pasión y
creencia en lo que se
hace de este grupo de
trabajadores de nuestro
cine.
Con razón la dedicada
estudiosa María Eulalia
Douglas (Mayuya),
resume en este volumen
esa tradición y ese
compromiso que tomó
cuerpo desde los
primeros años:
El ICAIC fue un proyecto
de la Revolución que se
colocó en la vanguardia
de la cultura cubana y
que fue, en ciertos
aspectos, una Isla
dentro de otra Isla.
Cuentan que cuando a
alguien del ICAIC le
preguntaban: “¿Dónde tú
trabajas?” Respondía:
“Yo soy del ICAIC”.
Para las entrevistas
aquí compiladas es
válido traer a colación
lo que sobre un texto
que me es muy caro
escribió en su momento
la ensayista Graziella
Pogolotti: “Como suele
suceder en los mejores
ejemplos del género, el
diálogo muestra, a la
vez, el rostro del
entrevistador y del
entrevistado”.
En el caso de Arturo,
vale destacar que, más
que su pericia como
entrevistador, lo que
caracterizó sus
encuestas fue que las
sustentaba con el
conocimiento de las
interioridades del
ICAIC, de la historia
del cine cubano y de los
procesos artísticos y
técnicos del cine. Algo
que ha ido metabolizando
a conciencia desde su
primer aprendizaje, y
madurando durante los
años de ejercicio de su
actividad profesional.
Las entrevistas que
fueron apareciendo en la
revista, aunque amplias
y enjundiosas, son en
casi todos los casos,
por elementales
limitaciones de espacio
y exigencias de edición
(tal como ocurre en el
cine), versiones
reducidas de las
originales, a las que
ahora el lector podrá
acceder íntegramente en
este libro. Libro que
considero ya
imprescindible para el
cabal conocimiento de
una institución nacida
junto a la Revolución, y
que ha escrito —no
obstante momentos de
contradicciones y de
amargas experiencias
como toda obra humana
con sus luces y sombras
(y aquí el cine y la
realidad vuelven a
mezclarse) — un capítulo
esencial del diseño
cultural revolucionario.
Dura tarea la de hacer
cine en las condiciones
de un país pobre,
bloqueado e
históricamente
contaminado con los
estereotipos del cine
comercial, en medio de
un proceso complejo y
muy contradictorio, de
confrontación ideológica
e intentos tendenciosos
por imponer determinadas
escuelas estéticas o
esquemas políticos, unos
surgidos de manera
orgánica, otros
transplantados de
experiencias ajenas y no
muy felices.
Entre las entrevistas
que más llamaron mi
atención, se encuentra
la de Miguel Mendoza.
Desde el principio, los
interlocutores atrapan
nuestro interés bajo la
sugestiva atmósfera de
un encuentro que arranca
con el título que por
rotundo no deja de ser
justo: “Yo también soy
Cuba”. Entramos al set
donde imaginamos al
entrevistador, vemos su
rostro, adivinamos su
psicología y casi
sentimos la respiración
de la conversación que
vendrá. Y nos cuenta:
“Si alguien te comenta
que Miguel Mendoza tenía
20 años cuando lo
llamaron para ser el
director de producción
de Soy Cuba, la
película mito, quizá la
más compleja y costosa
en la historia del cine
cubano, bien vale que te
acerques y procures una
conversación; pero si
además de eso sabes que
fue el productor de
Memorias del
subdesarrollo, La
primera carga al machete
y Fresa y chocolate,
entonces el diálogo es
obligado, tentación de
primicia, o mejor, la
excusa de una vanidad
martiana: honrar, honra.
Miguel me introduce en
su despacho y acaricia
su bigote en espera de
la primera pregunta, me
observa con ojos de
viejo lobo, sabio y
resguardado. En su
mirada se asoma la
sombra de un misterio,
secretos de una época de
tormenta e iluminación.
Entre fotos, libros y
carteles de película, se
inicia la conversación
con un hombre que fue
contador, interventor,
proyeccionista,
productor de cine y
hasta cirquero.”
Hay una anécdota en la
entrevista a Pucheux
que, por su ingenio y
audacia, es por sí sola
el retrato de una época,
al mostrar la voluntad
de una sociedad de
buscar soluciones, a
veces rocambolescas,
contra carencias y
bloqueos, a como diera
lugar:
“[…] la presentación de
una falsa distribuidora
muy parecida a las de
Hollywood: Columbia,
Paramount, Warner o
cualquier otra; así
despistábamos a las
grandes compañías y sus
posibles espías en la
Isla. Creamos, con
musicón y fanfarria, la
Golden Gate, una
distribuidora imaginaria
que al parecer solo le
vendía a Cuba. Claro que
esto fue producto del
bloqueo, pero gracias al
‘operativo’ el público
cubano pudo ver
cine
norteamericano de
estreno durante toda la
década de los 80 […].”
Tal vez uno de los
rostros más vistos; pero
por su nombre menos
reconocido entre los
aquí reunidos, sea el de
Roberto Viña, Viñita,
con cuya férrea
militancia
industrialista podemos
estar en desacuerdo,
pero con quien
compartimos este pasaje
de su conversación en el
que se acerca emocionado
por su aprendizaje y
quehacer a una de las
obras maestras de la
cultura nacional, La
última cena, donde
trabaja con Titón como
script, aquí
doblemente
imprescindible por las
características de época
y la factura rigurosa
del filme: “es la
película que más me
gusta en la historia del
cine cubano, quizá la
más perfecta desde
muchos puntos de vista.
Se me hace inolvidable
por muchas cosas”. Y
también cuando nos
describe la trayectoria
de su “educación
sentimental”:
“En el ICAIC cultivé mis
mejores amigos, he
sentido la satisfacción
de sentirme útil, de ser
parte de un proyecto
cultural único, te lo
comparé con las paredes
de mi casa porque he
vivido lo que se sufre
cuando se asoman las
grietas o se debilitan
las columnas, te digo…
no sé que voy a hacerme
el día que no pueda
detenerme, una mañana de
rodaje, a hablar de cine
cubano, o de pelota, en
nuestro ‘muro de las
lamentaciones’”.
Sotto va adentrándose en
las claves de la
personalidad de sus
entrevistados, y logra
que el diálogo se
convierta en un reflejo
de sus más íntimos
resortes, lo mismo a lo
largo de toda la
conversación, que en
breves y reveladoras
aseveraciones, como
ocurre cuando acota al
final de su conversación
con el director de
fotografía Raúl
Rodríguez: “Y aquí se
detuvo la grabadora por
falta de baterías, pero
Raúl siguió hablando sin
percatarse de la
interrupción porque
cuando se desata a
hablar de cine no hay
Dios que lo contenga”.
O cuando tras la
sentencia “detrás de un
gran director siempre
hay un buen editor”,
descubre en un párrafo
la paradoja entre el
anonimato y la maestría
de su interlocutor:
“Nelson Rodríguez no fue
tan conocido o
celebrado, digamos a
nivel de los medios
masivos, hasta que le
otorgaron el Premio
Nacional de Cine. Tan
así es que en la portada
del diario Granma,
reseñando el suceso,
colocaron la foto de
otro Nelson, no menos
célebre e importante
para la cultura
nacional. Pero para los
hacedores del cine
cubano, críticos y
especialista, Nelson es
maestría y referencia,
todos sabemos que por
sus manos han pasado las
mejores películas de
nuestra cinematografía.”
Y está la conversación
colectiva, dedicada con
justicia a la memoria de
Germinal Hernández y
Raúl García, con tres
sonidistas de extensa
biografía artística como
grabadores e ingenieros:
Carlos Fernández,
Ricardo Istueta (el
Gallego) y Raúl
Amargó (Nikita),
batalladores ‘por
encontrar esa manera de
hacer donde el
espectador reconozca una
atmósfera que le ‘suene
a cubano’”. Conversación
que concluye, como en
otros momentos de este
volumen, develando el
lado más humano de los
dialogantes:
Y a partir de ese
momento se enredaron en
una discusión digna de
boleros. No la extiendo
a los lectores de La
Gaceta porque
puede parecer una
asamblea de producción y
porque ha sido ley en el
ICAIC, durante todos
estos años, que los
problemas de nosotros se
quedan dentro. Ya cuando
salíamos me comenta
Nikita, quien rebasa los
60: “Viste cómo saben de
sonido los viejos
estos”.
Todo lo humano y lo
divino de ese arte y esa
industria, lo resume
Raúl Pérez Ureta a golpe
de bolero: “Hay que
producir cine, producir
arte, un arte refinado y
de valores que es lo que
la gente quiere. Quizá
me queden pocas
películas por delante,
pero las que vengan las
haré como decía Elena
Burke: con
sentimiento”.
II
Cuando debatimos dos o
tres opciones de título
para esta serie de
entrevistas que se
publicarían en La
Gaceta, decidimos
adoptar, primero con
reserva, pero después
con total
convencimiento, el de
“Conversaciones al lado
de Cinecittá”, pues con
él se hacía un triple
guiño: a la dirección
del Instituto, a la
pizzería —cita frecuente
del público asiduo a la
Cinemateca y de los
trabajadores del ámbito
cinematográfico, una
tertulia imprescindible
de esos años— y a los
estudios de Roma
asociados con algunos de
los principales
fundadores del nuevo
cine cubano, en esos
años seminales en que el
cine de la Isla
estableció tanto en
conceptos, como en
realizaciones, vasos
comunicantes con la
estética neorrealista
que van a nutrir
legítimamente la
búsqueda de una voz
propia y emergente.
En la introducción,
Arturo nos revela las
claves personales y las
aspiraciones colectivas
que intentó interpretar
en este proyecto, que
creció ambiciosamente
como la institución que
lo motivó:
“[…] un saberse
responsable, y miembro,
de la Institución que
representaba la
vanguardia del arte en
medio de un proceso
revolucionario, lo cuál
añade una doble
significación. Yo crecí
con ese mito, o mejor
aún, con esa constancia.
[...] muchas de estas
personas ‘desconocidas’
atesoran anécdotas y
experiencias que narran
la historia de nuestra
cinematografía y
enriquecen la visión de
lo hecho. Contar, sin
limitaciones de ninguna
clase, la historia del
cine cubano de estos
años con sus luces y sus
sombras, sus aciertos y
sus fracasos.”
Director y/o guionista
de cerca de una veintena
de cortos, medios y
largometrajes, entre
documentales y ficción,
Sotto se nos presenta
ahora como un excelente
autor de entrevistas.
Para él, y para todos
los aquí reunidos
resulta válida —se
siente en cada una de
sus preguntas y
comentarios, en las
repuestas y en los
silencios— la conclusión
a la que llega con uno
de los entrevistados, al
intercambiar con el
reconocido productor
Camilo Vives: “y cuando
escribo “vida” lo hago
en toda su
significación, porque
para los que amamos la
magia sibarita de la
sala oscura, el cine es
la vida. [...] y hay
amores y procesos que
son irrepetibles”.
A veces, como parte de
un diálogo que fluye
libremente, se nos
mezclan las confesiones
del entrevistador, como
cuando Sotto da a
conocer que desde
temprana edad la obra de
Juan Padrón “y las
comedias silentes que
animaba Armando Calderón
marcaron, en alguna
medida, mi vocación por
el cine”. O cuando nos
cuenta la época en que
Diana y Derubín, en ese
texto que tan
apropiadamente se llama
“Los novios”, fueron sus
maestros en la Facultad
de Artes Escénicas del
Instituto Superior de
Arte: “Ella me enseñó la
historia del traje, él
los secretos de la
tramoya teatral. Regreso
a la casa de ingenio y
conspiración con el
espíritu chejoviano del
eterno estudiante, busco
entre los cerezos del
jardín el conocimiento,
las astucias del oficio
y la pasión que edifica
a los artistas”.
Lesbia Vent Dumois, en
la presentación del
número de la revista
donde aparece publicada,
comenta lo que disfrutó
esta entrevista, y el
resultado del autor que
“como él mismo expresa,
pretendía convertirla en
indagación de
motivaciones por ser las
que al final definen la
vocación. Excelente
diálogo por el tono
intimista, ameno,
sincero, que de
principio a fin
transmite la
inteligencia, magisterio
y profesionalidad de esa
pareja de artistas”.
El saldo de este libro
hace valedera la rotunda
y certera afirmación que
puede enarbolar como
suya cada uno de los
nombres públicos y
anónimos que desfilan
por estas entrevistas:
“Nosotros somos el
ICAIC”. Sin duda, este
libro
constituye una
referencia, nueva e
indispensable, para el
investigador del
porvenir.
Quisiera terminar estas
breves palabras al
lector, compartiendo la
satisfacción que
representó para todo el
equipo de La Gaceta
de Cuba el
intercambio provechoso
que dio lugar a la
publicación de estas
entrevistas, merecido
homenaje a los 50 años
del ICAIC, y que hoy
reunidas en un todo
ponemos en sus manos.
Al iniciarse el tercer
milenio, todavía sigue
discutiéndose un tema
heredado del siglo
XX: la identidad,
y junto con él la idea
más universal y a la vez
más cargada de
ambigüedad: la
“futuridad”. Nada tan
actual como la tensión
que se genera en la
interrelación de esos
conceptos. Sociedades
multiculturales,
multiétnicas donde
género, clase, economía,
política, religión,
globalización establecen
el incesante
contrapunteo entre país
de origen y país
receptor, y en muchos
casos afrontando esta
contienda en el pasado y
en el presente de la
misma sociedad. El
reflejo de todo esto, en
el debate académico de
hoy, es objeto de
infinitas y legítimas
indagaciones, en las que
sujeto y nación tratan
de encontrar respuestas.
En el contexto de la
globalización, dentro
del cual cultura y
hegemonía económica
estandarizan los cánones
y profundizan
desigualdades, nos toca
reconocer la identidad
cubana y su futuro.
Estamos hablando de una
cultura multiplicada por
el proceso histórico que
prefigura la diversidad
de caminos que han
trazado los últimos 50
años; proceso
excepcionalmente
catalizado por la
Revolución de 1959,
magma natural donde se
gestó una expresión
plena y contemporánea
del cine cubano y
latinoamericano.
Por eso, nada mejor que
la voz en off de Arturo
Sotto para concluir esta
evocación de imágenes y
sonidos que se leen:
“Conversaciones al lado
de Cinecittá
[…] se propone honrar,
reconocer, significar la
labor, el espíritu de
una Institución y un
sentido del arte; un
apego y un compromiso de
pertenencia que se
diluye en medio de tanto
bullicio económico,
desidia, también de
renovación, o
simplemente del saber
adaptarse a las nuevas
circunstancias. Un mirar
a lo hecho sin la
inercia que anida en la
contemplación, un reto
que dialogue con lo
metafórico de una frase
que leí, no hace mucho,
de un sabio cubano:
‘nuestra nostalgia de la
futuridad’.”
El Vedado, octubre 2009
Prólogo al libro de
Arturo Sotto
Conversaciones al lado
de Cinecittá,
Ediciones ICAIC, La
Habana, 2009, que será
presentado en la Feria
Internacional del Libro
2010
en la sala José Antonio
Portuondo
el
domingo 14 de febrero a
las cuatro de la tarde.
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