Año VIII
La Habana
del 6 al 12
de FEBRERO
de 2010

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

LA OTRA CUERDA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

ENREDOS

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

Imágenes y sonidos que se leen

Norberto Codina • La Habana

 

Basta detenerse frente al edificio, al lado de Cinecittá, para percatarse de que no es esa la marca de luz de la que habla el poeta, no es el reflejo oscuro de su arquitectura ni de la extensa obra que almacena en sus bóvedas; las sombras están en nosotros mismos, más arcaicas o más lúcidas en la manera que diseñemos el presente y futuro de nuestro cine, un atributo que no reconoce generaciones.
Arturo Soto

En 1992 tuve el primer contacto con Arturo Sotto —más con la obra que con la persona— al integrar el jurado que le otorgó el Premio Caracol de la UNEAC a la mejor dirección por su cortometraje Talco para lo negro, filme que sería su primer paso reconocido dentro del audiovisual cubano. Desde entonces, y a lo largo de su trayectoria como director de ficción y documentales, se me fue revelando una estética que, más allá de gustos y preferencias y de los riesgos propios del oficio, nos mostraba una inteligencia y una voluntad creativas con un sello muy propio.

Y en eso fue consecuente el otro Sotto, el escritor y futuro colaborador de La Gaceta de Cuba, lo cual lo llevaría a vincularse con la revista, tanto que concluimos sería una buena adquisición para sumar a nuestro consejo editorial. La plenitud de ese vínculo se produjo cuando nos presentó el proyecto de un grupo de entrevistas para publicar en el transcurso de un año, como homenaje a los primeros 50 del ICAIC.

Al final, el proyecto, el entusiasmo y la capacidad de trabajo del entrevistador nos desbordaron, a pesar de nuestra implacable tijera de editores y la elemental limitación de espacio para tanta historia que contar. Las entrevistas sumaron 11 y los entrevistados 14, y el proyecto fue materializándose en nueve números durante año y medio. Puede que hayan quedado inéditas otras entrevistas que seguramente verán la luz en un plazo no muy lejano.

Por estos diálogos transitan productores, directores de fotografía, sonidistas, directores de arte, además de representantes igualmente  relevantes en la dirección de animados, la edición, la asistencia de dirección, el trucaje y la memoria del cine cubano, y en particular esa que se ha ido atesorando en una institución que es orgullo de la cultura cubana.

El ICAIC será recordado no solo por sus películas de ficción y documentales, sino también por haber sido el epicentro de incesantes oleadas de creación que generaron lo mismo un Noticiero ICAIC Latinoamericano —hoy declarado en el Registro La Memoria del Mundo, de la UNESCO— con Santiago Álvarez al frente, que una cartelística propia y muy original con nombres tan imprescindibles en la plástica cubana como Eduardo Muñoz Bachs (durante varios años mi vecino silencioso en Línea número 10), que el auspicio de la innovación musical con el Grupo de Experimentación Sonora. Paralelamente, promovió el disfrute y el conocimiento del cine tanto llevándolo a  todo el país mediante los llamados “cines móviles”, que perpetuara Octavio Cortázar en Por primera vez, como exhibiendo sucesivos ciclos en la Cinemateca de Cuba, con Héctor García Mesa y su equipo, e incentivando los cines debates, propicios para la formación de un nuevo público en el gusto por lo mejor del cine universal.

Desde las semanas iniciales de ser creado por Alfredo Guevara y aquel grupo germinal que lo acompañó —al amparo de la Ley No. 169, la primera legislación concerniente a la cultura del muy joven Gobierno Revolucionario—, el ICAIC se convirtió en el anfitrión natural, hasta el presente, de toda una vasta galería de figuras de primer plano, de diferentes promociones, latitudes y estéticas, del cine internacional. Visitaban la Isla, motivadas tanto por la Revolución triunfante y su posterior decursar, como por el pueblo, la geografía y la cultura que la singularizaban. El Instituto se constituyó además en espacio aglutinador de la cinematografía latinoamericana —con animadores de la talla de Titón, Santiago, Humberto, Yelín y Julio García Espinosa— mucho antes incluso de organizarse el primer Festival del Nuevo Cine y de crearse la Escuela Internacional de San Antonio de los Baños.

A este inagotable aporte a la cultura nacional y más allá de sus fronteras, habría que sumar la labor de formación, empírica y  académica, de varios miles de trabajadores, técnicos, artistas y profesionales en las diversas ramas de la creación cinematográfica y de la promoción audiovisual, columna vertebral de esa industria y de ese arte que se celebran en estas páginas.  

El lector conocerá a través de estas entrevistas un conjunto de técnicos y especialistas, todos de primer orden, que por lo general tienen menos visibilidad que los directores y los actores. Sus testimonios nos darán a conocer historias más divulgadas, y no por eso mejor conocidas, y otras menos difundidas, algunas hasta casi olvidadas, salpicadas todas de un delicioso anecdotario que nos hace “ver y oír” en sus palabras muchas de nuestras películas y momentos capitales de una zona significativa de la cultura cinematográfica cubana.

Cualquier indagación tiene que estar alerta con los llamados márgenes o silencios en la cultura —al menos esa ha sido la intención de este conjunto de testimonios.

Se habla de lo más y de lo menos público en la ejecutoria de los fundadores, pero en esas voces, y sobre todo en la de quien les interroga, percibimos también la presencia de las promociones más nuevas, y de las huellas que ha ido dejando el paso sucesivo de las distintas generaciones.

Sotto logra capturar, en el diálogo que entrevistador y entrevistado tejen tal como si lo hicieran con una lanzadera, la trama de esas existencias consagradas al cine, el espíritu de una época, el retrato de sus protagonistas y el saber de los oficios y profesiones en el que no se dejan fuera los contratiempos, aventuras, incomprensiones, celos profesionales, contradicciones. Pero por encima de todo va quedando decantada la generosidad y la total entrega, el sentido de pertenencia, la pasión y creencia en lo que se hace de este grupo de trabajadores de nuestro cine.

Con razón la dedicada estudiosa María Eulalia Douglas (Mayuya), resume en este volumen esa tradición y ese compromiso que tomó cuerpo desde los primeros años:

El ICAIC fue un proyecto de la Revolución que se colocó en la vanguardia de la cultura cubana y que fue, en ciertos aspectos, una Isla dentro de otra Isla. Cuentan que cuando a alguien del ICAIC le preguntaban: “¿Dónde tú trabajas?” Respondía: “Yo soy del ICAIC”.

Para las entrevistas aquí compiladas es válido traer a colación lo que sobre un texto que me es muy caro escribió en su momento la ensayista Graziella Pogolotti: “Como suele suceder en los mejores ejemplos del género, el diálogo muestra, a la vez, el rostro del entrevistador y del entrevistado”.

En el caso de Arturo, vale destacar que, más que su pericia como entrevistador, lo que caracterizó sus encuestas fue que las sustentaba con el conocimiento de las interioridades del ICAIC, de la historia del cine cubano y de los procesos artísticos y técnicos del cine. Algo que ha ido metabolizando a conciencia desde su primer aprendizaje, y madurando durante los años de ejercicio de su actividad profesional.

Las entrevistas que fueron apareciendo en la revista, aunque amplias y enjundiosas, son en casi todos los casos, por elementales limitaciones de espacio y exigencias de edición (tal como ocurre en el cine), versiones reducidas de las originales, a las que ahora el lector  podrá acceder íntegramente en este libro. Libro que considero ya imprescindible para el cabal conocimiento de una institución nacida junto a la Revolución, y que ha escrito  —no obstante momentos de contradicciones y de amargas experiencias como toda obra humana con sus luces y sombras (y aquí el cine y la realidad vuelven a mezclarse) — un capítulo esencial del diseño cultural revolucionario.

Dura tarea la de hacer cine en las condiciones de un país pobre, bloqueado e históricamente contaminado con los estereotipos del cine comercial, en medio de un proceso complejo y muy contradictorio,  de confrontación ideológica e intentos tendenciosos por imponer determinadas escuelas estéticas o esquemas políticos, unos surgidos de manera orgánica, otros transplantados de experiencias ajenas y no muy felices.

Entre las entrevistas que más llamaron mi atención, se encuentra la de Miguel Mendoza. Desde el principio, los interlocutores atrapan nuestro interés bajo la sugestiva atmósfera de un encuentro que arranca con el título que por rotundo no deja de ser justo: “Yo también soy Cuba”. Entramos al set donde imaginamos al  entrevistador, vemos su rostro, adivinamos su psicología y casi sentimos la respiración de la conversación que vendrá. Y nos cuenta:

“Si alguien te comenta que Miguel Mendoza tenía 20 años cuando lo llamaron para ser el director de producción de Soy Cuba, la película mito, quizá la más compleja y costosa en la historia del cine cubano, bien vale que te acerques y procures una conversación; pero si además de eso sabes que fue el productor de Memorias del subdesarrollo, La primera carga al machete y Fresa y chocolate, entonces el diálogo es obligado, tentación de primicia, o mejor, la excusa de una vanidad martiana: honrar, honra. Miguel me introduce en su despacho y acaricia su bigote en espera de la primera pregunta, me observa con ojos de viejo lobo, sabio y resguardado. En su mirada se asoma la sombra de un misterio, secretos de una época de tormenta e iluminación. Entre fotos, libros y carteles de película, se inicia la conversación con un hombre que fue contador, interventor, proyeccionista, productor de cine y hasta cirquero.”

Hay una anécdota en la entrevista a Pucheux que, por su ingenio y audacia, es por sí sola el retrato de una época, al mostrar la voluntad de una sociedad de buscar soluciones, a veces rocambolescas, contra carencias y bloqueos, a como diera lugar:

“[…] la presentación de una falsa distribuidora muy parecida a las de Hollywood: Columbia, Paramount, Warner o cualquier otra; así despistábamos a las grandes compañías y sus posibles espías en la Isla. Creamos, con musicón y fanfarria, la Golden Gate, una distribuidora imaginaria que al parecer solo le vendía a Cuba. Claro que esto fue producto del bloqueo, pero gracias al ‘operativo’ el público cubano pudo ver  cine  norteamericano  de  estreno durante toda la década de los 80 […].”

Tal vez uno de los rostros más vistos; pero por su nombre menos reconocido entre los aquí reunidos, sea el de Roberto Viña, Viñita, con cuya férrea militancia industrialista podemos estar en desacuerdo,  pero con quien compartimos este pasaje de su conversación en el que se acerca emocionado por su aprendizaje y quehacer a una de las obras maestras de la cultura nacional, La última cena, donde trabaja con Titón como script, aquí doblemente imprescindible por las características de época y la factura rigurosa del filme: “es la película que más me gusta en la historia del cine cubano, quizá la más perfecta desde muchos puntos de vista. Se me hace inolvidable por muchas cosas”. Y también cuando nos describe la trayectoria de  su “educación sentimental”:

“En el ICAIC cultivé mis mejores amigos, he sentido la satisfacción de sentirme útil, de ser parte de un proyecto cultural único, te lo comparé con las paredes de mi casa porque he vivido lo que se sufre cuando se asoman las grietas o se debilitan las columnas, te digo… no sé que voy a hacerme el día que no pueda detenerme, una mañana de rodaje, a hablar de cine cubano, o de pelota, en nuestro ‘muro de las lamentaciones’”.

Sotto va adentrándose en las claves de la personalidad de sus entrevistados, y logra que el diálogo se convierta en un reflejo de sus más íntimos resortes, lo mismo a lo largo de toda la conversación, que en breves y reveladoras aseveraciones, como ocurre cuando acota al final de su conversación con el director de fotografía Raúl Rodríguez: “Y aquí se detuvo la grabadora por falta de baterías, pero Raúl siguió hablando sin percatarse de la interrupción porque cuando se desata  a hablar de cine no hay Dios que lo contenga”.

O cuando tras la sentencia “detrás de un gran director siempre hay un buen editor”, descubre en un párrafo la paradoja entre el anonimato y la maestría de su interlocutor:

“Nelson Rodríguez no fue tan conocido o celebrado, digamos a nivel  de los medios masivos, hasta que le otorgaron el Premio Nacional de Cine. Tan así es que en la portada del diario Granma, reseñando el suceso, colocaron la foto de otro Nelson, no menos célebre e importante para la cultura nacional. Pero para los hacedores del cine cubano, críticos y especialista,  Nelson es maestría y referencia, todos sabemos que por sus manos han pasado las mejores películas de nuestra cinematografía.”

Y está la conversación colectiva, dedicada con justicia a la memoria de Germinal Hernández y Raúl García, con tres sonidistas de extensa biografía artística como grabadores e ingenieros: Carlos Fernández, Ricardo Istueta (el Gallego) y Raúl Amargó (Nikita), batalladores ‘por encontrar esa manera de hacer  donde el espectador reconozca una atmósfera que le ‘suene a cubano’”. Conversación que concluye, como en otros momentos de este volumen, develando el lado más humano de los dialogantes:

Y a partir de ese momento se enredaron en una discusión digna de boleros. No la extiendo a los lectores de La Gaceta porque puede parecer una asamblea de producción y porque ha sido ley en el ICAIC, durante todos estos años, que los problemas de nosotros se quedan dentro. Ya cuando salíamos me comenta Nikita, quien rebasa los 60: “Viste cómo saben de sonido los viejos estos”.

Todo lo humano y lo divino de ese arte y esa industria, lo resume Raúl Pérez Ureta a golpe de bolero: “Hay que producir cine, producir arte, un arte refinado y de valores que es lo que la gente quiere. Quizá me queden pocas películas por delante, pero las que vengan las haré como decía Elena Burke: con sentimiento”. 

II

Cuando debatimos dos o tres opciones de título para esta serie de entrevistas que se publicarían en La Gaceta, decidimos adoptar,  primero con reserva, pero después con total convencimiento, el de “Conversaciones al lado de Cinecittá”, pues con él se hacía un triple guiño: a la dirección del Instituto, a la pizzería —cita frecuente del público asiduo a la Cinemateca y de los trabajadores del ámbito cinematográfico, una tertulia imprescindible de esos años— y a los estudios de Roma asociados con algunos de los principales fundadores del nuevo cine cubano, en esos años seminales en que el cine de la Isla estableció tanto en conceptos, como en realizaciones, vasos comunicantes con la estética neorrealista que van a nutrir legítimamente la búsqueda de una voz propia y emergente.

En la introducción, Arturo nos revela las claves personales y las aspiraciones colectivas que intentó interpretar en este proyecto, que creció ambiciosamente como la institución que lo motivó:

“[…] un saberse responsable, y miembro, de la Institución que representaba la vanguardia del arte en medio de un proceso revolucionario, lo cuál añade una doble significación. Yo crecí con ese mito, o mejor aún, con esa constancia. [...] muchas de estas personas ‘desconocidas’ atesoran anécdotas y experiencias que narran la historia de nuestra cinematografía y enriquecen la visión de lo hecho. Contar, sin limitaciones de ninguna clase, la historia del cine cubano de estos años con sus luces y sus sombras, sus aciertos y sus fracasos.”

Director y/o guionista de cerca de una veintena de cortos, medios y largometrajes, entre documentales y ficción, Sotto se nos presenta ahora como un excelente autor de entrevistas. Para él, y para todos los aquí reunidos resulta válida —se siente en cada una de sus preguntas y comentarios, en las repuestas y en los silencios— la conclusión a la que llega con uno de los entrevistados, al intercambiar con el reconocido productor Camilo Vives: “y cuando escribo “vida” lo hago en toda su significación, porque para los que amamos la magia sibarita de la sala oscura, el cine es la vida. [...] y hay amores y procesos que son irrepetibles”.

A veces, como parte de un diálogo que fluye libremente, se nos mezclan las confesiones del entrevistador, como cuando Sotto da a conocer que desde temprana edad la obra de Juan Padrón “y las comedias silentes que animaba Armando Calderón marcaron, en alguna medida, mi vocación por el cine”. O cuando nos cuenta  la época en que Diana y Derubín, en ese texto que tan apropiadamente se llama “Los novios”, fueron sus maestros en la Facultad de Artes Escénicas del Instituto Superior de Arte: “Ella me enseñó la historia del traje, él los secretos de la tramoya teatral. Regreso a la casa de ingenio y conspiración con el espíritu chejoviano del eterno estudiante, busco entre los cerezos del jardín el conocimiento, las astucias del oficio y la pasión que edifica a los artistas”.

Lesbia Vent Dumois, en la presentación del número de la revista donde aparece publicada, comenta lo que disfrutó esta entrevista, y el resultado del autor que “como él mismo expresa, pretendía convertirla en indagación de motivaciones por ser las que al final definen la vocación. Excelente diálogo por el tono intimista, ameno, sincero, que de principio a fin transmite la inteligencia, magisterio y profesionalidad de esa pareja de artistas”.

El saldo de este libro hace valedera la rotunda y certera afirmación que puede enarbolar como suya cada uno de los nombres públicos y anónimos que desfilan por estas entrevistas: “Nosotros somos el ICAIC”. Sin duda, este libro constituye una referencia, nueva e indispensable, para el investigador del porvenir.

Quisiera terminar estas breves palabras al lector, compartiendo la satisfacción que representó para todo el equipo de La Gaceta de Cuba el intercambio provechoso que dio lugar a la publicación de estas entrevistas, merecido homenaje a los 50 años del ICAIC, y que hoy reunidas en un todo ponemos en sus manos.

Al iniciarse el tercer milenio, todavía sigue discutiéndose un tema heredado del siglo XX: la identidad, y junto con él la idea más universal y a la vez más cargada de ambigüedad: la “futuridad”. Nada tan actual como la tensión que se genera en la interrelación de esos conceptos. Sociedades multiculturales, multiétnicas donde género, clase, economía, política, religión, globalización establecen el incesante contrapunteo entre país de origen y país receptor, y en muchos casos afrontando esta contienda en el pasado y en el presente de la misma sociedad. El reflejo de todo esto, en el debate académico de hoy, es objeto de infinitas y legítimas indagaciones, en las que sujeto y nación tratan de encontrar respuestas.

En el contexto de la globalización, dentro del cual cultura y hegemonía económica estandarizan los cánones y profundizan desigualdades, nos toca reconocer la identidad cubana y su futuro. Estamos hablando de una cultura multiplicada por el proceso histórico que prefigura la diversidad de caminos que han trazado los últimos 50 años; proceso excepcionalmente catalizado por la Revolución de 1959, magma natural donde se gestó una expresión plena y contemporánea del cine cubano y latinoamericano.

Por eso, nada mejor que la voz en off de Arturo Sotto para concluir esta evocación de imágenes y sonidos que se leen:

“Conversaciones al lado de Cinecittá […] se propone honrar, reconocer, significar la labor, el espíritu de una Institución y un sentido del arte; un apego y un compromiso de pertenencia que se diluye en medio de tanto bullicio económico, desidia, también de renovación, o simplemente del saber adaptarse a las nuevas circunstancias. Un mirar a lo hecho sin la inercia que anida en la contemplación, un reto que dialogue con lo metafórico de una frase que leí, no hace mucho, de un sabio cubano: ‘nuestra nostalgia de la futuridad’.” 

El Vedado, octubre 2009

Prólogo al libro de Arturo Sotto Conversaciones al lado de Cinecittá, Ediciones ICAIC, La Habana, 2009, que será presentado en la Feria Internacional del Libro 2010 en la sala José Antonio Portuondo el domingo 14 de febrero a las cuatro de la tarde.

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
IE-Firefox, 800x600