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ENTREVISTA CON EKATERINA DIOGOT

“La literatura unifica el arte contemporáneo ruso”

Marianela González • La Habana

Fotos: Jorge Ramírez (La Jiribilla)

Ekaterina Diogot es una institución en Rusia. Más de la mitad de su vida ha transcurrido entre la curaduría y la historiografía del arte contemporáneo de su país. Y lo ha hecho como nadie antes. Su texto Arte ruso del siglo XX es perseguido con avidez por quienes prefieren acercarse a esa creación desde criterios endógenos. Se desempeña también en la crítica de arte y colabora como especialista en la galería Tetriakov. Sus obras curatoriales resultan siempre polémicas, de un interés particular: la exposición Moscú-Berlín, la muestra de ropa interior en el periodo soviético y su trabajo en el pabellón de Rusia en la Bienal de Venecia, son algunos ejemplos.

Pero el propósito de su primera visita a Cuba no es presentar un libro ni asumir la curaduría de una muestra. Ekaterina ha venido a la Feria de La Habana a impartir la conferencia El nuevo arte ruso desde el conceptualismo moscovita, un recorrido por la producción artística más reciente de su país que incluyó la síntesis magistral del más de medio siglo que la precede: vanguardia, arte soviético, realismo socialista, cartelística, fotografía, conceptualismo. Un encuentro en la Sala Portuondo que terminó en uno de los muros de La Cabaña, frente a la bahía, en diálogo informal con un público que reservaba inquietudes aun luego de dos horas de intercambio. También los periodistas.  

Yo diría que gran parte de las periodizaciones y clasificaciones acerca del arte ruso contemporáneo a las que se tiene acceso provienen de investigadores occidentales, ya sea por cuestión del idioma o por otras circunstancias. Incluso en Cuba, en las décadas de los 60 y 70, no todo el arte soviético era conocido. ¿Cómo se plantea usted entonces, como historiadora, la tarea de presentar el arte contemporáneo ruso fuera de sus fronteras?

Eso que me cuentas me sucede muchas veces, cuando voy a otros países a impartir conferencias. Aquí en Cuba, especialmente, quise visitar primero la escuela de arte e indagar acerca de lo que se conoce del arte ruso. Por eso he preferido, como muchas veces,  hacer una presentación cuyas clasificaciones y periodizaciones han sido sistematizadas en mi libro Arte ruso del siglo XX.  Cuando estaba preparando la conferencia, estaba consciente de que no es un tema muy conocido. En el mundo se conoce a Malevich y el “Cuadrado negro”, a veces a Kavakov. Pero de modo general no se conoce el arte contemporáneo ruso. Y es normal.

¿Por qué?

En primer lugar porque muy pocos artistas rusos logran hacer carrera internacional. Kavakov tiene la carrera internacional más grande de los nuevos artistas rusos. Y cuando llego a otros países, siempre digo: ¿y cómo habrían de conocerlos? Las exposiciones internacionales, muchas de las bienales, las galerías, todo se trata de dinero. ¿Y quién puede pagarlo? Cuba, por ejemplo, no puede; tampoco Rusia.

¿Cómo describiría usted hoy la relación del arte ruso contemporáneo con el mercado?

Hace diez años, era algo muy débil. No existía, por ejemplo, la influencia del arte político y por tanto su aceptación internacional; pero hoy es muy fuerte. Con el poscomunismo se ha ido generando a un ritmo muy fuerte.

El arte político ruso es muy seguido desde Occidente. ¿También lo es por el público ruso?

Ciertamente, el arte político, el arte crítico, es muy bien aceptado en Occidente. Se registra en publicaciones en inglés. No obstante, los que algunos consideran más interesantes tienen un destino más incierto, más difícil, pues son los que vienen desde una tradición realista poco aceptada. Pero el arte contemporáneo en Rusia es popular en su versión comercial, el gran público no se interesa por el arte político. El arte es popular como parte de la industria de la distracción.

¿Qué significó para los historiadores del arte la desaparición de la Unión Soviética?

Eso puede verse desde dos aristas. En primer lugar, el hecho de visitar otros países. Estudiábamos el arte griego, pero nunca lo vimos. Antes, la situación muy cerrada, no podíamos visitar ningún país. Y por otra parte, más importante, entender qué era en el arte ruso lo verdaderamente original y qué no.

¿Qué visión de la sociedad rusa y del mundo en general puede percibirse en esas obras contemporáneas? ¿Hay alguna constante?

Hay diferentes tendencias: los realistas, los que apuestan por el arte político, y también los que continúan las tradiciones del socialismo. Desde lo más radical hasta lo más moderado. Pero lo fundamental en el arte político, ese que tiene mucha fuerza desde los últimos años, es que los artistas toman un punto de vista anticapitalista viviendo el capitalismo.

¿Se advierte algún diálogo con la literatura?

Sí. Precisamente, si hablamos de lo que es típico para el arte contemporáneo ruso en general, lo que es una constante, es su relación o cercanía con la literatura. Muy a menudo, los artistas cumplen un papel como escritores, pues en sus obras narran historias. Es frecuente en instalaciones, por ejemplo, donde escriben textos que acompañan el ejercicio plástico.

Muchos artistas emigraron durante el socialismo y continuaron produciendo fuera del país. ¿Cómo se percibe hoy ese fenómeno? ¿Dialogan o divergen sus obras?

Ahora nadie emigra, pero emigraron en el tiempo soviético y aquellos que lo hicieron chocaron con la realidad del capitalismo. Es por eso que lo que hoy se hace en Moscú se acerca a lo que se hace en Nueva York. Ahora no hay diferencias. Los artistas no emigran, regresan.

Lo que se hace hoy en Rusia tiene muchos puntos en contacto con lo que se hace en otros lugares. En el mundo en general, sucede. También es cercano al arte cubano. Lo que vi en el museo en La Habana es muy interesante. Los artistas rusos hacen sus obras en Rusia, estudian y hablan en ruso. Por eso pertenecen a nuestra cultura y comparten sus signos.

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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