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Ondjaki:
Buenos días, camaradas: una invitación a pensar Angola

Mabel Machado • La Habana

Fotos: La Jiribilla



Conversar con Ondjaki, el guerrero
1 de las nuevas letras en Angola, emociona doblemente: se trata de un joven nacido después de la liberación de ese país, ejemplo de que la literatura ―la buena literatura― es un continuo que seguirá fluyendo. Por otra parte, Ndalu de Almeida ―su nombre real― que hoy viene a la 19 Feria del Libro como escritor, fue educado en su país por maestros internacionalistas cubanos a los que él ha dedicado casi por entero su primera novela. Este descendiente de portugueses y angolanos, es entonces también, uno de los frutos del afecto y los largos brazos solidarios de la pequeña Cuba, que se tienden a los países hermanos del resto del mundo.

Se dice que Ondjaki (Luanda, 1977) es uno de los más prometedores escritores de lengua portuguesa en África. Licenciado en Sociología, cursó estudios de doctorado en la Universidad Oriental de Nápoles y pertenece a la Unión de Escritores Angolanos.

El pasado año estuviste en Cuba como Jurado del Premio Casa de las Américas. En esta Feria se presenta tu libro Buenos días, camaradas. ¿Qué te relaciona con Cuba, qué te hace no rechazar estas invitaciones?

Lo que me vincula a la Isla ya es muy antiguo. En Angola tuve profesores cubanos. En 2009 fui invitado por Casa a evaluar las obras de literatura en lengua portuguesa, lo cual resultó una experiencia muy rica. Yo conocía ya esta institución, sobre todo a partir de su revista; pero el año pasado hice algunos contactos, que me permitieron vincularme a los editores de mi libro Buenos días, camaradas. Este texto ya se publicó en Uruguay y México, y esta es una adaptación de la traducción mexicana.

Más que haber venido el año pasado como jurado, venir a la Feria del Libro a presentar este texto, es algo que yo quería que pasase hace mucho tiempo; porque está escrito sobre todo para mis profesores cubanos y dedicado a todos los cubanos. Lo que he querido siempre, es poder encontrar a mis profesores con este libro; lo que deseo es que alguien lo lea, y se lo pase a alguien más que tenga algún nexo con esas personas.

La Casa editora del texto en Cuba, Gente Nueva, es la editorial de los niños y los jóvenes. En Buenos días… hay un regreso a tu Luanda natal, a tu infancia y, por otro lado, están los cubanos… en esos dos sentidos, ¿cómo se proyecta la novela hacia los jóvenes, y con qué rostro aparecen los cubanos?

En realidad, no lo escribí para los jóvenes, sino para un público más amplio; pero en algunos países como Suiza, Francia y ahora en Cuba, lo han colocado en colecciones juveniles. A mí lo que más me importaba era que estuviera disponible en este país, sin reparar en el formato.

Lo cierto es que el narrador del libro, un niño de unos diez o 12 años, le imprime en general el tono de una novela para jóvenes. En Angola ha sido leído por todo tipo de personas, porque recrea la vivencia política, afectiva y de felicidad de un grupo de niños en los 80 en Luanda. La gente fuera de nuestro país se imagina que nosotros estábamos muy mal con la comida racionalizada, con la falta de luz y agua; pero el libro se sobrepone a eso, intentando decir que la infancia es un mapa de felicidad, que hay otras cosas que hacen el afecto.

Por otro lado, una de las cuestiones más significativas del libro es la relación entre este grupo de niños ―del cual yo formaba parte― y los maestros cubanos: una relación muy especial, que se iba fuera de la escuela, porque en la mañana asistíamos a clases y por la tarde íbamos a sus casas para estar con ellos, conversar, comer o jugar. Se desarrolló un vínculo que también es de cierto modo ideológico, pero sobre todo, más humana. Todo eso está tratado de manera ficcional en el libro, aunque los episodios que se narran son verdaderos, a pesar de lo más increíble que pueda pasar. Lo que sucede es que no ocurrió todo en el mismo año y yo lo situé en igual período de tiempo, para hacerlo coincidir con el momento en el que los profesores cubanos se marcharon de Angola.

Entonces, se convierte también en un libro de despedidas: el narrador se despide de su infancia, de sus maestros y de otro personaje que comparte con él la historia.

Para mí será muy importante saber cómo ven los cubanos este libro, porque con estos profesores ―mis personajes― tuve una relación muy personal.

Perteneces a una generación de artistas de Angola que se diferencia de una anterior, la cual vivió en el país antes de la independencia del 75. ¿Cómo describes las diferencias o los puntos de confluencia entre tu generación de escritores y la anterior?

Nosotros somos la primera generación que creció en un país libre. Ello tiene mucha repercusión en nuestras vivencias artísticas. La libertad en Angola viene con una internacionalización muy fuerte: la presencia de los cubanos, los rusos, los búlgaros. A mi entender, esta mezcla de situaciones caracterizó nuestra generación.

Lo que pasa entre nosotros y los escritores que nos han precedido, es una preocupación con el pensar el país. ¿Qué nación es esta? ¿Qué es la identidad nacional angolana? Estas cuestiones no son generacionales, sino de siempre.

Ahora mismo, en relación con los autores de los 80 y los 90, tal vez la poesía se escriba de un modo más personal, más intimista, ya no es tan patriótica o tan política. Los libros no han dejado de tener un mensaje político, pero no es imprescindible que lo tenga. Un libro o una pintura es sobre todo un trabajo artístico, aunque tenga contenidos políticos.

¿Cómo se ha producido en tu carrera el tránsito de la poesía a la novela?

Me considero poco poeta. Aunque escribo mucha poesía, publico escasamente. Lo que en verdad me gusta son los cuentos cortos ―los tres libros que tengo publicados, lo demuestran― y las novelas, que son por lo general cortas. Empecé con un libro de poemas, pero al final uno transita entre géneros literarios de acuerdo con la necesidad de la historia que quiere contar. Muchas veces en la poesía estoy contando pequeñas historias; mi poesía es de historias, y mi prosa, dicen, es un poco poética. Si hay algo de poeta en una persona, esto se manifiesta, aunque no escriba uno de los que llamamos libro de poemas.

El año pasado estabas en pleno proceso de escritura de una nueva novela que tendrá por título Los transparentes. ¿Qué ha pasado con este texto?

La estaba preparando hacía mucho tiempo y finalmente la terminé. Ahora mismo la estoy revisando para que salga a finales de este año o comienzos del siguiente. Es un trabajo un poco más profundo, más largo.

Esta fase de revisión es muy importante para mí. Hago muchas revisiones, e invierto mucho tiempo en ellas. No sé qué cuesta más, escribir o revisar, este último es un proceso en el que hay que cambiar algunos elementos. Cuando revisas, estás escribiendo el libro con más rigor que antes. Es en el corte, cuando realmente se define el futuro de un libro.

No podría resumir con exactitud la novela, pero quiero que verse sobre las personas; a mí me gusta mucho trabajar con las personas. La narración no tiene lugar en el pasado, sino entre 2005 y 2006, porque tengo la impresión de que el pueblo está cansado de las desigualdades que vive la sociedad angolana en la actualidad. Tiene elementos de ficción, las personas se vuelven transparentes, etc. Pero al final, lo que me interesa es hablar de las condiciones sociales porque mi país es potencialmente rico; pero el problema está en la distribución de la riqueza y la gente está comenzando a darse cuenta de eso; ya pasó la guerra, que era la excusa para todos. Es cierto que la distribución de la riqueza no es un problema exclusivo africano, pero a mí me toca hablar de mi país. Quiero que la gente recuerde este libro como una invitación a pensar Angola.

Angola, Portugal, Brasil, la lengua portuguesa… ¿es la lengua tu país o son los lugares físicos enmarcados en fronteras?

Aunque la lengua portuguesa exista en común en estos países, en cada uno de esos lugares hay una lengua portuguesa específica, hay un modo cultural de vivir esa lengua. Ahora mismo han hecho un acuerdo ortográfico para lograr denominadores comunes de manera más frecuente. Eso lo entiendo desde el punto de vista institucional para que la lengua tenga más fuerza; pero desde el punto de vista artístico, no creo que tenga sentido alguno. Cada país tiene su lengua portuguesa, y cada escritor tiene su modo propio de trabajar con ella.

Haber vivido ocho años en Portugal, estar en Brasil desde hace dos años, me ha ayudado a entender un poco más la cultura de estos lugares, porque cuando existen espacios culturales con la misma lengua hay una tendencia errónea a pensar que la cultura también es la misma. Se dan muchos equívocos en ello, los portugueses o los brasileños miran hacia Angola con algunos preconceptos. Entonces, estando en el país del otro, compartiendo sus hábitos culturales, puede uno entender de manera más profunda ese pueblo.

Todo esto, por supuesto, influirá mi manera de escribir, aunque no quisiera que moldeara demasiado mi modo de expresarme a través de la lengua.

¿Y otras influencias…?

Tienen mucho que ver con América Latina. Antes leía un poco de todo y aún, en poesía, sigo leyendo de todo, porque realmente no pienso en las fronteras, sino en el autor. No me interesa demasiado dónde nacieron Neruda o Pessoa. Cuando empecé a leer los cuentos de autores latinoamericanos —Cuba, México, Argentina, Colombia, Chile— se abrió para mí un mundo infinito.

No he leído la literatura de Mongolia, de Japón o la India, pero estoy convencido de que en los cuentos cortos, la América Latina tiene una producción más fuerte. Los norteamericanos también escriben buenos cuentos, pero es otro estilo. La mezcla de un toque de literatura fantástica, del realismo social, del realismo mágico, con un ritmo que tiene que ver con el ritmo de la literatura africana. Eso me encanta, no quiero leer libros bien hechos, con un lenguaje erudito, sino que me acuerden que la vida y la humanidad son mágicas. Eso me pasa con los libros latinoamericanos y de África más que con los europeos, porque esta me resulta un poco más fría, más racional.

Sucede lo mismo que cuando vamos a un baile. Uno puede ir a bailar a Europa; pero si vas a Colombia, Brasil o Cuba, verás la diferencia. Ese ritmo muchas veces está en la literatura porque está en la vida y hay comunicaciones entre el ritmo de la vida y el de la literatura.

Hace poco en Casa de las Américas se editó el evento Casa Tomada, que convoca a jóvenes artistas del continente. En los paneles, los escritores evidenciaban la pujanza de una generación que ha tenido que sobreponerse a la existencia en sus países de los grandes escritores del realismo mágico o del boom latinoamericano. Muchos de ellos lo han asumido enfrentando la literatura de una manera muy propia, muy personal. ¿Has leído a tus contemporáneos de Latinoamérica? ¿Sientes que se cruzan contigo de alguna manera?

Los he leído menos; pero los entiendo; es muy importante que hagan eso, porque después —ahí está el prejuicio que existe acerca nuestros países— la gente piensa que toda la literatura de América Latina tiene que seguir la línea de García Márquez o de Borges; y estos son autores canónicos, importantísimos, sin duda, pero la vida sigue, la literatura continúa. Ese movimiento que busca despegarse del nombre de los gigantes es muy importante e innegable.

En realidad, me comunico mucho con autores de Portugal, Angola, Brasil y Mozambique. Nuestros países tienen en la generación inmediatamente anterior, nombres muy fuertes en la literatura mundial: Luandino Vieira, Manuel Ruy Duarte de Carvalho, son nombres muy grandes y nos va a tomar mucho llegar cerca de lo que han escrito. En Brasil pasa lo mismo, es un país con más de 190 millones de habitantes, donde todas las selecciones son buenas. Para los jóvenes escritores brasileños es muy difícil también llegar detrás de Jorge Amado, por ejemplo.

Los 60, 70 y 80 fueron años muy fuertes, se estaba escribiendo muchísimo y bien. Los que llegamos en los 90 estamos empezando. Me considero totalmente en los inicios, y lo que quisiera algún día, quizá en 20 ó 30 años, es poder escribir un buen libro. Es eso lo que hacemos: escribir sin descanso, buscando el libro que realmente ha de decir algo a tu país o a las personas que habitan otros países del mundo. Los anteriores son para que el escritor se entrene, para que se prepare en función de un desafío principal, que nunca se sabe cuál es. Pienso vivir hasta los 96, y espero que al menos a esa edad pueda hablar de que logré el libro de mis sueños.

Escribes también para el cine, ¿cómo piensas en imágenes?

Algunas veces me dicen que mis novelas tienen un lado cinematográfico. A mí me gusta el cine, en 2006 hice un documental sobre Luanda porque quería hablar de la ciudad, rodar una película con la gente de Luanda, hecha por angolanos. Ojalá crezcan pitangas se hizo con las condiciones técnicas que teníamos, resultó ser muy real, aunque quisimos hablar de la fantasía y el sueño. Se aborda la desgracia y otras situaciones problemáticas; pero estas no son el centro.

Trabajé como asistente de dirección en un filme brasileño y he escrito algunos guiones para seriales de televisión. Tengo dos guiones para largometrajes, pero no han sido rodados. Es una aspiración poder hacer ficción, aunque tengo muchas ideas para documentales. Todo lleva dinero y tiempo. Creo que debo aún escribir mucho más.

También me gustaría que alguien convirtiera Buenos días, camaradas en una película. Es una historia que tiene muchas posibilidades de ser adaptada al cine.

Además de este trabajo para el cine y de tu faceta de escritor, has dedicado parte de tu tiempo a las artes plásticas y a la actuación. Entre todas ellas, ¿como qué te defines mejor?

Me gusta contar historias, no solo en el papel, sino también de forma oral. Mis presentaciones de libros generalmente son divertidas porque recuerdo una y otra historia. Cuando participan los protagonistas, a veces me dicen que los eventos no fueron exactamente como los narro, y me doy la licencia de fabular para enriquecer la realidad y hacer sentir bien al público.

Ya no pinto, porque lo hacía muy mal, me di cuenta y paré. Quiero hacer más documentales —es necesario documentar la situación de Angola, un país que salió de la guerra hace muy poco—; pero soy sencillamente un escritor.

Nota:

[1] Guerrero es la traducción de la lengua umbundu del nombre literario de este autor.

 

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