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En 1882, en ensayo sobre
Oscar Wilde, escribió
José Martí: "Conocer
diversas literaturas es
el medio mejor de
liberarse de la tiranía
de alguna de ellas".
Años después, en su
ensayo fundador
Nuestra América,
añadió: "Injértese en
nuestras repúblicas el
mundo; pero el tronco ha
de ser el de nuestras
repúblicas". A estos
consejos, aplicados a
los estudios sobre
teoría de la literatura,
las artes y la cultura,
ha sido fiel como nadie
entre nosotros, durante
décadas, Desiderio
Navarro.
Lo prueban sobradamente
los treinta y seis
número de la revista
Criterios, los
libros de la colección
del mismo título, las
antologías Textos y
contextos, la
organización de
conferencias y
encuentros, traducciones
ofrecidas generosamente
a publicaciones
periódicas —como la
revista Casa de las
Américas, y a
antologías—, el Centro
Teórico-Cultural
Criterios. Y otro hecho
debe destacarse: esta
enorme labor es,
prácticamente, la obra
de una sola persona.
Pues si Desiderio ha
podido contar, en casos
raros, con la
colaboración de un
editor o un traductor
(en el mismo número 36
de Criterios uno
de los textos fue
traducido del inglés por
María Teresa Ortega), la
descomunal faena de
Criterios es en
esencia obra suya.
Y en este sentido, esa
obra es comparable, no
obstante las muchas
diferencias entre ambas,
con la que realizara
Samuel Feijoo, a quien,
por cierto, tenemos con
injusticia medio
olvidado. En los dos,
Samuel y Desiderio, se
ha dado el caso de
tratarse de
personas-instituciones.
Cada uno de ellos ha
funcionado (en el caso
de Desiderio,
felizmente, sigue
haciéndolo) como una
institución: una
institución más eficaz
que algunas con
abundante personal.
Recordemos en pocas
palabras en qué consiste
la hazaña de
Criterios. Para
hacerla realidad, su
íngrimo director ha
tenido que leer
incontables textos
escritos en catorce
idiomas. Un personaje de
un relato de Adolfo Bioy
Casares asegura que en
nuestro mundo hemos
sustituido el
conocimiento clásico del
griego y el latín por el
del inglés y el francés.
Puede ser. También es
verdad que, según nos
repetía en sus clases el
profesor André Martinet,
al hablante de una
lengua romance, como la
nuestra, deben serle
asequibles otras lenguas
de igual raíz. En la
práctica, sin embargo,
solo leemos, ayudados
por gramáticas y
diccionarios, el
italiano y el portugués.
A las demás lenguas
neolatinas estamos
obligados a estudiarlas,
trátese del francés o el
catalán, y ni qué decir
el rumano.
Y he aquí que Desiderio
se pasea por dichas
lenguas, y además por
otras de familias
distintas. A nuestro
compañero,
extraordinario
autodidacta, le ha sido
dado (o él ha
conquistado) el don de
lenguas, y existe el
comentario risueño de
que los fines de semana,
que los demás mortales
dedican al descanso o la
playa, Desiderio
aprovecha para aprender
otro idioma. En este
mismo número 36 de
Criterios, que hoy
se presenta, hay
traducciones hechas por
Desiderio del inglés y
el francés, claro, pero
también del esloveno, el
polaco, el holandés y el
rumano. En números
anteriores hay
traducciones del alemán,
el ruso, el serbio o el
húngaro (esta última,
como se sabe, no es una
lengua indoeuropea).
Al conmemorar "30 años
de Criterios:
hacia una globalidad sin
Centro", en el número 33
de la revista
(correspondiente a
2002), Desiderio hizo un
balance del múltiple
trabajo de Criterios.
Ese balance sigue
teniendo vigencia, y los
ejemplos han crecido
desde entonces. Dijo
allí Desiderio:
Criterios
ha respondido a la
urgente necesidad de que
a críticos,
investigadores,
profesores y estudiantes
universitarios,
escritores y artistas de
Cuba y de lengua
española en general —o
sea, de la América
Latina y, también, de la
europea España— se les
ofrezca la posibilidad
de sostener un contacto
directo, amplio,
continuo y sistemático
con lo mejor del
pensamiento mundial
sobre la literatura, el
arte y la cultura, y
sobre la metodología de
la investigación y
crítica de estos.
Al final de su balance,
refiriéndose a aquel
número especial (33),
dedicado a
Globalización cultural:
Occidente/ Oriente,
Norte/ Sur, escribió
Desiderio que tal número
se hizo "posible gracias
a la generosa ayuda
económica de la
Fundación del Príncipe
Claus para la Cultura y
el Desarrollo". Y añadió
que a dicha Fundación
agradecía
la posibilidad de
dedicar más de un año a
la lectura, selección,
correspondencia
internacional,
traducción, revisión y
demás trabajos que la
publicación de un
volumen teórico
monográfico
internacional implica, y
la aparición del primer
fruto de esa labor no en
España o en México, sino
precisamente en Cuba, mi
país de origen y de
elección, cuyo
pensamiento
socio-cultural tan
necesitado está de una
apertura al conocimiento
y diálogo con lo mejor
del pensamiento
realmente mundial, esto
es, del "Norte" y el
"Sur", del "Occidente" y
el "Oriente".
Volviendo al número 36
que hoy nos convoca, no
se trata de un número
monográfico, sino de uno
de variados temas. En
sus más de cuatrocientas
páginas aparecen, en
tres bloques, diecinueve
textos sobre estas
cuestiones: circulación
de las ideas, censura,
esfera pública, la
repolitización del arte;
filosofía intercultural,
Occidente, mestizaje,
sincretismo, world
music, turismo;
estudio, instalación,
kitsch, Stanislavski-Grotowski,
postcomunismo. Lo que
revela que, además de
ser políglota, Desiderio
posee una información
descomunal en muy
variados campos.
Y la suya no es esa
erudición adiposa, por
innecesaria o vacua, que
lastra tantos estudios,
sino un saber vivaz, que
se adentra en los
asuntos y escoge con
mano sabia. De acuerdo
con la advertencia
martiana, ha estado
injertando en nuestras
repúblicas buena parte
del mundo, y lo hace
para fortalecer el
tronco de nuestras
repúblicas, no para
alardear de una vaga
taracea. Ahí está esa
declaración suya que he
recordado según la cual
su faena se da a conocer
primordialmente "en
Cuba, mi país de origen
y de elección".
Unos pocos textos se
deben a autores cuyos
trabajos ya habían
aparecido en otros
números de Criterios
(tales son los casos de
Pierre Bourdieu, Ales
Erjavec y Hal Foster),
pero la gran mayoría de
los autores están
presentes por primera
vez. Y como nueva
muestra del merecido
prestigio de la revista,
dos de los trabajos (el
de Foster y el de
Virginie Magnat) le
fueron entregados
directamente a
Criterios.
Tristemente desaparecido
en 2002, Bourdieu
encabeza el número con
un trabajo magistral,
como suyo, de 1989,
donde, a partir de la
relación intelectual
francoalemana, aborda
las condiciones sociales
de la circulación de las
ideas. Dado que estas se
trasmiten sin sus
correspondientes
contextos, tal
transmisión suele dar
lugar a malentendidos.
Así, por ejemplo, aduce
que Heidegger fue
importado a Francia para
oponerlo a Sartre. O
que, al ser publicado
Chomsky en Seuil, en una
colección de filosofía,
siendo Seuil, según
Bourdieu, católica de
izquierda y
personalista, "Chomsky
se vio inmediatamente
marcado, a través de una
estrategia de anexión
típica". Bourdieu
recomienda "hacer una
sociología comparada de
los prefacios: son actos
típicos de transferencia
de capital simbólico".
Los trabajos de Beate
Müller sobre la censura
y de Nancy Fraser sobre
política, cultura y la
esfera pública, son
sólidos aportes a sus
temas. Los debidos a
Jacques Rancière, Ales
Erjavec, Artur Zmijewski,
Hal Foster y Pavel
Moscicki abordan, desde
perspectivas no
coincidentes, lo que en
la portada del número se
sintetiza con el
sintagma "la
repolitización del
arte", y deben
contribuir a replantear
la cuestión entre
nosotros sobre nuevas
bases.
El filósofo africano
Kwasi Wiredu y el indio
A. Raghuramaraju
consideran asuntos que
nos conciernen de modo
especial. El primero se
pregunta, con «un punto
de vista africano»:
"¿Puede la filosofía ser
intercultural?" Y
responde que tal
pregunta para los
filósofos académicos
africanos actuales debe
sonarles muy superflua,
y "[l]a razón más obvia
es el hecho de que su
discurso filosófico está
generalmente en la
lengua de alguna cultura
extranjera: inglés,
francés, alemán, español
o quizás portugués". El
autor añade que "[a]
causa de nuestra
historia colonial,
nuestra educación misma
ha sido no solo una
educación en lenguas
extranjeras, sino
también en filosofías
extranjeras". Y más
adelante: "nada es más
fácil que desarrollar un
punto de vista de
universalismo
provinciano en la
filosofía occidental", y
que "otra circunstancia
que ha facilitado el
universalismo
provinciano entre
algunos filósofos
occidentales es el éxito
que su tradición ha
tenido como correlato
del colonialismo
occidental".
Wiredu afirma luego que
"la filosofía india
contemporánea tiene una
posición más resuelta
contra el
neocolonialismo
filosófico que su
contraparte africana".
Hubiera sido de desear
que el autor emitiera su
opinión sobre la
filosofía de nuestra
América. El texto del
pensador indio se titula
Rethinking the West
(quizá por alusión al
libro The West and
the Rest), lo que
puede ser traducido como
Repensando el Oeste;
pero Desiderio lo ha
llamado
Reconsiderando a
Occidente. El
proyecto de tal autor
indio es sin duda
loable. No obstante lo
cual, no podemos estar
de acuerdo con él cuando
afirma a propósito del
término "Occidente" (¿o
será "Oeste"?) que Hegel
usó el término
positivamente.
No he leído todo Hegel.
Pero en vano busqué el
término en los dos tomos
de sus Lecciones
sobre la filosofía de la
historia universal.
Él habla allí de "el
corazón de Europa", "el
hombre europeo", "la
humanidad europea" o "el
mundo germánico", pero
no de "Occidente", si
bien dijo que el
Espíritu universal viaja
de Oriente a Occidente,
y que Europa es la meta
final de ese viaje. Lo
que sería refutado a
mediados del siglo XIX
por Andrés Bello, al
recordar que América
está al oeste del Oeste
europeo. Tampoco el
autor indio menciona al
capitalismo, sin el cual
queda coja toda
meditación sobre
Occidente, como supo
nuestro Mariátegui.
Dominique Chateau y
Charles Stewart abordan
en sus trabajos
cuestiones sobre las que
se ha discutido en
nuestra América:
"Mestizaje o
pluralismo", "El
sincretismo y sus
sinónimos. Reflexiones
sobre la mezcla
cultural". En el primer
caso, Chateau recuerda,
sensatamente, que esa
"o" de su título
("Mestizaje o
pluralismo") puede ser
disyuntiva o
identificativa, Es lo
primero en expresiones
como "Inventamos o
erramos", la divisa tan
viva de Simón Rodríguez,
el maestro de Bolívar; e
identificativa en otras,
como "lenguas romances o
neolatinas". El autor
francés se inclina a
usar dicha "o" en un
sentido disyuntivo.
Jocelyne Guilbaud ofrece
una visión atinada de
"La world music",
con su sístole y su
diástole entre el mundo
caribeño y el
mainstream. Y
Jonathan Culler, en su
"Semiótica del turismo",
siguiendo la confesada
estela de Roland Barthes,
rechaza la dicotomía
viajero-turista que
suele otorgar al primero
calidades que se niegan
al segundo, y nos
sorprende con lo que
quizá pudiera llamarse
elogio del turismo.
Los textos de Frank
Reunders "La
intervención del
estudio" (tomada esta
última palabra en el
sentido de atelier),
Sven Lütticken sobre la
instalación, Tadeusz
Pawlowski "El valor
estético y el kitsch"
consideran las artes
plásticas, si todavía
cabe emplear esta
denominación. Me ha
llamado la atención (no
sé si estaré equivocado)
que nombres como el de
Picasso brillan por su
ausencia en tales
textos, y sin embargo
vuelve una y otra vez el
de Marcel Duchamp, de
cuya "Fuente"/urinario,
más que decir que es una
obra plástica, debe
reconocerse que ha
puesto en solfa al arte
entonces moderno, cuando
no al arte en general.
Sus numerosos
continuadores no están
puestos menos en solfa.
Virginie Magnat, en "La
filiación Stanislawski-Grotowski",
estudia con rigor la
relación de los dos
grandes teatristas:
aquello que los separó
y, sobre todo, aquello
que los unió, con
ocasionales referencias
a otros como Meyerhold,
de tan trágico destino.
Antes de terminar estas
palabras, quiero
destacar que varios de
los textos comentados
aluden a artistas
cubanos, como René
Francisco y la
generación de pintores
de los 80, o a sabios
nuestros como Fernando
Ortiz y José Juan Arrom,
lo que da idea del vasto
radio que dichos textos
abarcan.
"La modernidad del
postcomunismo", de
Ovidiu Tichindeleanu
cierra brillantemente el
número. En 2009 se
cumplieron veinte años
de la caída del muro de
Berlín y del comienzo de
la ardua y amarga
transición de los países
europeos que se decían
socialistas al
capitalismo. Ese es el
postcomunismo a que se
refiere el autor rumano.
Aprovecho para decir que
entre los muchos méritos
de Desiderio está
permitir familiarizarnos
con manifestaciones de
la nueva izquierda que
ha ido surgiendo en
aquellos países, y cuyo
conocimiento nos es
fundamental. No creo
adolecer del mal que en
otros órdenes llaman
entre nosotros titimanía.
Pero no puede sino
complacerme saber que
Tichindeleanu nació en
1976. Podría ser no ya
mi hijo, sino mi nieto.
Sin olvidar la lección
perdurable de los
grandes maestros,
tenemos el deber de
escuchar a lo mejor de
las nuevas promociones.
Al otro lado del
desvanecido muro de
Berlín ha estado
surgiendo un pensamiento
desafiante y original,
para tener acceso al
cual contamos con la
mediación formidable de
Desiderio Navarro y su
Criterios.
Palabras
de Roberto Fernández
Retamar en la
presentación del número
36 de Criterios, leídas
el 16 de febrero de 2010
en la Feria del Libro
Cuba 2010 |