|
Todos sabemos, sobre
todo cuando los años
vividos aumentan, cuán
frágil como sorprendente
resulta la memoria: lo
mismo se nos olvida
pasar el recado que nos
dieron hace una hora
como recordamos con
absoluta precisión
detalles de un suceso de
nuestra más pequeña
infancia.
La fragilidad de la
memoria social es
similar: no solo
mientras más se alejan
los acontecimientos se
hace más difícil
recordarlos, sino que
estos se guardan en la
memoria de manera
distinta tanto por la
lógica diferencia entre
las individualidades,
como también —y sobre
todo— por los intereses
y deseos de las clases y
grupos sociales.
La memoria social es,
desde luego, fenómeno
colectivo, pero las
colectividades no son
agrupaciones homogéneas,
sino que en ellas
coexisten identidades
diversas, a veces
encontradas entre sí,
que comparten memorias o
fragmentos de ellas,
pero cuyos detalles y
perspectivas difieren.
En la memoria social
también intervienen las
sensibilidades y las
voluntades, más las
características epocales.
Son las memorias
colectivas, por tanto,
construcciones
históricas y socialmente
condicionadas: cada
época, cada clase y
grupo social archivará
en su memoria aquellos
elementos de su tiempo
según sus intereses y
objetivos, al igual que
asumirá la memoria del
pasado bajo las mismas
condicionantes.
La nación cubana, como
cualquier otra, ha
sometido su memoria a
distintas miradas y por
eso no es extraño, por
ejemplo, que aún primen
entre nosotros hechos,
personalidades e
interpretaciones creadas
por la clase plantadora
esclavista tanto para
justificarse ante sí
misma y ante las demás
clases y sectores
coloniales por su
ejercicio hegemónico de
ciertos poderes, como
para hacerles admitir a
aquellas semejante
hegemonía.
Por eso, recuperar la
memoria de los sectores
dominados, populares es
un hecho liberador,
parte significativa y
decisiva de los procesos
de liberación, necesidad
imperiosa del socialismo
para que este
efectivamente cree una
nueva conciencia
humanista plena.
En el caso de Cuba,
recuperar, sostener e
incorporar a la
colectividad nacional
esa memoria popular ha
sido parte del propio
hecho revolucionario por
el que aún hay mucho
camino por recorrer, a
sabiendas de que cada
nueva época y cada nueva
generación harán siempre
la adaptación de esa
memoria recibida según
sus mismas necesidades.
Y esa recuperación, y a
la vez, reconstrucción
de la memoria en que se
ha hallado la nación es
—tiene que ser— un acto
cada vez más consciente:
la nación popular, con
todos y para el bien de
todos, requiere de una
memoria recreada y
reconstruida que exige
por igual la
recuperación de la
memoria popular
arrinconada en el pasado
y la comprensión y
asimilación de la que
van produciendo los
nuevos acontecimientos.
Parte notablemente
esencial de esa nueva
memoria que estamos
creando corresponde al
Centro Pablo de la
Torriente Brau, que hoy
arriba a los 14 años de
su Premio Memoria. No
puede sorprendernos este
papel desempeñado por
este Centro, ya que su
creador, mi querido
amigo Víctor Casaus,
adalid de la altura
literaria del
testimonio, desde muy
joven nos entregó la
construcción en la
memoria de la batalla de
Playa Girón —un
acontecimiento entonces
muy reciente, de aquel
ahora— e incursionó con
éxito en atrapar jirones
decisivos del proceso
revolucionario del 30,
ido a bolina en la
práctica histórica, mas
también en la memoria en
muchas de sus
particularidades
relevantes.
Así, no es casual, sino
decisión consciente, y
sabia, que el Premio
Memoria se ocupara sobre
todo de impulsar la
recogida y difusión de
la memoria de la
república
prerrevolucionaria y del
presente, que se va
haciendo historia sin
que nos demos cuenta, a
la vez que, con
inteligencia moderna, se
plantee atesorar la voz
de los protagonistas, de
modo escrito y en
grabaciones. ¡Cuán
importante son a menudo
el tono, la inflexión de
la voz, los titubeos y
precisiones de la
expresión oral de la
memoria individual para
comprender la memoria
colectiva de que esta
forma parte!
Los proyectos de
investigación
testimonial y de
historia oral han
encontrado su lugar en
el Centro Pablo, y hoy
este Premio es una de
las líneas que
identifica el trabajo de
la institución y le da
razón de ser junto a
otras más, todas, como
este Premio, moviéndose
en sectores de la
cultura desatendidos
hasta entonces. Por eso,
vale la pena recordar
que 67 proyectos de
investigación han sido
premiados, de los cuales
14 se han publicado, y
que el Fondo de la
Palabra cuenta con más
de cien grabaciones de
voces testimoniales.
Sé que todo esto haría a
Pablo de la Torriente
Brau un hombre muy
feliz: él, que tantas
voces cubanas de su
tiempo recogió en sus
escritos, que acogió la
palabra de las clases y
sectores populares y que
hizo de ella oficio
literario de altos
quilates.
Así, pues, el Premio
Memoria tiene su propia
memoria y va
contribuyendo,
indudablemente, a la
conservación, rescate y
recreación de la memoria
del pueblo cubano.
Hagamos votos porque el
Premio continúe por
estos rumbos, obra de
amor imprescindible para
la cultura y la
identidad nacional y
popular.
|