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La Habana
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de FEBRERO
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Palabras en la entrega del Premio Memoria

Obra de amor imprescindible
para la cultura y la identidad

Pedro Pablo Rodríguez • La Habana

Foto: Alain Gutiérrez

 

Todos sabemos, sobre todo cuando los años vividos aumentan, cuán frágil como sorprendente resulta la memoria: lo mismo se nos olvida pasar el recado que nos dieron hace una hora como recordamos con absoluta precisión detalles de un suceso de nuestra más pequeña infancia.

La fragilidad de la memoria social es similar: no solo mientras más se alejan los acontecimientos se hace más difícil recordarlos, sino que estos se guardan en la memoria de manera distinta tanto por la lógica diferencia entre las individualidades, como también —y sobre todo— por los intereses y deseos de las clases y grupos sociales.

La memoria social es, desde luego, fenómeno colectivo, pero las colectividades no son agrupaciones homogéneas, sino que en ellas coexisten identidades diversas, a veces encontradas entre sí, que comparten memorias o fragmentos de ellas, pero cuyos detalles y perspectivas difieren. En la memoria social también intervienen las sensibilidades y las voluntades, más las características epocales. Son las memorias colectivas, por tanto, construcciones históricas y socialmente condicionadas: cada época, cada clase y grupo social archivará en su memoria aquellos elementos de su tiempo según sus intereses y objetivos, al igual que asumirá la memoria del pasado bajo las mismas condicionantes.

La nación cubana, como cualquier otra, ha sometido su memoria a distintas miradas y por eso no es extraño, por ejemplo, que aún primen entre nosotros hechos, personalidades e interpretaciones creadas por la clase plantadora esclavista tanto para justificarse ante sí misma y ante las demás clases y sectores coloniales por su ejercicio hegemónico de ciertos poderes, como para hacerles admitir a aquellas semejante hegemonía.

Por eso, recuperar la memoria de los sectores dominados, populares es un hecho liberador, parte significativa y decisiva de los procesos de liberación, necesidad imperiosa del socialismo para que este efectivamente cree una nueva conciencia humanista plena.

En el caso de Cuba, recuperar, sostener e incorporar a la colectividad nacional esa memoria popular ha sido parte del propio hecho revolucionario por el que aún hay mucho camino por recorrer, a sabiendas de que cada nueva época y cada nueva generación harán siempre la adaptación  de esa memoria recibida según sus mismas necesidades. Y esa recuperación, y a la vez, reconstrucción de la memoria en que se ha hallado la nación es —tiene que ser— un acto cada vez más consciente: la nación popular, con todos y para el bien de todos, requiere de una memoria recreada y reconstruida que exige por igual la recuperación de la memoria popular arrinconada en el pasado y la comprensión y asimilación de la que van produciendo los nuevos acontecimientos.

Parte notablemente esencial de esa nueva memoria que estamos creando corresponde al Centro Pablo de la Torriente Brau, que hoy arriba a los 14 años de su Premio Memoria. No puede sorprendernos este papel desempeñado por este Centro, ya que su creador, mi querido amigo Víctor Casaus, adalid de la altura literaria del testimonio, desde muy joven nos entregó la construcción en la memoria de la batalla de Playa Girón —un acontecimiento entonces muy reciente, de aquel ahora— e incursionó con éxito en atrapar jirones decisivos del proceso revolucionario del 30, ido a bolina en la práctica histórica, mas también en la memoria en muchas de sus particularidades relevantes.

Así, no es casual, sino decisión consciente, y sabia, que el Premio Memoria se ocupara sobre todo de impulsar la recogida y difusión de la memoria de la república prerrevolucionaria y del presente, que se va haciendo historia sin que nos demos cuenta, a la vez que, con inteligencia moderna, se plantee atesorar la voz de los protagonistas, de modo escrito y en grabaciones. ¡Cuán importante son a menudo el tono, la inflexión de la voz, los titubeos y precisiones de la expresión oral de la memoria individual para comprender la memoria colectiva de que esta forma parte!

Los proyectos de investigación testimonial y de historia oral han encontrado su lugar en el Centro Pablo, y hoy este Premio es una de las líneas que identifica el trabajo de la institución y le da razón de ser junto a otras más, todas, como este Premio, moviéndose en sectores de la cultura desatendidos hasta entonces. Por eso, vale la pena recordar que 67 proyectos de investigación han sido premiados, de los cuales 14 se han publicado, y que el Fondo de la Palabra cuenta con más de cien grabaciones de voces testimoniales.

Sé que todo esto haría a Pablo de la Torriente Brau un hombre muy feliz: él, que tantas voces cubanas de su tiempo recogió en sus escritos, que acogió la palabra de las clases y sectores populares y que hizo de ella oficio literario de altos quilates.

Así, pues, el Premio Memoria tiene su propia memoria y va contribuyendo, indudablemente, a la conservación, rescate y recreación de la memoria del pueblo cubano. Hagamos votos porque el Premio continúe por estos rumbos, obra de amor imprescindible para la cultura y la identidad nacional y popular.

[1] Palabras leídas en la entrega del Premio Memoria, el 19 de febrero de 2010 en la sala Nicolás Guillén, en San Carlos de La Cabaña, durante la 19 Feria Internacional del Libro Cuba 2010.

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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