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Una entrevista con Salim Lamrani…
de la que ciertos medios no hablarán jamás

Marianela González • La Habana

 Fotos: La Jiribilla

 

Cuba, ce que les médias ne vous diront jamais (Cuba, lo que los medios de comunicación no dirán nunca) es el más reciente libro del periodista francés Salim Lamrani.

Hijo de argelinos nacido en Francia, este joven es un reconocido especialista en el tema de las relaciones Cuba-EE.UU. Sus artículos sobre este tema, sus acercamientos a la realidad venezolana y sus análisis de medios, son frecuentemente publicados en periódicos y revistas de todo el mundo. Es colaborador habitual de Le Monde Diplomatique, L’Humanité, Alger Républicain, Red Voltaire, Rebelión, Latinoamérica, Progreso Weekly y Znet, entre otros. Ha impartido conferencias en importantes centros universitarios junto con Noam Chomsky, Ken Livingstone, Ignacio Ramonet y Howard Zinn. Es autor de varias declaraciones contra el terrorismo, firmadas conjuntamente con los Premios Nobel Adolfo Pérez Esquivel, Rigoberta Menchú, Nadine Gordimer y José Saramago. 

Sus libros dedicados al tema de las relaciones Cuba-EE.UU., lo ubican en el cada día más numeroso paredón de intelectuales de izquierda: Washington contre Cuba (2005); Cuba face à l’Empire. (2006); Fidel Castro, Cuba et les Etats-Unis (2006); Double Morale. Cuba, l’Union européenne et les droits de l’homme. (2008). Su último título, Cuba, ce que les médias ne vous diront jamais, fue publicado el pasado año en Francia por Editions Estrella. Se espera su presentación en Cuba para la Feria de 2011. No obstante, adelanta con La Jiribilla algunos de los puntos de vista que en él defiende.  

Sabemos que el libro se centra en denunciar, mediante numerosos ejemplos concretos, el silenciamiento o la tergiversación de la realidad cubana en los medios occidentales. ¿Puedes adelantar algunos de esos ejemplos?

El libro parte de un postulado básico, al que cualquiera puede llegar: en Occidente, Cuba es un tema bastante polémico, y en el seno de los medios hay una especie de unanimidad en describirla como la antecámara del infierno, en demonizar a sus dirigentes sin permitir la expresión de las voces alternativas. El problema es que hay un abismo entre la imagen que dan de Cuba y la realidad de los hechos.

Muchas veces utilizan varias problemáticas, reiterativas para estigmatizar el proceso revolucionario cubano. Voy a tomar dos ejemplos bien precisos, que podrán encontrar ampliados en el libro:

El tema más utilizado para condenar a Cuba es el de los derechos humanos. No voy a decirte que no existe ninguna violación de los derechos humanos en Cuba; pero en cambio, si quiero forjarme una opinión honesta, veraz, sobre la situación, solo tengo que tomar los informes anuales de Amnistía Internacional (AI). Tomo ese ejemplo porque esa organización tiene un prestigio reconocido, tiene una red de colaboradores bastante desarrollada y reconocida a nivel mundial; pero es una institución que tiene relaciones difíciles con el gobierno de La Habana desde 1988, de modo que no podemos calificarla de ser una organización procubana. En los informes de AI sobre los derechos humanos, hay uno sobre Cuba que evoca algunas violaciones en cuanto a lo que ellos llaman “prisioneros políticos”. Aunque discrepo de esa concepción, reconozco su trabajo honesto. Si analizas el informe, el país que presenta la mejor situación de los derechos humanos de toda la América Latina es Cuba.

Ni Colombia ni EE.UU. son ejemplo de respeto de los derechos humanos. En el libro, hago la misma comparación con la Europa de los 25 y no de los 27, pues en el 2003 esa Europa de los 25 votó sanciones políticas y culturales contra Cuba, esgrimiendo el mismo asunto de los derechos humanos. Si comparas, ves que 13 de los 15 países que votaron las sanciones contra Cuba, presentan una situación de los derechos humanos mucho peor. Obviamente, la Unión Europea no tiene absolutamente ninguna autoridad moral para disertar sobre derechos humanos.

También la propaganda mediática es sofisticada, pues mediante pedazos de verdad los medios pueden construir un libro de mentiras. Si los medios dicen: “hay tales violaciones a los derechos humanos en Cuba”, pues podrían tener razón. El problema es que ellos no dicen que en comparación con el resto de América Latina o Europa la situación de Cuba en relación con los derechos humanos es excepcional.

Para constatar esas realidades, basta consultar información libre de las instituciones. Por ejemplo, si tomas los archivos desclasificados por EE.UU. en 1991, te percatas de que uno de los pilares de la política de ese país hacia Cuba ha sido organizar, fabricar, orientar y financiar a una oposición en Cuba, destinada a agredir el país política, económica, ideológica y hasta militarmente.

No todos pueden consultar esos archivos, aunque estén disponibles en Internet. Pero toma la ley Torricelli, disponible en varios idiomas; toma la sección 109 de la Ley Helms Burton de 1996; toma el primer informe de la Comisión de Asistencia para una Cuba libre, de 2004. En ellos descubres datos que con solo cruzarlos, te percatas de que incluso en la prensa occidental los propios disidentes reconocen su función. Pero lo que no dicen las agencias de prensa es que es un grave delito recibir dinero de una potencia extranjera. No solo en Cuba, sino en cualquier parte del mundo.

Son incongruencias comprobables con datos, cifras, no con calificativos. Los elementos están ahí, solo hay que tener la voluntad de interpretarlos.

De modo que los medios no enfocan de esa forma la realidad cubana porque carezcan de información…

Para nada. Precisamente en el libro demuestro cómo alguien que vive en Occidente, sin necesidad de viajar a Cuba, puede formarse una opinión legítima y objetiva sobre Cuba. De modo que los medios no tienen derecho a equivocarse, pues la información está ahí: si enfocan de esta manera la realidad es porque su papel no es transmitir una información honesta al ciudadano, sino defender ciertas ideas bien precisas, defender lo establecido.

Tu origen se enmarca en una realidad muy distante de la cubana tanto geográfica, como históricamente. ¿Por qué dedicar siete años de tu vida al estudio de las relaciones  Cuba-EE.UU.?  

Por una razón principal: mi país de origen es Argelia. En 1954 empezamos nuestra guerra de independencia contra Francia, y en diciembre del 60 aún estábamos en guerra. Cuba siempre nos apoyó. Recuerdo el contexto histórico de la época: ya las relaciones con EE.UU. eran difíciles y Cuba se atrevió a arriesgar las relaciones con una potencia como Francia, por principios internacionalistas.  

En 1962, cuando Marruecos nos invadió, éramos una joven nación y Cuba envió apoyo, para combatir la agresión. En 1963, la primera brigada médica cubana fue a Argelia, de modo que el pueblo argelino tiene una deuda histórica con Cuba. Esa es una de las razones.

Otra razón muy fuerte es que desde el punto de vista histórico es un caso muy interesante el estudio de las relaciones Cuba-EE.UU. Es injusto ver, más allá de toda consideración política o ideológica, cómo la gran potencia mundial se ensaña en una pequeña nación que jamás la ha agredido. Es algo difícilmente aceptable. Si camino por la calle y veo a un adulto agredir a un niño, lo defiendo aunque no lo conozca. Además de eso, el tener un contacto de primera mano con la realidad cubana me ha ayudado a constatar por mí mismo los ejemplos que estudio.  

Por lo que has contado, parece que recorre el libro un interés por demostrar las cosas, más que por calificarlas. Por la cercanía del tema recuerdo el libro Medios violentos, de Pascual Serrano. ¿Crees que el hecho de tener a Pascual siempre tan cerca ha influido en tu manera de hacer periodismo, en tu manera de compartir con los demás los resultados de tus investigaciones?

Seguro. Pascual es un ejemplo de rigor, de seriedad, de honestidad humana y profesional. Siempre leo sus artículos con atención y me inspiro en ellos. También de otros escritores, pero especialmente de Pascual. Creo que es un especialista de los análisis mediáticos. Ambos libros tienen realmente mucha cercanía.

El prólogo del libro es de Nelson Mandela. ¿Cómo llega este libro al líder sudafricano?

Todos mis libros contienen un prólogo, y para este tuve la ambición un poco loca de pensar en Nelson Mandela. Contacté entonces con Nadine Gordimer, con quien he tenido la posibilidad de trabajar antes, y le pedí su opinión acerca de esa posibilidad. Ella me dijo que era difícil, porque ya Mandela no escribía; pero de todos modos me puso en contacto con sus asesores. Finalmente, al cabo de ocho meses, me llegó el texto de Mandela.

Pensé en él porque es un símbolo de la lucha contra la injusticia, y me imaginaba que hablaría de los vínculos históricos entre Cuba y África. Lo que me envió fue el discurso pronunciado el 26 de julio de 1991 aquí en Cuba. En él explica la historia sobre la presencia cubana en África, algo completamente censurado por los medios. Dice que sin la intervención cubana en Angola, él tal vez seguiría encarcelado y que el apartheid sería tal vez el sistema imperante hoy en el África del Sur. Y eso también es parte de lo que los medios ocultan o tergiversan.

En un seminario coordinado por FLACSO en esta Feria, varios  cientistas sociales coincidieron en que la izquierda se equivocó tres cosas, en los últimos dos años: en pensar que Obama no ganaría, en pensar que cambiarían las relaciones de EE.UU. con América Latina, y en atribuir la continuidad de esa política a que Obama no cumplió son sus promesas electorales. ¿Cuál es tu opinión sobre esto?   

Comparto absolutamente los tres puntos porque yo también me equivoqué. Pensé que McCain iba a ganar y lo dije incluso en un periódico de Galicia. La última frase que dije fue: “ojalá me equivoque”. Afortunadamente, me equivoqué. Luego, la elección de Obama suscitó una esperanza en el ámbito de la izquierda, y desgraciadamente lo único que logró cambiar fue la retórica. Siguiendo el caso de Cuba, hizo una constatación sagaz y lúcida de las relaciones entre los dos países: reconoció que la política entre los estadounidense era anacrónica, cruel e ineficaz, que data de la Guerra Fría, que afecta a las categorías más vulnerables de la población cubana y que no ha logrado su objetivo de derrocar al gobierno cubano.

Esa política tiene un costo político increíble para EE.UU. porque es rechazada por una inmensa mayoría de la comunidad internacional. Obama prometió “un nuevo enfoque”, para citarlo textualmente. Tuve esperanzas en eso, pero cuando uno analiza los hechos se da cuenta de su ingenuidad. Obama prometió el 1ro. de abril de 2009 levantar las restricciones impuestas por Bush, y en septiembre lo hizo; luego, el 13 de septiembre de 2009 prorrogó a más de un año la Ley de comercio con el enemigo, una ley que data de 1917.

Esa es la gran contradicción de Obama. No se ha ubicado a la altura de las esperanzas que su elección suscitó, y mis esperanzas son cada vez menores. Dudo que sepa agarrar la posibilidad histórica que tiene. Él pide una reciprocidad; pero no puede haber tal reciprocidad en las relaciones Cuba-EE.UU.: Cuba no tiene una ley de ajuste norteamericana, no ocupa ilegalmente una parte del territorio de ese país, Cuba no protege a terroristas, no encarcela a gente que lucha contra el terrorismo. Las luces para Obama son verdes: no debe su elección a lo que se llama “el exilio histórico”, contrariamente a su predecesor. Hay una mayoría de la opinión pública norteamericana a favor de un cambio. Hay una parte cada vez más importante en el senado a favor de un acercamiento. Solo le falta a Obama el coraje político. Hasta ahora, el cambio es solo retórico.

Pero eso es algo que los medios “ne nous diront jamais”.

Exacto.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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