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Para tranquilidad del
público, quiero aclarar
que esta presentación
consta de dos partes:
una prescindible a mi
cargo, y otra que es por
la que todos estamos
aquí: las intervenciones
de los autores sobre sus
obras. Seré breve
porque, como son seis
autores y solo les
podemos dar cinco
minutos a cada, seis
autores hablando de sus
libros por cinco
minutos, lleva una hora.
Sin más dilación,
arranco con lo mío.
Como diría un narrador
de novela radial,
reinaba el más absoluto
silencio en la paz de mi
hogar cuando sonó el
teléfono. Sonó nervioso
y advirtiéndome del
peligro, pero yo no lo
noté y lo tomé.
―Senel ―me dijo Lazarito
el de la AHS desde el
otro lado de la línea―,
los de la Asociación
Hermanos Saíz queremos
que tú seas el
presentador de los
libros del Premio
Calendario en la Feria
Internacional del Libro
de este año.
―Lázaro, muchas gracias
por el honor, tú sabes
que nada aprecio en el
mundo más que a los
autores jóvenes, y que
entre todas las
instituciones y
organizaciones que
existen el país, la AHS
ocupa el primer lugar en
mis preferencias, pero
yo no presento libros,
absolutamente de nadie y
esa es para mí una
decisión inamovible, así
que lo lamento.
―La presentación es el
sábado 20 en la
sala
Nicolás Guillén ―dijo
Lázaro con entusiasmo,
bien porque le importaba
mucho que yo presentara
los libros o porque
tenía a Morlote delante,
y continuó―, había tres
candidatos para la
presentación, los otros
dos Premios Nacionales
de Literatura, pero en
la dirección de la AHS,
de 12 compañeros, 11
votaron por ti.
―Sí, pero ya te dije, yo
no puedo, de ninguna
manera. Primero, porque
lo hago muy mal, por lo
general los libros que
yo he presento luego no
los compra nadie; y
segundo porque, como me
he negado a presentar
los de mis amigos más
importantes, si ahora
presento estos, me voy a
buscar un problema muy
gordo.
―Gracias, Senel. Te
recojo el sábado a las
12 en la puerta de tu
casa ―dijo Lázaro y
colgó.
En eso, sonó el timbre,
esta vez el de la
puerta. Era el chofer de
la AHS.
―Aquí tiene los libros
del Premio Calendario,
estaba esperando a que
terminara de hablar con
Lazarito para
entregárselo. Firme aquí
y después que los lea
tiene que devolverlos.
Y de pronto me vi con
los libros en las manos.
Y nunca mejor utilizado
el plural porque eran
seis, no tres como el
David y como yo pensé.
Entre todos, unas 400
páginas. Este Lázaro, me
dije, es un atrevido,
porque nacimos en el
mismo pueblo ya cree que
somos coterráneos. ¡Y
encima veo eran de
géneros distintos, o
mejor dicho, de todos
los géneros: narrativa,
poesía, narrativa
infantil, teatro,
ciencia ficción y
ensayo! Para presentar
estos libros hay que ser
un erudito, y no es mi
caso. Yo, por ejemplo,
no leo ensayos. Los
escritores de mi tipo
―naturales, intuitivos y
de origen campesino―, no
leemos ensayo. Sobre
todo los de Villa Clara
y Sancti Spíritus.
¿Quién se imagina, por
ejemplo, a Alpidio
Alonso o a Luis Morlote
leyendo un ensayo? Eso
es cosa del cerebro, no
del alma. Las tesis, el
pensamiento abstracto,
no van con nosotros. Si
voy a ser sincero, solo
recuerdo un ensayo que
yo haya leído sin
dificultad, de la
primera a la última
página y sin que se me
escapara ningún detalle:
El capital. Para
colmo, también encuentro
un libro de
ciencia-ficción, cuando
yo en la universidad
desaprobé a Ray Bradbury.
En fin, ya con el rollo
y los libros en la mano,
lo único que se me
ocurrió fue acudir al
consejo de los grandes
expertos cubanos en
presentar libros sin
leerlos, es decir, a
Antón Arrufat, Francisco
López Sacha, Eduardo
Heras León, Ambrosio
Fornet, Laidi Fernández
de Juan y Norge
Espinosa, cada uno de
los cuales presenta más
de 20 títulos en cada
Feria. Pero, me dijeron
a coro, eso es un
chiste, Senel, sí hay
que leer los libros.
Bueno, me leeré por lo
menos uno, y me decidí
por el más difícil para
mí, el de ensayos,
Tras las huellas del
exotismo oriental cubano,
de Mario G. Castillo
Santana, nacido en La
Habana hace 35 años.
El tema es
interesantísimo y creo
que novedoso. Las
huellas se refieren
al arte cubano más que a
la sociedad en general,
y la zona de exploración
es sobre todo la
literatura, aunque el
capítulo dedicado a la
corneta china
santiaguera es
delicioso, donde se hace
la asombrosa afirmación
de que lo único que
tiene de china esa
corneta es el nombre.
Sinceramente, el libro
tiene los méritos que
uno quisiera encontrar
siempre en los ensayos:
una prosa clara, precisa
y yo diría que hasta
alegre; una exposición
que avanza con orden
mientras se abre en
todas las direcciones
del tema; y una manera
astuta de ir interesando
al lector en un asunto
que al principio pudo
parecer pequeño, pero
que Mario va ampliando.
Las citas y notas al pie
de página, lejos de
resultar engorrosas y
pedantes, son tan
interesantes como el
texto principal y sirven
motivar al lector aún
respecto al tema. Doy
gracias a Mario por su
libro, y por haberme
hecho agradable el
arranque de mi tarea.
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Del ensayo pasé al que
veía como segundo trago
amargo, la ciencia
ficción, que ha tenido
un jurado de lujo:
Eduardo del Llano,
Sergio Cevedo y Michel
Encinosa Fu. Hablo ahora
de Algunos recuerdos
que valen la pena,
de Erick J. Mota Pérez,
un licenciado en Física
por la Universidad de La
Habana, que no es para
nada primerizo en la
escritura ni en los
premios. La nota de
contraportada de mi
amigo Sergio Cevedo, nos
orienta poco y más que
animar espanta. Se trata
de un conjunto de
cuentos que entra con un
texto largo,
particularmente
atractivo, y cierra con
una noveleta donde el
autor muestra madurez.
Del resto de los cuentos
cualquiera pensaría que
me decantaría por
comentar Memorias de
una puta, (de
una puta de
ciencia-ficción, se
entiende), pero no, lo
haré sobre El
holandés errante,
porque tiene una
cualidad que vale para
todo el libro, gracias a
la cual atraerá a los
lectores, amantes o no
de la ciencia ficción. Y
esto es la primacía de
la literatura sobre el
género, o la manera en
que la ciencia ficción
de diluye en otras
texturas. Se trata, sin
duda, de un texto de
ciencia ficción, pero lo
es a la vez de magia y
es literatura
fantástica, y
posiblemente a lo que se
refiere Sergio cuando
dice que estamos ante
una obra “con énfasis en
las repercusiones
humanas más que en la
naturaleza de los
propios asuntos
asumidos”, sin que estos
dejen de pertenecer,
agrego yo, a las claves
y los atractivos de la
ciencia ficción. De
manera que, al final,
también lo pasé bien con
la literatura del
futuro.
Todos los Premios
Literarios tienen buenas
y malas cosechas, como
debía ser también en la
Agricultura, y empecé a
sospechar que en esta
edición estamos en el
primer caso. Pasé a la
literatura infantil, que
tampoco es santo de mi
devoción, tal vez porque
tengo presente que en mi
época juvenil, se decía
que solo los críticos de
cine escribían peor que
los autores para niños.
Pero aquella época de la
ñoñería y de ignorar
cómo es un niño por
suerte pasó. La
brujita de San Isidro,
de Eric Llanes Sánchez,
es un buen ejemplo de
que no se escribe para
niños y jóvenes sino que
se escribe literatura.
Por su dinamismo y
gracia, yo diría que es
un libro
cinematográfico, en el
sentido de que hace
cortes y giros tan
rápidos que ni te das
cuentas: del pasado al
presente, de la magia a
la realidad de todos los
días, de aquí y para
allá, con personajes
naturales y cercanos a
personas que pudiéramos
conocer, y no me refiero
solo a Eusebio Leal que
asoma sus narices por el
texto, en tanto que el
lenguaje es elegante a
la vez que inmediato y
lleno de fuerza en los
diálogos, siempre
buenos. Un libro, en
fin, que debe dialogar
muy bien con el niño
cubano de hoy,
estimulando su
imaginación y su
pensamiento.
Para dejar a las dos
damas del conjunto para
el final, tomé el libro
de teatro. A mí me gusta
leer teatro. Es posible
que haya leído más
teatro del que he visto,
y sobre todo, primero
leí teatro y luego lo vi
en escena. La obra de
Fabián Suárez, un
holguinero nacido en
1981, demandaría una
lectura más atenta para
poder emitir un
comentario responsable.
Yo simplemente leí la
obra y la disfruté.
Arranca con un monólogo
contundente en los
labios de Carlota, pero
luego habrá de
regalarnos un monólogo
en la voz de cada uno de
los personajes excepto
Longote. Monólogos todos
diferentes entre sí y en
el que el autor y los
personajes, salen
airosos, y es de
esperarse que también
los actores porque van a
tener mucha tela por
donde cortar. No es una
obra solo de monólogos,
pero personalmente
considero a estos un
momento de esplendor y
dificultad máxima en el
teatro, aunque quizás
solo los miro desde la
envidia del cine donde
son prácticamente
imposibles. Estamos ante
una obra que, a pesar de
que es escueta la mayor
parte del tiempo en las
indicaciones, se lee con
la impronta de una
representación y una
textura teatral muy
específica y singular.
Lo advertimos a lo largo
de todo el texto, no
solo en las acotaciones,
por demás a veces son
una delicia, como cuando
dice, “Carlota se
convierte en un
montoncito de arena”.
Anoten el título, y no
se pierdan el estreno
cuando esta obra haya de
representarse.
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Dejé para último el
libro de las mujeres
que, como la AHS no cree
en los símbolos
establecidos, son los
únicos acompañados por
franjas azules. Entiendo
que de la poesía, y
estamos ahora con
Todos los semáforos en
rojo, de Mariene
Lufriú, mejor no se
intenta ninguna
explicación, y se deja
al lector solo ante el
hecho poético, pero es
agradable decir algo que
sirva de invitación a la
lectura. Viene el tomo
acompañado de las más
eficaces palabras de
presentación de toda la
colección, en la voz de
Jesús David Curbelo.
Dice él: “Con un
lenguaje de tono
conversacional,
desenfadado, que oscila
del sarcasmo a la
ironía, y del verso
libre al soneto o al
poema en prosa, este
libro nos entrega una
mirada y un acento
personales dentro de la
nueva poesía cubana”. No
me atrevería a decir
algo que resulte más
exacto que esto, y solo
me gustaría apuntar el
aire de tranquila
libertad, de Pedro
andando por su casa, que
uno aprecia cuando Mariene se mueve por
diferentes formas
poéticas, justificadas
en su necesidad de
expresión y nunca como
alarde o demostrarnos de
oficio, el cual
manifiesta también en la
complejidad de su claro
discurso, en las muchas
y diferentes vueltas que
da este sin perder
coherencia. “Puentes”,
“Súbito discurso
mientras acepto la
diversidad de mi
especie”, “Herencia”,
“Casi humanidad”,
“Puentes II”, “Ella
coleccionaba piedras de
la India”, “Fuera del
ruedo” y “Pecera”,
fueron mis preferidos, y
aporto la lista con afán
de juicio sino como
testimonio de lector.
Por último: Ne me
quitte pas, si así
se pronuncia, de Legna
Rodríquez Iglesia, a
quien uno conocía como
poeta. Contrario a Jesús
David Curbelo, mi
admirada y querida amiga
Anna Lidia Vega Serova,
nos ayuda poco con sus
palabras de
contraportada. Se trata,
si no nos ponemos muy
ortodoxos con lo que es
un cuento, de un libro
de relatos que reúne 15
piezas, pero es
preferible decir que
estamos ante un libro,
un mundo, una voz. Más
que comentar alguno de
los cuentos, aunque no
quiero dejar de decir
que el que le da título
al volumen y La mujer
que compró el mundo,
que lo abre, fueron mis
preferidos, me gustaría
apuntar un recurso de
estilo que me resultó
atractivo y
sorprendente. Se trata
del punto y aparte. Yo
odio el punto y aparte y
los apartaría a todos de
la literatura, pero en
el caso del libro de
Legna, con el punto y
aparte entra la poesía,
y hasta cierta actitud
de verso y de
cinematografía en la
prosa, que adquiere la
dinámica del cine más y
joven. Si yo escribiera
ensayos, me gustaría
meditar acerca de las
novelas cubanas escritas
por poetas: Pablo
Armando Fernández, Dulce
María Loynaz, Raúl Luis,
Reina María Rodríguez,
ahora Edel Morales con
otro nombre y, por
supuesto, Lezama. No
incluyo a poetas como
Antón Arrufat, Miguel
Barnet, Virgilio Piñera
o Marilyn Bobes porque
estos, a mi modo de ver,
ostentan la doble
condición. Pero en las
novelas escritas por
poetas como los que
señalo, la actitud ante
la palabra siempre
revela al poeta, por más
prosaico que resulte el
pasaje, y en modo alguno
estoy señalando
incapacidad para
argumentar o mover
personajes, sino cuerdas
para hacerlo. Pero no
había visto yo esto en
el cuento, o desde el
cuento, y es lo que más
me ha llamado la
atención del libro de
Legna, ya que esta
actitud poética se
refiere más al ritmo que
a la palabra misma, y se
me antoja que el punto y
aparte juega ahí un
papel importante, ya que
en sus relatos,
compuestos por sucesivos
y cinematográficos rafagazos, los párrafos
tienen algo de verso
libre. Como narradora y
sobre los cuentos
específicos de este
volumen que presentamos,
para no extenderme más y
utilizando una palabra
de hoy, yo diría que
Legna Rodríguez, en
Ne me quittte pas,
está escapá.
Es lo que puedo
decirles, queda por
ustedes comprar los
libros y acercarse a los
lectores, ahora para que
se los firmen y luego
para leerlos. No se
puede uno despedir sin
llamar la atención sobre
este Premio, su
concepto, su importancia
creciente, sus jurados
de primera, y sus
hermosas y cuidadas
ediciones, por lo que la
Editorial Abril, a quien
mucho toca en todo esto,
merece una felicitación.
Por último, les comento
que en el viaje hacia
acá, tras mover dos o
tres veces la coleta,
Lázaro el de la AHS, me
dijo con aire
preocupado:
―Senel…
―Sí, mi hijo, ¿qué pasa?
―Quiero pedirte
disculpas…
“Disculpas ahora,
cabrón, después de este
embarque”, pensé yo pero
no lo dije.
―¿Qué pasa?
―¿Tú recuerdas que te
dije que en la dirección
de la Asociación 11
compañeros de 12 votaron
a favor de que fueras tú
quien hicieras la
presentación de los
libros?
―Sí, lo recuerdo.
―Bueno, el que votó en
contra fui yo.
La Habana,
20 de febrero de 2010. |