Año VIII
La Habana
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Conversación con María del Carmen Barcia

Disfruto ser comprendida por el otro

Leyla Leyva • La Habana

Fotos: La Jiribilla

 

María del Carmen Barcia (La Habana, 1939) nunca pensó ser profesora. En su temprana juventud estuvo más inclinada hacia la pintura y el arte dramático, que estudió por algunos años. En 1964 se graduó en Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana, pero las circunstancias de la época la fueron llevando a ejercer la docencia en Historia y a investigar.

Por los años setenta, comienza a impartir Historia de Cuba. Ya había publicado el libro Primeras sociedades de clase y modo de producción asiático. También empezaría a perfilar su campo específico de trabajo, la Historia Social, un espacio que le permite adentrarse en las organizaciones formales e informales, la conducta de los individuos y sus capas, grupos y sectores.

Hija de emigrante gallego, halló en un padre imaginativo ―al que le gustaba conversar sobre piratas, tesoros y búsquedas―, un estímulo para “llegar a encontrar caminos en la historia”.

Entre otros libros, María del Carmen Barcia es autora de Burguesía esclavista y abolición; Elites y grupos de presión. Cuba 1878-1898, Premio de la Academia de Ciencias de Cuba en 1997; Una sociedad en crisis: La Habana a finales del siglo XIX, Premio Juan Marinello del Ministerio de Cultura en 1999; La otra familia (Parientes, redes y descendencia de los esclavos en Cuba), Premio Casa de las Américas 2003 en el género de Ensayo Histórico Social; y Capas populares en Cuba, 1880-1930.

Doctora en Ciencias Históricas, profesora titular de La Universidad de La Habana y catedrática de la Casa de Altos Estudios Fernando Ortiz, María del Carmen ha sido reconocida con el Premio Félix Varela de la Sociedad Económica de Amigos del País y el Premio Nacional de Ciencias Sociales, ambos en 2003. Así como con el Premio Nacional de Historia en el 2006.

En la reciente edición de los Premios de la Crítica de Ciencias Sociales, su obra Los ilustres apellidos: negros en La Habana colonial resultó galardonada. La 19 Feria del Libro de La Habana 2010 se dedica a ella y a Reynaldo González.

La letra del escriba
le hizo llegar este cuestionario y María del Carmen Barcia respondió con amabilidad y en tiempo récord.

¿Por qué su preferencia por la Historia Social, siempre fue ese su interés desde que culminó la carrera de Filosofía y Letras?

No sabía mucho de Historia Social cuando terminé mi carrera, en realidad sabía muy poco de todo. Por diez años expliqué historia de las formaciones precapitalistas, es decir, antigua y media, incluyendo las grandes culturas americanas. Mi mayor dedicación se vinculó, durante esa etapa, a los estudios teóricos, por una parte, y a la docencia, por otra, con el interés en esta última de no sólo enseñar nuevos conocimientos, sino de hacer pensar a los estudiantes con cabeza propia.

Usted le ha dedicado al siglo XIX cubano, y en especial al tema de la esclavitud, buena parte de su obra. ¿Cuál fue la chispa que encendió esa brasa?

Como te comentaba, comencé explicando una asignatura que comprendía la historia del mundo antiguo. En ese contexto tuve que estudiar a profundidad la esclavitud clásica, es decir la grecorromana y cuando comencé a investigar en temas sobre Historia de Cuba consideré que una buena manera de iniciarme en esas indagaciones era estudiar la esclavitud “moderna” y su devenir en nuestro país.

¿Por qué le resulta vital asumir la investigación con un enfoque antropológico?

Cada vez más las Ciencias Sociales se entrelazan en sus búsquedas. Se habla mucho de la interdisciplinaridad y de su pertenencia, pero en ocasiones esta no puede transitar por la constitución de equipos en torno a un mismo objeto de investigación y entonces el investigador tiene que asumir, en su persona, esos conocimientos múltiples, por llamarlos de alguna forma. La Sociología, la Antropología y la Historia Social están íntimamente vinculadas en sus métodos, en sus categorías y en sus formas de ver los asuntos. El antropólogo vive en la sociedad que estudia y comparte las experiencias de los sujetos que investiga, de esa forma realiza lo que Geertz llama la “descripción profunda”. Yo apuesto por una Historia Social también recóndita, y para estudiarla trato de introducirme en la sociedad que estudio. No se trata solo de comprender otra época u otro mundo, sino de trasladarse a ese lugar. De la misma forma que un artista debe imbuirse de la sicología del personaje que representa, introducirse en otro cuerpo y reaccionar como él, el historiador social tiene que interiorizar el tiempo histórico en que se ubica y asumirlo como suyo, lo cual exige mucha información del momento en cuestión, y la construcción de un tejido extenso que permita introducirnos en la mentalidad de esa época. El éxito y también el fracaso de muchas investigaciones dependen de poder crear o no esa situación que implica vivir en un tiempo pasado.

¿Cómo se las arregla para llevar a vías de hecho proyectos tan ambiciosos que comprenden un esfuerzo, imagino que agotador? Estoy pensando, por ejemplo, en Los ilustres apellidos: negros en La Habana colonial. ¿Cuánto tiempo le llevó un trabajo como ese?

No te lo puedo cuantificar en horas, ni en meses, ni siquiera en años, digamos que son hilos conductores que te llevan de un trabajo a otro y, lo que es más importante, a una acumulación de conocimientos e informaciones. El estudio de las formas de sociabilidad en sus diversos modos de realizarse, incluida la familia, por supuesto, constituyen un eje de esa obra. Lo construí mucho antes de iniciarla y después fui articulando ideas y acontecimientos, buscando en archivos dentro y fuera del país, y finalmente escribí ese libro que me ha dado tantas satisfacciones por la acogida y el reconocimiento que ha tenido, no solo como libro, sino como investigación, porque la Universidad de La Habana la reconoció con el premio a la obra de mayor trascendencia y originalidad en el año 2009.

Entre las dedicatorias del libro escribe: “a las raíces africanas y su complejo devenir”. Percibo que para usted este es solo el comienzo de una deuda que tienen los historiadores cubanos con una parte crucial de la historia nacional…

Más que con la historia nacional con la historia cultural de Cuba. Don Fernando Ortiz expresaba que no se puede entender nuestro país sin el negro, como tampoco puede hacerse sin el español. Son nuestras raíces, una más reconocida hegemónicamente que la otra, por eso dediqué ese libro a nuestras raíces africanas.

Con Los ilustres apellidos…
ha conseguido un libro ameno, con un estilo motivador. ¿Cuánto prioriza de la escritura a la hora de darle cuerpo a una obra que es fundamentalmente investigación e historia?

Yo no escribo para los historiadores, sino para los lectores en general y trato de llevar los conocimientos más elaborados a un lenguaje comprensible para todos. Me gusta escribir, disfruto con ser comprendida por el otro, porque esa es la tarea del maestro, del profesor, del que desea enseñar, cultivar a los demás. Si dices que lo consigo me alegra, sobre todo porque la forma de instruir a los individuos en su conjunto es explicarles, de una forma amena, los asuntos más complejos.

Ha dicho que cuando investiga se “aparta de la vida real” y se traslada a la época y los contextos de ese pasado. De ello ha de inferirse que es usted una mujer, una historiadora apasionada. ¿No es ese un riesgo en su profesión?

¿Y quién no asume los riesgos de su trabajo? Todo análisis histórico, profundo, es de por sí difícil y comprometido, pero la verdad también lo es y los historiadores pretendemos re-construir una época, acercarnos a su verdad, no como una ejercitación metodológica, sino para entender mejor nuestro presente y brindar argumentos para los que deben diseñar el futuro.

¿Existen temas de nuestra historia que le motiven lo suficiente como para escribir sobre ellos y aún no se haya decidido a hacerlo?

Me motivan muchas cosas, tantas que no tendré tiempo para abordarlas, pero seguiré intentándolo. La decisión existe, a veces lo que falta es el tiempo, pero trato de encontrarlo.

¿Y de lo veraz en el tratamiento de la Historia? Me gustaría que abundara sobre una frase suya: “nadie puede revivir lo que ya ha acontecido, y en esa dirección toda historia es una construcción…”

De la narrativa viene la concepción de que no existe la verdad histórica sino solo construcciones a partir de un discurso. Ese fue el presupuesto de Hayden White en su re-citada Metahistoria, después no solo la verdad, sino la historia misma, fueron cuestionadas por los posmodernistas, desde Francis Fukuyama hasta Keith Jenkins. Pero los historiadores no aceptamos esas conclusiones. Desde luego que tú no puedes revivir lo acontecido, lo más que puedes hacer es rememorar, si es algo que te atañe, o reconstruirlo, a partir de múltiples elementos, también diferentes, para acercarte, lo más posible, a ese hecho, a esa circunstancia pasada que llamamos “verdad”.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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