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Moro, el gran aguafiestas: Veinte años después

Paquita Armas Fonseca • La Habana

Fotos: La Jiribilla

 

Me parece mentira que hayan transcurrido veinte años de que en una madrugada calurosa escribiera la palabra fin en mi libro Moro, el gran aguafiestas. Sé que en los dos días posteriores lo único que hice fue dormir. Mi madre, entonces aún vital, se encargaba de los quehaceres hogareños.

Por eso pude dedicarme durante más de tres meses, día y noche, a hilvanar, buscar datos y parir aquel reportaje de tranco largo sobre la figura de Carlos Marx. Claro, el parto pudo durar solo ese tiempo, pero la concepción y evolución del singular feto fue de unos veinte años, desde que un día descubrí que el ilustre alemán era además de genial un deslumbrante ser humano.

Impreso el texto en 1991 por la editorial Pablo de la Torriente, sus mayores y mejores lectores fueron ―y son― jóvenes, lo que me llena de satisfacción. Aún, de vez en vez, me encuentro con algún que otro profesional que me sorprende al identificarme como la autora del libro que lo llevó a mirar a Marx desde otro ángulo. Ese fue mi objetivo: desacralizar a un hombre que fue convertido en Lucifer por los defensores del capitalismo y en Dios por una buena parte de los que querían construir el socialismo.

La respuesta de por qué tuve tal interés se encuentra en mis años de estudiante: la visión que recibía de los grandes clásicos del marxismo era tan dogmática que yo me preguntaba cómo era posible que siendo tan aburridos hubieran removido los cimientos filosóficos e históricos de la humanidad. Muchas de mis interrogantes fueron resueltas en la lectura directa de Marx, Engels y Lenin, que me llevaron a otros filósofos y también en libros, folletos o revistas que, hechos públicos en el extranjero, amigas y amigos me hacían llegar. Y, lógicamente nacieron otras preguntas. No es obvio decir que en Cuba circulaban solo los textos de o sobre marxismo, publicados en la URSS o la RDA, que si bien representan una fuente hechológica fiel, desdeñan el dato humano o personal de grandes hombres, que junto a sus sublimes obsesiones tenían otras bien terrenales: buscar la manera de comer, hacer el amor, decir versos, pelearse con un  amigo, vestirse… en fin, vivir. Así descubrí, por ejemplo, al Marx y al Engels poetas, sus cartas de amor desgarradoras, otras llenas de dudas sobre el decursar histórico, dos seres humanos geniales, pero seres humanos ante todo, no bustos de bronce y granito.

Cada nuevo dato lejos de alejarme del marxismo, hacía que me adentrara más en su estudio. No fueron pocas las veces que al impartir cursos de posgrado sorprendí a mis alumnos con frases o definiciones que le achacaban a cualquier teórico menos a Marx, Engels o Lenin. A su vez, en el tiempo en el que dirigí la revista El Caimán Barbudo, en más de una oportunidad ―acaloradamente en ocasiones― polemicé sobre ideas o conceptos que les atribuían a los filósofos del siglo XX que no hacían más que reformar ideas marxistas y exponerlas con otro ropaje.

El bosquejo del libro nació, precisamente en una de esas discusiones, cuando un buen amigo me dijo: ¿por qué no escribes un trabajo con ese mismo lenguaje que usas? Lo pensé y, cuando por razones que no vienen al caso, en 1988, tuve que salir de El Caimán… me dediqué a ordenar, por unas doce semanas aquellas ideas que tanto había amasado. Tres años después salía a la calle Moro, el gran aguafiestas. Ya no existía el muro de Berlín, Moscú cambiaba de color, y mi adorado Marx empezaba a ser cuestionado por una buena parte de quienes le colgaron, para su mal, el cartelito de Dios. Esa, pienso, es la razón por la que no fue un libro polémico cuando circuló.

En 1993 una larga discusión con Xosé Alberto Suárez, Picho, él defendiendo a Marx y yo a Ortega y Gasset, originó que él leyera el libro y fuera el principal impulsor para su traducción y publicación en gallego, pasados tres años bajo el título de Mouro, o eterno rebelde.  Cuando escribí la nota introductoria de esa edición, expuse: “Para algunos el marxismo junto con el cambio de color de Moscú murió. ¡Craso error! Murió una manera de interpretar la teoría del filósofo judío-alemán, porque Carlos Marx no ofreció recetas. Hizo de manera brillante un análisis del capitalismo, de sus males y causas, y esbozó lo que debía ser el comunismo. Moro no era Dios ni trabajaba con una bola de cristal o con magia, era un científico y su interpretación del mundo ―válida hasta hoy como el descubrimiento de la penicilina―, es lo que podía hacer en aquel momento. Echarle la culpa de la debacle de Europa del Este o de la URSS es como decir que la penicilina no sirve para combatir el SIDA”.

Trece años después de haber escrito tales ideas, sostengo el mismo criterio, pero con el tiempo a mi favor: la derrota del neoliberalismo ya es aceptada hasta por sus impulsores y a nadie se le ocurre hablar del fin de la historia y las ideologías.

En una encuesta publicada en Internet en 1999, mi bien amado Marx despuntó como el hombre del milenio. Hoy, en medio de la crisis económica mundial cuando en muchos centros financieros ―y de poder, lógicamente― se estudia a Marx como conocedor del capitalismo, también, por suerte, lo mismo en Italia, EE.UU., México o Argentina, y por supuesto, Cuba, científicos sociales continúan investigando y aportando desde el marxismo, propuestas de soluciones para el planeta. Mi tan querido, como a veces prepotente fantasma de Marx, sigue dando lucha. Y escribo mal: no es Marx, es él, más Engels y Lenin, que de los otros dos bien pretenden olvidarse nuestros enemigos.

Ya casi acabo, mas  no puedo abstenerme de confesar el placer que siento por la actual edición, que se prepara cuando se han cumplido recientemente dos importantes aniversarios de Carlos, El Judío: el 190 de su natalicio el 5 de mayo de 1818, en Tréveris y el 125 de su muerte el 14 de marzo de 1883, en Londres, pocas semanas antes de que arribara a los 65 años. A tantos lustros de alumbramiento y deceso, él y su obra, llenos ambos de contradicciones y múltiples sentimientos, nos siguen llamando para que entendamos que no basta con mirar al mundo, hay que transformarlo. No por gusto sus textos hoy han vuelto a ser vendidos con la profusión de otras épocas, sigue siendo el conocedor más vasto y agudo del capitalismo.             

Ciudad de La Habana, abril de 2009.

 

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