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Entre tantos Pedro Pablo
en la escena pública
cubana, ya sea en las
artes plásticas o en el
ciclismo, uno de ellos
resuena por estos días
en los medios de
comunicación, arrastrado
por los ecos del Premio
Nacional de Ciencias
Sociales 2009, que se le
entregara este sábado 13
en la Fortaleza de San
Carlos de La Cabaña.
Pedro Pablo Rodríguez,
el historiador, el
periodista, el
investigador, el editor…
o el profesor, como lo
saludan algunos
desconocidos que
frecuentan la cafetería
de su barrio, muy
cercano del Malecón
habanero.
Sin embargo, para
aquellos que lo
conocieron alguna vez
pasa a ser solamente
Pedro Pablo, quien está
ligado a la obra de José
Martí por demostrar la
verdadera esencia de la
utilidad de la virtud.
Sus múltiples ensayos,
cursos y libros sobre el
Apóstol, aderezados por
su certeza analítica y
pluma sagaz, alcanzan un
elevado quilate gracias
a su personalidad única
y de invaluable ética
martiana.
Pedro Pablo conoce la
gratificación de brindar
su mano, del trabajo
incansable y de
enarbolar la alegría a
toda costa, para tener
amigos de cualquier edad
o país. Un homenaje por
ser Premio Nacional de
Ciencias Sociales no
puede obviar el
reconocimiento de sus
valores personales, más
allá de su destreza y
capacidad profesionales.
En esa búsqueda se lanza
La Jiribilla, en
un encuentro muy cercano
a la entrega del lauro
que reconoce una obra,
que traspasa la
simplicidad de los
títulos y los
galardones.
La conversación, la
lectura, el piropo,
investigar sin descanso…
¿Cómo se define Pedro
Pablo a través de su
actuar cotidiano?
Como una gente común y
corriente que trata de
sacarle las cosas
interesantes y valiosas
a la vida y disfrutar
cada momento porque, en
definitiva, cada
pedacito es la
felicidad.
Recomendado por sus
amigos como un
entrevistador exquisito
y conversador
irremediable, ¿qué es lo
que más le agrada del
acto de dialogar con los
otros?
Aprender con los otros,
intercambiar, conocer y
admirar sus mejores
lados.
Uno de los aspectos
menos conocidos de su
obra es su vocación
literaria. ¿Qué géneros
prefiere?
Te diría que prefiero la
novela, pero al mismo
tiempo puedo disfrutar a
un excelente poeta, ya
sea de nuestra lengua,
que son los que más
disfruto, o los de
otras, aunque las
traducciones siempre les
hacen un poco de daño.
Pero en realidad lo que
más me gusta es leer un
trabajo bien escrito. Me
gusta leer una novela de
Carlos Fuentes o de
Gabriel García Márquez,
no solo por lo que
narra, sino por cómo lo
narra; me puede encantar
un poema de Martí porque
es un maestro de la
lengua, o me puede
fascinar un excelente
ensayo de los que
escribe Roberto
Fernández Retamar.
De igual modo, disfruto
muchísimo a algunos
periodistas que abordan
temas deportivos porque
es donde a veces se hace
el mejor periodismo
escrito en Cuba, manejan
imágenes tremendas,
crean vocablos nuevos y
describen las cosas con
una riqueza de ideas muy
vasta. También me gusta
muchísimo la sección de
cartas del diario
Juventud Rebelde, a
cargo del periodista
José Alejandro
Rodríguez, pues creo que
es una muestra de ese
periodismo que debemos
tener porque sabe
sintetizar los elementos
de las cartas de los
lectores, presentarlas
de un modo muy ameno y
agradable y al mismo
tiempo enjuiciar con una
belleza expresiva
admirable.
Por otro lado, disfruto
también los libros de
algunos colegas
historiadores. Entre los
muertos, considero que
Raúl Cepero Bonilla era
un hombre que escribía
muy bien, era un
escritor como lo fue
Moreno Fraginals. Hay un
capítulo de Ingenio,
esa obra tan importante
en la historiografía,
que es como un
paréntesis
técnico-conceptual, en
el que él describe las
tecnologías de
producción de azúcar de
la época, algo
aparentemente poco
literario y uno devora
ese texto con un agrado
y disfrute, que se da
cuenta de que estamos en
presencia de un gran
escritor.
Eso es lo que me gusta,
disfrutar el placer de
leer a un gran escritor.
Además de su perfil de
historiador, cuenta con
una obra periodística y
mantiene espacios sobre
todo en la radio ¿Cuál
es la concepción del
periodismo que defiende?
En primer lugar, no es
lo mismo el periodismo
en medios como la radio
y la televisión, que el
que se hace en la prensa
escrita; como tampoco es
igual en un diario que
en una publicación
semanal o mensual. El
periodismo debe ser
siempre un diálogo con
los lectores, los
oyentes o quienes se
sientan frente al
televisor. Hay que darle
multiplicidad de miradas
a la gente y también
permitirles más
presencia a los que no
están ejerciendo la
profesión periodística.
Quizá uno de los mayores
problemas del periodismo
cubano o de los medios
cubanos es todavía la
relativamente escasa
presencia de los que
disfrutan, utilizan o
tienen acceso a ellos.
Creo que el periodismo,
aunque sea para hablar,
no para escribir,
requiere además de un
excelente dominio de la
lengua, cosa que
realmente no pasa entre
nosotros, aunque en
verdad hay periodistas
aquí de primer fuste.
Tenemos
excelentes periodistas,
gente que escribe muy
bien; pero muchas veces
no se suele comprender lo
que quizá esas personas
son capaces de hacer.
Ahí está el problema:
hay concepciones que
confinan al periodismo a
ciertos marcos, y eso no
ayuda al desarrollo de
la profesión. En el
periodismo también tiene
que haber confianza, el
periodista debe tener la
oportunidad de trabajar
y tiene que equivocarse
también, siempre y
cuando lo haga a partir
de una convicción
política que coincida
con la línea
gubernamental que uno
apoya. Necesitamos en
verdad un periodismo más
contestatario. Los
medios no deben ser la
expresión del punto de
vista de un grupo de
personas; tienen que
estar abiertos a expresar
la mayor cantidad de
puntos de vista sobre
sus problemas y los
diferentes asuntos que
interesan a la sociedad.
¿Qué significa para
usted el concepto de
nación en tiempos del
resquebrajamiento de las
fronteras?
Eso de que se desdibujan
las fronteras es muy
discutible, porque lo
que quizá esté
ocurriendo es que se
expande una sola
frontera, establecida
por los EE.UU. Por lo
tanto, se tiende a
identificar muchas veces
como lo moderno o lo
global, las formas de
expresión culturales
psicológicas de la
sociedad norteamericana.
Se está perdiendo cada
vez más la diversidad de
acercamientos desde las
culturas a las formas de
vida y sus maneras de
expresión. El cómo
vestir, pensar, expresar
los sentimientos de los
pueblos africanos,
asiáticos o
latinoamericanos pueden
ser enormemente variados
entre ellos y no
parecerse en modo alguno
a las que ha impuesto el
mundo occidental y sobre
todo, en los últimos 20
años, los EE.UU.
Hoy se nos presenta un
solo modelo en líneas
generales, que es el
impuesto por ellos, lo
cual ubica el problema
en el centro: si
perdemos esa diversidad
cultural y esas
diversidades expresivas,
los seres humanos se
tornarán más aburridos,
porque todo lo vamos a
decir y a hacer de las
mismas maneras. Es
necesario pensar en una
globalización que no
excluya las identidades,
sino que implique un
reconocimiento y un
intercambio de las
mismas. Las identidades
siempre son múltiples y
variadas, pero tenemos
una identidad común:
somos seres humanos. Las
identidades son procesos
que están en permanente
cambio, desarrollo,
interacción, en
permanente diálogo. Lo
importante es que sean
diálogos y no
imposiciones.
¿Por qué formas de
expresión cultural de
Asia no van a tomar
cuerpo en la cultura
occidental? ¿Por qué
alguna vez no acabaremos
de ver la relación entre
el hombre, la sociedad y
la naturaleza en los
términos en que los
veían los pueblos
primitivos ―ahí estoy
empleando ya un término
de descalificación― en
que el hombre no era el
centro de todos los
procesos? Un indio le
pedía perdón a un árbol
porque tenía que usar su
madera; estaba revelando
una manera de ver un
mundo distinto, la
naturaleza no estaba
abierta a la
colonización y a la
conquista de nosotros.
Muchos de esos saberes
de otras épocas y
pueblos deberían
asimilarse en lo
contemporáneo porque es
la única forma de
asegurar la permanencia
de la especie, que está
por ella misma,
poniéndose cada vez más
en peligro de extinción.
Yo sí defiendo la
absoluta diversidad
cultural y entiendo muy
bien eso que hizo Martí,
cuando con un solo dólar
encima, caminando por
las calles de Nueva York,
compró una vasija de
porcelana china en una
tienda de antigüedades,
porque le fascinó. Tal
vez esa noche no comió,
pero el disfrutar ese
objeto le permitía otra
forma de ver la vida y
de vivir.
Al comentar sobre el
Premio Nacional de
Ciencias Sociales cada
vez que se le pregunta,
Rodríguez menciona a
José Martí,
adjudicándole en buena
medida el mérito que
pueda acumular este
reconocimiento. El
homenajeado ha dedicado
la mayor parte de sus
últimos esfuerzos
intelectuales a la
preparación de la
Edición Crítica de las
obras Completas de José
Martí, junto a un
colectivo del Centro de
Estudios Martianos. De
esta manera, Rodríguez
se convierte en uno de
los más fértiles
seguidores de las
indagaciones que sobre
el Héroe Nacional de
Cuba emprendieran los
intelectuales
Cintio Vitier
y
Fina García Marruz.
Otros de los temas
explorados desde los
caminos de la
historiografía por el
también Académico de
Mérito de la Academia de
Ciencias de Cuba, son
las luchas
independentistas en Cuba
y el legado de los
patriotas del siglo XIX,
la figura de Máximo
Gómez, el desarrollo del
pensamiento económico
cubano y los vínculos de
la nación con los EE.UU.
Este docente de la
Universidad de La Habana
y el Instituto Superior
Pedagógico Enrique José
Varona ha impartido
cursos sobre Filosofía,
Pensamiento Cubano,
Historia de Cuba,
Pensamiento Económico
Cubano, no solo en Cuba,
sino también en EE.UU.,
Francia, España,
Alemania, Suecia,
México, Venezuela,
Guatemala, Honduras,
Panamá, Ecuador y
República Dominicana.
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Rodríguez se ha
desempañado como
periodista y colaborador
de numerosas
publicaciones
(Revolución y Cultura,
Islas, Santiago, Honda,
Caminos, Casa de las
Américas, Temas, Debates
Americanos, etc.) y
emisoras de radio de la
Isla como CMBF.
Explorando este perfil
escribió en 2003 el
libro El periodismo
como misión
(compilación de estudios
acerca del periodismo de
José Martí, 2003).
También tiene publicados
los volúmenes
Antología del
pensamiento
revolucionario cubano
(1970, coautor), La
primera invasión
(1987), El despliegue
de un conflicto (La
política norteamericana
hacia Cuba entre 1959 y
1961) (1996),
Enrique José Varona,
política y sociedad
(1999, coautor), y
De las dos Américas
(2002, Premio de la
Crítica en 2003).
Hoy Pedro Pablo revela
que en todo este trabajo
“ha tratado de
contribuir al futuro más
digno y equitativo por
el que se viene luchando
desde 1959”. Que el
reconocimiento de este
día lo impulse a
escribir sus “libros
soñados”, en medio del
tiempo que dedica a sus
entregas cotidianas de
“amor a la patria, a
nuestros ciudadanos, a
América y al mundo”. |