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He dicho en alguna
entrevista que lo mejor
que tiene un premio como
este es lo que arrastra:
la alegría de los
amigos. Ahora quisiera
añadir otra virtud: la
de renovar las
credenciales
literarias de la
prosa reflexiva. Ustedes
se preguntarán qué
significa eso en el país
que ha producido —desde
Mitjáns hasta Vitier,
desde Enrique Piñeyro
hasta Mañach, desde
Varona hasta Marinello,
por solo citar media
docena de nombres
ilustres— uno de los más
notables conjuntos de
obras críticas y
ensayísticas de nuestra
lengua, algunas ligadas
a los géneros literarios
tradicionalmente
reconocidos como tales,
en especial la poesía.
Les confieso que no lo
sé, pero a pesar de que
este Premio Nacional de
Literatura ha recaído
con bastante frecuencia
en autores cuya obra se
centra o incursiona a
menudo en el ensayo y
sus variantes, lo cierto
es que de vez en cuando
alguien insinúa que esas
prácticas entran más en
el terreno de las
ciencias sociales o del
periodismo que en el de
la literatura
propiamente dicha.
Es cierto que en este
campo los espacios no
están muy bien
delimitados, o, como
preferimos decir hoy,
cartografiados. La
reflexión ensayística se
ramifica en
imprevisibles subgéneros
respondiendo a la
tendencia de sus
distintos oficiantes
—filólogos,
historiadores,
sociólogos, críticos…—
pero eso no quiere decir
que no podamos reconocer
en cada caso la huella
de un gusto o un
criterio personal…,
que es en definitiva lo
que caracteriza al
ensayo como género
literario desde
Montaigne hasta nuestros
días. En este ámbito
intelectual —hoy
diríamos: en este
espacio discursivo— las
ideas se expresan de un
modo que no tardan en
sugerir sonidos y formas
—tal vez un gesto, la
entonación de cierta
frase, la concentrada
actitud que del célebre
pensador nos legó Rodin…—,
y no es extraño que de
pronto nos asalte la
curiosa impresión de que
estamos sosteniendo un
diálogo vivo con el
autor.
Y ahí nos tienen —como
mi tocayo, el obispo de
Milán, que según cuenta
la leyenda fue el primer
mortal que leyó un libro
en silencio—, ahí nos
tienen asintiendo o
negando entre dientes,
sumidos en la
indefinible experiencia
de la lectura,
sosteniendo una
conversación gracias a
la cual, en el acto
mismo de descubrir al
Otro, nos descubrimos a
nosotros mismos. Cierto
que los campos del
ensayismo y de la
crítica no están muy
bien delimitados, pero
¿acaso lo están los que
corresponden a otros
géneros? Si la novela
por antonomasia es el
Quijote o La
Guerra y la paz,
¿por qué llamamos
novelas a El
extranjero, de Camus,
o —salvando las
distancias— a Ya es
tarde para amar, de
Corín Tellado? Sin ir
tan lejos: si Los
ciegos de Loveira es
una novela, ¿qué rayos
es El siglo de las
luces? En otras
palabras, cada caso —si
me permiten decirlo así—
es un caso y por tanto
debe ser tratado por lo
que tiene de específico.
Saber que la poesía se
caracteriza por sus
valores plásticos y
rítmicos, la narrativa
por la descripción de
ambiente y personajes, y
la prosa reflexiva por
el manejo de las ideas y
las valoraciones
críticas, es algo que
nos sirve para poner
etiquetas en el librero,
pero no para decidir a
qué libro dedicarle unas
horas de las pocas que
el trabajo y la
televisión nos dejan
libres cada día. La
gente de nuestro oficio
no se hace ilusiones en
cuanto al alcance de su
labor, convencida de que
escribe casi
exclusivamente para
profesores, estudiantes
de literatura y
aficionados al género
—¿qué más se puede
pedir?—, pero a menudo
nos encontramos con
adultos de las más
diversas procedencias
que nos confiesan haber
discrepado o coincidido
con nosotros en lo que
expusimos en tal o
mascual artículo o
ensayo publicado en esta
o aquella revista. De
ahí que nuestra
preocupación no gire en
torno al asunto de la
legitimidad estética
del género sino más bien
en torno al problema de
los canales de
comunicación: ¿cómo
llegar a un púbico más
amplio, fuera del ámbito
reservado a los
especialistas?
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Pero si bien se mira, no
se trata únicamente de
los canales de
comunicación sino
también de los modos de
expresión. Aunque hay un
vocabulario técnico que
a veces resulta
insoslayable, hay
también una tendencia a
abusar de las jergas del
oficio, como si
pretendiéramos no tanto
comunicar como marcar
distancia con respecto
al lector común. Lo
mismo ocurre con el
tono: parecería que
un asunto se hace más
importante si lo
abordamos engolando la
voz. Tengo en este
sentido una experiencia
personal que ahora me
atrevo a compartir con
ustedes porque atañe a
mi propia formación como
crítico. A fines de 1953
—acababa yo de cumplir
veintiún años y
trabajaba en un banco de
Bayamo— la revista del
gremio, El bancario,
convocó a un
concurso de ensayos
sobre Martí para
conmemorar el centenario
de su nacimiento. Decidí
participar con un texto
perezosamente titulado
“José Martí, el poeta”.
Permítanme citarles el
primer párrafo:
Al contemplar esa
cordillera rematada en
picos que es la historia
del Nuevo Mundo, vaga la
pupila de un delirio
orgulloso —triste
orgullo de saber lo que
fuimos— y se detiene
casi como en éxtasis en
una cima que araña las
estrellas y que parece
ser la culminación de
toda su trayectoria. Esa
cima se llama José
Martí.
Me pregunto: ¿de dónde
saqué yo esa retórica
pseudo-modernista? ¿Del
”Responso” de Darío,
quizá? (“¡Padre y
maestro mágico, liróforo
celeste!...” ), ¿o de la
oda a Martí, de Agustín
Acosta? (“¡Montañas,
decidme la frase primera
vosotras que tanto le
amabais!...”) ¿O acaso
del propio homenajeado,
de cuyos discursos me
sabía párrafos enteros?
(“Porque si en las cosas
de mi patria me fuera
dado preferir un bien a
todos los demás, un bien
que de todos fuera base
y principio”…, etc.
etc.) ¿De dónde?, me
pregunto. No lo sé, pero
es evidente que para mí
lo que yo estaba
haciendo era
“literatura”, un modo de
escalar resueltamente,
con las herramientas del
ensayo, las cimas de la
poesía. Por suerte topé
con un jurado tan
generoso, pero tan
generoso, que opinó lo
mismo. Me llevé los cien
pesos del premio y a los
dos o tres meses el
texto se publicó en la
revista.
Nueve años después —ya
yo tenía treinta y había
dado algunas vueltas por
esos mundos— participé
en un Fórum de la
Crítica celebrado en la
Biblioteca Nacional con
una ponencia titulada
“La crítica literaria
aquí y ahora”. En el
primer párrafo hablaba
de un duelista,
un duelista que no era
tal porque acostumbrara
a batirse con sus
adversarios, sino porque
le gustaban los
discursos fúnebres. Pero
permítanme citar
textualmente:
En mi pueblo había un
abogado a quien todo el
mundo le reconocía un
mérito: el de saber
despedir duelos. En eso
el hombre era un lince;
al oírlo concluir uno
quedaba un rato en
suspenso, como asombrado
de que le muerto no se
levantara a darle las
gracias.
Ese preámbulo burlón me
servía para contar la
anécdota de un joven —yo
me ponía en su pellejo—
que sin tener la
locuacidad del abogado
debía despedir un duelo
y que, sudando la gota
gorda, acababa
pidiéndole al susodicho
que, por favor, se
hiciera cargo del
paquete. Si ustedes me
preguntaran qué había
ocurrido entre aquel
desenfreno retórico de
1953 y este desenfado
coloquial de 1962, les
contestaría simplemente
que una revolución.
Habíamos entrado en una
época en que retórica y
demagogia se habían
hecho equivalentes, en
que los analfabetos
habían aprendido a leer,
en que el precio
promedio de los libros
—los que no eran
gratuitos, quiero decir—
fluctuaba entre 40 y 50
centavos, y en que solo
imaginábamos la cultura
como un continuo diálogo
entre iguales, sobre
todo tratándose de
jóvenes. La palabra
catedrático y la
acción de dictar
cátedra habían
desaparecido incluso del
vocabulario académico.
El profesor y el crítico
pasaban a ser simples
intermediarios; podían
iniciar el diálogo, sí,
pero con la clara
conciencia de que eran
solo eso, los primeros
entre iguales, los
encargados, en cada
caso, de declarar
abierto el debate.
Ya ven: éramos jóvenes y
en eso estábamos. Yo me
esforzaba por acercarme
a ese modelo de crítico
y ensayista dialogante
no solo a través de la
forma sino también del
fondo, tratando, por un
lado, de evadir las
jergas del oficio sin
caer en el teque
o la tontería, y por el
otro, de concentrar la
reflexión de aquellos
asuntos que a mi juicio
tuvieran mayor alcance
sociocultural…, que
eran, por lo demás, los
únicos que me
interesaban en las
nuevas circunstancias.
Aludiendo tanto al
ensayista de El
Bancario como al
joven atormentado de
A un paso del diluvio
—el libro de cuentos que
publiqué en Barcelona,
en 1958—, el desenfadado
crítico de 1962 podía
decir, como el poeta del
célebre exordio: “Yo soy
aquel que en los pasados
tiempos…” Sospecho que
es el reconocimiento de
ese esfuerzo —más que
sus resultados
concretos—, lo que me ha
conducido hoy hasta
aquí. Y conste que en el
reconocimiento incluyo
la generosidad de mis
colegas.
Al entrelazar mi
historia personal con la
historia colectiva caigo
en la cuenta de que
1953, el año del Moncada
y de mi debut como
ensayista, es también el
año en que tuve dos
experiencias
intelectuales sumamente
importantes en mi
formación, representada
por sendas lecturas:
El hombre subterráneo de
Fiodor Dostoievski,
un ensayo de Ezequiel
Vieta publicado aquel
año en Santiago de Cuba,
y Antología del
cuento en Cuba, de
Salvador Bueno. A Vieta
lo conocimos Pepe Triana
y yo en su casa de
Santiago y desde
entonces mantuvimos con
él una estrecha amistad.
Para nosotros fue un
shock descubrir que
por aquellos lares no
solo se escribían
cuentos guajiros y
evocaciones patrióticas,
sino también reflexiones
“existenciales”, como
llamábamos a aquellas no
marcadas por un destino
colectivo, sino
individual. Y todavía
nos esperaba una
sorpresa mayor, porque
al año siguiente —en
Santiago también— Vieta
publicó Aquelarre,
en conjunto de cuentos
tan insólitos como el
propio título del libro.
Con ellos quedamos
definitivamente
inoculados contra el
virus costumbrista y las
desvaídas pinceladas del
color local, lo que
ocurría, por lo demás,
en un terreno ya abonado
por el continuo trato
con los clásicos. Me
viene a la mente un
recuerdo desagradable,
un acto de pueril
arrogancia que cometí
por aquellos años,
cuando un escritor a
quien no conocía tuvo la
gentileza de mandarme
dedicado su libro de
cuentos —cuentos
vernáculos, como se
decía en aquella época—
y yo tuve la
desafortunada ocurrencia
de agradecérselo pero
advirtiéndole que por el
momento no podía leerlo,
porque estaba leyendo a
Ibsen. Efectivamente,
estaba leyendo a Ibsen,
pero nunca podré
perdonarme aquel
desplante, o mejor
dicho, aquella idiotez.
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En el 53 tuve esa otra
experiencia de lectura
que ya mencioné y que
también resultó ser
decisiva, a la larga,
para mi orientación
profesional: la de la
Antología del cuento en
Cuba (1902-1952),
de Salvador Bueno, cuya
otra cara —la antología
de poesía, compilada por
Cintio Vitier— había
aparecido un año antes,
pero llegado a nuestras
manos después.
Ambas constituían un
binomio paradójico, el
de las antologías
conmemorativas del
Centenario de Martí y el
Cincuentenario de la
República. La de Bueno
me reveló en la práctica
la existencia de una
cuentística
nacional. Hasta entonces
yo había leído cuentos
aislados —los de Luis
Felipe por aquí, uno de
Onelio Jorge y otro de
Félix Pita por allá…—
pero aquellos cuarenta y
dos autores incluidos en
la antología, aquel
muestrario de tendencias
y estilos me hablaban de
un proceso y una
dinámica interna que yo
ignoraba. Convertidas en
panorama de un
género a lo largo de
medio siglo, aquellas
unidades afines o
contradictorias, los
sucesivos rostros del
género, se entrelazaban
para acabar
constituyendo eso, la
fisonomía del cuento
cubano del siglo XX. El
eje en torno al
cual se articulan entre
sí lo había aportado el
antólogo mediante la
selección y el análisis
histórico y crítico.
Intuí entonces lo que
solo supe mucho tiempo
después, que los autores
escriben las obras,
pero que son los
historiadores y los
críticos los que
construyen las
literaturas. Ustedes
se dirán que estoy
aprovechando la ocasión
para arrimar la brasa a
mi sardina, pero
pónganse a pensar un
momento y verán que no
exagero: la literatura
con minúscula —o, si lo
prefieren, la
literariedad— es una
sustancia, la cualidad
que define lo literario,
pero la Literatura con
mayúscula es un sistema,
y los sistemas no se
construyen a base de
fantasías, sino de
cálculos. Hoy sabemos
también que el “sistema
de la Literatura” abarca
un mundo de relaciones
que va mucho más allá de
los autores y los
textos.
En el recuento de mi
trayectoria, durante mi
etapa de aprendiz de
brujo, no puedo dejar de
mencionar a Pepe
Rodríguez Feo, que
publicó en Ciclón
mi primer cuento, y a
Antonio Ortega, que
publicó en Carteles
mis primeros artículos
periodísticos.
Ya en ese momento estaba
claro que lo mío, para
bien o para mal, era
bregar con las palabras.
Y apenas unos años
después supe también,
por experiencia propia,
que el que cambia de
lenguaje —o de léxico,
inclusive— cambia de
personalidad. En efecto,
ahora vivía en La Habana
y me veía obligado a
desterrar de mi
vocabulario decenas de
palabras ligadas
indisolublemente a mi
universo personal y muy
especialmente al mundo
de mi infancia; ya no
podía decir en público
zapote o guineo, por
ejemplo, sin confundir
al interlocutor, ni
papaya sin
escandalizarlo; no podía
decir reales —por
dinero— ni esticar
—por rebotar— sin que me
miraran como a bicho
raro. Pero en definitiva
eso no era grave y a mí
me habían enseñado de
niño a ser flexible: “Al
pueblo que fueres, haz
lo que vieres”. Lo grave
fue lo que ocurrió años
después con el
vocabulario propio de mi
oficio, que de pronto
dio un vuelco y me dejó
hablando en un lenguaje
arcaico que a los
colegas jóvenes les
costaba trabajo entender
y mucho más aceptar.
Tuve de repente la
impresión de que ya no
podría ser leído sin una
monumental Fe de Erratas
delante. No podía seguir
diciendo “obras”, ahora
debía decir “textos”, al
hablante del poema no
debía llamarlo “el
poeta” sino el “sujeto
lírico”; en vez de
“conocimientos” debía
decir “saberes”; y sobre
todo ―sobre todo― tenía
que evitar la tontería
de hablar de
“influencias” cuando se
tratara de casos
evidentes de “intertextualidad”.
Hice un esfuerzo por
ponerme al día y cuando
ya creía ―Focault
mediante― pescado en las
revueltas aguas del
post-estructuralismo
algunas categorías
útiles, con las que al
menos podría salvar la
cara, me cayó encima ―nos
cayó encima― el alud
de la postmodernidad.
Muchachos y muchachas se
paseaban ante nuestras
propias narices con
libros de Lyotard y
Derrida bajo el brazo y
nos dedicaban sonrisitas
irónicas, como diciendo:
“Ahora nos toca a
nosotros… ¡Olvídense de
los Grandes Relatos!”. Y
vino el destape: ella
escriba postcrítica y él
ensayos sobre el cuerpo,
y ambos atrevidas
propuestas sobre el
graffiti o la narrativa
gay, mundos cercanos
pero inexplorados hasta
entonces por nosotros o
por la crítica local, ya
fuera porque no teníamos
ojos para verlos o
porque entraban en la
categoría de “temas
tabú”.
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Mi generación tiene
mucho que agradecer a
los dogmáticos que en
las década del sesenta y
setenta pusieron a
prueba la solidez de
nuestras convicciones
estéticas y políticas.
Ahora contraíamos otra
deuda, esta vez con los
novísimos, un
grupo situado en el polo
opuesto al de aquellos
litúrgicos guardianes
del realismo socialista
y de las buenas
conductas. Lo que nos
enseñaban ahora los
muchachos era una verdad
muy simple pero
fundamental: los tiempos
cambian y, con ellos,
los gustos y las
perspectivas. Las nuevas
generaciones tenían
cosas nuevas que decir y
sabían que solo
diciéndolas podrían
incorporarse al eje
de que hablábamos antes,
el de una tradición
forjada por otros pero
que un buen día pudieran
llamar suya
porque ellos también
había contribuido a
forjarla. Uno se
solidariza con los
jóvenes porque no les
queda más remedio y
porque piensa que, en
definitiva, estamos en
el mismo barco. Pero
también porque siente
que lo une a ellos un
mismo impulso, el de la
búsqueda de su propio
camino, de esas verdades
sencillas pero
irrenunciables por las
que uno siente que vale
la pena luchar.
El proceso es difícil
por contradictorio. A
cierta altura del
partido ya se tiene el
pellejo tan duro que no
es posible cambiar
radicalmente sin
quebrarse y además sin
preguntarse por qué y
para qué. Y entonces lo
que uno suele hacer es
reivindicar su derecho a
seguir siendo el mismo.
Habrá quien llame a eso
tozudez. Yo prefiero
llamarlo coherencia o
autenticidad.
Gracias a todos, por
compartir este momento
conmigo. Lo considero
una renovada muestra de
aprecio y un voto de
confianza, para lo que
resta del viaje.
14 de febrero de 2010
Palabras de
agradecimiento a
propósito de la entrega
del Premio Nacional de
Literatura.
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