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“Yo soy mis libros”,
respondió alguna vez
Reynaldo González cuando
se le pidió definirse y,
de seguro, leerlos ha de
ser la mejor manera para
calibrar el pensamiento
de este intelectual,
capaz de deslizar en sus
textos las ideas más
profundas y lúcidas,
ingeniosamente
salpicadas con humor,
ironía, suspicacia y un
exquisito lenguaje.
Reconocido como uno de
los más prestigiosos
ensayistas
contemporáneos, también
en la narrativa, el
testimonio, la poesía,
la crítica y el
periodismo, Reynaldo
González ha dejado sus
huellas.
En el año 2003 recibió
el Premio Nacional de
Literatura, al que se
unen otros
reconocimientos como el
Premio de Periodismo
Cultural y el de la
Crítica Literaria,
obtenido en seis
ocasiones, la última en
el 2009 con Caignet,
el más humano de los
autores. Este
fabuloso ensayo-collage
retoma la figura poco
estudiada del creador de
la radionovela en Cuba,
al mismo tiempo que
analiza una época
imprescindible para
comprender la fuerza que
hoy ejercen los medios
de comunicación masiva
en el continente.
Otra de las pasiones del
escritor: la
investigación, salta a
la vista al dar un solo
repaso a su obra.
Difícil sería deslindar
cuánto de esta necesidad
de conocimiento marca la
prosa de ficción del
escritor, pues también
la indagación histórica
está presente en novelas
como Siempre la
muerte, su paso breve
(Primera Mención en el
Premio Casa de las
Américas 1968) o Al
cielo sometidos
(Premio Ítalo Calvino de
la UNEAC 2000), y, de
manera similar, la
narración se avista en
ensayos como
Contradanzas y latigazos
(1983), Llorar es
un placer (1989) o
El bello Habano.
Biografía íntima del
tabaco (1998).
A Reynaldo González se
dedica esta 19 Feria
Internacional del Libro,
ocasión que ofrece a los
lectores la oportunidad
de reencontrarse con
algunos de los títulos
mencionados, agotados en
sus primeras tiradas,
junto a otros más
recientes. De igual
manera, le son dedicados
coloquios y homenajes
que reconocen el aporte
a nuestras letras de
este “hombre de
principios, consecuente
en sus afinidades,
solidario en la
adversidad, tesonero
organizador y campeón de
la amistad”, como lo
definiera el escritor
Lisandro Otero.
Se podría decir que
usted ha sido un
electrón libre dentro de
la literatura
contemporánea si
pensamos en afiliaciones
a grupos literarios,
preferencias temáticas o
tendencias
generacionales. Parece
como si quisiera
conocerlo y explorarlo
todo, sin necesidad de
andar atado. Entonces,
¿dónde ubica Reynaldo
González sus
pertenencias? ¿Cuáles
son sus credos
literarios, culturales,
de vida?
Tu pregunta arrastra la
persistencia de
concepciones que por
demasiado tiempo
constriñeron la
creación: la idea de
seguir “credos”, de
pertenecer a
“tendencias”. No me
refiero a una aceptación
del creador —a veces
inducida—, sino al
encasillamiento desde la
interpretación ajena.
Cuando el asunto ganaba
connotación de
“orientación”, quien no
se ajustaba a los
cartabones imperantes
resultaba sospechoso. He
visto a colegas
esforzándose en
satisfacer exigencias de
ese tipo, que a nombre
de una hoja de servicio
los retrotraían, cuando
más, al decimonónico
realismo crítico —para
no mortificarme hablando
de otros realismos— y
sus obras se alejaron de
razones artísticas, como
si salieran de una
producción fabril, no de
una sensibilidad y de
una inteligencia
individual. Mis libros
responden a mi
curiosidad, mi interés y
mis pasiones, incluidos
los que pueden sumarse a
intereses compartidos.
Eso de los grupos y las
afiliaciones implica el
riesgo del efecto dominó
cuando la orientación
tropieza con una
resistencia verdadera o
pasa de moda. La
disciplina tendrá sus
beneficios, pero también
aplana y uniforma una
creación tan personal
como la literatura.
Desde niño leí mucho,
desaconsejado y libre,
no busqué un magíster
que me descubriera la
literatura, menos el
amparo de un código de
conducta en terrenos
donde todo eso es
artificial y resulta
instrumentalizador.
Los temas que desarrolla
en su prosa ensayística
indagan en aspectos
definitorios que
intervienen en la
formación de nuestra
cultura. ¿Se propuso en
libros como Llorar es
un placer,
Contradanzas y latigazos,
El bello Habano…
o Caignet, el más
humano de los autores
desentrañar procesos
formativos de nuestra
identidad cultural?
Mis intereses parten de
una necesidad de
conocimiento, una
ansiedad disparada a
muchas direcciones. Los
libros que mencionas, y
otros, responden a
indagaciones voluntarias
y voluntariosas, por
cuenta propia. Al
escribir, soslayo los
caminos trillados.
Alguien observó una
recurrencia narrativa en
mis libros ensayísticos,
¿y por qué no? Busco
formas que me permitan
persuadir a mi lector,
creo que comunico y los
libros se venden. La
vida me ha demostrado
que también se leen. Al
género ensayo lo
agredieron con
neologismos y categorías
propias del lenguaje
teórico, lo enfermaron.
Remover su expresión
será una forma de
oxigenarlo, sacarlo de
una rutina “no
comunicante” que se
presupone docta. En
temas que implican al
“contaminado de la masa”
es ridículo imponerle
las manías expresivas de
la elite. Detrás de ese
metalenguaje hay más
presunción que
profundidad, cumple un
ritual de “enterados”,
más cáscara que fruta.
En cuanto al tema de la
identidad cultural ya
corre demasiada agua
debajo de esos puentes,
lo van convirtiendo en
otro lugar común,
carente de verdaderas
propuestas. Habrá que
devolverle significado
con investigaciones
serias y no con
ritornelos vacuos.
La cultura popular ha
sido a ratos despreciada
por cierta zona de la
intelectualidad que
suele mirarla desde una
cúspide. Sin embargo,
usted no cesa de
reflexionar sobre la
influencia ejercida en
América Latina por los
productos culturales
provenientes de los mass
media. ¿Responde a un
interés reivindicativo
de esos espacios?
Ahora asoma la idea de
que la creación asumida
por la población, o
nacida de ella, requiere
reivindicaciones. En
nuestros países hay
mucho snobismo en la
suposición de una
cúspide intelectual
enfrentada a la cultura
popular. Esa actitud la
tienen personas
sofisticadas, no
precisamente cultas —no
confundamos el
amaneramiento con una
profundidad más
atribuida que ganada. Se
quedan en afirmaciones
supuestamente
proverbiales, poses;
pero no estudian para
conocer las raíces de lo
popular ni la historia
verdadera. Si la música
es uno de los valores
más detonantes de
nuestra cultura, tomo el
ejemplo de alguien cuya
grandeza no requiere
alabanzas, Leo Brouwer.
Él ha explicado con
mucho detenimiento lo
acendrado de nuestras
expresiones populares en
lo que llaman “música
culta”. Una raigal
alimentación y
retroalimentación las
han dotado de una
solidez irrecusable.
Detectar los mecanismos
predominantes en los
productos elaborados
para el consumo masivo
es un deber del
intelectual que en
nuestros predios se
proponga una gravitación
real con su trabajo.
Detrás de la expresión
“cultura de masas” se
esconde su reverso: una
cultura producida para
consumo de las masas. En
mis libros no exalto ni
reivindico determinados
mensajes de la industria
cultural, sino
desentraño la
manipulación que esa
industria hace de las
ansiedades y de una
sentimentalidad
largamente abonada. Allí
se implican la música de
consumo, nuestros poetas
neorrománticos de ayer y
de hoy, las revistas del
corazón —cubanas o no,
pero golosamente
consumidas— y su
repercusión en hábitos y
rituales que constituyen
verdaderas aberraciones.
Esa influencia no ha
perecido porque halló un
caldo de cultivo que le
permite subsistir. Y
porque las formas
heredadas del
entretenimiento no han
perecido en las mentes
de sus promotores. No
hubo ningún corte al
sesgo que nos permita
dar por terminada la
influencia de todo eso,
ni tampoco ese corte lo
determinaría sin un
propósito educacional
meditado y
esforzadamente puesto en
práctica. Darle la
espalda a este fenómeno
afirmando que tenemos
una cultura nueva, es
una falacia. Basta
encender la radio o el
televisor para
comprobarlo.
El más reciente de esos
acercamientos,
Caignet, el más humano
de los autores,
constituye un libro
sorprendente no solo por
la enjundia
investigativa, sino
porque reconstruye una
época también desde su
presentación formal,
desde el diseño.
Coménteme sobre el
proceso creativo e
investigativo de este
ensayo-collage,
libro-revista, que
rescata una figura
indispensable, pero un
tanto soslayada. ¿Qué
pretensiones tenía al
escribirlo?
Félix B. Caignet es un
valor de la cultura
popular, desde canciones
concebidas en su
juventud —“Te odio” y
“Frutas del Caney”—
hasta su significación
en la radio y luego en
el cine melodramático
que hizo época en
América Latina. Aunque
importante en sí mismo,
no se le comprendería
sin informar sobre la
época que él y otros
contribuyeron a
caracterizar, junto a la
política, el desarrollo
de los mass media en
Cuba y en el continente,
las campañas
publicitarias, el
ilusionismo de un
desarrollo que era
solamente crecimiento,
hipertrofia, lo que se
consideraba “buen
gusto”, el kitsh, la
exacerbación del
sufrimiento como camino
de superación, el
racismo... Él capitalizó
con todo eso e impuso un
“estilo Caignet” que
cambió la radiodifusión
y se extendió a los
mensajes con imágenes en
movimiento. Logró cuanto
se propuso. Pero no pudo
escapar de las redes de
una producción mediocre,
frente a la cual no
basta con solazarnos en
esa calificación. Allí
hay algo más. Acepto sin
falsa modestia que entre
nosotros no existía un
libro como Caignet,
el más humano de los
autores para abordar
un fenómeno tan
complejo; pero también
que los talentos
dedicados al análisis
muestran una idea
bastante conformista del
ensayismo en términos
culturales, se proponen
más de lo mismo con una
concepción ajustada a
“lo literario” como un
cuerpo con límites
endémicos. Entre
Llorar es un placer
y este libro tuve tiempo
para investigar y
documentarme. Del
primero conservé inédita
una entrevista que le
hice a don Félix y seguí
investigando. La puesta
en páginas reflejó la
idea de un collage
logrado gracias a la
colaboración eficaz de
Beatriz Pérez. Se
trataba de dar un
calidoscopio de líneas
tan cruzadas como los
intereses que las
movían, con apéndices
complementarios, una
ambiciosa cronología de
la farándula, su
epicentro, y más de 260
imágenes. Para la
segunda edición contamos
con un espléndido diseño
de portada de Sigfredo
Ariel, nombre que por
imperdonable error no
incluyeron en los
créditos. En cuanto al
ninguneo que padeció
Caignet, se debió a los
nuevos propósitos
impuestos en la radio y
la televisión, no tan
nuevos como se pensó, y
otros accidentes
descritos en el libro.
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Hace un tiempo participó
como profesor en un
curso dedicado al
periodismo cultural de
Alejo Carpentier. El
encuentro hurgaba en la
producción del autor
para reflexionar sobre
el estado actual de
nuestra prensa, en la
que se extraña la
presencia de grandes
firmas literarias y de
una crítica profunda,
aguda e inteligente.
Para usted, literato que
no olvida este otro
oficio de palabras un
tanto más urgentes, ¿en
qué estado se encuentra
el periodismo cultural
en Cuba? ¿Qué precisamos
para desperezarlo, para
calmar sus dolencias?
No me gusta calificar a
colegas cuando su
trabajo, su eficacia o
sus defectos no dependen
solamente de ellos, sino
de lineamientos,
sobrevaloración de un
tipo de mensajes y
subvaloración de otros,
desatención de sus
matices y
peculiaridades, dejadas
a la rutina de un
cumplimiento machacón,
sin buscarle formas más
actuales y capaces de
penetrar en los temas
que aborda. El panorama
es descorazonador. Los
errores y algunos
despropósitos graves no
caen sobre sus
responsables, quedan en
una superconducción
omnipresente. Predominan
la inadvertencia, la
superficialidad y la
autocomplacencia en el
cumplimiento de un
superobjetivo ante el
cual todo lo restante
pasa a segundos,
terceros o cuartos
planos de consideración.
Mientras esa sea la
realidad de los medios,
será esa la cosecha.
Dentro de todo, por
suerte, algunas cabezas
más avisadas asoman,
pero las absorbe un
tejido aparentemente
flexible pero en verdad
impenetrable. Y continúa
el autobombo del medio
que publicita al medio.
En esas condiciones poco
pueden hacer
precisamente “los
literatos”, alejados, ni
siquiera los que
aparecen en nómina.
Sobre la década de los
años 60, en la cual
comenzó a publicar y a
hacer periodismo, dijo
que fue “verdadera rampa
de lanzamiento para el
talento insular, nos
daba fuerza y ganas de
comernos el mundo”. ¿Qué
sentimientos produce
entonces esta década de
inicios de siglo que ha
terminado y la que
recién comienza?
¿Provoca deseos
similares?
La poca exigencia de las
potencialidades
individuales, de la
curiosidad en cuanto a
los asuntos y a la
manera de expresarlos no
avizoran un cambio en el
panorama de nuestras
comunicaciones: un
recetario estricto y
ordenanzas que pastorean
más que conducen. El
conformismo mina la
voluntad de cambios. Los
de arriba no se
arriesgan, preocupados
por la silla que ocupan.
El resultado es
mortecino, se repite
cada vez con extremada
similitud. A veces un
movimiento mínimo parece
que va a romper la
rutina, pero todo vuelve
a su quietud, la espera
de algo que mueva las
aguas. En la ocasión que
mencionas yo hablaba de
los primeros años de
la Revolución,
cuando coincidieron
talentos, ganas de
trabajar y una libertad
irrestricta, sin el peso
de una monotonía
igualitaria, página a
página, párrafo a
párrafo y un lenguaje la
mar de aburrido. ¿Qué me
pides que te diga?
La Feria ofrece la
oportunidad de
reencontrarnos con
algunos de sus libros,
casi todos rápidamente
agotados en sus tiradas
anteriores. Eso le ha
dado también la
oportunidad de revisitarlos antes de su
reimpresión. ¿Cómo
define textos como
Siempre la muerte, su
paso breve, La fiesta de
los tiburones, Al cielo
sometidos, que los
lectores pueden
encontrar ahora mismo en
las librerías? ¿Cómo
quisiera que fueran
leídos?
Quisiera que los leyeran
con la impugnación que
merecen, que el lector
establezca un diálogo
comprometido y directo,
le exija entretenimiento
a los relatos y nivel
analítico a los ensayos.
Yo escribo con ganas,
que me lean con ganas,
de manera exigente. A un
escritor que se toma en
serio lo frustra un
lector pasivo,
simplemente consumidor.
En el apartado de los
libros testimoniales se
ha sumado
Conversación en Las
Terrazas, un libro
escrito hace 37 años,
pero mantenido inédito.
Pasé un tiempo entre los
“terraceros” de la
Sierra del Rosario,
donde surgió el pueblo
que aparece en el
título. Es una suma de
testimonios de los
habitantes de aquellas
lomas antes de mudarse
al pueblo. Hablan de sus
vidas, lo que
comprendieron y cuanto
no llegaron a
comprender, sus
angustias y sus pequeñas
alegrías. Además del
testimonio humano y
dramático, me sedujo el
gracejo con que narran y
el sostenido esfuerzo
por la supervivencia en
un panorama más que
hostil, cruel. De
inmediato los quise y
comprendí que ese
argumento solamente
podría contarse como
vivieron ellos, con
cercanía a la tierra, a
la naturaleza.
Coincide esta Feria con
el centenario de José Lezama Lima, de quien
fue amigo personal y a
quien ha dedicado varios
textos. Su relación con
el escritor está
descrita de algún modo
en Lezama revisitado,
el libro que edita
Letras Cubanas. Pero,
¿cómo habría que
acercarse a Lezama ahora
que recordamos sus cien
años? ¿Cuál sería el
mejor homenaje para el
poeta origenista?
Siempre regreso a las
páginas de Lezama con el
emocionado respeto de
cuando lo conocí, a mis
22 años, y luego, cuando
decidí entrar en la
seducción barroca de sus
libros, hasta que edité
su tomo de ensayos La
cantidad hechizada.
Fue un gran regalo: su
amistad y su
conversación, a
propósito de un libro
donde trataba la cultura
cubana del siglo
xix, que
atesoraba en la palma de
su mano. La experiencia
se reflejó en la
escritura de
Contradanzas y latigazos
(1983), por las
reflexiones sobre la
historia como espiral
que regresa y asciende,
en giros que nos inducen
a pensar en un curso
condenado al regreso
para tomar un nuevo
aire. La publicación de
sus obras completas,
proyecto magno del
Instituto Cubano del
Libro este año, ofrece
la oportunidad de entrar
en su obra desde sus
páginas ensayísticas
donde explica su Sistema
Poético del Mundo, hacia
su poesía y sus novelas,
donde explaya ese
sistema. Todo es
provocación y aventura.
En Lezama revisitado,
con un precioso diseño
de Rafael Morante,
entran mis dos libros
anteriores sobre el
poeta —Lezama Lima,
el ingenuo culpable,
y Lezama sin pedir
permiso— y algo más,
mi agradecimiento porque
nuestro país cuente con
un poeta de su
dimensión.
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Alguna vez declaró que
para la literatura no
encuentra límites. ¿Y
para la existencia?
La literatura también es
existencia. Capacita
para no solamente vivir,
sino existir, respirar
el mismo aire de otro
modo.
Durante toda su carrera
no han sido pocas las
entrevistas, muchas de
ellas verdaderamente
reveladoras; diálogos
que descubren a un ser
humano curioso,
imaginativo, suspicaz.
Me pregunto entonces qué
indagaría Reynaldo
González, si tuviera la
oportunidad de
entrevistarse a sí
mismo, en este instante.
¿Qué le han dejado de
preguntar?
Quizá no me preguntaría
nada, salvo qué película
o qué disco disfrutaré
al terminar la jornada,
con una copa de ron
cubano, al lado de una
persona querida. Los
pequeños placeres
también tienen sus
interrogantes. |