Año VIII
La Habana
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Conversación con Eduardo del Llano

“Ante todo, soy un escritor”

M. G. Lavandero • La Habana

Fotos: Alain Gutiérrez

 

Los maestros de la técnica periodística me exigirían, seguramente, al menos un párrafo donde narre la forma en que conocí a mi entrevistado: sí, soy yo; la forma en que llegó al lugar de la cita: disculpa que haya llegado tarde; la cerveza que se tomó para aclarar la garganta: porque sé que voy a hablar mucho; o las milésimas de segundos que tomó para responder cada pregunta: esas sutilezas de la conversación tan difíciles de hallar entre líneas. ¡Un gancho, esta entrevista necesita un gancho!, dirían.

Tal vez.

No obstante, apuesto esta vez por la presentación biográfica: narrador, guionista, actor y director cubano. Licenciado en Historia del Arte, fundador y director del grupo de creación literaria y teatral NOS-Y-OTROS. Autor de Aventuras del caballero del Miembro Encogido, (novela, 1993), Los doce apóstatas (novela, 1994), Basura y otros desperdicios (cuento, 1994), Cuentos de relaxo I y II (cuentos, 1992),  La clessidra di Nicanor (novela, 1997) y de otras muchas obras aún no publicadas. Ha sido guionista de Alicia en el pueblo de maravillas (1990), Kleines Tropikana (1997), Hacerse el sueco (2000) y Lisanka (2009), películas dirigidas por Daniel Díaz Torres; La vida es silbar (1998) y Madrigal (2006), de Fernando Pérez; y desde el año 2004 viene dirigiendo sus propias historias de ficción (siete cortos reunidos bajo el nombre de La Serie de Nicanor) y documentales (gnyo, 2009).

Es la presentación que creo agradecerán los lectores. El resto no lo hallarán entre líneas, sino a flor de piel: Eduardo del Llano tiene la virtud de la palabra y la síntesis. Ahí están las sutilezas.   

Comencemos por Lisanka, tu trabajo más reciente como guionista: cuéntame de ese guión a tres manos. ¿Hasta dónde te reconoces en el resultado?

Lisanka es un proyecto que ya tiene unos cuantos años. Yo había estado trabajando con Daniel en un proyecto que no llegó a realizarse, Dos veteranos, que narraba la historia de Cuba a través de las historias de dos viejitos en un asilo que decían haber vivido desde las luchas por la independencia. Pero iba a ser una película muy larga y muy cara, imagínate, sería reconstruir toda la historia de Cuba. Como era sobre historia, le sugerí a Daniel traer a Francisco García, graduado de Historia en la universidad. Ya Francisco había escrito, junto con Del Risco, un libro que se publicó en EE.UU.: Leve Historia de Cuba. Un libro muy divertido, irreverente pero extraordinario. Me constaba que Francisco sabía escribir con un fino sentido del humor sobre historia. A Daniel le encantó su cuento En el kilómetro 36, sobre la reacción que tenían unos campesinos a partir de la crisis de los misiles, y el proyecto, entonces, reemplazó a Dos veteranos y se convirtió en Lisanka.

Hay cosas de la edición de Lisanka que no me gustan. Cierto que Daniel temía que la película rebasara las dos horas, temor comprensible; pero por eso hay algunas escenas donde se hace confuso entender varias situaciones. Aun así me gusta muchísimo, tiene un tono con el cual me gusta hablar de la historia: irreverente, pero con cierta ternura. Creo que la historia no tiene que ser como el periodismo, trascendente o dramático todo el tiempo. También puede ser divertida. Creo que es una película decorosa. Algunos de sus momentos van a ser recordados siempre.  

Aunque vives en Cuba desde pequeño, naciste en Rusia. ¿Te atrae ese momento de la historia en el que ambos países tienen cercanía?

No solo nací en Rusia: nací 15 días antes de la Crisis de Octubre. Mis padres, cubanos y pinareños los dos, estaban aterrorizados allá. La crisis es muy cercana para mí. No escogí el tema de Lisanka, como te conté, pero me sedujo desde el principio. La cultura rusa siempre me ha interesado. Me parece que en Cuba hay gente de mi generación que la rechaza un poco, quizá porque lo que se vio aquí era lo más gris de ella. Pero Rusia tiene una literatura, un cine, un diseño muy interesantes que incluso hoy día es difícil de hallar. Hay obras extraordinarias, por ejemplo: no todo lo que hizo Tarkovski lo hizo después de emigrar. Y hay otros que no emigraron nunca. No es una cruzada que estoy emprendiendo, pero sí es algo que me atrae.

Has trabajado en cuatro películas con Daniel Díaz Torres. ¿Cuál es el secreto para esa repetición? ¿Qué debería existir entre el director y el guionista para que la obra sea un éxito?

Ciertamente, la mitad de las películas en que he trabajado han sido con Daniel. Por cliché que suene, es necesaria una buena química, una amistad. Daniel y yo compartimos un sentido del humor bastante afín. Aunque sí discutimos muchísimo: cuando estamos haciendo una película los vecinos deben creer que nos estamos matando, que algo muy grave está sucediendo. Somos amigos, compartimos libros, películas… A él le ha gustado la manera en que yo armo las historias y a mí su espíritu de trabajo. De hecho, ahora mismo, le sugerí una idea para un largometraje y le gustó mucho. Sería una comedia. Empezamos a fantasear y ya vamos a escribirla.

¿Propones tú las ideas o te involucras en los proyectos cuando ya hay una idea concreta? ¿Cómo es el proceso?

No, no necesariamente propongo yo las ideas. De hecho, en Alicia…, fue Daniel quien contactó al Dedeté, porque habían salido unas historias que le habían gustado mucho. Él tenía una primera para la película, y el que nosotros habíamos escrito le gustaba para incluirlo de segundo, así que nos propuso escribir también un tercero. La última historia fue precisamente la de Alicia, y creció tanto que englobó a las otras dos. En Kleines Tropicana empezamos a hablar un día sobre el fenómeno generalmente nuevo que era el turismo en La Habana, y la historia nos surgió a los dos. Hacerse el sueco fue una historia básicamente mía, pero fue una creación a dúo. Lisanka vino de Francisco. Y tenemos otra escrita, que se llama La película de Ana, que se desarrolla durante el período especial.

Es así, generalmente son historias que creamos entre los dos. Pero aunque luego me reconozco perfectamente en las películas, hay partes que yo haría de otro modo.

Tu trabajo termina una vez que empieza el rodaje.

Sí, de hecho antes, termina una vez que el guión se aprueba. Trato a veces de ir a los rodajes para tomar experiencia; pero como guionista termino ahí.

¿Por eso te decidiste a dirigir tus propios cortos?

Sí, es una libertad tremenda: dirigirlos, producirlos, decidir qué va y qué no... Yo quería hacer mis historias. Muchas de las películas que he escrito para otros directores no son originales mías, de manera que yo quería filmar mis propias ideas. Así que pensé que como tenía muchos cuentos escritos, algunos serían adaptables y con muy poco gasto. Lo importante era decidir qué hacer con mis propias historias, sean buenas o malas, aunque repito que admiro mucho a los directores con los que he podido trabajar.

Esas serían las ventajas de hacer cine independiente. ¿Cuáles serían las desventajas?

La distribución. Se vende hasta en Miami sin mi autorización y sin que llegue aquí ni una sola retribución y además ha sido hasta manipulado, mis intenciones han sido manipuladas. Pero lo sigo haciendo porque es una manera de hacer que la gente conozca mis historias, me da oportunidad de explorar fronteras de mi propia capacidad o incapacidad como creador, me da la oportunidad de trabajar con actores extraordinarios y sobre todo de exigirme cosas nuevas a mí mismo. Uno cree en lo que hace. Me alegra que la gente los tenga, que conozca la serie. Las desventajas de la distribución no son contra el público cubano, pero sí porque los extranjeros prefieren a veces venderlo como algo que se hizo en Cuba de manera “clandestina”, y ese cartel les da a ellos el derecho de caradura de llevarlo incluso a festivales sin que uno siquiera se entere.

El pasado año se estrenó en el Festival de cine de La Habana y también en Gibara. ¿Cómo fue la experiencia de los cines y el encuentro oficial con la crítica?

Se pusieron en el Festival y en Gibara, y la prensa cinematográfica escogió Braistorm como el mejor corto de 2009. Es importante porque se valida que estamos haciendo algo correcto, que la serie se enfoca a cambios que mejoran nuestro socialismo desde dentro.

Poesía, cuento, novela, guiones. ¿En qué orden surge todo esto?

Poesía apenas. Pero todo viene de la literatura. El hecho de que hace varios años no publique un libro en Cuba, no significa que la literatura no siga siendo algo importante para mí. El oficio de escritor es el que prefiero. Soy escritor, antes que todo. El cine es algo que me encanta, pero viene como consecuencia de la literatura. Ahora soy guionista y director, pero desde los siete años escribo. La serie de Nicanor viene también de la literatura.

¿Te has propuesto alguna vez dirigir un largo?

Cuando se me ocurre una historia para un largo, prefiero que lo dirijan otros. Pero sí confieso que tengo un proyecto que debe hacerse este año, que es un mediometraje sobre Da Vinci, de ficción. Siempre me ha parecido herético que solo los norteamericanos puedan hacer películas sobre Da Vinci, sobre Espartaco. Creo que podemos lograr una historia buena, sin necesidad de demasiados recursos. Encontré una anécdota de su vida que me permite hacer una historia cerrada, en una sola locación, con solo cuatro personajes. Voy a seguir abordando la realidad cubana; pero quiero hacer cosas que no sean universales solo por extrapolación, sino porque lo sean realmente. Este mediometraje va a ser una reflexión sobre cómo el arte nos ayuda a vivir, sobre para qué nos hace falta el arte.

¿Y para qué nos hace falta?

Ya verás [ríe]. Claro que no estoy descubriendo el Mediterráneo: es una pregunta viejísima, pero quiero dar mi visión.  

Hace un rato te referías, como una de las ventajas de la dirección, a la posibilidad de trabajar con buenos actores. Cuéntame un poco más sobre el trabajo con Luis Alberto García, con Néstor Jiménez…

Luis Alberto ha sido mi salvador. Yo no tenía experiencia como director y él, no obstante, aceptó. También Néstor. Ellos se han mantenido en los mismos personajes, pero con diferentes encarnaciones. Nicanor es el hombre promedio, que puede estar en cualquiera de nosotros. He hecho algunos papelitos, osadías de mi parte, en medio de tantas estrellas. Luego varios actores se han acercado y lo agradezco mucho: Laura de la Uz, Perugorría, Albertico Pujols, Adria Santana. Han aceptado con mucho entusiasmo, básicamente por las ganas de estar en los proyectos. También ha pasado con los músicos: Frank Fernández, Gerardo Alfonso, Vivanco, Varela… Es un equipo de buena onda.

Tus trabajos como director han resultado polémicos. ¿Te lo propones o son “efectos secundarios”?

La gente presupone, como dijo Umberto Eco, que siempre hay intenciones ocultas, exóticas. Pero uno no tiene otro interés que contar sus historias. No pretendo asumir con ellos ningún tipo de visión política. Hay zonas ortodoxas que creen que uno es un disidente y que hace algo incorrecto. Simplemente me considero un tipo de izquierda, de esta izquierda; pero con el derecho y el deber moral de decir lo que creo está mal. Creo en que la izquierda. De todos los proyectos es el más humano, aunque en casi todas sus realizaciones concretas hay imperfecciones que se pueden corregir.

En los últimos años, se advierte una oleada de jóvenes haciendo cine independiente desde todos los puntos de la Isla, con cámaras digitales, asumiendo posturas críticas y abordando temas neurálgicos. ¿Qué opinas de ese fenómeno? ¿Algún consejo para estos jóvenes?

¡Lo de dar consejos me coloca en una situación de viejo a la cual me niego! Mira, creo que el cine joven e independiente no es bueno solo por eso. Me parece bien y necesario, e incluso insuficientemente apoyado el cine independiente cubano. Deberían existir espacios fijos y múltiples para que la gente vaya a verlos. Los maestros, incluso, hicieron en su momento cosas irreverentes. Así empieza todo. Me parece bien que cada joven que tenga una cámara quiera hacer cine. Pero algunas veces, lo que cuentan lo dicta más la insatisfacción que el ingenio. Si algún consejo daría es que no se olviden de las historias: pueden hasta creerse justicieros, pero tienen que aprender lo que nos enseñó Aristóteles para después innovar. Es famosa la anécdota de Truffaut en que le preguntan si él está de acuerdo con la narrativa aristotélica, y dice: “sí, aunque no necesariamente en ese orden”. Pero para eso hay que saber. Si no, corres el riesgo del panfleto, así sea contestatario. La historia es lo esencial.

Desde el punto de vista técnico, saben muchísimo más que yo. Por eso mis películas son mucho más narrativas que renovadoras estéticamente. No es que me parezca menos importante, sino que me interesa menos.

¿Crees que el arte tiene una función social?

Esas son palabras muy grandes. Me siento más del lado de la herencia de los narradores africanos, de los que se paraban a hacerle cuentos a la gente por el placer de contar. Cuento historias que se nutren de esta realidad, pero con componentes universales. No creo que el arte, de por sí, cambie una sociedad, ninguna. Solo tengo varios cuentos que quiero llevar a escena, sin una plataforma política… ni siquiera una plataforma estética. Si algo me propongo es que no debería haber temas tabúes, o que solo sea permisible tratarlos en tonos grandilocuentes: desde Martí hasta el cáncer. El público y la historia del arte dirán si llegaste bien o si fuiste de mal gusto. Ser irreverente no hace daño a nada: si le ayuda en algo a la gente, pues es válido.

El humor es para ti una filosofía de vida…

Así es. El humor es una herramienta poderosa de indagación en la realidad, de cura del ser humano. Me gustan las comedias, la comedia ingeniosa: desde Allen hasta Titón. La ciencia ficción y la fantasía me seducen mucho: Chejov, Kundera, Twain, Zumbado,  Yoss. No digo que sea la manera; pero es mi manera.

 

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