|
Los maestros de la
técnica periodística me
exigirían, seguramente,
al menos un párrafo
donde narre la forma en
que conocí a mi
entrevistado: sí, soy
yo; la forma en que
llegó al lugar de la
cita: disculpa que haya
llegado tarde; la
cerveza que se tomó para
aclarar la garganta:
porque sé que voy a
hablar mucho; o las
milésimas de segundos
que tomó para responder
cada pregunta: esas
sutilezas de la
conversación tan
difíciles de hallar
entre líneas. ¡Un
gancho, esta entrevista
necesita un gancho!,
dirían.
Tal vez.
No obstante, apuesto
esta vez por la
presentación biográfica:
narrador, guionista,
actor y director cubano.
Licenciado en Historia
del Arte, fundador y
director del grupo de
creación literaria y
teatral NOS-Y-OTROS.
Autor de Aventuras
del caballero del
Miembro Encogido,
(novela, 1993), Los
doce apóstatas
(novela, 1994),
Basura y otros
desperdicios
(cuento, 1994),
Cuentos de relaxo I
y II (cuentos, 1992), La
clessidra di Nicanor
(novela, 1997) y de
otras muchas obras aún
no publicadas. Ha sido
guionista de Alicia
en el pueblo de
maravillas (1990),
Kleines Tropikana
(1997), Hacerse el
sueco (2000) y
Lisanka (2009),
películas dirigidas por
Daniel Díaz Torres;
La vida es silbar
(1998) y Madrigal
(2006), de Fernando
Pérez; y desde el año
2004 viene dirigiendo
sus propias historias de
ficción (siete cortos
reunidos bajo el nombre
de La Serie de Nicanor)
y documentales (gnyo,
2009).
Es la presentación que
creo agradecerán los
lectores. El resto no lo
hallarán entre líneas,
sino a flor de piel:
Eduardo del Llano tiene
la virtud de la palabra
y la síntesis. Ahí están
las sutilezas.
Comencemos por
Lisanka, tu trabajo
más reciente como
guionista: cuéntame de
ese guión a tres manos.
¿Hasta dónde te
reconoces en el
resultado?
Lisanka es un proyecto
que ya tiene unos
cuantos años. Yo había
estado trabajando con
Daniel en un proyecto
que no llegó a
realizarse, Dos
veteranos, que
narraba la historia de
Cuba a través de las
historias de dos
viejitos en un asilo que
decían haber vivido
desde las luchas por la
independencia. Pero iba
a ser una película muy
larga y muy cara,
imagínate, sería
reconstruir toda la
historia de Cuba. Como
era sobre historia, le
sugerí a Daniel traer a
Francisco García,
graduado de Historia en
la universidad. Ya
Francisco había escrito,
junto con Del Risco, un
libro que se publicó en
EE.UU.: Leve Historia
de Cuba. Un libro
muy divertido,
irreverente pero
extraordinario. Me
constaba que Francisco
sabía escribir con un
fino sentido del humor
sobre historia. A Daniel
le encantó su cuento
En el kilómetro 36,
sobre la reacción que
tenían unos campesinos a
partir de la crisis de
los misiles, y el
proyecto, entonces,
reemplazó a Dos
veteranos y se
convirtió en Lisanka.
Hay cosas de la edición
de Lisanka que no me
gustan. Cierto que
Daniel temía que la
película rebasara las
dos horas, temor
comprensible; pero por
eso hay algunas escenas
donde se hace confuso
entender varias
situaciones. Aun así me
gusta muchísimo, tiene
un tono con el cual me
gusta hablar de la
historia: irreverente,
pero con cierta ternura.
Creo que la historia no
tiene que ser como el
periodismo, trascendente
o dramático todo el
tiempo. También puede
ser divertida. Creo que
es una película
decorosa. Algunos de sus
momentos van a ser
recordados siempre.
Aunque vives en Cuba
desde pequeño, naciste
en Rusia. ¿Te atrae ese
momento de la historia
en el que ambos países
tienen cercanía?
No solo nací en Rusia:
nací 15 días antes de la
Crisis de Octubre. Mis
padres, cubanos y
pinareños los dos,
estaban aterrorizados
allá. La crisis es muy
cercana para mí. No
escogí el tema de
Lisanka, como te conté,
pero me sedujo desde el
principio. La cultura
rusa siempre me ha
interesado. Me parece
que en Cuba hay gente de
mi generación que la
rechaza un poco, quizá
porque lo que se vio
aquí era lo más gris de
ella. Pero Rusia tiene
una literatura, un cine,
un diseño muy
interesantes que incluso
hoy día es difícil de
hallar. Hay obras
extraordinarias, por
ejemplo: no todo lo que
hizo Tarkovski lo hizo
después de emigrar. Y
hay otros que no
emigraron nunca. No es
una cruzada que estoy
emprendiendo, pero sí es
algo que me atrae.
Has trabajado en cuatro
películas con Daniel
Díaz Torres. ¿Cuál es el
secreto para esa
repetición? ¿Qué debería
existir entre el
director y el guionista
para que la obra sea un
éxito?
Ciertamente, la mitad de
las películas en que he
trabajado han sido con
Daniel. Por cliché que
suene, es necesaria una
buena química, una
amistad. Daniel y yo
compartimos un sentido
del humor bastante afín.
Aunque sí discutimos
muchísimo: cuando
estamos haciendo una
película los vecinos
deben creer que nos
estamos matando, que
algo muy grave está
sucediendo. Somos
amigos, compartimos
libros, películas… A él
le ha gustado la manera
en que yo armo las
historias y a mí su
espíritu de trabajo. De
hecho, ahora mismo, le
sugerí una idea para un
largometraje y le gustó
mucho. Sería una
comedia. Empezamos a
fantasear y ya vamos a
escribirla.
¿Propones tú las ideas o
te involucras en los
proyectos cuando ya hay
una idea concreta? ¿Cómo
es el proceso?
No, no necesariamente
propongo yo las ideas.
De hecho, en Alicia…,
fue Daniel quien
contactó al Dedeté,
porque habían salido
unas historias que le
habían gustado mucho. Él
tenía una primera para
la película, y el que
nosotros habíamos
escrito le gustaba para
incluirlo de segundo,
así que nos propuso
escribir también un
tercero. La última
historia fue
precisamente la de
Alicia, y creció tanto
que englobó a las otras
dos. En Kleines
Tropicana empezamos
a hablar un día sobre el
fenómeno generalmente
nuevo que era el turismo
en La Habana, y la
historia nos surgió a
los dos. Hacerse el
sueco fue una
historia básicamente
mía, pero fue una
creación a dúo.
Lisanka vino de
Francisco. Y tenemos
otra escrita, que se
llama La película de
Ana, que se
desarrolla durante el
período especial.
Es así, generalmente son
historias que creamos
entre los dos. Pero
aunque luego me
reconozco perfectamente
en las películas, hay
partes que yo haría de
otro modo.
Tu trabajo termina una
vez que empieza el
rodaje.
Sí, de hecho antes,
termina una vez que el
guión se aprueba. Trato
a veces de ir a los
rodajes para tomar
experiencia; pero como
guionista termino ahí.
¿Por eso te decidiste a
dirigir tus propios
cortos?
Sí, es una libertad
tremenda: dirigirlos,
producirlos, decidir qué
va y qué no... Yo quería
hacer mis historias.
Muchas de las películas
que he escrito para
otros directores no son
originales mías, de
manera que yo quería
filmar mis propias
ideas. Así que pensé que
como tenía muchos
cuentos escritos,
algunos serían
adaptables y con muy
poco gasto. Lo
importante era decidir
qué hacer con mis
propias historias, sean
buenas o malas, aunque
repito que admiro mucho
a los directores con los
que he podido trabajar.
Esas serían las ventajas
de hacer cine
independiente. ¿Cuáles
serían las desventajas?
La distribución. Se
vende hasta en Miami sin
mi autorización y sin
que llegue aquí ni una
sola retribución y
además ha sido hasta
manipulado, mis
intenciones han sido
manipuladas. Pero lo
sigo haciendo porque es
una manera de hacer que
la gente conozca mis
historias, me da
oportunidad de explorar
fronteras de mi propia
capacidad o incapacidad
como creador, me da la
oportunidad de trabajar
con actores
extraordinarios y sobre
todo de exigirme cosas
nuevas a mí mismo. Uno
cree en lo que hace. Me
alegra que la gente los
tenga, que conozca la
serie. Las desventajas
de la distribución no
son contra el público
cubano, pero sí porque
los extranjeros
prefieren a veces
venderlo como algo que
se hizo en Cuba de
manera “clandestina”, y
ese cartel les da a
ellos el derecho de
caradura de llevarlo
incluso a festivales sin
que uno siquiera se
entere.
El pasado año se estrenó
en el Festival de cine
de La Habana y también
en Gibara. ¿Cómo fue la
experiencia de los cines
y el encuentro oficial
con la crítica?
Se pusieron en el
Festival y en Gibara, y
la prensa
cinematográfica escogió
Braistorm como el
mejor corto de 2009. Es
importante porque se
valida que estamos
haciendo algo correcto,
que la serie se enfoca a
cambios que mejoran
nuestro socialismo desde
dentro.
Poesía, cuento, novela,
guiones. ¿En qué orden
surge todo esto?
Poesía apenas. Pero todo
viene de la literatura.
El hecho de que hace
varios años no publique
un libro en Cuba, no
significa que la
literatura no siga
siendo algo importante
para mí. El oficio de
escritor es el que
prefiero. Soy escritor,
antes que todo. El cine
es algo que me encanta,
pero viene como
consecuencia de la
literatura. Ahora soy
guionista y director,
pero desde los siete
años escribo. La serie
de Nicanor viene también
de la literatura.
¿Te has propuesto alguna
vez dirigir un largo?
Cuando se me ocurre una
historia para un largo,
prefiero que lo dirijan
otros. Pero sí confieso
que tengo un proyecto
que debe hacerse este
año, que es un
mediometraje sobre Da
Vinci, de ficción.
Siempre me ha parecido
herético que solo los
norteamericanos puedan
hacer películas sobre Da
Vinci, sobre Espartaco.
Creo que podemos lograr
una historia buena, sin
necesidad de demasiados
recursos. Encontré una
anécdota de su vida que
me permite hacer una
historia cerrada, en una
sola locación, con solo
cuatro personajes. Voy a
seguir abordando la
realidad cubana; pero
quiero hacer cosas que
no sean universales solo
por extrapolación, sino
porque lo sean
realmente. Este
mediometraje va a ser
una reflexión sobre cómo
el arte nos ayuda a
vivir, sobre para qué
nos hace falta el arte.
¿Y para qué nos hace
falta?
Ya verás [ríe]. Claro
que no estoy
descubriendo el
Mediterráneo: es una
pregunta viejísima, pero
quiero dar mi visión.
Hace un rato te
referías, como una de
las ventajas de la
dirección, a la
posibilidad de trabajar
con buenos actores.
Cuéntame un poco más
sobre el trabajo con
Luis Alberto García, con
Néstor Jiménez…
Luis Alberto ha sido mi
salvador. Yo no tenía
experiencia como
director y él, no
obstante, aceptó.
También Néstor. Ellos se
han mantenido en los
mismos personajes, pero
con diferentes
encarnaciones. Nicanor
es el hombre promedio,
que puede estar en
cualquiera de nosotros.
He hecho algunos
papelitos, osadías de mi
parte, en medio de
tantas estrellas. Luego
varios actores se han
acercado y lo agradezco
mucho: Laura de la Uz,
Perugorría, Albertico
Pujols, Adria Santana.
Han aceptado con mucho
entusiasmo, básicamente
por las ganas de estar
en los proyectos.
También ha pasado con
los músicos: Frank
Fernández, Gerardo
Alfonso, Vivanco,
Varela… Es un equipo de
buena onda.
Tus trabajos como
director han resultado
polémicos. ¿Te lo
propones o son “efectos
secundarios”?
La gente presupone, como
dijo Umberto Eco, que
siempre hay intenciones
ocultas, exóticas. Pero
uno no tiene otro
interés que contar sus
historias. No pretendo
asumir con ellos ningún
tipo de visión política.
Hay zonas ortodoxas que
creen que uno es un
disidente y que hace
algo incorrecto.
Simplemente me considero
un tipo de izquierda, de
esta izquierda; pero con
el derecho y el deber
moral de decir lo que
creo está mal. Creo en
que la izquierda. De
todos los proyectos es
el más humano, aunque en
casi todas sus
realizaciones concretas
hay imperfecciones que
se pueden corregir.
En los últimos años, se
advierte una oleada de
jóvenes haciendo cine
independiente desde
todos los puntos de la
Isla, con cámaras
digitales, asumiendo
posturas críticas y
abordando temas
neurálgicos. ¿Qué opinas
de ese fenómeno? ¿Algún
consejo para estos
jóvenes?
¡Lo de dar consejos me
coloca en una situación
de viejo a la cual me
niego! Mira, creo que el
cine joven e
independiente no es
bueno solo por eso. Me
parece bien y necesario,
e incluso
insuficientemente
apoyado el cine
independiente cubano.
Deberían existir
espacios fijos y
múltiples para que la
gente vaya a verlos. Los
maestros, incluso,
hicieron en su momento
cosas irreverentes. Así
empieza todo. Me parece
bien que cada joven que
tenga una cámara quiera
hacer cine. Pero algunas
veces, lo que cuentan lo
dicta más la
insatisfacción que el
ingenio. Si algún
consejo daría es que no
se olviden de las
historias: pueden hasta
creerse justicieros,
pero tienen que aprender
lo que nos enseñó
Aristóteles para después
innovar. Es famosa la
anécdota de Truffaut en
que le preguntan si él
está de acuerdo con la
narrativa aristotélica,
y dice: “sí, aunque no
necesariamente en ese
orden”. Pero para eso
hay que saber. Si no,
corres el riesgo del
panfleto, así sea
contestatario. La
historia es lo esencial.
Desde el punto de vista
técnico, saben muchísimo
más que yo. Por eso mis
películas son mucho más
narrativas que
renovadoras
estéticamente. No es que
me parezca menos
importante, sino que me
interesa menos.
¿Crees que el arte tiene
una función social?
Esas son palabras muy
grandes. Me siento más
del lado de la herencia
de los narradores
africanos, de los que se
paraban a hacerle
cuentos a la gente por
el placer de contar.
Cuento historias que se
nutren de esta realidad,
pero con componentes
universales. No creo que
el arte, de por sí,
cambie una sociedad,
ninguna. Solo tengo
varios cuentos que
quiero llevar a escena,
sin una plataforma
política… ni siquiera
una plataforma estética.
Si algo me propongo es
que no debería haber
temas tabúes, o que solo
sea permisible tratarlos
en tonos
grandilocuentes: desde
Martí hasta el cáncer.
El público y la historia
del arte dirán si
llegaste bien o si
fuiste de mal gusto. Ser
irreverente no hace daño
a nada: si le ayuda en
algo a la gente, pues es
válido.
El humor es para ti una
filosofía de vida…
Así es. El humor es una
herramienta poderosa de
indagación en la
realidad, de cura del
ser humano. Me gustan
las comedias, la comedia
ingeniosa: desde Allen
hasta Titón. La ciencia
ficción y la fantasía me
seducen mucho: Chejov,
Kundera, Twain, Zumbado,
Yoss. No digo que sea
la manera; pero es mi
manera. |