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Aunque la trova es una
de las principales
vertientes creativas en
la música de todos los
tiempos en nuestro país,
su reflejo no siempre va
de la mano con su
importancia. En la
prensa, en los propios
estudios que sobre este
modo de hacer se han
acumulado y publicado,
todavía quedan amplias
zonas que recorrer en
investigaciones y
honduras. Y a pesar de
lo monumental de la obra
trovadoresca en Cuba,
con presencia en los
últimos tres siglos del
devenir de nuestra
patria, todavía no somos
muchos los nombres que
echamos pie en tierra en
este campo.
En la fotografía es
todavía menor el
abordaje de la trova.
Aunque en sus trabajos
periodísticos o en
exposiciones personales,
fotógrafos profesionales
como Alain Gutiérrez
Almeida, Kaloian Santos
o el caimanero Richard,
por solo mencionar
algunos de los que
habitualmente incluyen
estas temáticas en sus
obras, en verdad no
destacan muchos artistas
del lente a la caza de
cuerdas y cantores.
Uno de esos nombres
imprescindibles dentro
de ese trabajo es el de
Iván Soca. A pesar de su
título de Ingeniero en
Máquinas Computadoras,
Redes y Sistemas de
Computación, obtenido en
Leningrado, antigua
Unión Soviética, en
1992, es la fotografía
su más cultivada pasión
en los últimos años.
Ahora, en medio de la
XIX Feria Internacional
del Libro Cuba 2010,
aparece su libro
Trovadores,
publicado por la
Editorial José Martí.
Una suerte de
iconografía amplia y
necesaria para hacer
saber los rostros de
esas voces que muchas
veces escuchamos sin
conocer siquiera a sus
dueños.
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Todas las generaciones
de la trova están
representadas en este
libro que suma a cada
imagen una canción de la
autoría del cantor.
Desde ese puente que
cruzó del filin a la
Nueva Trova que fuera
Teresita Hernández,
pasando por los maestros
como Noel Nicola, Pedro
Luis Ferrer o Silvio
Rodríguez, hasta los
cantores luego de la
generación los Santiago
Feliú y los Gerardo
Alfonso. Quiero decir,
un Vanito Caballero,
unos Gema Corredera y
Pável Urquiza, un
Eduardo Sosa, un
Leonardo García o un
Pedrito Beritán y
Mauricio Fugeiral, por
solo incluir algunos.
Agrega el fotógrafo, sin
conceptualismos rígidos
y desde la más sensible
aceptación y
reconocimiento, a
trovadores de otros
rumbos o tiempos como el
maestro Juan Formell, el
poeta Waldo Leyva o una
Marta Valdés, toda una
clásica del filin.
Presentado en concierto
en la Fortaleza de San
Carlos de la Cabaña, el
libro incluyó una
edición limitada de
discos con varios temas
de la trova cubana y en
reconocimiento a ese
otro fotógrafo de la
trova, a Luis Hernández,
el Plátano, ya
fallecido. Uno de esos
caballeros andantes que
consagró su vida a dejar
plasmada la imagen de
cuanto artista empuñara
una guitarra en
cualquier sitio. Al
Plátano se le debe la
conservación de no pocos
de los rostros bisoños
de algunos que hoy son
ya nuestros clásicos.
Soca retoma ese legado y
nos regala esta
importante iconografía,
muy válida para dar a
conocer a verdaderos
creadores, de los que
apuestan por la cultura
en mayúsculas y no por
las modas.
Por ello La Jiribilla
fue en busca de las
opiniones de este
artista, siempre tras de
los lentes y colores,
para traerlo ahora al
escenario de las
preguntas y respuestas.
¿Por qué los trovadores
como eje de este
trabajo?
Desde que comencé a
hacer fotos me interesó
mucho este mundo, el
planeta de los
trovadores. En primer
lugar agradezco mucho a
Vicente Feliú y a
Augusto Blanca que
fueron al inicio los
trovadores que me
arrastraron a esta
aventura. Después,
bueno, a Santiago Feliú,
y después casi todos los
demás. Pero sobre todo
Vicente y Augusto porque
creyeron mucho en mi
trabajo y en lo
importante que es
preservar y difundir la
memoria. Preservar la
memoria además, para
compartirla, para
difundirla en verdad y
no para volverla un
archivo; no para hacer
de la memoria un
monopolio o algo
enquistado, guardado,
sino para que sea de
todos. Hablo de la
memoria en función de
las nuevas generaciones,
de todo lo que vendrá.
Hace tiempo que no había
una iconografía de los
trovadores cubanos.
En realidad es un álbum
de mis amigos.
Pertenezco a mis amigos,
eso está claro. No formo
parte ni de grupos, ni
de tendencias, ni de
ninguna esquina: Soy
simplemente de mis
amigos. Ahora es libro,
pero antes fue una
colección de fotos
gigantesca; hay muchas
fotos de trovadores de
todas las tendencias y
edades. Adrián Berazaín,
uno de los trovadores
más jóvenes, me decía
que él no entendía cómo
yo podía estar frente a
Silvio Rodríguez y luego
frente a cualquiera de
los muchachos más
desconocidos, haciendo
fotos. Eso hago: Soy un
preservador de la
memoria; estoy
consciente de que la
memoria es todo lo que
ocurre delante de ti;
todo eso que hay que
guardar para mañana.
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Hay una dedicatoria en
el libro que muchos no
van a entender. ¿Puedes
explicar en estas
páginas quién es Jesús?
Jesús es El Plátano. En
realidad, como saben los
que recuerdan “En blanco
y negro”, la canción de
Carlitos Varela, él se
llamaba Luis Hernández.
Pero si tú dices
cualquier nombre, pues
da lo mismo. Se podría
llamar de cualquier
modo, pero cuando digas
El Plátano, todos se van
a acordar, por la
mística que dejó. El
Plátano fue un
caballero, como El
Caballero de París, y
nos mantuvo siempre a
todos con los ojos
agrietados, de lo bella
persona que era.
Es ese tipo, y digo tipo
a conciencia para
decirle una palabra
bonita, que estuvo en
aquellos primeros
conciertos donde ni tú
ni yo estábamos. Ahí
están las fotos de Casa
de las Américas, de
Noel, de Silvio, de
Pablo. El Plátano estuvo
allí cuando nació eso
que se llamó y se llama
Nueva Trova. El Plátano,
incluso, mira qué cosa
tan poética y tan de
caballero, estuvo en
muchos de esos
conciertos haciendo
fotos sin tener rollos
en su cámara porque no
podía comprarlos o
porque no había. Las
fotos se la llevaba en
su bolso viejo, en su
cajón, o hasta en su
cabeza. Eso es bonito,
eso construye la mística
de un personaje valioso.
De un caballero.
Este libro está dedicado
a su memoria. Él se
llama Luis, pero para mí
es Jesús y siempre lo
dije: es como Dios, por
aquello de que siempre
estaba en todas partes.
No soy religioso y creo
que él tampoco lo era,
pero siempre lo sentí
con esa mística. Tengo
una anécdota con El
Plátano. Los fotógrafos
tenemos un ojo muy
amplio, muchas veces
estoy haciendo fotos y
sé lo que pasa a mi
espalda; lo veo con el
rabo del ojo. Eso es un
don de los que hacemos
fotografías, no solo mío
ni mucho menos. Y
siempre recuerdo al
Plátano llegar detrás de
mí, como Dios, como
Jesús, y ponerme la
correa de la cámara por
arriba del cuello, y yo
entonces volverme a
mirarlo y sonreírle. Esa
es una imagen que me
llevo en mi bolso viejo,
en mi cajón, en mi
memoria.
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¿Cómo ves la trova en el
presente?
Recuerda que soy siempre
una tercera persona
entre el trovador y el
que lo escucha, y que lo
miro todo desde mi
propia poética. Aunque
acepto la poética de
todas las canciones de
los que cantan, con
guitarra con banda o con
lo que sea. La trova
ahora mismo se tiene que
adaptar al nuevo momento
que se está viviendo. No
te voy a hablar de otros
géneros ni nada de eso,
pero sí se está
fusionando el modo
habitual de hacer la
trova con otras líneas
como el jazz, como lo
afrocubano. Pienso en un
ejemplo como Harold
López-Nussa, un niño
casi y ya tiene un disco
que es una genialidad,
abordando la trova desde
sus conceptos. Ahí están
las canciones de Silvio,
de Pablo, de Varela, a
su aire, en sus
versiones. Pues de
alguna manera hemos
hecho lo mismo, también
me he nutrido de todas
esas canciones y así
hacemos juntos el
presente. Uno desde un
piano y yo desde una
cámara, y son muy
similares de hecho.
¿Y para mañana, cómo ves
la trova en el futuro?
¿El futuro? El futuro es
el que vendrá.
Sí, pero dame tu foto
del futuro.
Pues es el retrato de
estos mismos muchachos,
pero grandes. En el
concierto cantó un
muchacho de Holguín,
Leandro, que nadie
conoce y que está
defendiendo sus
canciones, diciendo lo
suyo. Eso es el futuro.
Una persona que como
hicieron en su momento
Silvio o Pablo, dice lo
que piensa, con tremendo
valor, y tremenda
fuerza, y tremenda
poesía.
Para terminar, ¿cómo es
ser un trovador con una
cámara?
Es cantar. |