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La batalla de la cultura
es la más reciente
provocación de Michael
Parenti. Como sus
estudios anteriores y su
vida entera, un dardo
hacia el mismo centro
del puritanismo
intelectual.
“No pretende ser una
teorización doctrinal,
pero aporta pistas muy
seguras de los aspectos
conflictuales de la
batalla cultural sin
soslayar ejes de la
reflexión teórica”,
aseguró Aurelio Alonso,
subdirector de la
revista Casa de las
Américas, en su
presentación. El lector
del libro encontrará las
reflexiones de un
cientista social
comprometido, una
herejía que pocos
aciertan a perdonar: “en
EE.UU. y otros países
occidentales
―explica
Parenti―, los intelectuales y académicos
desean ser vistos como
gente de ciencia,
objetivas. Y en su
búsqueda por parecer
neutrales, muchas veces
terminan por neutralizar
el propio asunto que
investigan. Y la cultura
no es para nada neutral,
es una constante batalla
entre conflictividad y
consenso”.
Michael Parenti es
politólogo e
historiador, Doctor en
Ciencias Políticas en
Yale University, es
considerado una de las
voces progresistas más
importantes de EE.UU. Ha
sido responsable de una
obra prolífica, recogida
en revistas y diarios
―Z
Magazine,
New Political Science,
New York Times―
y en libros publicados
tanto en su país, como
en el extranjero: La
trampa del terrorismo,
Democracia para unos
pocos, Inventar
la realidad,
Tierra de ídolos y
El asesinato de Julio
César, son algunos
de los más reconocidos.
El último de ellos,
nominado al Premio
Pulitzer.
Estudios sobre
democracia y poder
económico, acercamientos
críticos a la política
intervencionista de
EE.UU., análisis
rigurosamente
documentados sobre el
papel de los medios en
las sociedades
contemporáneas e
indagaciones sobre la
historia del comunismo
como sistema social, son
algunos de los temas que
ha privilegiado. Solo
hay que indagar por
ellos en el lugar
adecuado para conocer al
Parenti conversador,
intrigado por cada
detalle de la tierra que
visita, y orgulloso,
como pocos, de recorrer
La Cabaña en compañía de
las más bellas mujeres
que el mundo conoce. El
tiempo y el cansancio,
entonces, no importan.
¿Qué relaciones podemos
establecer entre cultura
y poder en el mundo
contemporáneo? ¿Están a
flor de piel o solo a la
vista de la academia?
La relación entre poder
y cultura no es algo que
inventamos los
académicos: es una
relación real. Cuando
digo que cultura no es
algo neutral, me refiero
a que usualmente es un
elemento de control.
Cultura es también
poder. En EE.UU.,
estamos constantemente
bombardeados de
propaganda imperialista;
pero se hace bajo su
negación, pretendiendo
ser abiertos y
objetivos.
Recuerdo que un
periodista occidental le
preguntó una vez a Fidel
Castro: “¿por qué no
tienen ustedes personas
con perspectivas
capitalistas en sus
medios de
comunicación?”. Y él
contestó: “sí,
estaríamos contento de
tenerlos si ustedes
tuviesen también
personas con
perspectivas comunistas
en los suyos”. Y
nosotros no tenemos eso.
En EE.UU. se pretende la
apertura y la
pluralidad, pero es
falso. En Cuba se
publica más sobre EE.UU.
que lo que allá se
publica de Cuba, por
ejemplo. En Cuba se ven
películas americanas, se
escucha música americana
e incluso escuché una
vez en Santa Clara todo
un programa de radio que
se llamaba “Voces
norteamericanas”, sobre
música de mi país que yo
no había escuchado en
toda mi vida. Nosotros
no tenemos un programa
allá que se llame “Voces
de Cuba”. Ustedes
invitan a autores
norteamericanos,
mientras que solo cuando
un autor cubano perece
“disidente”, crítico y
listo para irse a vivir
a EE.UU., lo invitamos
allá. Todo es blanco y
negro. Y ahí también se
manifiestan las
relaciones
cultura-poder, tanto en
lo más subliminar como
en las manifestaciones
artísticas.
¿Cuál es el papel
de instituciones como la
familia, la religión, la
educación o los medios
en esa relación?
Las diferencias en la
comprensión del concepto
de cultura vienen
precisamente porque la
cultura está mediada por
esas estructuras
sociales. Existen
diferencias entre
cultura y sociedad:
cultura es lo que
transmite la sociedad,
de modo que obtienes
cultura a partir de esas
estructuras sociales.
Obtienes de ellas
valores, lenguaje; lo
obtienes de tu familia,
de la escuela, de las
instituciones.
Quienquiera que controle
esas instituciones, está
controlando también la
cultura.
¿Cuál es el
concepto de cultura con
el cual trabajan los
medios de comunicación
y, por tanto, el
concepto que transmiten?
Sucede que cultura es
más que la llamada “alta
cultura”. Es mucho más
que solo música o arte o
poesía, aunque son
constituyentes
extraordinarios de ese
concepto. Pero la forma
en que la palabra
“cultura” es utilizada
hoy en la literatura
sobre Ciencias Sociales,
implica formas
dominantes de
comprensión de ese
término cuando realmente
cultura indica incluso
tradiciones, formas de
vida.
Es curioso que luego de
presentar mi libro en
varios lugares, he sido
entrevistado por varios
reporteros y muchos de
ellos han dicho cosas
estúpidas: “¡oh, este
libro realmente ha
abierto mis ojos acerca
de este fenómeno, acerca
de nuestro propio
trabajo, acerca de lo
que está mal en él!” Y
otros estaban furiosos:
“¡nosotros no hacemos
eso, nosotros somos
objetivos, nosotros no
controlamos nada!”. No
sé si esas posiciones
son realmente tan
ingenuas; pero lo cierto
es que el rol de los
medios es el control
político de las
conciencias. Uno puede
encontrar medios que
critiquen el racismo o
el sexismo; pero lo que
no abundan son los que
cuestionan los
fundamentos mismos del
capitalismo, del
sistema. Eso es también
cultura.
EE.UU. atraviesa
hoy una crisis de
credibilidad por su
política exterior, por
su política
intervencionista tanto
política, como militar.
¿Cómo se explica
entonces que mantenga la
supremacía ideológica?
Gracias a los medios.
Precisamente porque los
medios pertenecen a
grandes corporaciones o
son en sí mismos grandes
corporaciones, cuyo
trabajo es asegurar un
mundo seguro al poder
económico. Para
neutralizar o minimizar
los problemas que
existen al interior del
país, se asumen
soluciones muy
restringidas. Por
ejemplo: en los 60,
algunos movimientos
feministas peleaban
contra el patriarcado
militar, el machismo que
había en el ejército y
en la sociedad. De modo
que los militares
respondieron no
reduciendo esa posición,
sino ubicando mujeres en
el ejército. Por eso hoy
tenemos mujeres
generales. Así es como
las cosas cambian.
El rol de los medios,
entonces, es silenciar
cosas, ignorar lo que
sucede en el mundo. Los
medios a veces critican
pero con
sensacionalismo, con
excitación. Y lo otro
que suelen hacer es un
falso balance para dar
imagen de pluralidad.
Por un lado, te ponen a
una persona que
representa el gobierno y
que dice: “hacemos lo
que podemos en
Afganistán”; y te ponen
en el otro a alguien que
dice: “pues deberíamos
hacerlo mejor”. Pero hay
una tercera persona que
nunca sale y que es la
que dice: “lo que
deberíamos hacer es
largarnos de Afganistán
porque eso es
imperialismo, es un
error”. De modo que ese
es el mejor panorama
crítico que podemos
obtener de los medios de
comunicación
norteamericanos. Y si el
mundo se guía por CNN,
EE.UU. lo hace todo en
nombre del bien, de la
libertad.
No obstante, se
critica mucho la cultura
norteamericana, se acusa
de superficial.
¿Consideras justa esa
posición?
Pienso que mucha de la
crítica que abunda es
superficial y no llega
al fondo del asunto. En
Europa, por ejemplo,
cuando he estado
trabajando o estudiando,
la gente lo ve a uno
como presumido. Y esa
imagen se da
precisamente porque los
medios norteamericanos
tienen carácter global:
desde los noticieros
hasta las películas.
¿Qué posiciones
priman hoy en las voces
progresistas de su país?
Entre los intelectuales,
las voces progresistas
son minoría. Los
académicos e
intelectuales que así se
califican, son
generalmente liberales,
tímidos. Predominan las
posiciones de centro
izquierda, lo cual no es
una verdadera izquierda.
Hay mucha
intelectualidad
insípida, tímida. Y no
solo una intelectualidad
que teme enfrentarse a
asuntos polémicos, sino
incluso que ni siquiera
se los plantea.
¿Qué caracteriza la
formación de cientistas
sociales en las
universidades
norteamericanas?
Lo que la caracteriza es
que los enseñan a ser
moderados, balanceados,
que no se acerquen a los
asuntos con demasiada
pasión, que sean
objetivos. He llegado a
universidades a dar una
conferencia y de pronto
llega alguien y dice:”
¡vaya, veo que tienen a
Parenti aquí!” Es una
expresión irónica que
puede traducirse así:
“¡vaya, esto va a
ponerse caliente, algo
muy serio debe estarse
cocinando!”.
Me llaman extremista. Un
congresista muy bueno
compró una vez diez
copias de un libro mío y
las repartió a todo su
staff, y aun así
les advirtió: “bueno,
Parenti puede ser un
poco extremista a
veces…”. Pero yo no me
considero extremista. Lo
que quiero es paz,
casas, trabajo y comida
para la gente… eso no es
extremo: eso es
democracia. El extremo
está ya en el poder, el
extremo está ya en la
Casa Blanca. Entonces el
congresista dice: “¡no
me malinterpretes, a mí
me gusta el libro…!”.
Usted se ha
referido en sus
investigaciones
históricas a tópicos
silenciados. La historia
del comunismo, por
ejemplo, ha estado un
poco oscurecida…
¿Un poco…?
¿Qué enseñanzas
dejó al mundo y al
pensamiento progresista
la desaparición de la
Unión Soviética?
Cuando la URSS colapsó,
muchos intelectuales en
EE.UU.
―incluso aquellos
que se decían de
izquierda―
dijeron que era una
victoria de los
trabajadores frente a la
burocracia, que era algo
maravilloso y que
finalmente éramos
libres. Pero para mí fue
un desastre. Y fue un
desastre para la
izquierda, para los
movimientos populares.
Eso lo hemos visto
demostrarse. Ha sido una
oportunidad increíble
para el imperialismo,
para tener todo el
control. Eso no
significa que piense que
la Unión Soviética haya
sido el ideal de
socialismo o de
sociedad, ni tampoco que
no cometiesen errores.
Cometieron más que
errores, a veces
cometieron crímenes.
Todo sistema político
comete crímenes. La
cuestión está en cómo
trabajas sobre ellos en
función de la justicia
social. Fue un período
histórico aleccionador
para todos y que
requiere nuevos
estudios.
¿Cómo ve el actual
panorama político
latinoamericano, a
partir del ascenso al
poder de las izquierdas
en varios países?
Hay algo importante en
ese tema que es
necesario enfatizar:
EE.UU. no cesará en su
sistemática misión de
intervenir y revertir
ese panorama. De hecho,
ya lo hacen en Venezuela
y algunas incidencias en
Bolivia y Ecuador. En
Honduras, por ejemplo,
la posición de Obama ha
sido tremendamente
hipócrita. He escrito
un artículo sobre eso
en mi sitio web.
¿Se considera un
hombre comprometido?
Sí. Y lo digo
honestamente porque no
imagino qué otra cosa
puedo ser. Si veo algo,
no puedo pretender que
no lo he visto, tengo
que asumirlo. Pero es
difícil, no creas…
Hace poco conocí a
alguien que me decía:
“¿pero cómo puedes
seguir adelante, cómo
puedes hacerlo?” Y le
digo: “¿qué otra cosa
puedo hacer? Soy un
hombre comprometido”.
Pero hay algo que quiero
dejar claro: no digo
estas cosas porque sea
radical o
revolucionario. Es la
realidad la que es
radical y
revolucionaria, la
realidad es la que es
marxista. No es mi
ideología la que me dice
que el mundo está
hambriento: eso es
realidad. Quizá la
ideología ayuda a
establecer los enlaces
entre las cosas, pero no
crea el mundo. El mundo
esta ahí y uno abre los
ojos todos los días: no
puedes escoger. |