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Esa fértil cosecha que
Martí encontraba en los
bríos de los poetas de
la guerra se advierte en
las memorias de quienes
contribuyeron a la gesta
libertadora que culminó
con la victoria popular
del 1ro. de Enero de
1959.
En la actual Feria
Internacional del Libro
Cuba 2010, dos volúmenes
se insertan en esa
línea: Encuentro con
la verdad (Ed.
Verde Olivo), del
Comandante de la
Revolución Guillermo
García Frías, que cuenta
con un prólogo del
General de Ejército Raúl
Castro; y Ni gallego
ni asturiano; rebelde y
cubano (Ed. Capitán
San Luis), del general
de división retirado
Pedro García Peláez.
El primero es un
decisivo fragmento de la
hoja de vida del
testimoniante, quien,
como se sabe, fue el
primer campesino en
unirse al embrión del
Ejército Rebelde, apenas
un mes después del
desembarco del Granma y
el desastre de Alegría
de Pío.
Sus páginas, desde
luego, pueden leerse
como la reconstrucción
de un diario de campaña,
y en tal sentido
complementan tanto la
rigurosa investigación
mediante la cual la
Oficina de Asuntos
Históricos del Consejo
de Estado, entonces
dirigida por Pedro
Álvarez Tabío, rearmó
cada una de las jornadas
transcurridas desde el 2
de diciembre de 1956
hasta mayo de 1957,
cuando se produce la
exitosa acción contra el
cuartel del Uvero, como
las informaciones de
primera mano contenidas
en el diario de Raúl,
los Pasajes de la
guerra revolucionaria,
del Che, y los episodios
narrados por Juan
Almeida Bosque en el
volumen dedicado a los
avatares en la Sierra
Maestra antes de cumplir
la misión de fundar el
Tercer Frente.
La particularidad del
libro de García Frías
consiste, sin embargo,
en que a la narración de
los hechos se une la
caracterización del modo
de vida, o mejor dicho,
de ardua sobrevida, de
los campesinos
residentes en las
inmediaciones del macizo
montañoso oriental, y
que a medida que se
involucra en la
incipiente guerrilla, el
protagonista da cuenta
de su toma de
conciencia.
En esta última resultó
definitoria la
influencia de Fidel. Las
convicciones del líder
de la Revolución, dichas
tempranamente y cuando
era todavía improbable
el triunfo, sobrecogen
por su firmeza y
anticipación, tanto como
le sucedió a Faustino
Pérez, quien en otro
testimonio estremecedor
contó lo que le dijo
Fidel en las horas
posteriores a Alegría de
Pío, cuando debajo del
pajonal de un campo de
caña, sin la menor
certeza del destino de
los expedicionarios del
Granma, dedicó horas a
exponer lo mucho que
habría que hacer después
de la victoria.
El libro de García
Peláez sorprenderá a más
de un lector, incluso a
no pocos de los
compañeros de armas del
avezado militar. Es la
historia de su vida
desde su nacimiento en
Cienfuegos en 1928 hasta
los primeros meses de
1959 en que llegó a ser
jefe de la escolta
personal del Comandante
en Jefe.
Pero no es una
autobiografía común. Los
avatares de García
Peláez pudieran dar
sobrado argumento para
una película. Tan duras
circunstancias ha
atravesado y tan
gráficas son las
imágenes de sus palabras
para recontar la
infancia, adolescencia y
juventud en una España
que sufrió el
hundimiento de la
República a manos de los
fascistas, y que
representó para el
testimoniante la
mutilación de la madre,
el desamparo filial, la
rebusca callejera, el
orfanato y la necesidad
de ganarse la vida. Y
luego están su
reencuentro con Cuba,
sus vicisitudes como
porteador de cargas por
carretera, sus contactos
con revolucionarios y su
definitiva incorporación
a la gesta emancipadora.
García Peláez no solo se
retrata a sí mismo, sino
logra transmitir
caracteres reales con
honda penetración, al
punto de que esta
memoria adquiere el
valor narrativo de una
novela, como la que
escribió el general Raúl
Menéndez Tomasevich y
que debe ser, como esta,
obligada lectura. |