Año VIII
La Habana

 2010

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Entre las sombras de los ¿condenados?

Juliana Venero Bon • Habana

 

Enigmática, profunda, misteriosa podrá parecernos la lectura de El amor es un perro del infierno, novela de Leonardo Almaguer Hechavarría, publicada por la Editorial Sanlope, que extiende los márgenes de nuestra imaginación para construir una nueva historia tantas veces intentemos acercarnos, según el orden que las emociones y la expresividad subjetiva de los personajes nos impongan.

Es el drama de la existencia humana y de la muerte desde la  polifonía individual que se visualiza por la humanización de los personajes en su trasiego de culpas. Estos, más cerca del mal que del bien, son seres presentados con sus angustias e imperfecciones, vicios y debilidades, quienes desde la primera persona narrativa dejan libres sus conciencias para que podamos comunicarnos y descubrirlos sin rubor ni sonrojo, pues si de algo salimos convencidos es de que la vida no es simple, y el amor, el que han elegido como concepto, está más cerca de las sombras y la idealización que lo que quisiéramos y hemos concebido.

No se distingue un protagonista ya que todos  —Carmen, Lesbia, Beatriz, Dylan (no Thomas), Brashlitz—  podrían serlo, todos son uno o viceversa, atormentados por el medio y las circunstancias. Ellos/él  toman el espacio que el escritor les ha asignado y defienden su tiempo de vida o de muerte con igual fuerza por el realismo psicológico que, sin duda, los caracteriza.

Almaguer confía en la capacidad de sus lectores para generalizar y concluir con libertad de perspectivas, si observamos que estamos ante un mundo no convencional desde puntos de vista, espacio y tiempo, en el que los acontecimientos se resisten al orden y a ser asumidos por una sola voz. No importa si antes o después alguien muere, se produce un encuentro, una llamada o accidente en el plano de la acción o si descubrimos anticipadamente, por la fuerza del pensamiento de esta pequeña galería de hombres y mujeres, la fuente de sus conflictos internos.

En cuanto a su estructura externa, el autor  ha dividido el libro en dos partes y la segunda, en el marco de la racionalidad, bien pudiera ser la primera al acercase más al mundo real. Sin embargo, hay algo dantesco en este principio compositivo y al igual que en el Infierno, de Dante mientras más se desciende más se va perdiendo el espíritu. El amor es un perro del infierno transita del espíritu a la materia, son las almas en la primera parte las que vagan con las pasiones que en su vida terrenal las acompañaron. En la segunda, tras la corporeidad de aquellas almas que ya nos son conocidas llegamos a la inevitable conclusión de que los personajes están imposibilitados de perfeccionarse y que todos serán condenados, no han podido someter sus impulsos.

Difícil será encontrar un héroe o heroína en estas páginas, dentro de la concepción ético-moral que socialmente nos han legado, pero ¿acaso los necesitamos? En este espectro de voces cada quien es víctima y victimario, con un sistema de motivos que los conduce al antihéroe, en este caso Mefisto o Brashlitz, como queramos llamarlo. Todos están condenados porque en la locura, el suicidio, los vicios, la prostitución, su vulnerabilidad ha sido expuesta y deben purgar sus culpas. Mas, por la fuerza de persuasión narrativa, no abandonamos la obra y seremos cómplices en su(s) lectura(s).

No podremos resistirnos a entrar en la vida secreta de los personajes, “en la selva oscura” por donde transitan, en el caos deliberado de sus emociones, en las imperfecciones del espíritu humano. El autor ha roto con los prejuicios más irracionales. Nos da la oportunidad de confrontarnos y desde nuestras convicciones, con toda libertad,  descubrir las fuerzas del bien y del mal. En la superficie, lo indispensable para dar riendas suelta a nuestra imaginación y deambular entre las sombras de los ¿condenados?

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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