Año VIII
La Habana
2010

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Bernarda Alba y Cuco el de Madruga
Amado del Pino • España

Leo en la prensa española sobre un inusual montaje de La casa de Bernarda Alba. Resulta que ahora los papeles de la formidable obra de García Lorca los asumen gitanas, mujeres de pueblo con pocos estudios. He amado mucho —como tantos y con tanta razón— la dramaturgia de Federico y no hace mucho Tania me llevó hasta Barcelona, en busca de una puesta en escena muy profesional y exacta que nos gustó menos de lo que esperábamos.

De todas formas no me iré en esta noche lluviosa de Madrid por el camino lorquiano. Daría para mucha “muela”, como decimos los cubanos a la elocuencia en clave bien popular. Ahora mismo en La Habana de mi alma se está representando cierta obra mía en la que Lorca aparece como trémulo personaje asumido por un clásico de la actuación en Cuba: Pancho García.

Esto de las gitanas sobre el escenario me trajo a la memoria un pasaje hermoso de la primera juventud. Andábamos por Tercer Año de la carrera de Teatrología y nos mandaron de “práctica de familiarización” hasta Cayajabos, un recodo rural del municipio de Madruga, en lo que entonces muchos llamaban Habana Campo. Allí estuve sobre todo con Osvaldo Cano, compañero de aula que con los años se consolidaría como amigo, crítico teatral y hasta compadre. A pesar de mi infancia campesina tan evocada, sufrí bastante montando en unos caballos enormes en los que debía salir a la comarca para hacer investigaciones. Mi alarde rural y el ya para entonces debilitado machismo se vinieron abajo varias veces. La investigadora a la que debía acompañar en esas encuestas resultó ser experta en trotes, galopadas y abriendo las talanqueras, unas puertas rústicas que separan los terrenos y yo conocía mucho de oírselas cantar a los poetas, pero poco de abrirlas con mis propias manos.

Además en esos viajes me encontré con una elemental pero elocuente lección sobre la recepción del arte. A una muchacha de la zona le preguntamos si le gustaba el grupo de teatro que existía en la cooperativa rural y que motivaba nuestra presencia allí. La joven nos dijo más o menos así: “No me gusta porque nada más que hablan de las cosas de aquí, de la producción y esos trajines. Yo quiero ver cómo vive la gente de La Habana, qué ropa se pone, cómo conversan de cosas distintas”.

A nivel artístico la experiencia del grupo de campesinos resultó interesante. Por encima de más de 30 años me viene el nombre y la imagen de Cuco, hombre noble de muy pocas letras que se aprendía los textos oyéndolos en el escenario, como una célebre actriz de Moliere. Huberto, el director del grupo, se encontraba en una hermosa etapa de una larga carrera que después ha recibido tantos elogios como críticas. He estado en uno u otro bando, según la apreciación de momentos concretos de su creación, siempre apasionada. Pero tampoco por ahí me vestiré de teatrólogo. Lo más importante para estas líneas es que tomamos un ron peleón que nos supo glorioso en casa de otro buen hombre que se llama Andrés en mi recuerdo y hasta uno de los dos se enamoró de la muchacha más linda de la zona. Otro de los amigos escribió un poema que duró más que el romance bucólico y efervescente de nuestros 20 años. Y empezaba más o menos así: “He llegado a este árbol/ a su raíz soberbia/ recorriendo un sendero con espinas menores...” ¿O eran otros los versos, el paisaje, la muchacha, hermano Osvaldo?
 

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La Habana, Cuba. 2010.
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