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Leo en
la prensa española sobre un inusual
montaje de La casa de Bernarda Alba.
Resulta que ahora los papeles de la
formidable obra de García Lorca los
asumen gitanas, mujeres de pueblo con
pocos estudios. He amado mucho —como
tantos y con tanta razón— la dramaturgia
de Federico y no hace mucho Tania me
llevó hasta Barcelona, en busca de una
puesta en escena muy profesional y
exacta que nos gustó menos de lo que
esperábamos.
De todas formas no me iré en esta noche
lluviosa de Madrid por el camino
lorquiano. Daría para mucha “muela”,
como decimos los cubanos a la elocuencia
en clave bien popular. Ahora mismo en La
Habana de mi alma se está representando
cierta obra mía en la que Lorca aparece
como trémulo personaje asumido por un
clásico de la actuación en Cuba: Pancho
García.
Esto de las gitanas sobre el escenario
me trajo a la memoria un pasaje hermoso
de la primera juventud. Andábamos por
Tercer Año de la carrera de Teatrología
y nos mandaron de “práctica de
familiarización” hasta Cayajabos, un
recodo rural del municipio de Madruga,
en lo que entonces muchos llamaban
Habana Campo. Allí estuve sobre todo con
Osvaldo Cano, compañero de aula que con
los años se consolidaría como amigo,
crítico teatral y hasta compadre. A
pesar de mi infancia campesina tan
evocada, sufrí bastante montando en unos
caballos enormes en los que debía salir
a la comarca para hacer investigaciones.
Mi alarde rural y el ya para entonces
debilitado machismo se vinieron abajo
varias veces. La investigadora a la que
debía acompañar en esas encuestas
resultó ser experta en trotes, galopadas
y abriendo las talanqueras, unas puertas
rústicas que separan los terrenos y yo
conocía mucho de oírselas cantar a los
poetas, pero poco de abrirlas con mis
propias manos.
Además en esos viajes me encontré con
una elemental pero elocuente lección
sobre la recepción del arte. A una
muchacha de la zona le preguntamos si le
gustaba el grupo de teatro que existía
en la cooperativa rural y que motivaba
nuestra presencia allí. La joven nos
dijo más o menos así: “No me gusta
porque nada más que hablan de las cosas
de aquí, de la producción y esos
trajines. Yo quiero ver cómo vive la
gente de La Habana, qué ropa se pone,
cómo conversan de cosas distintas”.
A nivel artístico la experiencia del
grupo de campesinos resultó interesante.
Por encima de más de 30 años me viene el
nombre y la imagen de Cuco, hombre noble
de muy pocas letras que se aprendía los
textos oyéndolos en el escenario, como
una célebre actriz de Moliere. Huberto,
el director del grupo, se encontraba en
una hermosa etapa de una larga carrera
que después ha recibido tantos elogios
como críticas. He estado en uno u otro
bando, según la apreciación de momentos
concretos de su creación, siempre
apasionada. Pero tampoco por ahí me
vestiré de teatrólogo. Lo más importante
para estas líneas es que tomamos un ron
peleón que nos supo glorioso en casa de
otro buen hombre que se llama Andrés en
mi recuerdo y hasta uno de los dos se
enamoró de la muchacha más linda de la
zona. Otro de los amigos escribió un
poema que duró más que el romance
bucólico y efervescente de nuestros 20
años. Y empezaba más o menos así: “He
llegado a este árbol/ a su raíz
soberbia/ recorriendo un sendero con
espinas menores...” ¿O eran otros los
versos, el paisaje, la muchacha, hermano
Osvaldo? |