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De las noches de mi juventud aún
recuerdo con nostalgia las
descargas del club Scherezada, y
después, las del Pico Blanco,
cuando con su muy particular voz
ronca el King interpretaba “Si
me comprendieras, /si me
conocieras, / jamás dudarías…”
o “Novia mía,/ desde el primer
y fiel abrazo…”, en tanto
pulsaba la guitarra con el dedo
pulgar de la mano derecha, y un
público extasiado, le pedía una
y otra vez alguna de sus mágicas
creaciones como “Me faltabas
tú”, “Por nuestra cobardía” o
“La gloria eres tú”…
Para mí y para otros muchos de
mi generación aquellas escenas
de la bohemia habanera fueron
únicas, en las que el autor e
intérprete de tan célebres
melodías, llevadas y traídas por
no pocos cancioneros a todo el
mundo, confesaba a sus íntimos:
“Cada día hay que vivirlo como
si fuera el último”.
Un clásico
Parecía estar predestinado para
ser uno de los grandes de
nuestra música. Nacido el 21 de
junio de 1927, conoció en su
humilde casa de la barriada
habanera de Los Pinos al
mismísimo Sindo Garay, a Manuel
Corona y a Rosendo Ruiz Suárez,
y con solo 12 años se presentó y
ganó —con aquella voz de “anticantante”,
como era también la del Bola— el
primer premio en La Corte
Suprema del Arte.
Se cuenta que en aquel programa
descubridor de talentos cantó el
corrido “Cocula”, muy de moda
entonces, pero ya en 1946,
compuso “Por mi ceguedad”, “Soy
tan feliz” y “Novia mía”; y en
1947, “La gloria eres tú”, que
popularizó Toña la Negra, y
Pedro Infante la incluyó en la
cinta mexicana Dos tipos de
cuidado.
El camino ya estaba trillado…
Por cierto, algún tiempo después
el Ronco de Oro, como también se
le llamó, reveló su “secreto”
para escribir piezas tan
hermosas que lo convertirían en
un clásico dentro de la canción
en lengua hispana: “Yo no sé
fabricar una canción; por eso no
soy tan fecundo que digamos. (…)
cuando trato de exteriorizar mis
sentimientos ha existido una
razón para hacerlo”.
“Ah, esa cosa tiene filin”
Gran artista, en extremo
sencillo, José Antonio Méndez
integró el núcleo fundamental
del movimiento cubano del filin.
“El filin —decía—quiere decir
sentimiento, pero para nosotros
más bien era también algo de la
época nuestra, del tiempo que
vivíamos. No era sutileza, sino
decir algo. Uno podía tener voz
ronca, pero si enviaba un
mensaje o decía algo, ya tenía
filin. (…) cada vez que uno
ponía más de la tónica y
dominante establecida, una
novenilla, una séptima, se
decía: ‘Ah, esa cosa tiene filin’”.
En 1949, invitado por el
cantante cubano Pepe Reyes, se
va a México en busca de más
oportunidades para ganarse la
vida con su arte. “Habiendo
estudiado un poco de Guitarra y
Composición y ya con varias
obras suyas a la espalda, —al
decir del colega y amigo
Bladimir Zamora Céspedes— llega
a la capital azteca a comerse el
mundo. O sencillamente a crear
un círculo de gracia donde le
permitan decir sus canciones. Y
logra establecerse cantando en
clubes, haciendo radio y
televisión, grabando discos…”
Regresa a Cuba en 1960 y unos
años después es elegido
presidente de la Sociedad Cubana
de Autores Musicales.
Durante varias generaciones, su
obra es asumida por una amplia
variedad de intérpretes como
Elena Burke, Moraima Secada,
Orlando Vallejo, Vicentico
Valdés, Fernando Álvarez, Pacho
Alonso, Roberto Sánchez, Pablo
Milanés, Omara Portuondo, Lucho
Gatica, José José, Manzanero.
Una gran pérdida
Su muerte nos agarró de sorpresa
aquel 10 de junio de 1989 en un
absurdo accidente de tránsito,
bajo las gomas de un ómnibus que
no percibió a tiempo. Dos noches
antes había ofrecido algunas de
sus memorables creaciones en la
gala dedicada al movimiento
cubano del filin en el Tercer
Festival Internacional Boleros
de Oro, que se celebraba en La
Habana. Le habían confirmado un
próximo viaje a París. Sus
boleros y sus canciones, como
siempre, seguían subyugando al
mundo… Una multitud, a pie y en
silencio, lo acompañó hasta el
cementerio de Colón, donde
reposan sus restos.
Sobre este excelente músico se
cuenta una simpática anécdota:
“Portillo —aludía el King a su
amigo y compositor César
Portillo de la Luz— volverá a
regañarme cuando olfatee en mis
palabras el perfume del alcohol.
Otra vez le repetiré mi lema:
“Mira, nunca he visto una
botella de aguardiente Coronilla
que diga en la etiqueta beber
daña la salud, y entonces le
criticaré su fumadera de
cigarrillos…”. |