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XI
“Pero, a despecho de equivocarme, dentro
de un año estaremos hablando de lo
mismo. Ya revisaremos otra vez la
bitácora personal y avistaremos los
anclajes.”
Así decía yo en un texto publicado en la
última Tablas de 2008 y que fue
la base para repasar en La Jiribilla
tanto ese año, como el 2009. Pero me
equivoqué, 2009 resultó un año
diferente. Aunque muchos asuntos
enunciados en cuanto a la creación y a
la interrelación de esta con la
institución se mantienen intactos, lo
que advertía como esencialmente positivo
—un casi oculto trasiego de piedras— se
expandió con visibilidad y cierta fuerza
a lo largo del período.
Un conjunto de eventos nacionales
permitió aquilatar, en mayor y mejor
medida, la producción actual de la Isla,
confrontar los segmentos más habituales
con los apenas visibles. El Festival del
Monólogo Cubano en el Teatro Terry, de
Cienfuegos; las Jornadas de Teatro
Callejero, de Matanzas; el primer Taller
de Jóvenes Directores, de Manzanillo
ubicados entre las especiales Jornadas
Villanueva en enero, renombradas para la
ocasión Jornadas de Teatro Cubano —que
me obligó a repetir aquí por la lógica
de este recuento— y el Festival de
Teatro de La Habana en noviembre, se
constituyeron en inflexiones de este
trayecto.
Junto a ellos una suerte de avalancha de
presencias internacionales muy notables,
dentro y fuera de los eventos arriba
mencionados, que ubican el 2009
—en
este sentido—
como unos de los tres más significativos
en los últimos 25 años, dejando una
carga sumamente estimulante y retadora.
En sucesivas entregas me detendré en
cada una de las obligatorias estaciones.
XII
Fue relativamente el azar quien trajo
hasta La Habana las Jornadas de Teatro
Cubano de 2009. Azar que puede ser
personificado como el huracán Ike y
sería lo único por agradecerle. Como se
sabe, los enormes destrozos causados a
su paso por el país en septiembre de
2008 y en particular, para el caso que
nos ocupa, por tierras agramontinas,
obligaron a la suspensión del XII
Festival Nacional de Teatro de Camagüey,
gran evento que, surgido en 1983 y amén
de lógicas transformaciones, se ha
estabilizado como el espacio de
encuentro bienal de esa manifestación en
Cuba.
Para no perder del todo el esfuerzo
realizado en su preparación, que, al
paso de Ike era inminente, el Consejo
Nacional de las Artes Escénicas
determinó la exhibición en la capital de
la muestra escogida por un comité de
selección, y la realización de la
habitual competencia postulada por el
diseño del festival camagüeyano. Ello
aconteció desde el 9 de enero y finalizó
el 23 con la entrega de premios. Quise,
al ritmo de esos días, comentar algunos
puntos con respecto a las Jornadas y, al
finalizar el evento, evaluar la muestra
misma, textos que, como ya dije, reitero
aquí.
La primera imposición de Ike, anticipada
por las amenazas de otros ciclones a
convocatorias anteriores del festival,
resultará trasladar hacia fines de
noviembre o, incluso, a diciembre la
cita (se realizó así en 1998). Aunque
traerá nuevos conflictos con la
temporada alta del turismo
internacional, tendrá como ventaja dejar
más tiempo al resumen de carácter bienal
que el Festival Nacional representa. De
alguna manera, y no sin ciertas
contradicciones, el sistema de eventos
del teatro cubano se articula “camino a
Camagüey”, se cierra un período con cada
encuentro y se abre, por ende, otro
ciclo.
La segunda imposición de Ike es
complementar cada futuro festival con
una nueva Jornada de Teatro Cubano.
Tiene enorme importancia que lo mejor de
Camagüey se presente en La Habana el
enero siguiente. Esa cota más alta puede
derivarse de los premios y el consenso
de otros juicios que confluyen en la
cita nacional. Pero, en todo caso, lo
estratégico es apreciar aquí, por parte
de un público amplísimo y creciente —y
con segmentos decisivos dentro de él—,
una muestra que concita renovado interés
por su carácter panorámico, por las
ventajas que conlleva observarla en sus
diálogos internos de todo tipo al ritmo
intenso de pocos días y porque, en
definitiva, comporta una mirada más
“nacional” sobre nuestro teatro, si
pensamos además que lo sistémico de la
presencia en la capital de la escena de
las provincias no se ha resuelto.
La tercera imposición de Ike es la
pronta necesidad de articular en
circuito las salas de teatro que tienen
como eje la calle Línea de El Vedado
habanero. La apretada agenda de
persecuciones y traslados entre una y
otra sala cercana que estas Jornadas,
felizmente, han provocado, demuestra que
este proyecto del Consejo Nacional es
viable desde ahora mismo, aunque no
estén terminadas todas las inversiones
de nuevos espacios. Pero no se trata
solo de cercanía física, sino de
caracterizar salas, complementar
horarios, aumentar el ritmo de trabajo y
servicio de las instalaciones, programar
en sistema, señalizar y promocionar al
servicio del circuito y sus
particularidades.
A esas “tres imposiciones” que nos ha
revelado el azar (que, como el error, es
en ocasiones arranque y descubrimiento)
debieron agregar las instancias
pertinentes del Consejo Nacional de
Artes Escénicas (CNAE) un movimiento de
ideas y comunicación a la altura del
esfuerzo principal. Ha sido un tiempo
magnífico, desperdiciado para encuentros
en torno a la propia muestra y a los
debates que atraviesan hoy al teatro
cubano y al repaso, en definitiva, de
los 50 años de teatro y Revolución
porque no se encontrará fecha mejor. Ese
esfuerzo mayor por significar,
promocionar, dar y adquirir relieve, es
lo que he reclamado como construir
sentido, más allá de los hechos.
A las tradicionales Jornadas Villanueva,
surgidas dos lustros atrás alrededor del
22 de enero, Día del Teatro Cubano, con
este mismo afán, se le imponen nuevas
perspectivas gracias a esta realización
en enero de 2009 de las Jornadas de
Teatro Cubano. Ambas conmemoran los 140
años de los sucesos del Teatro
Villanueva, día en que, como señalara
alguna vez Albio Paz, se unieron para
siempre los destinos de teatro y nación.
Sea ese eje el destino de todas nuestras
jornadas.
XIII
He visto casi todos los espectáculos de
estas Jornadas de Teatro Cubano 2009.
Algunos por primera vez ahora, otros,
que en ciertos casos repetí, en el
camino que los trajo hasta las salas de
El Vedado. Muchos, muchos más, amén de
no estar presentes, me sirven para
pensar la “totalidad” de la escena
cubana de hoy y no solo estos días tan
teatrales de enero, si bien es este un
objetivo siempre imposible.
En las páginas anteriores llamé la
atención sobre las virtudes y las
ausencias de la Jornadas en términos
conceptuales y organizativos, lo que me
releva de repeticiones, exceptuando la
de mi firme apoyo a la realización
futura de este evento.
Las Jornadas de Teatro Cubano cierran un
bienio (2007-2008) de escasa calidad en
los resultados artísticos de esta
manifestación. Contados hechos han
alcanzado probada relevancia e, incluso,
algunas distinciones han ido a parar a
desempeños que nunca lo habrían merecido
en períodos anteriores. Las múltiples
razones que me doy, junto a las
apreciaciones de otros, para explicarme
esa afirmación, rebasan esta breve nota;
pero al menos arriesgaré ciertas
observaciones.
Los espectáculos logran muy pocas veces
cumplirse a sí mismos, que es el punto
de partida de mi valoración, salvándome
de aplicar una receta, propia o ajena,
ante cada puesta en escena. Considero el
equilibrio (aunque pudiera ser la
asimetría si fuera pertinente) entre los
propósitos que puedo descubrir por parte
de los creadores y su concreción real.
La mayoría traiciona los presupuestos
enunciados por incapacidad en el oficio
artesanal, falta de inteligencia
conceptual, carencia de rigor en el
proceso de trabajo, cuando no por lo
endeble de las bases mismas de la
propuesta.
No adivino por qué se escogió un texto u
otro, por qué no se perciben fallas tan
visibles en la estructuración de la
fábula o en la relación del texto
literario con su anclaje escénico; no
percibo por qué se desanda por ciertos
caminos que parecen conducir a ninguna
parte. En el teatro cubano faltan las
ideas y el vínculo de ellas con las
ricas y complejas intersecciones de
nuestra realidad actual, de resonancias
tan particulares al encarnarse en la
escena.
Sí sé por qué a los grupos cuesta tanto
mantener una poética singular: porque el
grupo es una célula en crisis donde,
sobre todo en La Habana, es difícil
articular procesos de trabajo más allá
de un espectáculo, casi siempre
condenado a morir pronto, y a veces
hasta en un solo proceso de puesta en
escena. La excesiva movilidad de los
actores, las lógicas atracciones de
otras labores mejor remuneradas y la
carencia de apoyos particularizados al
teatro vivo y de mejores resultados, en
medio de un archipiélago de proyectos,
núcleos y entidades sin sentido, entre
otras razones, giran en contra de esa
concentración imprescindible a un arte
de naturaleza colectiva.
Lo anterior explica, en parte, la
perplejidad con que miro las
resoluciones del campo artesanal del
teatro cubano, no únicamente relacionado
con la precariedad material. Resultados
fáciles y opciones primerizas en la
construcción y uso de códigos y
lenguajes: musicales, sonoros, visuales,
cromáticos, objetuales, actorales,
gestuales, proxémicos, etcétera,
etcétera.
Todo desplaza las miradas hacia el
director, una figura en crisis y, sin
discusión, decisiva. Urge reabrir la
carrera de Dirección de la Facultad de
Artes Escénicas del Instituto Superior
de Arte, y abandonar discusiones
academicistas y bizantinas, so pena de
poner en riesgo el futuro mismo del
teatro nacional. Y proyectar además, a
muy alto nivel, otras estrategias de
formación no académicas para directores
emergentes.
Por último, me permito el disenso de
pensar en que sí hay buenos actores (y
conste que no me refiero a estrellas ni
primeras figuras ―denominaciones que
eludo― porque en el teatro lo que hace
falta son buenos actores y actrices para
hacer de todo), unos probados y otros en
desarrollo, solo que viven y trabajan
dispersos, desgastándose muchas veces en
esas agrupaciones sin sentido ni rumbo.
Si los viéramos juntos alguna vez, nos
evitarían padecer a quienes han ocupado
sus “puestos” porque, contra viento y
marea, hay que seguir haciendo teatro en
Cuba.
Esa voluntad ha quedado, una vez más,
expresada sobre las tablas capitalinas,
acompañada de estas duras paradojas
sobre las que vale la pena discutir.
Hagámoslo como tributo final a estas
Jornadas de Teatro Cubano. |