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Si hace algunos meses atrás alguien me
hubiera pedido que leyera una novela
contextualizada en la Cuba de los 90,
con sus conocidos fenómenos sociales
—o
iconos culturales, todo depende del
punto de vista o el objetivo con el cual
se revisite la historia—
como la jinetera, el yuma, los fulas,
los chícharos, el desasosiego, los
balseros o la crudeza radical de una
crisis económica, me hubiera negado por
completo. “Bastante ya he leído sobre el
tema”, diría tajantemente, “¿acaso toda
una década de literatura
—no
toda la literatura, pero sí toda la
década—
no fue suficiente para tratar lo mismo
con lo mismo?”. Lo más probable es que a
mis palabras la hubieran acompañado una
pose de joven incrédulo
—irreverente,
posmoderno, de estos que creen
redescubrir la esencia de la literatura,
de estos que no quieren perder el tiempo
con historias clonadas—
o un gesto desdeñoso. Por suerte La
soledad del tiempo, primera novela
de Alberto Guerra Naranjo, me curó de
este mal, me salvó de esta imaginaria
situación vergonzosa. Cuando creí que
nadie podría contarme lo ya contado,
encontré en la novela de Alberto Guerra
lo que en otras había pasado
desapercibido, como esos trozos de tela
que se esconden tras un escenario de
cartón.
Su libro de cuentos Blasfemias del
escriba (Letras Cubanas, 2000 y
2002) lo anunciaba como un escritor de
alto calibre, no es producto de la
casualidad que subsistan en las
librerías de nuestro país contados
ejemplares de este libro, que varios de
sus cuentos hayan sido versionados para
la televisión
—estableciendo
raseros en la calidad de los programas
dramatizados—
y que su novela La soledad del tiempo
haya motivado la atención de la
crítica
—con
cerca de media docena de reseñas en
diversos medios y soportes—
y lo que es más importante, la atención
del público lector, que colma cada una
de las presentaciones para adquirir la
novela.
La soledad del tiempo
parte de una historia ya conocida por
quienes hemos seguido los pasos de este
escritor, su primer capítulo “Los
heraldos negros” es uno de los relatos
más significativos de los que aparecen
recogidos en su libro Blasfemias del
escriba y lo primero que sorprende
es la capacidad de convertir un cuento
en materia prima para una novela, no
diríamos de una importancia, sino de una
envergadura mayor, donde se revitalizan
escenas, ambientes, situaciones, se
retoman historias ya esbozadas y
adquieren mayores dimensiones aquellos
personajes que en el cuento primario
eran invisibles o simplemente no
formaban parte de la historia.
La soledad del tiempo
nos recibe con un reto. El lector se
enfrenta desde la primera página a un
narrador que reescribe el cuento que
primero escribiera su amigo M.G. y que
naciera de la experiencia de otro amigo
escritor: J.L. Una escritura nada
convencional que el lector medio
—si
se me permite hablar en estos términos—
debe vencer para adentrarse en una
historia que poco a poco, capítulo a
capítulo, se va superando a sí misma y
va ganando temáticamente en interés. Los
hilos de la historia se tejen y
entrelazan a medida que cada personaje
se enfrenta a su realidad, a sus
intereses, a sus carencias, a sus
objetivos, e interactúa con un contexto
que lo pone a prueba en el camino a la
búsqueda de un fin común.
De esta forma La soledad del tiempo
nos coloca ante cuestiones latentes
como la marginación, el racismo, la
intolerancia, el oportunismo, la
diferencia de clases, le ética o la
ferviente caza de un viaje al exterior,
para solventar los problemas económicos
al centro de una nación en crisis.
De la mano de tres personajes escritores
nos adentramos en un espacio muy
parecido a un ring de boxeo donde
golpes, apuestas y artimañas, son
elementos primarios para agenciarse un
cierto nivel de reconocimiento social,
usando como unidades de medida los
premios literarios, las becas, las
publicaciones y los viajes al exterior.
La literatura se revela desde dentro,
como un filme en tonos grises donde los
autores, al colocarse los guantes y
caminar al centro del ring, no pueden
olvidar las carencias materiales, la
insatisfacción, las desgarraduras
cotidianas y los pequeños sueños que se
alejan entre las brumas de nefastas
circunstancias.
Desde el punto de vista narrativo, el
texto goza de una perfecta eficacia, la
acción es contada a partir de
transgresiones tanto espaciales, como
temporales, sin abandonar un lenguaje
coloquial que nos mueve,
intencionalmente, a la
autoidentificación con alguno o varios
personajes de la historia.
Significativo resulta el hecho de que
no es La soledad del tiempo un
texto que excluye (en esta época donde
tantos escritores escriben para sus
amigos escritores). Cuenta entre sus
principales méritos resultar accesible y
entretenida, a pesar de sus diversos
referentes intelectuales. Lo cual no
quiere decir que sea esta una obra que
complace, al contrario, resulta severa
en la descripción de las miserias y
bajezas humanas, nos ofrece un crudo
termómetro ético, para medir el nivel al
que puede llegar el hombre, con el
pretexto de cumplir sus objetivos. Es
una novela que duele, molesta e
incomoda.
Mientras avanzaba en la lectura, iba
desterrando todo atisbo de incredulidad,
me convencí, en los capítulos finales,
que acababa de enfrentarme a una nueva
forma de contar nuestro pasado reciente
—tan
reciente que aún guardamos la resaca y a
ratos se nos confunde con lo cotidiano—.
Me sorprendí en la piel de Sergio
Navarro y fui trasmutando hacia M.G, J.L,
un taxista en México, una chica rubia,
incluso un Emilio Varona para regresar
luego a Sergio. Como en la teoría de la
cola mordida de la serpiente pedaleé las
calles de La Habana, oí los gritos de un
puerco apuñaleado, ajusté el micrófono
frente al público en Guadalajara, sentí
el ardor de 900 dólares en el bolsillo,
el brazo partido y me lancé por una
ventana para luego volver a pedalear por
las calles de la ciudad.
Con el final de la lectura, les pedí a
mis amigos que la leyeran, sin decirles
que se desarrollaba en la Cuba de los
90, con sus jineteras, sus yumas y sus
fulas, sin predisponerlos hacia una
posible historia repetida, para que como
pude haber hecho yo, no adoptaran una
pose de joven incrédulo, ni esgrimieran
gestos desdeñosos y tuvieran el
privilegio de disfrutar, de una de las
novelas más interesante en la reciente
literatura nacional.
Por supuesto, tampoco les dije que
aunque el talento se impone sobre las
piñas literarias, sobre el sistema de
enramados sociales que supone el mercado
de la literatura, La soledad del
tiempo, con la vuelta de la última
página, nos deja en los labios el sabor
a la cercana presencia de unos Heraldos
negros. |