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Es viernes y hace frío en Madrid. Están
bajas las temperaturas hasta para los
madrileños. Ni qué decir para un gordito
del Caribe que —aunque ya sé que este
año Cuba también ha disfrutado sus
fresquitos— se ha pasado largas
temporadas en La Habana sin usar un
abrigo en serio.
Hace frío y ando con una noticia que me
reconforta y una que oprime. La primera
es que volvió a perder el Real Madrid;
se quedó fuera por sexta ocasión de la
Liga de Campeones, lo máximo en cuanto a
fútbol en el mundo. Que me disculpen los
madridistas —empezando por mi hijo
Amadín y mi amigo Arturo, allá en
Murcia— pero da cierto regocijo (tal vez
un poco cruel, lo acepto, si uno se fija
en la cara de los jugadores derrotados
saliendo del campo) que no hayan podido
ejercer su aplastante superioridad los
muchos millones de euros gastados en
reunir las estrellas más espectaculares
y mediáticas. El deporte conserva cierta
nobleza en ese sentido. Con la pelota
entre los pies un equipo modesto puede
desbancar a uno soberbio económicamente.
Me temo que en el cine, por ejemplo,
resulta casi imposible competir con la
inmensa fortuna de la producción
comercial norteamericana.
La noticia que me encoge el alma es la
muerte de Miguel Delibes. Y no es eco
mecánico en día de obituario. En este
espacio he dejado huella de mi
admiración por sus libros. Y no solo por
eso. Es un hombre que muere en su casa,
en la que trabajó tanto su literatura
como la prosa rápida en redacciones de
periódicos de provincia. Y no le
interesó ni Madrid, ni un puesto de
relumbrón, ni el dinero fácil, ni la
fama. Un hombre que amó a la misma mujer
hasta el delirio y se regalaron siete
hijos, un montón de nietos… hasta que la
muerte se la llevó temprano a ella y
Delibes asumió la tristeza con la misma
dignidad con la que dialogó con la
creación literaria o el trabajo diario
de la prensa.
No le dieron el Nobel. Y el maestro
—fallecido a los 89 años— les dio tiempo
para que se evitaran la injusticia. No
le dieron el Nobel —y hablo con la
pasión, similar a la deportiva, de
alguien que ama la literatura desde una
grada humilde—; no se lo dieron porque
no era galáctico, ni mediático, ni
escandaloso, ni le tocó el turno por la
rotación de idiomas, coyunturas
geopolíticas, alternancia de sexos,
géneros literarios o lo que se les
ocurra.
No le dieron el Nobel y ni falta que le
hizo. |