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La noticia rebotó
prontamente poco después
del mediodía del lunes
12 de julio de este
2010: a los 87 años de
edad en un hospital de
Miami Beach fallecía
Olga Guillot, víctima de
una enfermedad
intestinal.
Los despachos
cablegráficos
coincidieron en un
apelativo —era el adiós
a la llamada Reina del
Bolero— y no faltó la
nota sensible de quienes
recordaron cómo al
conjuro de su voz
nacieron grandes
pasiones públicas o
furtivas.
En los obituarios de las
agencias, los hitos de
su iniciación fueron
evocados: su nacimiento
en Santiago de Cuba el 9
de octubre de 1922, sus
estudios de música en el
Conservatorio de La
Habana, el dúo
adolescente junto a su
hermana Ana Luisa que le
valió el premio en un
concurso de la radio en
1938, su fichaje en el
cuarteto vocal Siboney,
la alternativa como
solista en el Zombie
Club en 1945 y el primer
éxito un año después
cuando graba para la
Panart la versión al
castellano del estándar
Stormy Weather.
También se cita el
providencial encuentro
con hasta entonces
inédita canción La
gloria eres tú, del
entonces muy joven José
Antonio Méndez, sus
rutilantes incursiones
por varios países de
América Latina y la
conquista de la cúspide
en el mundillo de los
espectáculos de los 50,
con su proclamación tres
veces consecutivas como
la Cancionera del Año
entre 1954 y 1956 y el
protagonismo de El
show de Olga Guillot
en la naciente
televisión cubana.
Nada se dice, sin
embargo, de cómo la
emisora Mil Diez, en los
40, fue una de sus
plataformas de
lanzamiento, ni de su
vida en común con su
primera pareja, el
locutor Ibrahim Urbino.
Ni las agencias
cablegráficas, ni la
edición digital de El
Nuevo Herald ni las
reseñas circuladas por
los blogueros de Miami
dicen una palabra.
Es presumible que la
ausencia informativa se
deba a la filiación
política de la emisora y
el esposo con el Partido
Socialista Popular,
nombre que adoptó
entonces el Partido
Comunista y para hacer
congruente la biografía
artística de una de las
grandes voces del bolero
de todos los tiempos con
el itinerario político
de quien se alineó y fue
profusamente utilizada
por los más encarnizados
enemigos de la
Revolución en el Sur de
la Florida, tanto que
entre los primeros en
atizar la llama del
verticalismo anticubano
a propósito de la muerte
de la diva estuvieron
los inefables
congresistas Lincoln
Díaz Balart e Ileana Ros
Lehtinen.
La Guillot marchó
definitivamente de la
Isla en 1960, en
compañía de su hija Olga
María, fruto de su
matrimonio con René
Touzet. En Estados
Unidos triunfó mucho más
allá de la comunidad
latina y confirmó la
internacionalización de
su carrera artística.
Los obituarios sitúan
como nuevos puntos
culminantes en esa
trayectoria el
reconocimiento que en
1963 le expidió la
Academia de Artes John
F. Kennedy de Hollywood,
su concierto de ese año
en el Carnegie Hall de
Nueva York, el escenario
compartido con el trío
Los Panchos y Miguelito
Valdés en el teatro
Paramount de Broadway en
1965; las críticas
elogiosas recibidas en
1968 en el Florida Park
de Madrid, el premio Olé
conseguido en Barcelona,
y el mano a mano con
Frank Sinatra en la
inauguración del hotel
Manila-Hilton de
Filipinas. Y siempre,
una y otra vez, México,
donde era parte
consustancial de la
fauna musical del país.
Si bien Olga Guillot no
quiso compartir el
destino de la inmensa
mayoría de los suyos,
nunca renunció a la
cubanía, como tampoco
muchos de su generación
de cubanos ni de las
subsiguientes, que de un
modo u otro entraron en
contacto con su arte, la
dejaron de sentir
cubana, a pesar de la
distancia que ella misma
eligió.
Se conoce que sintió la
pérdida de Elena Burke,
a la que tenía como una
excepcional bolerista.
De ella dijo: “Ella y yo
sabíamos que íbamos a
salir de los cuartetos
para ser figuras. La
nueva generación de Cuba
la adora”.
Hay una foto tomada en
Santo Domingo el 20 de
abril de 2006. Juntas,
Omara y Olga, la
Novia del Filin y la
Reina del Bolero.
Cantaron una misma
canción.
“El día que yo no esté
me gustará que se
recuerde a Olga Guillot
como una señora muy
romántica, muy
apasionada y que hizo
sentir a mucha gente
mucho amor”, expresó la
cantante en una
entrevista.
Esa es la imagen que
seguramente va a
prevalecer de quien le
puso al bolero un acento
peculiar y un
temperamento ígneo. |