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Una de las hazañas
culturales de Santa
Clara radica en realizar
de manera ininterrumpida
desde hace 13 años
una peña semanal que
reúne, en el Centro
Cultural El Mejunje, a
una tropa de juglares
del siglo XXI, empeñados
en defender la
continuidad de la trova
en Cuba. La Trovuntivitis es el
espacio por excelencia
para definir lo que
viene sucediendo con la
canción inteligente en
las últimas
generaciones, pues ha
logrado gestar una
verdadera cofradía
trovera, singular no
solo por la talentosa y
a la vez variada
propuesta de los bardos
que la integran, sino
porque la fidelidad de
su público demuestra una
vez más la inmortalidad
de esta manifestación
musical entre los
nacidos en esta Isla.
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Fue escuchando cada
jueves a esos poetas con
guitarra que comenzó
Yaima Orozco a
enamorarse de la trova.
Si de reconocer
influencias se trata,
para quien hasta hace
muy poco fuera la única
integrante femenina de
la peña, los cantautores
santaclareños resultaron
la inspiración principal
para aventurarse por ese
camino.
Empezó en los micrófonos
como vocalista
acompañante de los
creadores Alain Garrido,
Leonardo García y Diego
Gutiérrez, hasta que
hace poco más de cinco
años deslumbró con sus
primeros temas a los
asiduos de El Mejunje.
Para quienes la
escuchamos por entonces
y hoy acudimos a sus
peñas o conciertos, no
es difícil constatar el
acelerado crecimiento
creativo de esta mujer
de 29 años. Sus dotes
interpretativas, ya
evidentes en las
primeras presentaciones
en solitario, han
continuado escalando
calidades, al tiempo que
se le suma un logrado
dominio de la escena.
Junto con la
instrumentista y
compositora Irina
González, viene
desarrollando en los
últimos tiempos un
interesante trabajo que
las llevó a la pasada
edición del Festival de
la trova Pepe Sánchez,
en Santiago de Cuba, y a
realizar exitosos
conciertos en Matanzas y
en la Casa de las
Américas, Ciudad de La
Habana. La unión de las
trovadoras ha
enriquecido la
profundidad musical de
sus respectivas obras
individuales y las hace
despuntar como probables
referentes de la trova
contemporánea.
La industria
discográfica y la
difusión continúan sin
notar propuestas de este
tipo, resueltas a seguir
la marea de banalidad
que homogeniza los
gustos de las grandes
audiencias. Pero Yaima
no parece amilanarse con
estas “nimiedades”. O,
más bien, reacciona ante
ellas con las buenas
ansias de labrar nuevos
mundos a guitarrazos;
convencida de la
vocación que ha dado
sentido a su existencia;
con una inalterable
sonrisa para enfrentar
los avatares de la vida
y un valor casi ingenuo
para medir su talento
junto a grandes figuras
y en renombrados
escenarios.
De este modo se me ha
perfilado la cantautora
a través de una amistad
cultivada a trancos
entre lejanías,
conocidos comunes, la
fugacidad de eventos,
conciertos y encuentros
azarosos. He descubierto
a la muchacha que no
teme a temblores de
tierra, capaz de
pernoctar en alejados
parajes con tal de
mantener un espacio fijo
en la capital, la de la
guitarra presta a salir
del estuche ante el solo
asomo de la descarga y
revelar así el universo
de anhelos y voluntades
que definen a Yaima
Orozco como trovadora.
En uno de sus frecuentes
viajes a La Habana para
realizar la peña que
desde hace unos meses
conduce en el Patio de
la EGREM, Yaima encontró
lugar para compartir el
café y las palabras.
¿Cómo llegaste a La
Trovuntivitis?
Siempre tuve inquietudes
artísticas e intenté
alcanzarlas por muchas
vías: danza, teatro,
locución; pero en
realidad lo que me
gustaba era cantar. Por
eso estudié educación
musical en el
Pedagógico, porque me
aconsejaron que ahí
podía conocer algo de
música. Cuando tropecé
con la trova en El
Mejunje, me convencí de
que si algún día me iba
a dedicar a la música,
esa era el estilo que
debía cultivar.
Participaba en los
festivales de cultura de
la Federación
Estudiantil
Universitaria (FEU),
pero no me daban premios
y, tal vez por eso, no
confiaba mucho en mis
condiciones como
cantante. Fue en una de
esas galas que me vio el
trovador Alain Garrido y
me propuso que lo
acompañara en un
concierto. Luego de esos,
hice voces para Leonardo
García y Diego Gutiérrez
con su banda y de esa
manera pasé del público
a pararme detrás del
micrófono.
Cuando me gradué de la
universidad, no sabía
guitarra, porque nunca
pensé hacer canciones.
Si alguna vez tuve en
mente cantar, fue solo
como intérprete. Aprendí
a tocar de manera
autodidacta, ayudada un
poco por Alain Garrido,
mirando cómo se ponían
los acordes,
aprendiéndome otras
canciones.
En ese tiempo la peña se
hacía en el bar de El
Mejunje, pero por la
cantidad de público hubo
que pasarla al patio y
coincidió con que yo
había compuesto
alrededor de
tres temas medio
escondida. A mí me
encantaron, de hecho
todavía las tengo en mi
repertorio, y se los
enseñé a Alain. Recuerdo
que por ese tiempo me
fui con él a un evento
en Camagüey, en el que
me encontré con
trovadores jovencitos de
La Habana y Holguín, y
me sentí cómoda para
enseñarles lo que estaba
haciendo. Noté que les
gustaba, sinceramente, y
cuando regresé aproveché
el cambio de espacio de
la peña para cantarlas.
Tuve la suerte de que
todo funcionó. Ahora sé
que mi vocación es
cantar, pero este tipo
de música.
Un colega bromea
diciendo que con tu voz,
tus canciones, tu físico
y un buen productor,
pudieras ser una
superestrella. Más allá
de la ironía, lo cierto
es que apuestas por un
tipo de música que no
privilegia la difusión,
que tal vez exige un
poco más de esfuerzo.
¿Por qué?
Me identifico mucho con
la expresión de la
trova. Haciendo este
tipo de canción puedo
ser yo misma, me siento
libre, no tengo que
esconderme ni esconder
nada. Cuando escribo es
como si estuviera
conversando con un
amigo, sin temores, sin
guardarme cosas, sin
secretos. La trova me
inspira confianza.
También me resulta
hermosa la idea del
trovador con la
guitarra, saber que con
ese solo instrumento se
puede decir tanto.
Aunque ahora se está
apostando por enriquecer
la música con otros
formatos, yo elijo la
sinceridad de la
guitarra.
Por otra parte, estoy
convencida de mi
decisión. Encontré una
ocupación en la que
quiero pasarme la vida y
tengo aspiraciones de ir
adelante con ella, de
que me conozcan en mi
país y la juventud
escuche mi música. A lo
mejor soy muy ambiciosa,
pero quiero que me
lleven en los mp3.
Con la trova hay
problemas de divulgación
y promoción, no se
graban discos, no se
realizan videos clips, y
esas son las vías por
las que un artista puede
llegar a ser reconocido
nacionalmente. A los
trovadores de provincia
nos va peor porque en La
Habana tienen a su
alcance todos los medios
nacionales.
Estar inmersa en el
contexto cultural
santaclareño debió
haberte aportado
bastante. ¿Cómo ha
funcionado tu relación
con los demás artistas
de la provincia?
No creo mucho en eso de
las influencias, porque
al final uno va tomando
un poco de todo el
mundo; pero yo llevo en
vena la trova
santaclareña. Para mi
formación musical, el
trabajo en equipo ha
sido fundamental.
Nosotros tenemos cada
uno nuestras carreras,
pero a la hora de hacer
conciertos nos apoyamos
en los otros. Somos muy
amigos, estamos cerca
todo el tiempo no solo
para el trabajo, también
nos visitamos,
conversamos, compartimos
las cosas de la vida.
¿Son muy exigentes entre
ustedes?
Siempre está volando la
broma de que nos
llevamos recio y sí, nos
ayudamos. Yo les he
enseñado canciones y me han sugerido
cambiar un verso, una
frase, la armonía en
determinado momento;
pero lo que más nos
favorece es la
posibilidad de trabajar
en conjunto. Saber que
tú puedes mostrarles tu
canción a personas que
le van a aportar y van a
ser sinceras. No
buscamos la competencia,
sino mejorarnos entre
todos. El trabajo con
las voces también
enriquece muchísimo, y
todo eso es comidita
fresca que me ha llegado
de primera mano para
superarme.
En Santa Clara la trova
ha podido desarrollarse
en los últimos años como
en casi ninguna otra
provincia del país.
Verdaderamente nos va
muy bien. Aparte de ser
muy queridos por el
público, las
instituciones nos tienen
en cuenta. Casi todos
los trovadores en Santa
Clara somos
profesionales, y siempre
estamos insertados en
las acciones culturales
más importantes de la
provincia. Los medios de
allá también nos dan un
puesto. Promueven mucho
nuestra música por la
radio y la televisión,
se preocupan por
apoyarnos. También
porque es evidente que
funciona. Al Mejunje
entran 500 jóvenes cada
jueves, porque en Santa
Clara la trova convoca.
¿Y cuándo llegan a otros
lugares?
También convoca. Es
notable la sensación que
causa la Trovuntivitis
cada vez que se
presenta. A la gente le
llama la atención el
show que montamos, la
informalidad, el
intercambio, la
frescura. Además, somos
muchos y existe
variedad. Aunque tenemos
un misterio que nos une
y nos identifica como
trova santaclareña,
existe una marcada
diferencia entre
nosotros.
Además del Mejunje,
también han surgido
otros lugares para la
trova en Santa Clara.
El Mejunje ha ido
creciendo y ha tomado
otro ritmo, algo más
acelerado. Ya no podemos
cantar los jueves
cancioncitas suaves como
antes. Generalmente nos
presentamos con otros
músicos y le damos al
público lo que quiere
oír. Pero eso nos llevó
individualmente a buscar
nuevos espacios para
hacer otro tipo de
canciones y trabajar
arreglos diferentes. Tengo desde hace un
tiempo una peña en la UNEAC, Alain Garrido
también y Roly Berrío
tiene una en el Museo. A
veces te parece que no
te van a ir a ver porque
estamos en muchos
lugares tan seguido,
pero fíjate si hay
demanda que también se
llenan.
En mi peña invito a
trovadores de otras
provincias y, como me
gusta tanto esto de ser
la anfitriona de un
espacio y poder
producirlo, me ha dado
por decir que lo que
estoy haciendo es un
Longina (Festival de
trova) mensual.
Tienes también un
espacio fijo en la Casa
de la EGREM, en Ciudad
de La Habana. Si les va
tan bien por allá, ¿por
qué te decidiste a
probar en la capital?
Estoy intentando venir a
La Habana cada vez que
puedo. Es que a veces
sientes que en tu ciudad
llegaste a un punto,
porque ya te conocen y
hay un público que te
sigue casi como un
amigo. Con él las cosas
están bien, pero yo
quiero ponerme a prueba,
sondear en otros
espacios y saber hasta
dónde llega mi música
con otra gente. Uno
desea conquistar
escenarios mayores y eso
es lo que me ha
sucedido. Siento que
estoy lista, que me lo
pide el momento de mi
carrera. Por eso estoy
probando con la peña en
la EGREM, y hace poco
hice un concierto junto
con Irina González en la
Casa de las Américas.
Háblame de esta unión
con Irina. ¿Desde cuándo
cantan juntas?
Ella viene trabajando
con los trovadores desde
antes de que yo
comenzara a hacer
canciones, porque es una
gran músico,
multifacética: toca
piano, oboe, flautas
dulces, armónica, y es
muy talentosa en los
arreglos musicales.
Parece que esa misma
cercanía a la trova la
motivó a componer
canciones hace más o
menos un año y tal vez
porque somos mujeres,
porque éramos amigas
desde antes, por la
empatía entre nosotras,
nos aproximamos. Se nos
ocurrió armar un
concierto juntas y
cuando lo hicimos la
primera vez, nos gustó
tanto la manera en que
se enriquecía la obra a
dos voces y dos
guitarras, que seguimos
intentándolo. Al ver la
aceptación que ha tenido
en Santa Clara se nos
ocurrió llevarlo a otros
sitios. Fuimos a
Matanzas, a Santiago de
Cuba en el Pepe Sánchez
y La Habana no podía
faltar.
Todavía no sabemos si
vamos a quedarnos como
dúo. Los amigos nos
dicen que no lo
pensemos, pero ninguna
de las dos lo tiene muy
claro. Creo que Irina
está pasando por un
momento diferente en su
vida creativa. Pero ella
estudia composición en
el Instituto superior de
Arte (ISA), escribe para
orquesta, toca varios
instrumentos, y con todo
el talento que tiene
puede caminar más allá
de la trova. Por ahora
seguiremos
presentándonos en cuanto
tengamos un chance,
juntas o en solitario.
Hasta que llegara Irina
tú eras la única mujer
de la Trovuntivitis.
¿Cómo fue el proceso de
inserción en este
espacio mayoritariamente
masculino?
Tenía temor, porque
sabía que me estaba
atreviendo a algo sin la
seguridad de que iba a
resultar. Pero yo soy un
poco valiente para esas
cosas. Empecé sin mucha
visión de lo que me
estaba enfrentando,
hacía canciones porque
las sentía y parece que
por ese mismo modo de
entrarle a la trova, con
esa misma sinceridad,
fui recibida. Me fue
cómodo pertenecer a la Trovuntivitis, no pasé
ningún trabajo, e
incluso fueron los
trovadores santaclareños
los que me embullaron a
cantar. Me invitaban a
sus conciertos y fueron
ellos los que poco a
poco me abrieron el
huequito.
El tema principal de tus
canciones es el amor.
¿No has pensado abrirte
a otros asuntos?
Ahora mismo estoy
pensando en eso, en
hacer otro tipo de
canciones, porque hay
muchas otras facetas de
la vida que me
interesan. Lo cierto es
que no me salen. Y es
que todavía no logro el
oficio de componer.
Compongo por vivencias
personales, cosas que me
conmueven, y casi
siempre están vinculadas
con el amor.
Se especula mucho sobre
si la trova podrá o no
sobrevivir en la
actualidad. ¿Qué piensas
tú al respecto?
Confío en que nosotros
vamos a lograr mejores
espacios, que nuestra
obra se va a tener más
en cuenta. Y no es por
otra cosa que porque la
trova es un movimiento
de antaño, que con el
tiempo ha venido
creciendo, que no deja
de existir. Los
trovadores no pueden
parar el sentimiento que
les brota, y siguen
haciendo canciones. La
trova tiene mucha fuerza
ahora mismo. Todos los
días salen personas
dispuestas a defender
este tipo de música y
estamos conquistando a
un público joven. Los
medios de comunicación
poco a poco apuestan por
nosotros. Con un poquito
de fe, y ni siquiera de
fe, si seguimos
trabajando, cantando con
ganas y con sinceridad,
lo vamos a conseguir.
Vamos a poner la trova
también en el gusto de
la gente que va a la
disco. |