Año IX
La Habana
24 al 30
de JULIO
de 2010

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Ramón Silverio:

El Mejunje es una obra humana

Marianela González • Santa Clara

Fotos: La Jiribilla

 

Me agarrarían más rápido que a un cojo —bien lo advierte la sabiduría popular—, si presentara esta entrevista presumiendo haber “crecido en El Mejunje”. Tendría, eso sí, el impacto que las historias narradas por quienes han tenido ese privilegio, ejercen sobre el visitante: típico recibimiento de los lugareños más comunicativos, en las casi coloniales noches del Parque Vidal de Santa Clara. Escuchando las ondas locales de “la doblebe”, bajo las farolas que iluminan la fachada del Teatro, quien llega por primera vez a la ciudad conoce de Silverio y de la historia de esas paredes de ladrillos, antes que el nombre o la ubicación de la calle que pisa. Y santaclareña al fin, me honra saberlo desde pequeña, aunque los prejuicios de mis padres me retrasaron el placer de frecuentar ese lugar hasta que tuve edad y valentía para escaparme.

Hoy, no acumulo la experiencia de los avisados narradores de mi ciudad, pero tengo al fin la posibilidad de compartir con Silverio cuestiones que me han inquietado siempre. Sus respuestas, seguramente las habría conocido con solo acercarme, aun siendo adolescente, a este hombre asequible, omnipresente bajo cualquier circunstancia en ese lugar al que ha dado vida. Pero solo ahora, probablemente, tengo edad y valentía para eso.  

Usted ha dicho en varias ocasiones que El Mejunje es un “hecho cultural y social”. ¿Cómo ha logrado que no se vaya la balanza, cuando el componente social tiene tanto peso?

A veces digo cosas que estoy convencido de que son ciertas, aunque me cuesta mucho trabajo teorizarlas porque es la práctica la que me da esa visión. Soy un hombre práctico, nunca tengo nada escrito de lo que hago ni de lo que voy a hacer, de modo que a partir de esa práctica voy a intentar responder: creo que El Mejunje es una obra humana y por eso ha logrado mantener la balanza, es decir, poner la cultura al servicio del hombre, que ayude en la transformación y sobre todo en la ampliación de sus gustos y su mentalidad. Así, el hombre accede a un disfrute más pleno de la vida cultural y, por tanto, eso lo hace más libre.

Creo que la clave está en escuchar. Hay mucha gente que pasa por la vida sin oír a nadie; pero cuando uno oye a las personas, se da cuenta de que tienen muchísimas cosas que decir y así uno tiene mejores maneras de orientar. Eso no quiere decir tampoco que uno intente alejarlas de sus vocaciones o de sus identidades, no se trata de violentar sus vidas, pero de esa manera hemos logrado que durante muchos años las personas vengan aquí a convivir. Y junto a eso, a ver el espectáculo de la mejor calidad, un espectáculo cultural digno, tomándose una botella de ron. En ese vínculo, en esa inclusión, El Mejunje se reafirma, sobre todo, como un hecho cultural muy fuerte. E incluir engloba todo, desde la oferta y los precios, hasta la forma en que se estructura el discurso y la programación artística del centro: se trata de escuchar.

Nunca me propuse hacer un show de travestis, eso surgió porque en El Mejunje nunca se les marginó como grupo social que se iba haciendo cada vez más presente. Claro, uno interviene para indicarles cómo deben hacer ciertas cosas, artísticamente, para cerciorarse de que la calidad sea lo primero. Con el rock pasó igual, creo que si me hubiera propuesto así, concretamente, hacer un espacio de rock, no lo hubiera logrado: ellos sencillamente vinieron aquí porque se sentían en casa. Es una cuestión también de honestidad y de coherencia humana: aceptar no es solo estar de acuerdo con algo, o admitir que se está de acuerdo. Aceptar implica una actitud hacia eso, jugártelas con eso y correr riesgos por eso.

Creo que por esa razón hoy El Mejunje recibe a tantas personas, desde niños hasta ancianos. Todos han tenido su espacio. Por ejemplo, cuando la sala de teatro estuvo terminada, les dimos a los reclusos que trabajaron en ella una credencial que dice: “Yo construí El Mejunje”. Con ella pueden entrar con sus familias cada vez que quieran y disfrutar gratuitamente del espectáculo. Ellos han hecho una obra de amor y como tal se les retribuye, hoy saben que están construyendo su casa. Eso es una ganancia, porque además salen de aquí como hombres más cultos que tienen cosas que aportar a la sociedad. Para eso existe este lugar.

Durante mucho tiempo, El Mejunje fue un lugar muy polémico, que dividía una ciudad entre pros y contras, que generó mitos. Hoy, me consta que se ha convertido en una cita habitual para personas de todas las edades, que acuden a ese espacio con regularidad, y aquellos que juzgan son minoría. ¿Ha cambiado El Mejunje o ha cambiado la ciudad?

Me preocuparé mucho cuando venga todo el mundo…

[Ríe]

El Mejunje aún mantiene su polémica y eso me gusta. Tú puedes tener un espacio cultural al que vaya todo el mundo, pero si no propicia el debate creo que no tiene una funcionalidad. El Mejunje es para generar polémica, y cuando no la hay, yo la busco… ¡hay que hacer cosas que muevan el pensamiento en la sociedad, que provoquen! Se han hecho aquí cosas que han logrado que la ciudad despierte, en muchos sentidos, y gracias a las cuales se pudo ir marcando la diferencia, tempranamente, en un país donde muchas veces hemos estado en una uniformidad corrosiva.

Las experiencias, creo que no se deben exportar: pueden hacerse espacios que superen al Mejunje, pero este es uno solo. Se logró concretar en un momento histórico determinado, en una ciudad que acumulaba determinadas condiciones y con determinadas convicciones. Lo que antes era “el lugar”, cuando se llamaba por teléfono, para que los padres no supieran a donde los jóvenes iban, hoy es un fenómeno cotidiano. El Mejunje, incluso, les da hoy a los padres seguridad, en relación con sus hijos: saben que aquí están bien protegidos y trabajan aquí en algo que aman. Y hoy creo que sí, que la ciudad es otra y que los responsables de que eso sucediera no hemos sido nosotros, no ha sido El Mejunje: han sido los jóvenes, aunque les debe mucho a las autoridades de la ciudad y a la prensa, en momentos clave.

Sin chovinismos, ¿cree que El Mejunje es un lugar para Santa Clara?

Sí, aunque me consta que hace mucho tiempo la trascendió. Es un lugar para el país… Y es un lugar, incluso, para el mundo.

He visto pocos lugares donde los jóvenes van a bailar con músicos de 70 años, que interpretan ritmos tradicionales. ¿Cuál es el secreto?

Es el espacio, es la envoltura que le das a la idea: le pusimos “Viernes de la buena suerte” a ese día en que Los Fakires tienen su cita con los jóvenes en El Mejunje, desde hace 15 años, y es un nombre que siempre atrajo multitudes. Y también se trata de hacer las cosas con seguridad: si no te gustan Los Fakires o Son Aché… mira, hay otros espacios donde podrás escuchar otra música. Es un fenómeno muy particular, El Viernes es la cosa más emotiva del mundo: entrada ya la madrugada, cuando ya todo el mundo disfrutó y bebió, ponemos la ronda. Al compás de “dame la mano y danzaremos”, todo el mundo hace un círculo tomados de la mano y bailan, se conozcan o no. Personas de todas las edades, de todos los colores, de todas las preferencias, de todos los lugares del mundo que aquí llegan, se toman las manos: este es un lugar para amarse, para comunicarse y entenderse. Mantener eso es el secreto.

En los años 90, cuando se advertía que la enorme crisis económica que vivía el país comenzaba a acarrear cierta crisis de valores en la sociedad, El Mejunje se instala en estas ruinas y abre sus puertas en tanto espacio de inclusión, de comunicación. Y durante todos esos años, en medio de esas ruinas, creció este árbol: ¿ha pensado Silverio en la mística, en el simbolismo de este lugar?

He estado convencido siempre de eso: se trataba, en primer lugar, de salvar a la gente. De alguna manera, había que demostrarle a la gente que había que vivir, que había que salvar al ser humano de todo aquello. El Mejunje nunca cerró sus puertas, en aquellos años: se hicieron espectáculos hasta con mechones, la gente iba y recitaba poemas, los grupos tocaban con instrumentos acústicos… Y fíjate si funcionó, que aún hoy lo hacemos. La gente se siente dueña de este lugar porque siempre fue una casa con puertas abiertas a toda expresión genuina, que dignifique al hombre.

No voy a preguntarle si sobreviviría El Mejunje sin Silverio, porque lo han hecho tantas veces que imagino ya le moleste…

…Cierto, me lo han preguntado miles de veces y no es que me moleste, sino que tengo una misma respuesta: lo que pase después de mí, es algo que no me preocupa mucho porque no lo voy a ver.

Se lo voy a preguntar a la inversa: ¿sobreviviría Silverio sin El Mejunje? Y aún más, ¿sobreviviría la ciudad, tal como la conocemos hoy, sin El Mejunje?

Sobreviviría, pero sería otra ciudad. Me atrevo a decir que se lo sentiría mucho. El Mejunje le ha dado a Santa Clara un reconocimiento importante. Y si desapareciera, tal vez se recuperaría y se olvidaría del Mejunje con el tiempo, pero las generaciones que lo han conocido extrañarían el sitio donde siempre se pueden encontrar.

[Silencio]

A mí me sería difícil vivir sin esto. Esta es mi vida y es mi casa, y no lo digo como una metáfora: El Mejunje es mi casa. Es un proyecto al que le he dado mi vida y me ha retribuido con mucha felicidad. Siempre digo que he realizado la utopía, aunque tengo otras. En el 84, nunca pensé que llegaría hasta aquí, si entonces me hubieran dicho que un día llegaría a ser lo que es hoy, habría pensado que era una locura. El Mejunje se ha adelantado a todo: lo que hoy es política, El Mejunje lo hizo cuando no lo era. De eso se trata: de vivir sin pensar en grandezas. Vivir.

Creo que he hecho lo que mi tiempo me exigió hacer y aunque estoy marcado por momentos muy difíciles, creo que ellos me llevaron al día de hoy. He conocido a las personas más humildes y a grandes personalidades de la cultura y la política; pero vivir en este lugar me ha permitido situarlos al mismo nivel. Eso no se logra en un día, no se logra exigiendo: se logra demostrando que los sueños son posibles, que es posible el amor entre las personas por más distintas que sean, que la cultura es más amplia que lo que nuestros ojos alcanzan a ver. Y lo que más agradezco de todo eso y de todos estos años, es el respeto.

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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