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Casi todas las calles
están apagadas y casi
todas las casas también
están apagadas, pero hay
gente tocando guitarra y
cantando canciones
nuevas en el parque
Vidal. Son las tres, las
cuatro de la mañana de
un día cualquiera de un
año durísimo de los 90,
pero hay gente hablando
de poesía y teatro en el
parque Vidal. Llegamos
de La Habana y vemos
amanecer, apenas
dormimos: “no es fácil”,
pero qué bueno.
Y sobre las cuatro de la
tarde se plantan unas
mesas en El Mejunje para
quien quiera, cuando
salga del trabajo, se
entregue al placer del
Dominó Vociferado,
modalidad que hace y
deshace amigos, amores y
coaliciones
coyunturales. De aquí
salieron sueños de
libros, obras de
teatro, poemas,
canciones e incontables,
zumbonas décimas.
Y hay música por todas
partes: en la casa de
los padres, en las
visitas. En las
conversaciones hay
siempre un disco
—todavía hay discos
negros— o casetes, y si
hay suerte, aparecerá
una guitarra o dos y si
la fortuna sonríe, está
el piano de cola de la
casa de los Anido o el
desvencijado vertical
del teatrico de guiñol
donde comenzó El Mejunje
y en el cual Pucho López
hizo locuras y locuras.
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Pucho López.
Pianista,
arreglista,
compositor. |
Otros también las
hicieron, claro está, y
las siguen haciendo más
y con mejores
condiciones desde que El
Mejunje mudó su sede a
las ruinas del hotel
Oriental. Allí he
presenciado, entre otras
cosas sorprendentes, a
Teresita Fernández
bailar para Oyá en una
tarde de tambores;
presentarse
habitualmente “las voces
y cuerdas de Mi
cocodrilo verde” —con la
guajira sin par
Ernestina Trimiño— ante
un público entusiasta de
“pepillos duros”; y cada
viernes, el patio
repleto de muchachas y
muchachos hasta la
madrugada altísima, con
Los Fakires y su
estrella Cascarita,
nombre definitivo de
Martín Chávez, ídolo de
los “mejunjeros”, con su
“Yesterday” en español y
la apoteósica guarachita
“Que se me caigan los
dientes”.
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Cabaret Venecia,
Santa Clara.
1958.
Cuarteto D’Aida
(Moraima Secada,
Haydée
Portuondo,
Leonora Rega y
Omara
Portuondo).
Orquesta
dirigida por
Augusto Suero.
Aida Diestro al
piano. Al fondo,
Cascarita.
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Existe en Santa Clara
una vocación nocturna,
una avidez por “salir”,
poco importa que sea
lunes o miércoles —el
día que sea— y haya que
empatar la madrugada con
la mañana de oficina, de
aula, de fábrica o
taller. Parece que es
contagiosa esa
propensión a andar la
noche, he visto que
rápidamente entra en la
costumbre de quienes
están de paso o se han
ido por alguna razón a
vivir en la ciudad.
Poetas y músicos en
general se llevan bien
por esas tierras, como
debe ser.
Es casi imposible
concebir allí recital de
poemas o presentación de
libro, preferiblemente
nocturnas, sin alguien
que cante y toque una
guitarra, por lo menos.
Diego Gutiérrez ha
puesto en música, con
muchas y originales
venturas, versos de una
docena de autores. Hay
un poeta enorme dando
vueltas por allá que
tiene, además, la suerte
de poder cantar y tocar
la guitarra: Leonardo
García.
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Leonardo García.
Trovador. |
La nocturnidad
santaclareña tiene mucho
de sentimental, me
parece a mí. La gente
del centro de la Isla
suele ser enamoradiza y
posee buen oído para las
“raras armonías” de las
cuales habla Ela O
‘Farrill en su bolero
dedicado a la Burke. Por
eso, las canciones e
intérpretes de filin son
tan bien comprendidos
allí, por eso los
nuevos, en especial los
del grupo de La
Trovuntivitis suelen ser
audaces en sus melodías
y armonías. Por eso, en
Santa Clara hay tanta
descarga en salas de
casa, albergues, parques
y esquinas; por eso
tanta gente se sabe
tanta letra y melodía, y
el jazz “ha caminado”
bien en grupos
profesionales o
espontáneos, de esos que
milagrosamente junta la
improvisación, el placer
de tocar y el ejercicio
de “la bomba”.
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Tres del filin:
Moraima Secada,
Ela O ‘Farrill y
Meme Solís.1960. |
Facundo Rivero y Richard
Egües nacieron en Santa
Clara, y Moraima Secada,
Doris de la Torre, Ela O
‘Farrill, —Meme Solís
llegó muy niño desde
Mayajigua y antes, Rubén
González desde
Encrucijada—; el
compositor y guitarrista
Gustavo Rodríguez —que
formó un cuarteto al que
perteneció Héctor
Téllez, también
santaclareño—, Teresita
Fernández, que nació en
una academia de música
en la calle de Martí, a
unas casas de la de mi
abuela, Bobby Carcassés,
Rolando Laserie y José
Luis Cortés El Tosco,
hijo ilustre del barrio
de El Condado.
En Santa Clara, Amado
Trinidad —el guajiro de
Ranchuelo— y sus
hermanos fundaron la
emisora Cadena Azul,
antes CMHI. Por sus
micrófonos se hicieron
populares Miguel Ángel
Pozo Clavelito y
Chanito Isidrón “el
elegante poeta de Las
Villas”. Entre los
guajiros célebres
nacidos en los
alrededores, los
hermanos Radeúnda y Raúl
Lima, de Vueltas, y
Martín Puertas Salgado,
que en los años diez y
veinte del siglo pasado
se conocía en La Habana
como “el juglar
villareño del laúd
peregrino”, uno de los
primeros en grabar
puntos cubanos.
Ahora estoy en la sala
de mi casa de la calle
San Vicente, una noche,
con Arístides, Pedro
Llanes, Heriberto,
Soriano, Páez y Dopico
leyéndonos poemas, unos
a otros, acabados de
escribir, no sé si
entraron o no en los
libros que luego
hicimos. En el
tocadiscos canta o toca
no sé quién.
Más tarde vamos a dar al
parque de El Carmen,
donde otra noche, pocos
siglos antes, llegaron
los despavoridos
remedianos que fundaron
el poblado entre ríos de
nada y colinas mínimas.
Allí seguimos hablando
de música, de teatro, de
poesía y termina por
amanecer. Hace mil años,
asoman los primeros 80,
y uno apenas llega a 20.
En una ocasión (tengo
como testigo a Zaida del
Río), el gran sonero
Raúl Planas, de
Camajuaní, me dijo en un
estudio de la radio
habanera: “Chico, si
algún día me va muy mal
—cuando eso frisaba los
setenta y tantos años—
vuelvo a Santa Clara, a
torcer tabacos, que allá
siempre aparece un
rinconcito para cantar
sabroso”. |