Año IX
La Habana
24 al 30
de JULIO
de 2010

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Santa Clara: nombres, música, la noche

Sigfredo Ariel • La Habana

 

Casi todas las calles están apagadas y casi todas las casas también están apagadas, pero hay gente tocando guitarra y cantando canciones nuevas en el parque Vidal. Son las tres, las cuatro de la mañana de un día cualquiera de un año durísimo de los 90, pero hay gente hablando de poesía y teatro en el parque Vidal. Llegamos de La Habana y vemos amanecer, apenas dormimos: “no es fácil”, pero qué bueno.

Y sobre las cuatro de la tarde se plantan unas mesas en El Mejunje para quien quiera, cuando salga del trabajo, se entregue al placer del Dominó Vociferado, modalidad que hace y deshace amigos, amores y coaliciones coyunturales. De aquí salieron sueños de libros, obras de teatro,  poemas, canciones e incontables, zumbonas décimas.

Y hay música por todas partes: en la casa de los padres, en las visitas. En las conversaciones hay siempre un disco —todavía hay discos negros— o casetes, y si hay suerte, aparecerá una guitarra o dos y si la fortuna sonríe, está el piano de cola de la casa de los Anido o el desvencijado vertical del teatrico de guiñol donde comenzó El Mejunje y en el cual Pucho López hizo locuras y locuras.  


Pucho López. Pianista, arreglista, compositor.

Otros también las hicieron, claro está, y las siguen haciendo más y con mejores condiciones desde que El Mejunje mudó su sede a las ruinas del hotel Oriental. Allí he presenciado, entre otras cosas sorprendentes, a Teresita Fernández bailar para Oyá en una tarde de tambores; presentarse habitualmente “las voces y cuerdas de Mi cocodrilo verde” —con la guajira sin par Ernestina Trimiño— ante un público entusiasta de “pepillos duros”; y cada viernes, el patio repleto de muchachas y muchachos hasta la madrugada altísima, con Los Fakires y su estrella Cascarita, nombre definitivo de Martín Chávez, ídolo de los “mejunjeros”, con su “Yesterday” en español y la apoteósica guarachita “Que se me caigan los dientes”. 


Cabaret Venecia, Santa Clara. 1958.
Cuarteto D’Aida (Moraima Secada, Haydée Portuondo, Leonora Rega y Omara Portuondo).
Orquesta dirigida por Augusto Suero. Aida Diestro al piano. Al fondo, Cascarita.

Existe en Santa Clara una vocación nocturna, una avidez por “salir”, poco importa que sea lunes o miércoles —el día que sea— y haya que empatar la madrugada con la mañana de oficina, de aula, de fábrica o taller. Parece que es contagiosa esa propensión a andar la noche, he visto que rápidamente entra en la costumbre de quienes están de paso o se han ido por alguna razón a vivir en la ciudad. Poetas y músicos en general se llevan bien por esas tierras, como debe ser.

Es casi imposible concebir allí recital de poemas o presentación de libro, preferiblemente nocturnas, sin alguien que cante y toque una guitarra, por lo menos. Diego Gutiérrez ha puesto en música, con muchas y originales venturas, versos de una docena de autores. Hay un poeta enorme dando vueltas por allá que tiene, además, la suerte de poder cantar y tocar la guitarra: Leonardo García.


Leonardo García. Trovador.

La nocturnidad santaclareña tiene mucho de sentimental, me parece a mí. La gente del centro de la Isla suele ser enamoradiza y posee buen oído para las “raras armonías” de las cuales habla Ela O ‘Farrill en su bolero dedicado a la Burke. Por eso, las canciones e intérpretes de filin son tan bien comprendidos allí, por eso los nuevos, en especial los del grupo de La Trovuntivitis suelen ser audaces en sus melodías y armonías. Por eso, en Santa Clara hay tanta descarga en salas de casa, albergues, parques y esquinas; por eso tanta gente se sabe tanta letra y melodía, y el jazz “ha caminado” bien en grupos profesionales o espontáneos, de esos que milagrosamente junta la improvisación, el placer de tocar y el ejercicio de “la bomba”.  


Tres del filin: Moraima Secada, Ela O ‘Farrill y Meme Solís.1960.

Facundo Rivero y Richard Egües nacieron en Santa Clara, y Moraima Secada, Doris de la Torre, Ela O ‘Farrill, —Meme Solís llegó muy niño desde Mayajigua y antes, Rubén González desde Encrucijada—; el compositor y guitarrista Gustavo Rodríguez —que formó un cuarteto al que perteneció Héctor Téllez, también santaclareño—, Teresita Fernández, que nació en una academia de música en la calle de Martí, a unas casas de la de mi abuela, Bobby Carcassés, Rolando Laserie y José Luis Cortés El Tosco, hijo ilustre del barrio de El Condado.

En Santa Clara, Amado Trinidad —el guajiro de Ranchuelo— y sus hermanos fundaron la emisora Cadena Azul, antes CMHI. Por sus micrófonos se hicieron populares Miguel Ángel Pozo Clavelito y Chanito Isidrón “el elegante poeta de Las Villas”. Entre los guajiros célebres nacidos en los alrededores, los hermanos Radeúnda y Raúl Lima, de Vueltas, y Martín Puertas Salgado, que en los años diez y veinte del siglo pasado se conocía en La Habana como “el juglar villareño del laúd peregrino”, uno de los primeros en grabar puntos cubanos.

Ahora estoy en la sala de mi casa de la calle San Vicente, una noche, con Arístides, Pedro Llanes, Heriberto, Soriano, Páez y Dopico leyéndonos poemas, unos a otros, acabados de escribir, no sé si entraron o no en los libros que luego hicimos. En el tocadiscos canta o toca no sé quién.

Más tarde vamos a dar al parque de El Carmen, donde otra noche, pocos siglos antes, llegaron los despavoridos remedianos que fundaron el poblado entre ríos de nada y colinas mínimas. Allí seguimos hablando de música, de teatro, de poesía y termina por amanecer. Hace mil años, asoman los primeros 80, y uno apenas llega a 20.

En una ocasión (tengo como testigo a Zaida del Río), el gran sonero Raúl Planas, de Camajuaní, me dijo en un estudio de la radio habanera: “Chico, si algún día me va muy mal —cuando eso frisaba los setenta y tantos años— vuelvo a Santa Clara, a torcer tabacos, que allá siempre aparece un rinconcito para cantar sabroso”.

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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