Año IX
La Habana
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de JULIO
de 2010

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De La Parranda cubana

Jorge Ángel Hernández • Santa Clara

 

En las Parrandas, festividades folclóricas que se expandieran por la zona norte-central de Cuba, derivadas todas de la original remediana que surgió y reconfiguró sus reglas conceptuales desde la década de los años 20 hasta finales de la década de los ochenta del siglo XIX, los bandos en pugna son conocidos como Barrios, por cuanto en su surgimiento se enfrentaban las barriadas. La libertad de elección que esta tradición ha mantenido, permite, al paso del tiempo, que personas residentes en un mismo barrio, una misma manzana, una misma cuadra y hasta una misma casa, puedan pertenecer a Barrios diferentes. En San Juan de los Remedios, compiten los Barrios de El Carmen y San Salvador; en Caibarién, La Loma y La Marina; en Camajuaní, Chivos y Sapos; en Vueltas, Jutíos y Ñañacos; en El Santo, El Pavo Real y Carraguao… Algunas poblaciones de la región espirituana, asumen la nominación de la festividad como Fiesta de Barrios, para diferenciarla de la Parranda campesina o Guateque, cuyo arraigo le concede el privilegio de la antonomasia.

En el origen de La Parranda cubana que en Remedios surgiera, convergen circunstancias y elementos comunes —ya sea por semejanza ya por contigüidad— a las grandes celebraciones que han quedado en el folclor universal. La acción de un padre cura cuya institución religiosa había entrado en crisis de valores; el aprovechamiento circunstancial de una fecha emblemática para el estatuto religioso; la incorporación de elementos paganos, como la cencerrada, capaces de denunciar actitudes disyuntivas dentro de la norma social comunitaria; la recontextualización de la lucha equinoccial; el espacio cerrado dentro de una comunidad de escasa expansión territorial; el reconocimiento y la identificación del individuo dentro de ese contexto cerrado; la participación activa infantil y adolescente en las sanciones propuestas por la acción estratégica; la competencia espontánea focalizada en el discurso inmediato y no en los resultados axiológicos que se proclaman, y, muy importante, el aprovechamiento laico de esas tradiciones asociadas a celebraciones religiosas en expresiones culturales espontáneas.

Todas estas características son identificables en numerosas tradiciones y festividades universales. Tal vez ello contribuyó a arraigar una tradición que surgió por una circunstancia estrictamente eventual: el joven padre Francisco Vigil de Quiñones, al ver que sus feligreses no asistían a las misas de aguinaldo, organizó a jóvenes, adolescentes y hasta niños, para formar un laterío, una cencerrada, que denunciara la disyuntividad comunitaria.

Al transitar por una etapa de origen, la tradición adquiere la posibilidad de ser autóctona, puesto que la inmediatez convoca a todas esas características sin que sea necesario operar traducciones, o traslaciones, de procedencia europea, africana o asiática. El carácter inmediato de las operaciones que se irían incluyendo en la formación de La Parranda, desde la década de 1820 hasta 1889, afianzaría la posibilidad de arraigarse como una tradición. En ella tomaron parte tanto la religión como los comerciantes como la población y hasta la autoridad civil y militar, puesto que las regulaciones de estos y las protestas y sanciones de aquellos concedían a los sujetos actuantes en pro de la festividad una necesidad de estructurarse para conseguir la imprescindible resistencia. Por demás, en estas instituciones sancionadas operaban individuos que simpatizaban con el hecho y que podían encauzar, con astucias, unos y otros intereses. Es obvio que las motivaciones comerciales influyeron en su proyección, sin embargo, la festividad ya había sido fraguada y esos sectores intervinieron precisamente para crear sistemas organizativos que garantizaran el éxito de sus propósitos. No quiero decir que José Ramón Celorio del Peso y Cristóbal Gilí Mateo, los impulsores de La Parranda remediana en sus momentos de máxima organización para el despegue definitivo, en 1871, actuaran como fríos y calculadores comerciantes a quienes no importaban los resultados de la fiesta, sino, por el contrario, que gracias a la convergencia entre sus intereses económicos, fuente de su subsistencia, y sus motivaciones culturales, compulsadas por sus orígenes (mallorquín y valenciano), emprendieron la aventura de institucionalizar aquellas manifestaciones más o menos espontáneas, aunque a esas alturas la espontaneidad estaba en vías de canalización. Sus orígenes debieron incidir en su línea de acción y, sobre todo, en sus gustos para determinar con qué elementos específicos y a través de cuáles sucesos concretos se desarrollaba la fiesta. Pero la traslación directa era imposible. Estaban en la necesidad de crear, a partir de su propia memoria, una festividad que ellos no veían en  el  tiempo sino en  el espacio. Supieron, eso sí, captar que la rivalidad, la competencia en todos los órdenes del evento festivo, garantizaba tanto el impacto inmediato como su permanencia, es decir, la posibilidad de reconstruir el fenómeno sobre sus propios presupuestos esenciales.

Se asume entonces una doble dialéctica socializadora que prepara al suceso folclórico para su desarrollo: simbolización y reglamentación. La competencia entre Barrios, al mismo tiempo en que va concentrando sus modos de manifestación, su configuración genérica como expresión de la cultura popular, abre las posibilidades del suceso al dejar en libre albedrío la elección del ganador. O sea, en La Parranda, desde su surgimiento hasta los días de hoy, cada cual es libre de declararse vencedor, sin que elementos externos acudan a “rectificar” su juicio.

Con la construcción de conjuntos artesanales-escultóricos en la Plaza remediana, en 1889, quedaría firmada la carta de ciudadanía cultural de La Parranda. Así comienza su expansión regional, su puesta a prueba en variantes y modificaciones. Se pone en marcha su migración geográfica (circunscrita en relación directa con las variables de división político-administrativa), su reconfiguración genérica (dada por las condiciones concretas de las comunidades que la adoptan) y su expresión cultural.
 

Cada población que asume el hecho, concibe su fiesta de acuerdo con específicos detalles que se han ido arraigando en el proceso evolutivo de la comunidad misma. De modo que es importante establecer que a estas alturas del siglo XXI, no se trata de un problema entre grupos entusiastas en el manejo de la tradición e instituciones rectoras, sino de un fenómeno único en el folclor universal que aún no hemos sabido dar a conocer con suficiente eficiencia. Por mágico que nos parezca a analistas e investigadores que por encima del hombro pudiésemos mirar, el ritual de La Parranda pasa imprescindiblemente por el engranaje de las instituciones sociales, más, incluso, que por las propiamente culturales. Hoy por hoy, este evento cuenta con un desarrollo digno de atención universal, para bien, obviamente, de la cultura nacional.

José Antonio Portuondo consideró a esta festividad una manifestación viva de Teatro de Relaciones, por el despliegue de elementos que en ella se entrecruzan. Y aunque el recuento del pasado siempre conlleva a míticos sucesos, definitivo para la fiesta fue el momento en que el estado revolucionario asume su financiamiento, a partir de la década del 70 del siglo XX, lo que va a garantizar no solo una continuidad sistemática, sino un crecimiento del volumen, físico y de expresión.

Cuatro eventos la conforman, no todos presentes en todas y cada una de las poblaciones que la han asumido: el Trabajo de Plaza, la Carroza, el Fuego y el Changüí. Cada uno de ellos tiene un peso específico en el objetivo primordial de la fiesta, o sea, el de alcanzar la victoria. Y en cada uno han incidido los elementos socioculturales de la historia de Cuba, haciendo que la tradición no se detenga en el pasado, sino que evolucione dentro del mismo sistema cultural tradicional. La no garantía de esta condición es, en esencia, el factor que lleva a fenecer a muchas tradiciones. Hasta el momento, los cambios operados en estas poblaciones de la región norte-central de Cuba, que se extiende entre las actuales provincias de Villa Clara y Ciego de Ávila —de Santo Domingo a Chambas—, lejos de sepultar a La Parranda, la reviven, al punto de que diversas comunidades han intentado introducir variantes, con mejor suerte las villaclareñas, con peor las espirituanas y avileñas.

Como se trata de una variante genérica sui generis de la expresión folclórica, La Parranda se conforma en un sistema complejo de actitudes: culturales, sociales, estratégicas… Como nuestro deporte nacional, el béisbol, es muy difícil de explicar a todo aquel que por primera se enfrenta a su espectáculo. Cada elemento, visual o sonoro, se enuncia con intencionados objetivos y adquiere, o no, resultados significacionales en la comunidad. Por ello, y aunque sean imprescindibles los análisis, el espectáculo en sí, que no es inmediato como la puesta teatral, sino continuo en el tiempo y el espacio de la comunidad, es insustituible. Cambio y tradición se han interrelacionado de modo que, en tanto los elementos de identificación alegórica se han mantenido estables, los espectáculos representativos han ganado en síntesis y especialización; mientras permanece un “topos” sistemático en los desplazamientos rituales, se mezclan indefinidamente las variables culturales de sus participantes activos, creadores y espectadores; en tanto permanecen las nominaciones de elementos en uso desde su formación, las “definiciones” del triunfo se focalizan en uno de sus eventos específicos; mientras el léxico se manifiesta estable, recurrente a sus normas del pasado, la representación artesanal ha asimilado numerosos elementos de evolución tecnológica; y en tanto permanece un calendario cronotópico que reglamenta los pasos de la fiesta y codifica las normas del ritual, la fecha de celebración ha oscilado de acuerdo con las condiciones pertinentes del momento histórico concreto.

Para un uso público más amplio que el de mi tiempo ha agotado el ensayo La Parranda (Fundación Fernando Ortiz, 2001), y agrego a estas notas la periodización que entonces pergeñara. Sumo, además, un mapa que no estuvo a tiempo para el libro y se ha quedado durmiendo en la gaveta. Como todo esquema, estos omiten o fuerzan variantes internas que con justicia alzarían su protesta: reticencia y acción comprometida son también componentes que permiten a La Parranda cubana continuar defendiendo su existencia.

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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