|
En las Parrandas,
festividades folclóricas
que se expandieran por
la zona norte-central de
Cuba, derivadas todas de
la original remediana
que surgió y reconfiguró
sus reglas conceptuales
desde la década de los
años 20 hasta finales de
la década de los ochenta
del siglo XIX, los
bandos en pugna son
conocidos como Barrios,
por cuanto en su
surgimiento se
enfrentaban las
barriadas. La libertad
de elección que esta
tradición ha mantenido,
permite, al paso del
tiempo, que personas
residentes en un mismo
barrio, una misma
manzana, una misma
cuadra y hasta una misma
casa, puedan pertenecer
a Barrios diferentes. En
San Juan de los
Remedios, compiten los
Barrios de El Carmen y
San Salvador; en
Caibarién, La Loma y La
Marina; en Camajuaní,
Chivos y Sapos; en
Vueltas, Jutíos y
Ñañacos; en El Santo, El
Pavo Real y Carraguao…
Algunas poblaciones de
la región espirituana,
asumen la nominación de
la festividad como
Fiesta de Barrios, para
diferenciarla de la
Parranda campesina o
Guateque, cuyo arraigo
le concede el privilegio
de la antonomasia.
|
 |
En el origen de La
Parranda cubana que en
Remedios surgiera,
convergen circunstancias
y elementos comunes —ya
sea por semejanza ya por
contigüidad— a las
grandes celebraciones
que han quedado en el
folclor universal. La
acción de un padre cura
cuya institución
religiosa había entrado
en crisis de valores; el
aprovechamiento
circunstancial de una
fecha emblemática para
el estatuto religioso;
la incorporación de
elementos paganos, como
la cencerrada, capaces
de denunciar actitudes
disyuntivas dentro de la
norma social
comunitaria; la
recontextualización de
la lucha equinoccial; el
espacio cerrado dentro
de una comunidad de
escasa expansión
territorial; el
reconocimiento y la
identificación del
individuo dentro de ese
contexto cerrado; la
participación activa
infantil y adolescente
en las sanciones
propuestas por la acción
estratégica; la
competencia espontánea
focalizada en el
discurso inmediato y no
en los resultados
axiológicos que se
proclaman, y, muy
importante, el
aprovechamiento laico de
esas tradiciones
asociadas a
celebraciones religiosas
en expresiones
culturales espontáneas.
Todas estas
características son
identificables en
numerosas tradiciones y
festividades
universales. Tal vez
ello contribuyó a
arraigar una tradición
que surgió por una
circunstancia
estrictamente eventual:
el joven padre Francisco
Vigil de Quiñones, al
ver que sus feligreses
no asistían a las misas
de aguinaldo, organizó a
jóvenes, adolescentes y
hasta niños, para formar
un laterío, una
cencerrada, que
denunciara la
disyuntividad
comunitaria.
|
 |
Al transitar por una
etapa de origen, la
tradición adquiere la
posibilidad de ser
autóctona, puesto que la
inmediatez convoca a
todas esas
características sin que
sea necesario operar
traducciones, o
traslaciones, de
procedencia europea,
africana o asiática. El
carácter inmediato de
las operaciones que se
irían incluyendo en la
formación de La
Parranda, desde la
década de 1820 hasta
1889, afianzaría la
posibilidad de
arraigarse como una
tradición. En ella
tomaron parte tanto la
religión como los
comerciantes como la
población y hasta la
autoridad civil y
militar, puesto que las
regulaciones de estos y
las protestas y
sanciones de aquellos
concedían a los sujetos
actuantes en pro de la
festividad una necesidad
de estructurarse para
conseguir la
imprescindible
resistencia. Por demás,
en estas instituciones
sancionadas operaban
individuos que
simpatizaban con el
hecho y que podían
encauzar, con astucias,
unos y otros intereses.
Es obvio que las
motivaciones comerciales
influyeron en su
proyección, sin embargo,
la festividad ya había
sido fraguada y esos
sectores intervinieron
precisamente para crear
sistemas organizativos
que garantizaran el
éxito de sus propósitos.
No quiero decir que José
Ramón Celorio del Peso y
Cristóbal Gilí Mateo,
los impulsores de La
Parranda remediana en
sus momentos de máxima
organización para el
despegue definitivo, en
1871, actuaran como
fríos y calculadores
comerciantes a quienes
no importaban los
resultados de la fiesta,
sino, por el contrario,
que gracias a la
convergencia entre sus
intereses económicos,
fuente de su
subsistencia, y sus
motivaciones culturales,
compulsadas por sus
orígenes (mallorquín y
valenciano),
emprendieron la aventura
de institucionalizar
aquellas manifestaciones
más o menos espontáneas,
aunque a esas alturas la
espontaneidad estaba en
vías de canalización.
Sus orígenes debieron
incidir en su línea de
acción y, sobre todo, en
sus gustos para
determinar con qué
elementos específicos y
a través de cuáles
sucesos concretos se
desarrollaba la fiesta.
Pero la traslación
directa era imposible.
Estaban en la necesidad
de crear, a partir de su
propia memoria, una
festividad que ellos no
veían en el tiempo
sino en el espacio.
Supieron, eso sí, captar
que la rivalidad, la
competencia en todos los
órdenes del evento
festivo, garantizaba
tanto el impacto
inmediato como su
permanencia, es decir,
la posibilidad de
reconstruir el fenómeno
sobre sus propios
presupuestos esenciales.
Se asume entonces una
doble dialéctica
socializadora que
prepara al suceso
folclórico para su
desarrollo:
simbolización y
reglamentación. La
competencia entre
Barrios, al mismo tiempo
en que va concentrando
sus modos de
manifestación, su
configuración genérica
como expresión de la
cultura popular, abre
las posibilidades del
suceso al dejar en libre
albedrío la elección del
ganador. O sea, en La
Parranda, desde su
surgimiento hasta los
días de hoy, cada cual
es libre de declararse
vencedor, sin que
elementos externos
acudan a “rectificar” su
juicio.
Con la construcción de
conjuntos
artesanales-escultóricos
en la Plaza remediana,
en 1889, quedaría
firmada la carta de
ciudadanía cultural de
La Parranda. Así
comienza su expansión
regional, su puesta a
prueba en variantes y
modificaciones. Se pone
en marcha su migración
geográfica (circunscrita
en relación directa con
las variables de
división
político-administrativa),
su reconfiguración
genérica (dada por las
condiciones concretas de
las comunidades que la
adoptan) y su expresión
cultural.
|
 |
Cada población que asume
el hecho, concibe su
fiesta de acuerdo con
específicos detalles que
se han ido arraigando en
el proceso evolutivo de
la comunidad misma. De
modo que es importante
establecer que a estas
alturas del siglo XXI,
no se trata de un
problema entre grupos
entusiastas en el manejo
de la tradición e
instituciones rectoras,
sino de un fenómeno
único en el folclor
universal que aún no
hemos sabido dar a
conocer con suficiente
eficiencia. Por mágico
que nos parezca a
analistas e
investigadores que por
encima del hombro
pudiésemos mirar, el
ritual de La Parranda
pasa imprescindiblemente
por el engranaje de las
instituciones sociales,
más, incluso, que por
las propiamente
culturales. Hoy por hoy,
este evento cuenta con
un desarrollo digno de
atención universal, para
bien, obviamente, de la
cultura nacional.
José Antonio Portuondo
consideró a esta
festividad una
manifestación viva de
Teatro de Relaciones,
por el despliegue de
elementos que en ella se
entrecruzan. Y aunque el
recuento del pasado
siempre conlleva a
míticos sucesos,
definitivo para la
fiesta fue el momento en
que el estado
revolucionario asume su
financiamiento, a partir
de la década del 70 del
siglo XX, lo que va a
garantizar no solo una
continuidad sistemática,
sino un crecimiento del
volumen, físico y de
expresión.
Cuatro eventos la
conforman, no todos
presentes en todas y
cada una de las
poblaciones que la han
asumido: el Trabajo de
Plaza, la Carroza, el
Fuego y el Changüí. Cada
uno de ellos tiene un
peso específico en el
objetivo primordial de
la fiesta, o sea, el de
alcanzar la victoria. Y
en cada uno han incidido
los elementos
socioculturales de la
historia de Cuba,
haciendo que la
tradición no se detenga
en el pasado, sino que
evolucione dentro del
mismo sistema cultural
tradicional. La no
garantía de esta
condición es, en
esencia, el factor que
lleva a fenecer a muchas
tradiciones. Hasta el
momento, los cambios
operados en estas
poblaciones de la región
norte-central de Cuba,
que se extiende entre
las actuales provincias
de Villa Clara y Ciego
de Ávila —de Santo
Domingo a Chambas—,
lejos de sepultar a La
Parranda, la reviven, al
punto de que diversas
comunidades han
intentado introducir
variantes, con mejor
suerte las villaclareñas,
con peor las
espirituanas y avileñas.
|
 |
Como se trata de una
variante genérica sui
generis de la
expresión folclórica, La
Parranda se conforma en
un sistema complejo de
actitudes: culturales,
sociales, estratégicas…
Como nuestro deporte
nacional, el béisbol, es
muy difícil de explicar
a todo aquel que por
primera se enfrenta a su
espectáculo. Cada
elemento, visual o
sonoro, se enuncia con
intencionados objetivos
y adquiere, o no,
resultados
significacionales en la
comunidad. Por ello, y
aunque sean
imprescindibles los
análisis, el espectáculo
en sí, que no es
inmediato como la puesta
teatral, sino continuo
en el tiempo y el
espacio de la comunidad,
es insustituible. Cambio
y tradición se han
interrelacionado de modo
que, en tanto los
elementos de
identificación alegórica
se han mantenido
estables, los
espectáculos
representativos han
ganado en síntesis y
especialización;
mientras permanece un
“topos” sistemático en
los desplazamientos
rituales, se mezclan
indefinidamente las
variables culturales de
sus participantes
activos, creadores y
espectadores; en tanto
permanecen las
nominaciones de
elementos en uso desde
su formación, las
“definiciones” del
triunfo se focalizan en
uno de sus eventos
específicos; mientras el
léxico se manifiesta
estable, recurrente a
sus normas del pasado,
la representación
artesanal ha asimilado
numerosos elementos de
evolución tecnológica; y
en tanto permanece un
calendario cronotópico
que reglamenta los pasos
de la fiesta y codifica
las normas del ritual,
la fecha de celebración
ha oscilado de acuerdo
con las condiciones
pertinentes del momento
histórico concreto.
Para un uso público más
amplio que el de mi
tiempo ha agotado el
ensayo La Parranda
(Fundación Fernando
Ortiz, 2001), y agrego a
estas notas la
periodización que
entonces pergeñara.
Sumo, además, un mapa
que no estuvo a tiempo
para el libro y se ha
quedado durmiendo en la
gaveta. Como todo
esquema, estos omiten o
fuerzan variantes
internas que con
justicia alzarían su
protesta: reticencia y
acción comprometida son
también componentes que
permiten a La Parranda
cubana continuar
defendiendo su
existencia. |