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Los dos números no son una contraseña ni
un conjuro. Se trata de una de las
esquinas céntricas de La Habana. Sucede
que mi vida en la capital transcurrió
por otros barrios, y la zona de Marianao
y La Lisa, con sus direcciones de alta
numeración, se me hacían extraños.
Ahora he estado con mis colegas del
grupo Cabotín Teatro que presenta en La
Habana mi obra Triángulo. Es un
torbellino de gentes, guaguas, rostros y
voces. La atmósfera de Marianao está muy
bien captada en los cuentos de Abel
Prieto, escritos en la década de los 80.
También Caridad Atencio —una poeta y
ensayista de mucho valor— habla de vez
en cuando de ese ambiente, ese bullicio
cercano al anfiteatro del barrio.
Convivir más de 24 horas con el elenco
me acuerda la naturaleza colectiva del
teatro. Paso de nuevo por la casi
dolorosa pero tan necesaria paciencia
del montaje de luces y otros detalles
técnicos que ratifican la naturaleza de
equipo de nuestro arte, y da
protagonismo sucesivo a las diversas
especialidades teatrales. Siempre digo
que la tarde en que se estrena —o
simplemente se presenta— una obra, la
persona más importante es la compañera
de la recepción o de la taquilla que
responde llamadas y contribuye a la
asistencia del público y a su calidad.
Es decir, que se llene la sala con los
espectadores que pueden amar o
compartir el espectáculo.
Entre el ruido de 100 y 51 seguimos
hablando de teatro. La ciudad se
estremece de urgencias con las
vacaciones escolares; pero un puñado de
teatristas viene desde el centro de Cuba
para cumplir el ritual del teatro. Somos
gente de a pie, sencilla y trémula como
los personajes de mi obra. De ese calor
del autobús repleto saldrán tal vez
algunos personajes de mañana. |