Año IX
La Habana
2010

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Pedro Llanes

Placetas, Villa Clara, 1962

 

Jira  en la madrugada               

El operador de comunicación ordenó al maquinista
en medio de la neblina que los enceguecía,
hálito de alcohol noventa (alcohol de Tuinicú)
mientras soplaba el viento, estacionar;
era la orden del operador de comunicación al maquinista.

El operador de comunicación dijo al maquinista
una historia que este se creyó:
dos muchachas (dos muchachas con claveles)
en medio de la neblina que los enceguecía.

El maquinista no hubiera creído la historia,
a no ser porque el viento del este
soplaba la neblina en la vieja estación de Las Placetas
moviendo las arañas de acero, los cochescamas,
hálito de alcohol noventa (alcohol de Tuinicú).

El operador de comunicación escuchó el chirrido de las cigarras
sin importarla ya más el parloteo,
ni el maquinista envuelto en el viento del este que soplaba. 

Bajó los escalones de la máquina a la estación
hastiado de los émbolos y las arañas metálicas
y cuando estuvo a la mitad del camino
pudo escuchar las cigarras y el lucero
líquidos, caídos en el humo de la noche.

El operador de comunicación decía al maquinista
hastiado de los émbolos y las arañas metálicas:

“Bellos toros de estiércol pacen en la madrugada”
[1]

El maquinista no lograba escucharlo
a través del mutismo de las mamparas
y desfallecía con el dedo índice envuelto en celofán
frente a los pedales y los torsos de los émbolos.

Cucumeco, el sabio cerraba los ojos
desde la cantina llena de yagrumas
como los que decapitan el gallo
y largan su cresta a las cenizas.

Sapingo viendo al maquinista murmura a Cucumeco:
Boyero azuloso no se podrá escapar.
El operador de comunicación a Sapingo y Cucumeco:

“Bellos toros de estiércol pacen en la madrugada”.

 Entonces volvieron a la cantina Caruco y Arino,
hálito de alcohol noventa (alcohol de Tuinicú)
para ahuyentar la pata del chivo
que no boteó desde Zulueta del sur,
que no boteó el maguey, la cresta del gallo,
puestos en cruz por el boyero.

El operador de comunicación hablaba con el chivo
fosilizado por el veneno de los taxidermistas
que nunca habían hablado con el chivo.

La neblina se iba de la vieja estación de Las Placetas.
En los aleros se veían las avispas.
Las goteras raspaban el nido cetrino,
ajenas a las arañas metálicas y los émbolos.

El maquinista hacía señas al operador de comunicación
usando las tubulaciones de las avispas,
pero el operador hablaba con el chivo
fosilizado por el veneno de los taxidermistas.

Estas palabras las oyeron Arino, Pepeanca.
Cucumeco, el sabio cerraba los ojos:

“Bellos toros de estiércol pacen en la madrugada”.
 


Gradual

A mi amigo Evelio Luis Capote, muerto en Buixádares

La noche enciende con un golpe arcos y cirios en la estrella
para que sus aguas hablen de ti, se remansen en ti
y chorreen la cera de vida tan antigua y tan nueva
en la que hay peces y hojas cruzando por tus ondas.

La noche es un gran candelabro. He puesto mi frente hacia ella,
he adorado la fuerza de su cuerpo y visto en ella tu cuerpo
creyendo que nada lo quebraría, creyendo que sus aguas
han pasado los puentes tendidos al rocío.

La noche es un gran candelabro a las ramas del aire,
tintineante como las cítaras blanqueadas por ti.
Se ha extendido giratoria y humedecida a la estrella.

Quisiera callar, mientras siento los secretos estallidos de la llama
[2]

pero los ciervos hechos de agua han abierto mis labios
a las hilachas donde late la madrugada,
con cenizas invisibles y astas que discurren.
He levantado la frente a la respiración  de la luz.
Tú cruzabas en medio de la madrugada,
tus dedos plañían las hilachas del aire.

Yo veía la estrella girando en los peces y las hojas
y hubiera podido  sostener su corona,
deshecha en múltiples cenizas invisibles.

El silencio apura orlas, copos de neblina sobre el ángel
que ha reclinado los rizos y las manos en la piedra,
ella alarga sus espiras a ti, sube lentamente a ti
según sube la vítrea neblina la cara del ángel.

Yo veía la estrella girando en los peces y las hojas
pero los ciervos hechos de agua han abierto mis labios
y la noche más líquida se ha vuelto hacia ti.
 


Mi casa es el viento 

Las yerbas mojadas chocaban con tus ojos
te despedían a un punto sin mí. Mi casa es el viento.
Me he ido hacia el viento. Aún puedo mirarte con las yerbas mojadas de tus ojos.
Vuelve la espalda al poniente y escúchame. Me he ido hacia el viento.
Vuelta de espaldas te sentías más pura.
Tus sombras y tus curvas redondeaban la luz.

Laura otoñal, llegaré intacto, pleno de trayectos.
[3]

Mis ojos iban al viento. El agua caía y caía
por los cristales donde yo estaba sin ti.
Las mariposas revoloteaban contra los cristales
dorados de tus manos. Vuelve la espalda al poniente y escúchame.

De espaldas te pareces a las cascadas
que mecen a cada golpe tus sombras y tus curvas.
Veo los peces encendiendo la tarde
con el peso  giratorio de la lluvia vesperal.

El agua caía y caía en los cristales donde yo estaba sin ti.
Vuelve la espalda al poniente y escúchame. Me he ido hacia el viento.
Sus hoces oscuras giran en el cielo.

Mi casa es el viento. Aun puedo mirarte con las yerbas mojadas de tus ojos. 


Aunque no haya caído la noche 

Tu bastón está buscando lo que tus ojos no ven.
La mañana derrama oro punzó en la pechera del pájaro.
El aire se ha llenado de luz. Tus ojos no pueden verlo.
Tu nombre resbala en medio de tanta luz.
Thais sobre un bastón. El bastón traza curvas,
luciérnagas vacías de los dos ojos de Thais.
Tus espejuelos ensombrecen la luz de la mañana.
El mundo es un punto negro para ti, mariposa nocturna.
Thais de los espejuelos y de los ojos vacíos.

Ponte la flor. Espérame, que vamos de viaje
[4]
a lo profundo de ti. La mañana derrama oro punzó en la pechera del pájaro.
Voy a traerte lirios frescos de la pradera. Me miras
a través de tus espejuelos en los que se agitan las sombras.
Tu nombre resbala en medio de tanta luz.
Thais, nombre de mariposa, déjame que escriba
estas palabras, plenas, perfectas para ti.
Aunque no haya caído la noche escucho la oscuridad.
Tu bastón está buscando lo que tus ojos no ven.
Voy a traerte lirios frescos de la pradera. La música
de la flauta sube hacia el cielo. Ya no miras
otra cosa que no sea tu mundo. Te has vuelto de piedra.
De piedra se ha vuelto tu nombre aunque no haya caído la noche.

Ponte la flor. Espérame, que vamos de viaje

donde lata más fuerte tu corazón.
Acompáñame. Ponte la flor.
Thais, nombre de mariposa, déjame que escriba
.
Estas palabras, plenas, perfectas para ti.


Iría a tu lado, iría

Iba yo por un camino[5]
mitad vivo mitad  muerto

cuando con la Muerte di

y la encontré florecida

¡Amigo!  — gritó la Muerte

mostrándome su testuz
mostrándome su testuz

pero no le respondí

era la Muerte, la antigua

pero no le respondí

bien que yo la conocía.

Miré no más a la Muerte

bien que yo la conocía

pero no le respondí. 

Llevaba  yo un lirio blanco
de obsequio para la nada

cuando con la Muerte di

era la Muerte la nada,

pero no le respondí

porque no escuché su voz

pero no le respondí

porque no escuché su voz.

Miré no más a la Muerte
con su tiara en la penumbra
con su tiara en la penumbra

pero no le respondí. 

Ay, Muerte
déjame tu corona
tu corona, tu testuz

si otra vez volviera a verte

Ay, Muerte

sentado sobre la piedra

iba a platicar contigo

sentado sobre la piedra

como un amigo,


Yo te daría mis ojos
tensos como ramilletes

mi beso sobre tu mano

mi cuerpo para la Muerte

como un amigo,

Ay, Muerte.
Iría a tu lado, iría

yo, detenido y sonriente

mitad vivo, mitad muerto, 

como un amigo.
 


Casa de las muertas 

Me levanté para ir a la casa de las muertas con mi padre y la florecida. Los guerreros golpeaban el tambor del pozo, movían las piezas en el agua. Llegué a la puerta de hojalata aclamado por el silencio. La maestresala parecía contenta, premiosa en medio de tantas dudas. Mi padre era uno de los reclusos de la casa y la florecida, mi novia de antaño. Cuando quise despedirlos el agua comenzó a barbotar al compás de los golpes del tambor. Había acabado de llover. Afuera se escuchaba solo la oscuridad. 


Implacables guardianes 

En la tarde y en la lluvia
y en las ánforas vacías,
en el pasodoble y la espuela,
los implacables guardianes,
en el páramo donde el viento
frota la luz boreal,
en el rictus y en la muerte,
los implacables guardianes,
los implacables guardianes.

En las ramas abatidas,
yermas de cendal oscuro,
en los sepulcros de antaño
y en la piedra de la piedra
los implacables guardianes.

En el clavecín januario
todo trasluz, todo sombra
y en tus dedos que no veo
simulacro, niebla, nada,
para siempre, para siempre,
los implacables guardianes
los implacables guardianes.
 


Parecida a la piedra 

Mírame y dame tus manos,
señora  de las tinieblas,
deja que ondeen a lo lejos
tus sienes ensortijadas
y que así caiga el agua
oscura del corazón.

Me he sentado silencioso
en la noche donde tú
eras líquida y verde
luciérnaga sin cenizar.

Mírame y dame tus dedos,
señora de las tinieblas.
Abre con tu perfume,
la luz de los campanarios,
con tus manos a la una,
con tus manos a las dos.

Deseo tu cuello, seda
cuyo roce amarillento
se parece a la piedra
traslúcida y vesperal.

El agua ha mojado
tus sienes ensortijadas,
de las que nace el grito,
de la nada, de la nada.

Mírame y dame tus dedos,
señora de las tinieblas,
deja que ondeen a lo lejos,
tus sienes ensortijadas.
 


En el bosque de la cazadora

I

Heme aquí, descifrador, entre dos encrucijadas,
como si estuviera en el bosque de la cazadora.
Heme aquí, descifrador, entre dos encrucijadas,
escuchando el canto errático de la noche.

II

No vengo a arrancar las cerezas ni las ramas.
Las leyes del bosque no lo permitirían. 

III

La primera encrucijada, la del viento
ha quedado abierta por los sembradores.
Son tan solo puntos negros en la pradera. 

IV

La segunda encrucijada es de la cazadora.
La música del creciente balancea su cuerpo.
Nadie puede mirarla cuando se dispone a volar.
Las leyes del bosque no lo permitirían.

V

Las cigarras pasan doblando las mieses
hacia el campo donde cruzan los sembradores.
Heme aquí, descifrador, entre dos encrucijadas
como si estuviera en el bosque de la cazadora.


[1] «Faz», Samuel Feijóo.

 

[2] “Oración y meditación de la noche”, Ángel Gaztelu.

 

[3] «Los distritos sonoros», José Álvarez Baragaño.

 

[4] “Vida de Flora”, Virgilio Piñera.

 

[5]  “Iba yo por un camino”, Nicolás Guillén.


Pedro Llanes: Poeta, narrador, ensayista, traductor. Es miembro de honor de la AHS y miembro de la Uneac. Tiene publicados los siguientes libros. Diario del ángel (Casa Editora Abril, 1993); Icono y ubicuidad (Casa Editora Abril, 2000); Sonetos de la estrella rota, (Sed de Belleza, 2000); Pequeña balada (Ediciones Matanzas, 2001); El fundidor de espadas (Letras Cubanas, 2003) Diario del ángel (Antología poética, Letras Cubanas, 2007); Del norte y del sur (Editorial Capiro, 2008). Poemas nocturnos para L. (Editorial Capiro, 2010). Ha obtenido los siguientes premios: Premio de la Crítica 1994; Premio Frónesis 1999; Premio Abril 1995; Premio Calendario 1999, Premio Sed de Belleza 1999; Premio de Poesía de Amor de Varadero 2000; Premio Dador 2004; Premio Ser en el tiempo 2004; Premio Internacional de Poesía Absoluto Nosside Caribe 2005; Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara (teatro) 2008 y Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara (poesía) 2009. Posee la Distinción por la Cultura Nacional y la Medalla XX Aniversario de la AHS. Sus poemas aparecen en numerosas publicaciones periódicas y en más de una decena de antologías cubanas y extranjeras, entre las que se destacan La estrella de Cuba (Monte Ávila Editores, Venezuela, 2005); Mapa imaginario, con prólogo de Rolando Sánchez Mejías y patrocinio de la Embajada de Francia (La Habana, 1995); Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (Letras Cubanas, La Habana, 1999); Antología de los Premios de Poesía Nosside 2004 (Letras Cubanas y Città del Sol Edizioni, Reggio Calabria, Italia-La Habana, 2004). The Whole Island: Six decades of Cuban poetry, University of California Press, Noviembre, 2009; Cantares del mal de amores, Sed de Belleza Editores, Santa Clara, 2009.   

 
 

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