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I
El chorro de luz del faro del morro es
como un péndulo oscilando sobre la
acuarela lumínica que forman los
carteles comerciales y los edificios de
la ciudad. Desde la calle Jovellar, uno
de esos tantos ríos de asfalto que van a
morir al mar, el péndulo plateado es
solo un destello que por segundos ahoga
los diminutos fulgores de las estrellas
contempladas por los novios en medio del
silencio de unos pasos solitarios que se
alejan calle arriba en dirección a
Infanta, de la escandalosa carcajada de
un vecino, de una melodía de Silver Star
devuelta al éter en su ritmo pegajoso
desde una ventana semicerrada.
Llevan rato sin decirse una palabra,
sentados en la escalera del edificio
marcado con el número 107, mirándose de
vez en vez, con las manos tomadas en un
abrazo que es del cuerpo todo, aunque
los prejuicios, oscuras y difusas
siluetas en los cuadrados de luz encima
de los balcones, no vean más que una
mano sobre la otra, una tenue caricia de
los dedos que es como un discurso sobre
el futuro que nadie escucha, la
disertación secreta de un entrañable
deseo compartido, la historia de un amor
mayor, que mañana o quizá pasado, ponga
fin a la incertidumbre que ahora los
mantiene en silencio y que es similar a
la oscuridad de la noche que se levanta
y se vuelve infinita allí donde la calle
agoniza.
II
“Le repito que vi la Chata y es una
maravilla pero no puedo comparar y menos
decir cuál nos costó más, pues esta es
la misión del periodista, los hechos
reales, no ficticios.
Solo me resta, quedar al tanto de su
contestación, no la de su secretario.
Atentamente, Boris Luis Sta. Coloma.”
Era necesario mucho valor para tanto.
Apenas había pasado un mes del
cuartelazo cuando él se atrevió a
echarle en cara a Batista una acusación
de ladrón. El Presidente había levantado
dos lujosas fincas sobre los cimientos
de la malversación en su anterior etapa
de mandatario en los años 40.
Llevaba los pantalones bien puestos.
Chucho Montané como que se percató de
ello en aquella velada del 27 de
noviembre de 1952 en memoria de los
estudiantes asesinados en 1871, que
inundó de jóvenes la escalinata de la
Universidad y toda la calle de San
Lázaro.
La amistad nació de un acuerdo: a
Batista solo se le sacaba de su caracol
de tirano dándole candela. La lucha
armada sería la mejor carta, la más
rápida, precisa y eficaz, la única a la
que estaría obligado a responder.
Ellos lo vieron acercarse abriéndose
paso entre la multitud de estudiantes
que escuchaban las palabras de Leonardo
Rodríguez Sánchez, un veterano de la
Revolución del 33.
—Este es Boris Luis Santa Coloma —dijo
Montané cuando estuvo frente a las tres
muchachas— empleado de la Frigidaire y
estudiante de la escuela de Ciencias
Comerciales de aquí de la Universidad.
Luego se volvió hacia Boris: “Melba,
Elda y ella es Yeyé”.
III
Al principio, el amor fue como una
pequeña conspiración, una conjura de
dos, un nuevo secreto aislado de la
captación de compañeros, de la recogida
de dinero, de las prácticas de tiro de
la Universidad, de las páginas
mimeografiadas del periódico El
Acusador. Pero fue inevitable que la
discreción, una de las cualidades
primordiales de todo integrante del
Movimiento, cediera ante el empuje
incontenible de aquel sentimiento
clandestino de la pareja que desde un
comienzo, por sutiles cambios en el
carácter de ambos, algunos compañeros
empezaron a notar.
El temor a que no se entendiese la
relación que los unía, que se
considerase una grieta en la disciplina
del grupo, una ofensa a la cuidada moral
de los otros, los había obligado los
primeros días al silencio. Después,
sobreponiéndose al miedo, a la
incomprensión, acabaron por contárselo
todo a Abel. Eran temores infundados. Él
los escuchó con la tranquilidad de quien
oye una historia sabida de toda la vida.
Hubiera sido un intento inútil disfrazar
con falsas apariencias aquel afecto que,
en muy poco tiempo, apenas cabía en el
pequeño apartamento 603, de 25 y O, en
el Vedado y colmaba la ciudad confundido
y oculto en los avatares cotidianos de
la causa que lo había engendrado.
La ciudad sigue siendo el más perdurable
de los testigos. Con sus ojos de
persianas, de puertas, de ventanillas de
autos, los contempla encontrarse más de
una vez, como el primer día, en otras
manifestaciones donde la ternura era
algo más que una relación de dos.
Un ojo fotográfico los detuvo en el
tiempo aquel 28 de enero, un día después
de que de la escalinata de la
Universidad una interminable marea de
antorchas se derramase sobre el Parque
Central donde, juntos a Melba, Montané y
Elda Pérez y cientos de jóvenes más, al
pie de la estatua de Martí, le rendían
homenaje al Apóstol en el centenario de
su natalicio.
La ciudad los vio correr por sus calles
cuando comenzaron a resonar por encima
de las azoteas los aullidos de golpe y
cárcel de las perseguidoras. Y los vio
detenerse de pronto, en medio de la
huida masiva, delante del lente de uno
de los fotógrafos ambulantes con el
rostro partido en dos por una sonrisa.
Volvió a fijarse en ellos el 14 de
febrero en el cementerio, en el entierro
de Rubén Batista, la primera víctima de
la tiranía, mientras desfilaban tras el
féretro por entre los ángeles y las
vírgenes paralizadas en la blancura
fúnebre del mármol. Y cuando regresaron
a 25 y O notó entre las manos de Boris
la pequeña caja de perfume Colibrí y la
alegría inefable de ella, a quien le
parecía el regalo más caro del mundo, la
más grande de las pruebas de amor.
Entonces ya nadie trabajaba en otra cosa
que no fuera en la preparación de la
acción, a cuyos fondos iba a dar el
dinero que se pudiera conseguir.
Grabó la imagen de ambos en las
vidrieras, cuando él salía al frente de
los trabajadores de la Frigidaire a
reclamar el derecho a formar sindicato y
ella lo veía, acompañada de Melba, desde
el garaje Mi Tío porque temía no estar
presente si a él le pasaba algo.
La ciudad los conservó mucho tiempo en
la retina de azogue de los espejos de
los clubes a donde el grupo de siempre,
cuando había un tiempo, se iba a
bailar. A él, que no bailaba, sentado
en la mesa frente a su vaso de leche,
mirándola a ella liberar toda la alegría
de su carácter al compás de uno de los
cha cha cha de Jorrín que la victrola no
se cansaba de repetir.
Una de esas melodías a las que él le
seguía el ritmo golpeando con el anillo
en el timón del auto los días en que
llevaba a Melba y a Yeyé a ver el mar
del Malecón habanero reflejar los tenues
colores del telón del crepúsculo.
La ciudad los vio en todas partes. En
todos los lugares menos en el elevador
del edificio de 25 y O, cuando se
quedaba detenido entre dos pisos por
unos minutos y ellos se quedaban
absolutamente solos entre las cuatro
paredes de aluminio.
IV
El péndulo plateado es solo un destello
que por segundo ahoga los diminutos
fulgores de las estrellas contempladas
por los novios en medio del silencio de
la calle completamente desierta, del
estrépito de una puerta que se cierra en
alguna parte empujada por la brisa que
viene del mar, del anuncio de Partagás
que la ventana entreabierta permite
escuchar.
La noche en Jovellar 107, a pesar de que
el reloj se ha movido un par de horas,
continúa tan inexpugnable como el
futuro, como el día por llegar que
decidirá sus vidas y las de todo el
país. Como muchas otras veces, ellos
dos, sentados en la escalera, fijando en
el lenguaje mudo de los dedos el día de
la boda que ocurrirá cuando todo haya
cambiado y la muerte no sea el más
remoto motivo que impida hablar del
mañana y la noche deje de ser metáfora
del porvenir.
Los sueños se dicen sin palabras. Y
ellos intuyen la belleza oculta tras la
noche e ignoran que el amanecer tan
esperado será el último encuentro.
V
Al ver acercarse el último auto de la
caravana, él interrumpió la ráfaga e
hizo un gesto hacia la máquina donde
iban ellas rumbo al Hospital Civil. La
mano alzada en el aire rojizo de la
mañana era un saludo, un ¡menos mal, al
fin aparecen!, todo, menos una
despedida. Entonces nadie pensaba en el
fracaso, en la mala jugada del azar que
los colocaría solo unas horas más tarde
separados por una puerta tan gruesa como
el límite entre la vida y la muerte. La
puerta del Club de Oficiales del cuartel
donde la habían encerrado a ella y a
través de la que escuchó la voz que
decía: “El de los zapatos de dos tonos
es una fiera”. Y supo que lo estaban
torturando a él del otro lado. Cuando
Boris le había enseñado los zapatos
carmelitas y blancos que había comprado
para el combate, ella le dijo: “Pero
Boris, ¿quién ha visto un soldado de la
tiranía con zapatos de dos tonos? Y él
le contestó que con el uniforme tenía
bastante y que no quería parecerse mucho
a los hombres que ahora le tenían
amordazadas las manos y los pies.
Después, ella supo que él hubiera podido
salvarse. Al llegar a la casa de Siboney
y no encontrarla entre los que habían
logrado escapar, regresó otra vez a
Santiago. No la pudo hallar.
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