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A menudo hablo de mis amigas. Las he
tenido buenas. Cuando leí aquello de
Sartre en que proclamaba a las mujeres
como más inteligentes que los hombres,
andaría por los 20 años. El machismo
residual salpicaba todavía algunas de
mis actitudes. Vulgarizando el asunto
más bien me dije: “No, querido Sartre,
las mujeres lo que están es buenas y
lindas, no hay otra opción que
adorarlas, pero inteligentes de verdad
son mis amigotes del bar y las
escaramuzas literarias”.
A mis 50 exactos, comparto el criterio
del mediático escritor francés. Tengo
más amigas que amigos en los últimos
años. Hilda Guevara se me fue temprano,
después de una relación en la que hubo
bastante de risa y de bohemia pero
también cariño, complicidad, intercambio
de ideas.
Con las hermanas Lillian y Vivian
Lechuga me ha sucedido algo curioso pero
enriquecedor. De la primera fui colega
en los intensos años de trabajo en
Juventud Rebelde. La terraza de su
amable hogar en la muy habanera calle
Paseo se convertía muchas veces en
continuidad de los debates y los afanes
de la redacción. Por esos tiempos salían
poemas de mis dedos y a Lillian y a su
encantadora hija Lilita Martinó les
gustaban, prestaban una máquina de
escribir y me hacían sentir como un
pianista de jazz que improvisa para los
amigos un domingo por la tarde.
Entonces, Vivian era “la hermana de
Lillian”, que asistía a algunas fiestas.
Fue siempre muy agradable y se hacía
acompañar de su ya por entonces
brillante hijo, Carlitos. Las vueltas de
la vida y de la profesión me han llevado
a que ahora la amistad más entrañable y
continuada la sostenga con Vivian —la
editora formidable, la consejera de todo
momento, en altas y bajas— y que Lillian
haya pasado a “desempeñar la plaza” de
hermana que visito o a la que se le
mandan fraternales saludos.
A Adriana del Pino le gustaría que la
sumara a la antología de las amigas.
Pero los psicólogos dicen con razón que
eso de padre y amigo no pega, no juega,
no funciona demasiado. De lo mucho que
hay de amistad en el amor —que en mí es
sinónimo de Tania— hay bastante bueno
que decir.
Hay quien se la pasa pidiendo suerte,
dinero, ascensos. Y es muy natural y
humano. Ya se sabe que el dinero no hará
la felicidad, pero HACE falta. Yo no
digo que sea de poco pedir, pero si algo
reclamo para el futuro es amigas con las
que acompañar el trabajo, el desasosiego
y tantas otras pequeñas fortunas o
pifias. |