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Entre 1702 y 1714,
Europa vivió la
Guerra de Sucesión
española, una de
las primeras repartijas
territoriales de la Era
Moderna. El
conflicto internacional
se originó a la muerte
del rey español Carlos
II de Habsburgo, que
testara a favor de
Felipe de Anjou, de la
dinastía
borbónica reinante en
Francia.
Durante la contienda,
participó triunfante el
Duque de Marlborough o
Mambrú, según el
apelativo que le
impusiera la población
española al remedar con
su lengua de 30 sonidos
los casi 50 del habla
inglesa, tal como ya
hicieran antes con
Walter Raleigh, al
llamarlo Guatarral.
Y entre otras, ahora le
dedicaron al duque una
de esas coplas mordaces
que fraguan los pueblos
para defender su
identidad y prestigio:
Mambrú se fue a la
guerra,
qué dolor, qué dolor,
qué pena,
Mambrú se fue a la
guerra
y no sé si volverá,
que do re, mí, que do
re, fá,
y no sé si volverá.
Mambrú se fue a la
guerra
montado en una perra,
la perra se cayó
y Mambrú se reventó,
que do re, mí, que do
re, fá,
y no sé si volverá.
Es difícil aceptar que a
los ingleses,
holandeses, suecos,
austrohúngaros y demás
europeos, les importara
demasiado quién se
coronaba en Madrid, pero
Inglaterra y el norte
protestante de Europa
querían impedir la que
suponían inminente
unificación de España y
Francia, así convertidas
en la mayor monarquía
europea, y por más señas
potencia naval y
papista.
Los Habsburgo del
Imperio austro-húngaro,
también connotados
católicos y hasta poco
antes aliados, parientes
y sucesores
consanguíneos de los
españoles, no admitirían
un bloque con ambas
naciones pirenaicas,
capitaneado por los
Borbones franceses, que
los desplazarían a un
segundo lugar.
De otra parte, casi
todas las naciones
europeas tenían como
desideratum
lograr acceso a las
monopolizadas colonias
españolas de ultramar;
pero a la chita
callando, de eso solo se
hablaba sotto
voce en
círculos de la más alta
jerarquía. Los debates
públicos versaban sobre
cuestiones hereditarias
y religiosas, derecho
internacional, y bla bla
bla...
Este birlibirloque de
rejuego político y
amenazas que apuntan a
un lugar para que
estallen en otro,
culmina casi siempre en
genocidio de inocentes.
Hiroshima y Nagasaki
padecieron un mensaje
apocalíptico en forma de
bomba atómica, que debía
decodificarse en la URSS.
El reciente aliado de
conveniencia contra
Alemania y en esencia
mortal enemigo
socialista era el mayor
obstáculo en los planes
de hegemonía imperial. Y
el holocausto de las
urbes niponas les
serviría de público
escarmiento.
Uno de los más antiguos
y claros antecedentes de
tal conducta en
Occidente, se manifestó
después de Maratón,
batalla donde un puñado
de heroicos atenienses
frenaran la invasión
persa contra la Hélade.
Y para seguir evitando
las sucesivas oleadas
del poderoso enemigo
asiático, crearon la
Liga de Delos, alianza
panhelénica encabezada
por Atenas, que en pocos
años se convirtió en la
institución más abusiva
y rapaz del Mar Egeo.
Con impuestos cada vez
más elevados y la
amenaza de represalias
feroces, los atenienses
se enriquecieron a costa
de sus hermanos helenos
y construyeron
costosísimas obras para
defensa y ornato de su
ciudad. Y si algún
aliado protestaba o se
negaba a abonar el
arbitrario tributo
señalado por Atenas, en
sus costas desembarcaban
las temibles trirremes
atestadas de hoplitas en
función de “marines”,
que reprimían al
insurrecto como ejemplo
para todos sus
“aliados”.
En la actualidad, el
poder imperial demuestra
su fuerza invasiva en el
Medio Oriente para que
los países del Lejano
queden advertidos de lo
que podría esperarles.
Desde luego, su
prepotencia no espera ni
teme respuesta alguna.
Solo nos cabe pensar que
ellos creen tener armas
inmunes a la réplica,
dadas la velocidad,
magnitud y complicidad
del ataque planeado.
Por tanto, no es una
respuesta improvisada en
pocos meses. Se trata de
algo pensado, planeado,
ensayado y compartido
con sus secuaces. Otro
ejemplo de
premeditación,
nocturnidad y alevosía.
A tres siglos de las
andanzas fluctuantes del
Duque de Marlborough
entre ambos bandos, diz
que por pacifista,
podríamos estar a punto
de iniciar la Guerra
Mundial Definitiva y
azuzados por los mismos
motivos de las
anteriores: ejercer más
poder sobre el resto del
planeta, de este y del
otro lado del océano,
sobre todo del otro,
cualquiera sea.
Como nos advierte el
Comandante en Jefe,
transgredido cierto
umbral atómico,
sobrevendría un invierno
nuclear que haría
imposible la vida en la
Tierra; y se trata de la
vida de TODOS, animales
y plantas de aire, mar y
tierra; hombres, mujeres
y niños, sin importar
que se llamen Obama,
Rockefeller o Juan
Pérez, ya sea que se
refugien en sus bunkers,
previstos desde hace
varias décadas, o
radiquen a la intemperie
en los oscuros rincones
del Tercer Mundo.
A lo largo y ancho de la
historia, muchos han
tenido la capacidad de
iniciar una guerra.
Algunos incluso la han
utilizado como mecanismo
para encumbrarse y han
logrado salir reyes de
una conflagración a la
que entraron como
peones.
Hoy día parecemos
condenados a la
extinción por mano
propia y entonces la
interrogante crucial es
saber quién tiene el
poder y sobre todo el
coraje, de IMPEDIR la
guerra. ¿Andarán juntos
la fuerza, el raciocinio
y las hormonas?
¿Lograremos mover
suficientes opiniones
para impedir la debacle?
Obama tiene la palabra y
espero de todo corazón
que no sea la última de
la Humanidad. Dependerá
de quién sea en esencia
Barack Obama.
28 de
agosto de 2010 |