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El libro Socialismo
siglo XXI ¿Hay vida
después del
neoliberalismo?,
anuncia Atilio Borón en
la primera oración
introductoria, “trata
sobre las vicisitudes
del capitalismo en
América Latina”.
Expuesta así, desde
luego, la idea no es
particularmente nueva, y
acaso lleve a algunos a
pensar que se trata de
un libro más que anota
inevitables listados de
características y
consecuencias por las
cuales, como él apunta
de inmediato, los países
de nuestra región
continúan sumidos en el
subdesarrollo. Quien de
momento se lleve por
esta subjetiva
predicción, y crea que
no vale la pena llover
sobre mojado, se perderá
un ensayo interesante,
preciso, valiente,
antidogmático y, sobre
todo, reacio a las
recetas modelizadoras
tanto en los planos que
el autor rebate, como en
el de su aguda
exposición. La propia
“Introducción” [pp. 1-8]
(los conocedores del
trabajo de edición se
asombrarán de que la
numeración parta del 1,
sin tener en cuenta las
páginas de portadillas,
datos del autor,
copyright e índice)
expone los lineamientos
generales del primer
capítulo: “Duro de
matar. El mito del
desarrollo capitalista
nacional en la nueva
coyuntura política de
América Latina” [pp.
9-35]. En concreto: “el
reverso del desarrollo
del capitalismo en las
metrópolis es el
subdesarrollo en la
periferia”. “Las
condiciones económicas,
sociales, políticas,
militares e
internacionales que
permitieron el tránsito
del subdesarrollo al
desarrollo por la vía
capitalista a lo largo
del siglo XX
desaparecieron por
completo”.
El segundo capítulo,
“¿Hay vida después del
neoliberalismo?” [pp.
36-95], “se concentra en
el examen de las
posibilidades abiertas
por la necesidad de
encontrar una ruta de
escape a la plaga
neoliberal que afecta a
nuestra región”. Al
explicarse la necesidad
y la posibilidad de
trabajar, aun bajo las
depredadoras y
autodestructivas
condiciones del
neoliberalismo, por
implantar cambios
importantes en la
estructura económica y
social de los países
latinoamericanos, con el
llamado a conseguir
reformas de fondo, Borón
se desmarca de una
tendencia de socialistas
utópico-fatalistas que
no le ven remedio a la
expansión imperialista.
Antes de esta obra, con
argumentos igualmente
concretos, convincentes,
se ha enfrentado a la
tendencia del socialismo
fatalista imperiofílico
sustentado por autores
como Hardt y Negri. (Borón,
Atilio: Imperio e
imperialismo. Una
lectura crítica de un
libro de Michael Hardt y
Antonio Negri, Fondo
Cultural del ALBA,
2006).
El Capítulo III, “El
socialismo del siglo XXI:
notas para su
discusión”, [pp.
96-143], queda sin
preanunciar en la citada
“Introducción”, aunque
el autor aclara que la
composición del volumen
responde a una línea de
investigación acerca de
la inviabilidad del
capitalismo como modo de
producción conducente al
desarrollo
latinoamericano que por
años ha seguido, con lo
cual el análisis crítico
no se complace en sí
mismo, sino que proyecta
alternativas concretas.
Esto también lo desmarca
de otras nutridas
tendencias de analistas
que hallaron en ciertos
tópicos cerrados de la
posmodernidad terreno
fértil.
Entonces, y
descolgándonos por la
reseña de las ideas que
Atilio A. Borón propone
en este libro,
entendemos que la
culpabilidad del
capitalismo, tantas
veces sometida a
maniqueas diatribas por
autores carentes de
saber argumental, va
unida a la
descomposición y el
debilitamiento de las
burguesías nacionales.
Los casos de Brasil,
México y Argentina son
críticamente analizados,
no solo en función de
esas en efecto
descompuestas burguesías
nacionales sino, además,
en los factores
económicos, sociales y
políticos que impidieron
el paso al desarrollo a
pesar de que existieran
prolongados períodos de
crecimiento económico.
El vapuleado tema del
enfrentamiento entre el
control nacional de las
empresas o su
privatización, es
puntualmente analizado
por Borón en ese primer
capítulo. Este concluye
con un acápite llamado
“Repensar el
socialismo”, en el que
considera la necesidad
de “demostrar que
existen formas
alternativas de control
público de la economía
distintas a las del
pasado”. Así, en una
programática que tendrá
importante complemento
en el capítulo tercero,
defiende la construcción
del socialismo en el
siglo XXI, teniendo en
cuenta que “en el
terreno económico, se
trata de un socialismo
superador de la
anacrónica antinomia
“planificación
centralizada o mercado
incontrolado” y que, en
cambio, abre espacio
para la imaginación
creadora de los pueblos
en la búsqueda de nuevos
dispositivos de control
popular de los procesos
económicos, dotados de
la flexibilidad
suficiente para
responder con rapidez al
torrente de innovaciones
que día a día modifica
la fisonomía del
capitalismo
contemporáneo. Un
socialismo que potencie
la descentralización y
la autonomía de las
empresas y unidades
productivas y, al mismo
tiempo, haga posible la
efectiva coordinación de
las grandes
orientaciones de la
política económica. Un
socialismo que promueva
diversas formas de
propiedad social, desde
empresas cooperativas
hasta empresas estatales
y asociaciones de estas
con capitales privados,
pasando por una amplia
gama de formas
intermedias en las que
trabajadores,
consumidores y técnicos
estatales se combinen de
diversa forma para
engendrar nuevas
relaciones de propiedad
sujetas al control
popular.” Y por demás,
no confundir, como en la
experiencia soviética,
“la propiedad pública
con la propiedad
estatal”. [p. 34]
En el segundo capítulo,
Borón analiza las
posibilidades y
limitaciones del
capitalismo que implantó
un estado de bienestar
alternativo al peligro
revolucionario, aunque
presentado por tantos
analistas como una vía
segura de reconciliación
con el capitalismo. Fue,
a mi entender, el tiempo
ganado por el sistema de
relaciones sociales,
para arribar con ventaja
al momento de imponer la
alternativa cero, el
sálvese el mejor
depredador. Borón, sin
embargo, no cede a la
presión, a la trampa, y
propone también medidas
de recambio que no se
hallan precisamente
dentro de un proyecto
socialista. Se trata de
un paquete de reformas
cuya virtud consiste en
desmarcarse del
reformismo, cuyo error
fundamental consiste,
nos advierte Borón, en
confundir necesidad con
virtud, para inyectar en
la sociedad capitalista
condiciones objetivas de
transformación, es
decir, un proyecto
alternativo concreto.
Este paquete de medidas
detalladamente
explicadas en el ensayo,
se compone de:
a) Reconstruir el Estado
b) Anular la deuda
externa
c) Establecer políticas
que combatan la pobreza,
y no a los pobres
d) Aplicar una reforma
tributaria
e) Relanzar una política
de inversiones públicas
f) Llevar a cabo una
reforma agraria
g) Reconstruir los
marcos regulatorios de
los mercados
h) Impulsar una nueva
estrategia de desarrollo
Y es en extremo
importante, además, el
señalamiento del autor
acerca del cambio que la
lucha de clases ha
sufrido bajo las
condiciones de
globalización
imperialista, tras la
derrota, y no el
fracaso, del campo
socialista europeo. La
cuestión básica de que
esas reformas aparezcan
a los ojos de tantos
como utopías simpáticas,
radica en el retroceso
de la lucha de clases,
en el estado natural que
ha adquirido la
alienación tanto a
través del mercado del
trabajo, como en el
desarrollo de una
contracultura
espectacular de la
superficialidad social.
Ambas condiciones no
atañen solo a los
trabajadores manuales, a
la masa de empleados en
la industria, a los
asalariados temporarios,
sino al sector
profesional, a los
intelectuales y a la
venida a menos clase
media. El
“revolucionarismo
abstracto” de cierta
izquierda
latinoamericana está,
como lo dice Borón,
“huérfano de eco entre
las masas” y dispuesto a
ser empaquetado como
bálsamo. De ahí que
llame a “replantearse,
desde una perspectiva
actual e innovadora, la
crucial problemática
leninista de la
organización”, así como
la urgente necesidad de
la izquierda de hacerse
capaz de “sintetizar la
enorme diversidad de
reivindicaciones
—económicas, sociales,
culturales e
identitarias— del campo
popular en una fórmula
integral y totalizante
que dé cuenta de la
pluralidad de
situaciones que
caracterizan a las
distintas clases y
formaciones sociales
subalternas”. Justo en
este punto, el
intelectual de Borón,
—que acaso viene de una
aguda fusión entre el
intelectual de
Mariátegui y el de
Gramsci, sin calcos ni
copias ni dogmatismos
orgánicos— es llamado a
sintetizar y gestar, o
sea, a convertir en
praxis su capacidad
teórica, para enfrentar
con eficacia la
dominación burguesa.
Ello tanto desde la
oposición, como desde el
poder, aunque en este
último caso los retos
sean distintos.
El colofón del ensayo,
modestamente presentado
como “notas para
discusión”, rescata el
precepto leninista de
una teoría
revolucionaria para una
práctica revolucionaria.
Esta se desarrolla a
partir de tres puntos:
valores y principios,
programa, y sujetos
históricos (en oportuno
plural). Como se trata
de notas preñadas de
saber y pensamiento
crítico, prefiero no
glosarlas, pues merecen
trabajo más pausado, más
enfocado a búsquedas
epistemológicas. Son,
sin embargo, esenciales
para el imprescindible
debate acerca del futuro
del socialismo en
América Latina, pues,
aunque priman las
prescripciones
negativas, que es un
paso vital, también
aparecen estrategias de
acción, proyecciones de
políticas, que son las
geografías donde la
teoría se concretaría en
praxis.
Vale, como siempre, su
análisis de Cuba,
desprejuiciado,
concreto, firme ante los
pastiches que agreden,
discriminan y decantan
en bloque, con el
desprecio que les causa
la evidencia de que el
proyecto sigue
resistiendo y, a pesar
de todo, se transforma.
Para ello, Borón pide
“un estado fuerte,
dotado de una gran
legitimidad popular y
muy bien organizado”
para continuar sin que
se ponga en peligro el
avance socialista. En
Cuba, advierte el autor
con las cursivas de su
parte, “ya existen
diversas formas de
propiedad”, de modo que
sus transformaciones
avanzan gradualmente.
Como tradicionalmente ha
ocurrido, la propaganda
de guerra fría secuestra
los elementos de juicio
hasta atarlos en nudo
bizantino.
Concluida la lectura,
que para mí ha sido como
un curso acelerado y
nutricio donde sus ideas
y las mías se mezclan
casi con libertinaje,
apenas le reprocharía al
autor el ceder
ligeramente al estatuto
de opinión que asegura
que el golpe militar ha
pasado a ser de escasa
utilidad. Como golpe de
Estado está aún vigente,
aunque, desde luego, no
generalizado. El de
Carmona Estanga, en
Venezuela, fracasó de
inmediato, de ahí que
terminemos usándolo como
un ejemplo de victoria
popular legítima. En
cambio, en Honduras, el
de Michelleti tuvo
éxito, y consiguió una
cínica y amarga
legitimación formal.
Ahora mismo, ya se va
preparando, mutatis
mutandi, el de Paraguay.
Índices y evidencias
revelan que la Escuela
de las Américas
reacondiciona sus
tácticas para no perder
sus objetivos
habituales. Y es que tal
y como se han
complejizado los
mecanismos de las
confrontaciones
clasistas, las
estrategias golpistas
han adaptado sus
preceptos a la
mediatización
democrática del devenir
de esta fase postrera
del imperialismo.
Borón, Atilio A.:
Socialismo siglo XXI
¿Hay vida después del
neoliberalismo?,
Editorial de Ciencias
Sociales, La Habana,
2009. [160 pp.] |