Año IX
La Habana
2  al 8
de OCTUBRE
de 2010

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Atilio Borón llama a la vida después del neoliberalismo

Jorge Ángel Hernández • Santa Clara

 

El libro Socialismo siglo XXI ¿Hay vida después del neoliberalismo?, anuncia Atilio Borón en la primera oración introductoria, “trata sobre las vicisitudes del capitalismo en América Latina”. Expuesta así, desde luego, la idea no es particularmente nueva, y acaso lleve a algunos a pensar que se trata de un libro más que anota inevitables listados de características y consecuencias por las cuales, como él apunta de inmediato, los países de nuestra región continúan sumidos en el subdesarrollo. Quien de momento se lleve por esta subjetiva predicción, y crea que no vale la pena llover sobre mojado, se perderá un ensayo interesante, preciso, valiente, antidogmático y, sobre todo, reacio a las recetas modelizadoras tanto en los planos que el autor rebate, como en el de su aguda exposición. La propia “Introducción” [pp. 1-8] (los conocedores del trabajo de edición se asombrarán de que la numeración parta del 1, sin tener en cuenta las páginas de portadillas, datos del autor, copyright e índice) expone los lineamientos generales del primer capítulo: “Duro de matar. El mito del desarrollo capitalista nacional en la nueva coyuntura política de América Latina” [pp. 9-35]. En concreto: “el reverso del desarrollo del capitalismo en las metrópolis es el subdesarrollo en la periferia”. “Las condiciones económicas, sociales, políticas, militares e internacionales que permitieron el tránsito del subdesarrollo al desarrollo por la vía capitalista a lo largo del siglo XX desaparecieron por completo”.

 

El segundo capítulo, “¿Hay vida después del neoliberalismo?” [pp. 36-95], “se concentra en el examen de las posibilidades abiertas por la necesidad de encontrar una ruta de escape a la plaga neoliberal que afecta a nuestra región”. Al explicarse la necesidad y la posibilidad de trabajar, aun bajo las depredadoras y autodestructivas condiciones del neoliberalismo, por implantar cambios importantes en la estructura económica y social de los países latinoamericanos, con el llamado a conseguir reformas de fondo, Borón se desmarca de una tendencia de socialistas utópico-fatalistas que no le ven remedio a la expansión imperialista. Antes de esta obra, con argumentos igualmente concretos, convincentes, se ha enfrentado a la tendencia del socialismo fatalista imperiofílico sustentado por autores como Hardt y Negri. (Borón, Atilio: Imperio e imperialismo. Una lectura crítica de un libro de Michael Hardt y Antonio Negri, Fondo Cultural del ALBA, 2006).

 

El Capítulo III, “El socialismo del siglo XXI: notas para su discusión”, [pp. 96-143], queda sin preanunciar en la citada “Introducción”, aunque el autor aclara que la composición del volumen responde a una línea de investigación acerca de la inviabilidad del capitalismo como modo de producción conducente al desarrollo latinoamericano que por años ha seguido, con lo cual el análisis crítico no se complace en sí mismo, sino que proyecta alternativas concretas. Esto también lo desmarca de otras nutridas tendencias de analistas que hallaron en ciertos tópicos cerrados de la posmodernidad terreno fértil.

 

Entonces, y descolgándonos por la reseña de las ideas que Atilio A. Borón propone en este libro, entendemos que la culpabilidad del capitalismo, tantas veces sometida a maniqueas diatribas por autores carentes de saber argumental, va unida a la descomposición y el debilitamiento de las burguesías nacionales. Los casos de Brasil, México y Argentina son críticamente analizados, no solo en función de esas en efecto descompuestas burguesías nacionales sino, además, en los factores económicos, sociales y políticos que impidieron el paso al desarrollo a pesar de que existieran prolongados períodos de crecimiento económico. El vapuleado tema del enfrentamiento entre el control nacional de las empresas o su privatización, es puntualmente analizado por Borón en ese primer capítulo. Este concluye con un acápite llamado “Repensar el socialismo”, en el que considera la necesidad de “demostrar que existen formas alternativas de control público de la economía distintas a las del pasado”. Así, en una programática que tendrá importante complemento en el capítulo tercero, defiende la construcción del socialismo en el siglo XXI, teniendo en cuenta que “en el terreno económico, se trata de un socialismo superador de la anacrónica antinomia “planificación centralizada o mercado incontrolado” y que, en cambio, abre espacio para la imaginación creadora de los pueblos en la búsqueda de nuevos dispositivos de control popular de los procesos económicos, dotados de la flexibilidad suficiente para responder con rapidez al torrente de innovaciones que día a día modifica la fisonomía del capitalismo contemporáneo. Un socialismo que potencie la descentralización y la autonomía de las empresas y unidades productivas y, al mismo tiempo, haga posible la efectiva coordinación de las grandes orientaciones de la política económica. Un socialismo que promueva diversas formas de propiedad social, desde empresas cooperativas hasta empresas estatales y asociaciones de estas con capitales privados, pasando por una amplia gama de formas intermedias en las que trabajadores, consumidores y técnicos estatales se combinen de diversa forma para engendrar nuevas relaciones de propiedad sujetas al control popular.” Y por demás, no confundir, como en la experiencia soviética, “la propiedad pública con la propiedad estatal”. [p. 34]

 

En el segundo capítulo, Borón analiza las posibilidades y limitaciones del capitalismo que implantó un estado de bienestar alternativo al peligro revolucionario, aunque presentado por tantos analistas como una vía segura de reconciliación con el capitalismo. Fue, a mi entender, el tiempo ganado por el sistema de relaciones sociales, para arribar con ventaja al momento de imponer la alternativa cero, el sálvese el mejor depredador. Borón, sin embargo, no cede a la presión, a la trampa, y propone también medidas de recambio que no se hallan precisamente dentro de un proyecto socialista. Se trata de un paquete de reformas cuya virtud consiste en desmarcarse del reformismo, cuyo error fundamental consiste, nos advierte Borón, en confundir necesidad con virtud, para inyectar en la sociedad capitalista condiciones objetivas de transformación, es decir, un proyecto alternativo concreto. Este paquete de medidas detalladamente explicadas en el ensayo, se compone de:

 

a) Reconstruir el Estado

b) Anular la deuda externa

c) Establecer políticas que combatan la pobreza, y no a los pobres

d) Aplicar una reforma tributaria

e) Relanzar una política de inversiones públicas

f) Llevar a cabo una reforma agraria

g) Reconstruir los marcos regulatorios de los mercados

h) Impulsar una nueva estrategia de desarrollo

 

Y es en extremo importante, además, el señalamiento del autor acerca del cambio que la lucha de clases ha sufrido bajo las condiciones de globalización imperialista, tras la derrota, y no el fracaso, del campo socialista europeo. La cuestión básica de que esas reformas aparezcan a los ojos de tantos como utopías simpáticas, radica en el retroceso de la lucha de clases, en el estado natural que ha adquirido la alienación tanto a través del mercado del trabajo, como en el desarrollo de una contracultura espectacular de la superficialidad social. Ambas condiciones no atañen solo a los trabajadores manuales, a la masa de empleados en la industria, a los asalariados temporarios, sino al sector profesional, a los intelectuales y a la venida a menos clase media. El “revolucionarismo abstracto” de cierta izquierda latinoamericana está, como lo dice Borón, “huérfano de eco entre las masas” y dispuesto a ser empaquetado como bálsamo. De ahí que llame a “replantearse, desde una perspectiva actual e innovadora, la crucial problemática leninista de la organización”, así como la urgente necesidad de la izquierda de hacerse capaz de “sintetizar la enorme diversidad de reivindicaciones —económicas, sociales, culturales e identitarias— del campo popular en una fórmula integral y totalizante que dé cuenta de la pluralidad de situaciones que caracterizan a las distintas clases y formaciones sociales subalternas”. Justo en este punto, el intelectual de Borón, —que acaso viene de una aguda fusión entre el intelectual de Mariátegui y el de Gramsci, sin calcos ni copias ni dogmatismos orgánicos— es llamado a sintetizar y gestar, o sea, a convertir en praxis su capacidad teórica, para enfrentar con eficacia la dominación burguesa. Ello tanto desde la oposición, como desde el poder, aunque en este último caso los retos sean distintos.

 

El colofón del ensayo, modestamente presentado como “notas para discusión”, rescata el precepto leninista de una teoría revolucionaria para una práctica revolucionaria. Esta se desarrolla a partir de tres puntos: valores y principios, programa, y sujetos históricos (en oportuno plural). Como se trata de notas preñadas de saber y pensamiento crítico, prefiero no glosarlas, pues merecen trabajo más pausado, más enfocado a búsquedas epistemológicas. Son, sin embargo, esenciales para el imprescindible debate acerca del futuro del socialismo en América Latina, pues, aunque priman las prescripciones negativas, que es un paso vital, también aparecen estrategias de acción, proyecciones de políticas, que son las geografías donde la teoría se concretaría en praxis.

 

Vale, como siempre, su análisis de Cuba, desprejuiciado, concreto, firme ante los pastiches que agreden, discriminan y decantan en bloque, con el desprecio que les causa la evidencia de que el proyecto sigue resistiendo y, a pesar de todo, se transforma. Para ello, Borón pide “un estado fuerte, dotado de una gran legitimidad popular y muy bien organizado” para continuar sin que se ponga en peligro el avance socialista. En Cuba, advierte el autor con las cursivas de su parte, “ya existen diversas formas de propiedad”, de modo que sus transformaciones avanzan gradualmente. Como tradicionalmente ha ocurrido, la propaganda de guerra fría secuestra los elementos de juicio hasta atarlos en nudo bizantino.

 

Concluida la lectura, que para mí ha sido como un curso acelerado y nutricio donde sus ideas y las mías se mezclan casi con libertinaje, apenas le reprocharía al autor el ceder ligeramente al estatuto de opinión que asegura que el golpe militar ha pasado a ser de escasa utilidad. Como golpe de Estado está aún vigente, aunque, desde luego, no generalizado. El de Carmona Estanga, en Venezuela, fracasó de inmediato, de ahí que terminemos usándolo como un ejemplo de victoria popular legítima. En cambio, en Honduras, el de Michelleti tuvo éxito, y consiguió una cínica y amarga legitimación formal. Ahora mismo, ya se va preparando, mutatis mutandi, el de Paraguay. Índices y evidencias revelan que la Escuela de las Américas reacondiciona sus tácticas para no perder sus objetivos habituales. Y es que tal y como se han complejizado los mecanismos de las confrontaciones clasistas, las estrategias golpistas han adaptado sus preceptos a la mediatización democrática del devenir de esta fase postrera del imperialismo.

  

Borón, Atilio A.: Socialismo siglo XXI ¿Hay vida después del neoliberalismo?, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2009. [160 pp.]

 

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